Hch 2,1-11.
- La fiesta Judía de Pentecostés (shavei), celebrada a los 50 días (7 semanas + 1) después de su Pascua, tenía un carácter agrícola, y era día de regocijo, de acción de gracias, de ofrecimiento de las primicias de la cosecha. Muchos israelitas subían a Jerusalén a pasar allí la fiesta, incluyendo emigrantes y prosélitos de ciudades en el extranjero.
- En ese mismo día, actualmente los cristianos celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Desde que Jesús subió al Cielo, los apóstoles se quedaron en Jerusalén en oración continua, “alabando a Dios en el templo”. Pero aprovechando que durante esa fiesta había mucha gente y podían pasar más desapercibidos, María los convocó. Llegaron temerosos, pues ya se había iniciado la persecución. Ella mandó atrancar la puerta, y probablemente habría cuestionado algo semejante a esto: “!Esto es una “encerrona”! ¡De aquí nadie sale hasta que decidamos que vamos a hacer! ¿Ya damos todo por terminado? ¿O decidimos continuar? Nos mantenemos en un perfil bajo esperando a que pasen estas calamidades, o de una vez nos lanzamos con coraje y pasión”. Los apóstoles se pusieron a orar intensamente, y fue así que descendió el Espíritu de Jesús, y fue entonces que nació la Iglesia.
- Resulta difícil encontrar alguna representación del Espíritu Santo. La que prepondera es la figura de la palomita, pues en el bautismo de Jesús, dice Marcos que el Espíritu “bajó sobre Él como si fuese una paloma”. Sin embargo, este símbolo no parece tan afortunado como los que se habla en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles. Estando en oración, de repente se escuchó el rugido de un viento impetuoso que hizo cimbrar la casa, y apareció una bola de fuego: Viento impetuoso y fuego son los fenómenos naturales más impactantes, incontrolables. ¿Cómo no atemorizarnos ante un tornado, que vuelca trailers o hace volar tinacos? ¿Cómo no atemorizarnos ante el incendio de un bosque, en donde el fuego únicamente puede vencerse con otro fuego? (los guardias forestales se adelantan en dirección al fuego, hacen una zanja y prenden fuego a la orilla, para que ambos fuegos se encuentren y se extingan) Esto no puede menos de connotar fuerza, dinamismo, ímpetu. Eso es el Espíritu Santo (aunque a Elías no se manifestó en el terremoto o el ciclón, sino en una brisa muy suave).
- Lenguas de fuego: los fragmentos de fuego tenían la forma de lenguas, símbolo que connota los idiomas. Esto se comprende mejor si la ubicamos como contrapunto al relato de la Torre de Babel. Los hebreos habían sido deportados a Asiria y allí, en el valle de Sinaar, quedaron impactados por las ruinas de una gran construcción inconclusa, se trataba de un “zigurat” (aún hoy persisten algunas de ellas), templos sobre pirámides cuadrangulares construidas con ladrillos cocidos. Era propio del “modo de producción asiático” la construcción de grandes monumentos, símbolos del Imperio. Dice el relato del Génesis que los asirios se habían propuesto construir una gran torre, “que llegase hasta el Cielo” –es decir, pretendían autodivinizarse-. Para esto se requería la imposición de una lengua única -la imperial- para obligar a los habitantes de diversos pueblos conquistados a construirla. Pero los esclavos, como mecanismo de resistencia, se replegaron sobre sus lenguas locales y sabotearon la obra… Pero así no se haría ninguna cosa, Tuvieron que separarse -el localismo es poco eficiente y termina por debilitarse-. Quedó sólo el recuerdo y el sueño de recomponer sobre nuevas bases de autonomía la unidad perdida.
- En el cenáculo se suscita en los apóstoles un impulso irresistible por proclamar a gritos su testimonio. Quitan la tranca, abren la puerta y quedan asombrados ante una gran multitud. Atraídos por el ruido y movimientos de aquella casa, se habían ido congregando muchos judíos extranjeros que habían llegado a la ciudad con motivo de la fiesta. Habitando en la “Diáspora” (ciudades griegas de las orillas del Mar Mediterráneo) llegaban de diversas partes. Pedro les predica, y cada cual lo escucha en su propia lengua (no en la uniformadora lengua del Imperio). Es lo que significa el símbolo de las lenguas de fuego.
