A-48 PENTECOSTÉS

Hch 2,1-11. 

  • La fiesta Judía de Pentecostés (shavei), celebrada a los 50 días (7 semanas + 1) después de su Pascua, tenía un carácter agrícola, y era día de regocijo, de acción de gracias, de ofrecimiento de las primicias de la cosecha. Muchos israelitas subían a Jerusalén a pasar allí la fiesta, incluyendo emigrantes y prosélitos de ciudades en el extranjero.
  • En ese mismo día, actualmente los cristianos celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Desde que Jesús subió al Cielo, los apóstoles se quedaron en Jerusalén en oración continua, “alabando a Dios en el templo”. Pero aprovechando que durante esa fiesta había mucha gente y podían pasar más desapercibidos, María los convocó. Llegaron temerosos, pues ya se había iniciado la persecución. Ella mandó atrancar la puerta, y probablemente habría cuestionado algo semejante a esto: “!Esto es una “encerrona”! ¡De aquí nadie sale hasta que decidamos que vamos a hacer! ¿Ya damos todo por terminado? ¿O decidimos continuar? Nos mantenemos en un perfil bajo esperando a que pasen estas calamidades, o de una vez nos lanzamos con coraje y pasión”. Los apóstoles se pusieron a orar intensamente, y fue así que descendió el Espíritu de Jesús, y fue entonces que nació la Iglesia.
  • Resulta difícil encontrar alguna representación del Espíritu Santo. La que prepondera es la figura de la palomita, pues en el bautismo de Jesús, dice Marcos que el Espíritu “bajó sobre Él como si fuese una paloma”. Sin embargo, este símbolo no parece tan afortunado como los que se habla en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles. Estando en oración, de repente se escuchó el rugido de un viento impetuoso que hizo cimbrar la casa, y apareció una bola de fuego: Viento impetuoso y fuego son los fenómenos naturales más impactantes, incontrolables. ¿Cómo no atemorizarnos ante un tornado, que vuelca trailers o hace volar tinacos? ¿Cómo no atemorizarnos ante el incendio de un bosque, en donde el fuego únicamente puede vencerse con otro fuego? (los guardias forestales se adelantan en dirección al fuego, hacen una zanja y prenden fuego a la orilla, para que ambos fuegos se encuentren y se extingan) Esto no puede menos de connotar fuerza, dinamismo, ímpetu. Eso es el Espíritu Santo (aunque a Elías no se manifestó en el terremoto o el ciclón, sino en una brisa muy suave).
  • Lenguas de fuego: los fragmentos de fuego tenían la forma de lenguas, símbolo que connota los idiomas. Esto se comprende mejor si la ubicamos como contrapunto al relato de la Torre de Babel. Los hebreos habían sido deportados a Asiria y allí, en el valle de Sinaar, quedaron impactados por las ruinas de una gran construcción inconclusa, se trataba de un “zigurat” (aún hoy persisten algunas de ellas), templos sobre pirámides cuadrangulares construidas con ladrillos cocidos. Era propio del “modo de producción asiático” la construcción de grandes monumentos, símbolos del Imperio. Dice el relato del Génesis que los asirios se habían propuesto construir una gran torre, “que llegase hasta el Cielo” –es decir, pretendían autodivinizarse-. Para esto se requería la imposición de una lengua única -la imperial- para obligar a los habitantes de diversos pueblos conquistados a construirla. Pero los esclavos, como mecanismo de resistencia, se replegaron sobre sus lenguas locales y sabotearon la obra… Pero así no se haría ninguna cosa, Tuvieron que separarse -el localismo es poco eficiente y termina por debilitarse-. Quedó sólo el recuerdo y el sueño de recomponer sobre nuevas bases de autonomía la unidad perdida.
  • En el cenáculo se suscita en los apóstoles un impulso irresistible por proclamar a gritos su testimonio. Quitan la tranca, abren la puerta y quedan asombrados ante una gran multitud. Atraídos por el ruido y movimientos de aquella casa, se habían ido congregando muchos judíos extranjeros que habían llegado a la ciudad con motivo de la fiesta. Habitando en la “Diáspora” (ciudades griegas de las orillas del Mar Mediterráneo) llegaban de diversas partes. Pedro les predica, y cada cual lo escucha en su propia lengua (no en la uniformadora lengua del Imperio). Es lo que significa el símbolo de las lenguas de fuego.
  • La acción del Espíritu Santo –contra la supuesta glosolalia del hablar lenguas desconocidas u otros fenómenos paranormales al gusto de movimientos carismáticos maravillosistas– el fenómeno connota una auténtica interculturalidad, que evita el imperialismo lingüístico de Babel (como ahora el inglés); pero que al mismo tiempo, se abre hacia un auténtico “diálogo de culturas”, la verdadera “catolicidad”.
  • Contra la visión intimista –tan difundida- de la acción del Espíritu Santo en nuestra interioridad, pensemos en la Misión del Padre: Habiendo enviado a su Hijo, ahora ambos – Padre e Hijo- nos envían al Espíritu para continuar en la historia su proyecto, enseñado por su Jesús. Del Espíritu procede toda “misión”. La Iglesia no envía, sino más bien es enviada, aliada suya, para realizar aquel proyecto. El Espíritu sopla donde quiere, y ya que la Iglesia suele quedase corta, suscita otros profetas en religiones diversas o en movimientos cívicos, en manifestaciones intelectuales o en diversas y múltiples “espiritualidades”, y en todo aquello que converja de alguna manera en el proyecto de Cristo, y que se oponga al Anticristo, con lo que se llevará, finalmente, a cabo la misión del Padre.
  • La acción del Espíritu Santo se manifiesta hoy a través de sus siete dones:
    • Sabiduría- La palabra viene de “sabor”: algo que se saborea. Ayuda a ubicarse en el mundo. No se trata de un estudio racional, ni menos de erudición. Es la experiencia conciente de la propia vida, digerida para ser transmitida (la puede tener, por ejemplo, un anciano campesino analfabeto). Las religiones, en general, suelen ser fuente de sabiduría.
    • Entendimiento.– para conocer (no “comprender”) a Dios. Al menos, entender la “no-repugnancia” racional de la fe; la intuición, la “teología negativa” (“apofática”, lo que no es Dios), el ansia de saber de Dios y de nuestro estar en el mundo.
    • Ciencia.– el estudio sistemático de la teología o de la doctrina; no para repetir fórmulas dogmáticas de memoria, sino como un estímulo al pensamiento creyente para adentrarse en el conocimiento de la fe, con audacia y fidelidad (tradición e innovación). Para ello, tenemos que comprender mejor la propia cultura (espacial y temporal) que hoy no puede ser sino globalizada, para que se generen síntesis entre fe y vida actual. Este don también ayuda para una comprensión histórico- política y distinguir lo que sean realmente “signos de los tiempos”, de lo que meramente sean azarosos o actitudes de moda. También para comprender los mecanismos sociales, esperanzadores o amenazantes, como desafío para nuestra actuación. Finalmente, para conocer teorías de la personalidad que ayude a la maduración de la fe.
    • Consejo.– No basta profundizar en la sabiduría creyente para uso personal, sino ponerla a disposición de quien tenga la solicite. Con la humildad de la escucha previa, de ponerse en el lugar del otro, de corregirlo fraternalmente, de testimoniarlo con el propio ejemplo, atento a lo que el otro sea en este momento capaz de comprender y confiando que él seguirá su propio proceso, probablemente por caminos diversos al de uno.
    • Fortaleza.– Valentía, audacia; pero al mismo tiempo, prudencia (hacer lo que las circunstancias permiten hacer: quizás correr, quizás alentar el paso, quizás detenerse; quizás dar marcha atrás). Vencer los miedos, o mejor, hacérselos aliados. Pero por otra parte, evitando fanatismos (que denotan inseguridad) o integrismos. Esto no es tanto algo producto de nuestra débil voluntad, sino un don del Espíritu.
    • Piedad.– Es compasión, sensibilidad y amor a Dios y a los que sufren. También es la necesaria oración, para abrirnos al Tú divino y escuchar sus mociones. Para irnos configurarnos con Cristo, conociéndolo, imitando su ejemplo, suscitando sentimientos similares.
    • Temor de Dios.– Que no es “tenerle miedo a un Dios lejano e imponente”, sino custodiar el “Mysterium Tremendum”, la insondable majestad de Dios, ante el cual exponemos simplemente nuestra humilde, pequeña e insignificante presencia.
  • Con estos dones, a nosotros se nos encomienda continuar el proyecto del Padre, vinculándonos a la Misión de Jesús y su Espíritu que nos ha sido enviado.