- La acción del Espíritu Santo –contra la supuesta glosolalia del hablar lenguas desconocidas u otros fenómenos paranormales al gusto de movimientos carismáticos maravillosistas– el fenómeno connota una auténtica interculturalidad, que evita el imperialismo lingüístico de Babel (como ahora el inglés); pero que al mismo tiempo, se abre hacia un auténtico “diálogo de culturas”, la verdadera “catolicidad”.
- Contra la visión intimista –tan difundida- de la acción del Espíritu Santo en nuestra interioridad, pensemos en la Misión del Padre: Habiendo enviado a su Hijo, ahora ambos – Padre e Hijo- nos envían al Espíritu para continuar en la historia su proyecto, enseñado por su Jesús. Del Espíritu procede toda “misión”. La Iglesia no envía, sino más bien es enviada, aliada suya, para realizar aquel proyecto. El Espíritu sopla donde quiere, y ya que la Iglesia suele quedase corta, suscita otros profetas en religiones diversas o en movimientos cívicos, en manifestaciones intelectuales o en diversas y múltiples “espiritualidades”, y en todo aquello que converja de alguna manera en el proyecto de Cristo, y que se oponga al Anticristo, con lo que se llevará, finalmente, a cabo la misión del Padre.
- La acción del Espíritu Santo se manifiesta hoy a través de sus siete dones:
- Sabiduría- La palabra viene de “sabor”: algo que se saborea. Ayuda a ubicarse en el mundo. No se trata de un estudio racional, ni menos de erudición. Es la experiencia conciente de la propia vida, digerida para ser transmitida (la puede tener, por ejemplo, un anciano campesino analfabeto). Las religiones, en general, suelen ser fuente de sabiduría.
- Entendimiento.– para conocer (no “comprender”) a Dios. Al menos, entender la “no-repugnancia” racional de la fe; la intuición, la “teología negativa” (“apofática”, lo que no es Dios), el ansia de saber de Dios y de nuestro estar en el mundo.
- Ciencia.– el estudio sistemático de la teología o de la doctrina; no para repetir fórmulas dogmáticas de memoria, sino como un estímulo al pensamiento creyente para adentrarse en el conocimiento de la fe, con audacia y fidelidad (tradición e innovación). Para ello, tenemos que comprender mejor la propia cultura (espacial y temporal) que hoy no puede ser sino globalizada, para que se generen síntesis entre fe y vida actual. Este don también ayuda para una comprensión histórico- política y distinguir lo que sean realmente “signos de los tiempos”, de lo que meramente sean azarosos o actitudes de moda. También para comprender los mecanismos sociales, esperanzadores o amenazantes, como desafío para nuestra actuación. Finalmente, para conocer teorías de la personalidad que ayude a la maduración de la fe.
- Consejo.– No basta profundizar en la sabiduría creyente para uso personal, sino ponerla a disposición de quien tenga la solicite. Con la humildad de la escucha previa, de ponerse en el lugar del otro, de corregirlo fraternalmente, de testimoniarlo con el propio ejemplo, atento a lo que el otro sea en este momento capaz de comprender y confiando que él seguirá su propio proceso, probablemente por caminos diversos al de uno.
- Fortaleza.– Valentía, audacia; pero al mismo tiempo, prudencia (hacer lo que las circunstancias permiten hacer: quizás correr, quizás alentar el paso, quizás detenerse; quizás dar marcha atrás). Vencer los miedos, o mejor, hacérselos aliados. Pero por otra parte, evitando fanatismos (que denotan inseguridad) o integrismos. Esto no es tanto algo producto de nuestra débil voluntad, sino un don del Espíritu.
- Piedad.– Es compasión, sensibilidad y amor a Dios y a los que sufren. También es la necesaria oración, para abrirnos al Tú divino y escuchar sus mociones. Para irnos configurarnos con Cristo, conociéndolo, imitando su ejemplo, suscitando sentimientos similares.
- Temor de Dios.– Que no es “tenerle miedo a un Dios lejano e imponente”, sino custodiar el “Mysterium Tremendum”, la insondable majestad de Dios, ante el cual exponemos simplemente nuestra humilde, pequeña e insignificante presencia.
- Con estos dones, a nosotros se nos encomienda continuar el proyecto del Padre, vinculándonos a la Misión de Jesús y su Espíritu que nos ha sido enviado.
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