A-41 PASCUA DE RESURRECCIÓN

  • La presentación que los evangelistas hicieron de la Resurrección de Jesús sigue el esquema judicial. Las circunstancias habían colocado al pueblo ante un difícil discernimiento. Jesús les había planteado una propuesta religiosa basada en el “Sistema del Amor” a partir de los más vulnerables; pero aunque decía que no había venía a destruir la Ley antigua, sino “a darle su plenitud”, en la práctica resultaba un rompimiento respecto a aquella interpretación legalista y acartonada de los fariseos, con ese ritualismo y abusos del “Sistema del Sacrificio” (transferir las impurezas del oferente a su “chivo expiatorio”, le alienándolo de cualquier responsabilidad ética). Por la contraparte estaban las legítimas autoridades religiosas que gozaban del respaldo de la ley y de la tradición y que rechazaban a Jesús: no podía venir de Dios ya que no observaba el sábado -el respetable “Día del Señor”-, no cuidaba de “mancharse” tocando a leprosos, sus discípulos comían sin las lustraciones (lavarse las  manos antes de los alimentos), comía con publicanos y se rodeaba de pecadores, y esto, sin mencionar frases provocativas, como cuando llamaba a Dios “padre” suyo y que incluso pretendía identificarse con Él (“el Padre y yo somos la misma cosa”). Los indudables milagros que hacía –y que podrían probar la aprobación divina- también podrían provenir de un pacto diabólico y que los realizara “por el poder de Belzebú, príncipe de los demonios”.
  • Ambas propuestas religiosas se habían enfrentado como antagónicas e irreversibles y una de ellas tendría que caer. La gente estaba confundida. El único que podría resolver el dilema era Dios mismo; pero Él no le permitió a Jesús utilizar el poder divino en su propio beneficio. Lo que se le pedía era su fidelidad a su humanidad, incluso hasta la muerte. Si como decían las autoridades religiosas Jesús era un blasfemo, merecía la muerte por lapidación; pero los romanos se habían abrogado la pena capital, y no entendían ellos de cuestiones religiosas judías, de modo que la única forma de que los romanos mataran a Jesús había sido fabricarle un delito: la sedición, que merecía la crucifixión. Pero incluso en el último momento, la agonía en la cruz, Dios calló y Jesús experimentó el abandono de su Padre. Todo parecía que Jesús habría fracasado y que Dios estaba de parte de las legítimas autoridades religiosas. Pero una vez que Jesús murió y fue sepultado, finalmente, Dios se pronunció por Él, resucitándolo de entre los muertos. El libro de los Hechos de los Apóstoles repite varias veces el mismo esquema a propósito de la Resurrección: “a ese Jesús, a quien ustedes dieron muerte entregándolo a los paganos, a ese, ¡Dios lo resucitó!” Dios no estaba de parte de las autoridades religiosas, sino del ajusticiado, del rechazado.

·         Ciertamente el pronunciamiento de Dios fue muy discreto; apenas lo necesario; pero suficiente (fenómenos meteorológicos -el terremoto, el oscurecimiento del sol- podrían aparecer azarosos). Siendo la resurrección un hecho histórico, su veracidad dependerá de testigos, con las cualidades requeridas: ser sujetos de crédito, tener conciencia y que les constara personalmente. Las mujeres que fueron al sepulcro a ungir el cuerpo con perfumes, únicamente vieron removida la losa de entrada y asomándose, sólo vieron los lienzos. Los testigos que confirman la resurrección fueron, ciertamente, allegados suyos; pero no parecían predispuestos a creer cualquier alucinación (por eso Jesús pide que lo toquen, que le den de comer). Tan no estaban predispuestos que a pesar de estar tan familiarizados con su persona, lo confundían y sólo lo reconocen mediante algún signo: las llagas, las espinas del pescado, la palabra “María” pronunciada con ese tono tan peculiar, la pesca milagrosa, la fracción del pan, etc. ¿Será que el cuerpo resucitado sufre algunas transformaciones (atraviesa puertas cerradas, viaje rápidamente a Galilea, etc.)? ¿O será que más bien estaban inclinados a no aceptar la resurrección (lo habían visto: ¡tan bien muerto!)?

·         También es cierto que hubo testigos de la versión contraria: los soldados que guardaban el sepulcro afirmaron que mientras dormían, los apóstoles habían hurtado el cuerpo del sentenciado para hacer creer en la resurrección. Pero su versión era claramente un falso testimonio, ya que si estaban durmiendo, no pudieron saber si realmente algunos discípulos robaron el cadáver; máxime, como se supo posteriormente, que los Sumos Sacerdotes les habían dado monedas para sobornarlos.

·         De todos modos, aceptar la resurrección de Jesús no es fácil. Menos después de dos milenios de aquel suceso. Si aquel hecho sólo pudo ser creíble por el testimonio de alguien a quien le consta, ¿cómo pueden nuestros contemporáneos creer en este hecho, tan fundamental para nuestra fe? ¿Quién podría testimoniarlo? Sólo los auténticos creyentes. ¿De qué manera podemos ser creíbles de esta fe? Sólo mediante actitudes testimoniantes:

o   Vivir alegres.- Si la muerte subyace en cualquier tristeza profunda (enfermedades, separaciones, fracasos), la actitud de alguien que cree que la muerte puede superarse es la alegría. “La alegría –dijo Chesterton- es el gigantesco secreto de los cristianos”, pues como decía Santa Teresa, “un santo triste es… un triste santo”.

o   La valentía.- El miedo más hondo se produce ante el riesgo de morir; es el pavor ante nuestra desaparición. Pero quien cree realmente que la muerte no es definitiva; que hay vida más allá de la tumba, puede enfrentarse a los riesgos con valentía. Un cristiano cobarde no merece ser tomado en serio por nadie.

o   La esperanza.- Para actuar necesitamos de ideales que proyecten hacia el futuro nuestra vida. Pero la muerte frustra todos nuestros anhelos y proyectos, y esta llega fatalmente, tarde o temprano, de modo que la frustración parece inevitable. Pero al creer que hay vida más allá, se genera la esperanza, virtud que nos da seguridad y confianza de que nuestros anhelos más profundos –nuestra ansia de justicia, de paz, de libertad, de amor– habrán de tener cumplimiento.

o   El amor.- Por último, es una actitud que no se comprende plenamente sin un más allá: “El amor es más fuerte que la muerte”. El egoísmo siempre acecha e impide una entrega amorosa total, por lo que en toda entrega generosa siempre hay algo de muerte al “ego”. Podemos negarnos a nuestros intereses más fácilmente cuando tenemos fe en la resurrección.

·         Por eso la alegría de la Pascua no trata simplemente del “happy-end” de nuestro héroe, quien después de muchas desventuras logra triunfar. El Misterio pascual –la muerte y resurrección de Jesús- es también el misterio de nuestra propia muerte y de nuestra propia resurrección. La liturgia nos permite un doble salto mortal mistérico: primero, morir con la muerte de otra persona (¡¡¡), y segundo, con la muerte de aquella persona que vivió dos milenios atrás (!!!). Este proceso se inició el día de nuestro bautismo y se irá completando en el día-a-día, hasta que nos llegue el momento crucial de nuestra propia Pascua, “paso”) de nuestra muerte a la vida eterna.

A-01 LOS REYES MAGOS ¿QUIÉNES FUERON?

¿Quiénes fueron estos personajes? ¿ficticios? ¿verosímiles dentro del contexto de su tiempo?. ¿Tienen algo que ver con nuestras vidas actuales?

  • Hoy es la fiesta de la “Epifanía”. La palabra es griega –έπιϕάνεια, del verbo ϕαινέιν (brillar) y del prefijo επι (por encima): “acción de mostrarse o aparece por encima”; manifestación a la superficie; manifestación mágica del poder divino. Dios mismo manifiesta que ese bebé nacido en una cueva (en la periferia de Belén, periferia de Jerusalén, periferia del Imperio Romano) es nada menos que el Mesías largo tiempo esperado, el Hijo de Dios. En la Iglesia primitiva –y todavía hoy en las iglesias orientales-, la fiesta abarcaba tres “epifanías”: la adoración de los reyes, el bautismo de Jesús y la conversión de agua en vino en Caná. La Iglesia Latina separa estos actos: este año, ayer el evangelio narró las bodas de Caná, hoy la adoración de los Santos Reyes y el domingo próximo, el bautismo de Jesús. Ahora nos toca celebrar la primera: la adoración de los Santos Reyes.
  • Los evangelios de la infancia no tienen la misma precisión histórica que el resto del Evangelio. De hecho, San Mateo es el único que narra este episodio, para que por fines catequéticos, se vea que en Jesús se cumplen las antiguas profecías. Su relato ha recibido complemento de tradiciones medievales legendarias; pero Mateo no dice que fueran tres, ni menciona que sus nombres fuesen Melchor, Gaspar y Baltazar, ni dice que uno fuera negro, ni que vinieran montados en un dromedario, un caballo y un elefante (poco probable en las travesías por el desierto). Sin embargo el relato no deja de tener verosimilitud histórica. ¿Quiénes eran estos personajes? Debieron ser clanes nómadas de comerciantes, que traficaban mercancías exóticas para las élites de las ciudades -marfiles, sedas, especias, perfumes, etc.- a través del terrible desierto de Arabá, en los grandes centros civilizatorios junto a los ríos Éufrates (Babilonia, el actual Irak) y el Nilo (Egipto). Llevaban, obviamente, gente armada, para defenderse de los asaltantes y vivían en tiendas de campaña con cierto lujo. Los patriarcas del clan eran naturalmente los jefes (del árabe “jeques”), que traducimos como “reyes”, connotando, en la imaginería popular, a los reyes medioevales, con corona, capas y atuendos que hubieran resultado totalmente imprácticos en aquellas travesías. Ya que las dunas del desierto son muy cambiantes debido a los ventarrones del simún, no sirven de puntos de referencia. La única forma de orientarse en aquellas arideces era mirando al cielo. Las posiciones del sol y de la luna marcan los puntos cardinales; pero no basta, por lo que importa mirar las estrellas. Se dice que en aquella región es donde se pueden mirar el mayor número de estrellas, y no en balde en Asiria surgió la astrología que supone que los astros influyen en la historia personal y social. La ignorancia astronómica de la mayoría de la gente de los clanes pudo atribuir a sus jefes poder adivinatorio para guiar la caravana hacia los lugares adónde pretendían llegar, y de ahí su calificación de “magos”. Así que los “reyes magos” fueron en realidad “jeques astrólogos”
  • ¿Podría haber algún registro en la historia astronómica que explicase este fenómeno celeste? En 1614 el astrónomo Johannes Kepler registró que una serie de 105 conjunciones de los planetas Júpiter y Saturno (hecho poco frecuente) que tuvieron lugar en el año 7 AC, lo que daba impresión de una nueva estrella más luminosa. Según la astrología asiria, las estrellas influían en la vida de los humanos, y en el zodiaco, una constelación aparentemente es fija y sirve de eje a las demás; aunque también gira mucho más lento, pues cada 2,000 años se da un cambio de eje. Justamente entonces Aries (Abraham y el cordero) estaba siendo sucedida por Piscis (Jesús, el pez), y en esa región se suponía que el nacimiento de un rey o personaje importante era predicho por el nacimiento de una estrella. Esto explicaría el cambio de ruta, para reconocer este gran personaje recién nacido.
  • No es difícil sacar conclusiones de este pasaje para alguna llamada para nuestra vida espiritual, eso que suele llamarse “vocación”, y que no es exclusivo para entrar al seminario o al convento. Responder en la vida a una llamada o destino para cierta encomienda (misión), suele dar sentido a la existencia y orientar nuestras metas y esfuerzos en alguna dirección. Algo que pudiera ser oportuno al inicio de un año. También nosotros solemos estar inmersos en nuestros negocios (como los reyes magos en sus rutas comerciales); pero es posible que nos encontremos con un evento que parece significativo. Requiere de nosotros una actitud de discernimiento para ver si no es sino un acontecimiento azaroso o si constituye una señal. En este caso nos obligaría hacer un alto y cambiar de rumbo nuestra vida. No se tratará ahora, por supuesto, de maravillosos signos celestes, sino de los “signos de los tiempos”, es decir, ciertos fenómenos sociales significativos que pueden indicarnos por dónde el Espíritu señala que hay que caminar para implementar la voluntad del Padre. (Jesús recriminó a quienes predecían la lluvia o el calor por signos metereológicos: “Saben interpretar el aspecto de la tierra y el cielo, ¿cómo entonces no interpretar el momento presente?”).
  • Ya que la superposición de ambos planetas Júpiter y Saturno no era total, podría notarse un chipotito o especie de flecha en una vaga dirección hacia Palestina, posiblemente algún oasis del Jordán, y hacia allá se dirigieron. Si bien cada jeque de clan, por su lado, hizo la misma interpretación del fenómeno celestial, la estrella los hizo encontrarse en el camino. Igualmente nosotros, al atender esos “signos” para reorientar el rumbo de nuestra vida hacia metas supraindividuales, encontraremos compañeros de viaje que podrán convertirse en amigos y hermanos en la misma causa.
  • Ya en tierra Palestina se dirigieron, como era natural, a Jerusalén, confiados en que si se trataba del nacimiento de un rey glorioso, seguramente allá les darían razón y ellos podrían entonces darle reconocimiento, para su propia conveniencia.
  • Una vez llegados a la gran ciudad, la estrella ya no les era suficiente (se ocultó). Ahora se requería más bien de indagar. Tampoco a nosotros nos basta con interpretar ciertos sucesos como “signos” epifánicos de la voluntad del Padre sobre nuestro actuar. Necesitamos también del arduo trabajo investigativo y crítico. Para saber el “cómo”, “cuándo”, “dónde”, “con quiénes”… nos ayudarán los dones del Espíritu Santo: los de Ciencia, de Entendimiento, y también el de Consejo -la consulta a los profesionistas especializados-. Toda la ciudad se conmocionó con la llegada de aquellos personajes exóticos del desierto, al punto que el mismo rey se interesó alarmado y llamó a los escribas para ver si existía en las viejas profecías algún indicio del nacimiento de algún rey-mesías. Ellos le recordaron la del profeta Miqueas (5, 1) “Tú Belén, en territorio de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un “jeque, el pastor de mi pueblo, Israel”.
  • Los reyes magos se encaminaron, pues, hacia Belén y allí no les fue difícil indagar entre los lugareños. Unos pastores les hablaron del niño nacido en una cueva. Con el testimonio de los sencillos, “limpios de corazón”, nuevamente el signo (la estrella) se les hizo brillante. Ante la luz de la fe de los sencillos, terminó su búsqueda, dando con la casa de los parientes de José, donde se encontraba pasado el censo.
  • Por aquel entonces se esperaba la venida inminente de cierto personaje misterioso –el “Mesías”-, a quien se atribuían funciones reales, y Mateo apoya su relato en la profecía de Isaías –a quien leímos en la primera lectura-: “Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti… Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes al resplandor de tu aurora… Entonces verás esto radiante de alegría; tu corazón se alegrará y se ensanchará cuando se vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos… Te inundará una multitud de camellos y dromedarios procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor” (60, 1-6). El Mesías esperado habría de ser un rey reconocido por muchos pueblos, no para sustentar el dominio de Israel, sino atraídos por una luz: su mensaje de paz y fraternidad, que tiene potencial para iluminar a las diversas culturas e incluso, otras religiones o a personas de buena voluntad que no crean en un Dios; pero dispuestos a vivir sus valores éticos. Es ese misterio revelado a San Pablo (segunda lectura); pero ya manifestado antes por los apóstoles y profetas: “que también los paganos son coherederos de la misma herencia…partícipe de la misma promesa en Jesucristo”.
  • Los viajeros no se desilusionaron al constatar que aquel Rey preclaro anunciado por la naciente estrella, como habían creído, era en realidad un pequeño niño pobre; el Niño-Dios que se “manifiesta” en los más oprimidos y empobrecidos. Entonces, nuestros jeques astrólogos (“reyes magos”) le ofrecieron dones de su tesoro: oro, incienso y mirra. Nosotros también podemos ofrecer como dones, la disponibilidad para cumplir la voluntad del Padre, la fidelidad a nuestro compromiso bautismal y un corazón amoroso hacia los sufrientes.
  • Como todo signo, la estrella fue objeto de interpretaciones ambivalentes: para los Reyes Magos fue bendición; pero para Herodes, fue amenaza. Desde su nacimiento, el Niño tuvo enemigos de muerte; varios bebés fueron masacrados, y tuvo que ser exiliado para salvarse. En nuestra búsqueda por cumplir la voluntad divina, tendremos enemigos, las fuerzas del Anticristo, que no se detienen ni ante el asesinato de inocentes. Hemos de hacer continuamente discernimiento crítico para buscar continuamente, con astucia y audacia, caminos alternativos para defender la esperanza. La “Epifanía” nos evoca todas las búsquedas interculturales e interreligiosas de Dios; nuestras nostalgias y anhelos, nuestro caminar por el desierto árido de la vida, en la incertidumbre. Tan sólo guiados por leves signos de luz.