Lc 2, 41-52
- Dentro del clima navideño, nuestra mirada se dirige espontáneamente hacia aquella casita de Nazareth, donde vivía José y María, y donde el niño Jesús “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y el favor de Dios lo acompañaba”
- La familia es una institución primordial; es la “célula de la sociedad”, el oasis en medio del ajetreo citadino; aunque también puede ser causa de tensiones, abusos y problemas. La antropología cultural registra gran variedad de estructuras de parentesco, que se han dado y se dan en diversos tiempos y lugares. La familia de José estaba organizada de modo muy diverso a las familias nucleares modernas.
- En Galilea, el núcleo familiar era el del clan. En el solar patriarcal (del varón de más edad), los hijos o hermanos casados construían sus respectivas viviendas, compartiendo un mismo patio, dónde guardaban sus aperos comunes, lavaban la ropa, tenían el horno para el pan, e incluso, un lagar. Una barda rodeaba ese espacio y un portón que se atrancaba por la noche. En ese espacio convivían los niños, considerados como “hermanos”, que entraban indiferentemente en cualquier vivienda.
- Frente a este modelo (aún presente no hace mucho entre las familias del campo mexicano), la actual familia nuclear urbana presenta claras diferencias. En primer lugar, la pareja vive en un pequeño departamento con pocos hijos (el recurso a los anticonceptivos). No son raros otros tipos de familia, como la monoparental o en la que conviven los hijos de la pareja con hermanastros, hijos de una pareja anterior. Pero no hay que olvidar que aunque vivan distantes, los miembros ancestrales del clan siguen influyendo en la dinámica personal y familiar.
- Los ancianos, que en la familia tradicional eran los “patriarcas” que controlaban la economía y el poder, y gozaban de prestigio y autoridad, ahora quedan solos, acaso internados en alguna casa de reposo, careciendo de poder
- Antes, el varón era el que salía a trabajar y la mujer se dedicaba exclusivamente a los quehaceres domésticos. En cambio, ahora ambos cónyuges trabajan fuera y por tanto, ambos hacen las tareas del hogar, quedando menos tiempo para la convivencia intrafamiliar
- Los adolescentes se dedicaban únicamente al estudio, y les quedaba tiempo para jugar en la calle con los vecinos. Ahora, en cambio, la escuela organiza mucha actividad extracurricular y en casa se quedan solos. entretenidos con las redes sociales o los videojuegos.
- En efecto los bienes tecnológicos de hace apenas unas décadas eran los electrodomésticos, destinados para toda la familia. Los bienes tecnológicos actuales, en cambio, son individuales -cada cual sus cosas-, y cada cual tiene su propia televisión, su laptop, su IPhon, quizás su auto, y el horno de microondas permite comer cada cual cuando puede. Ya no es posible el control total de los programas por parte de los padres y se les tiene que formar en la responsabilidad personal…
- Estos cambios sociológicos se convierten en desafíos para la construcción creativa de nuevos estilos familiares, que al mismo tiempo conserven algunos valores y virtudes tradicionales. En la Biblia se recomiendan a los hijos el respeto, el honor, la obediencia y el cuidado hacia sus padres. Estas virtudes son imprescindibles; pero ahora aquel autoritarismo patriarcal, que antes funcionaba, tiene que ser complementado o sustituido por relaciones más circulares, de diálogo, respeto recíproco, tolerancia, participación, equidad, escucha y libertad; y esto no sólo entre los cónyuges, sino también para con los hijos.
- Aunque la estructura familiar se modifique, existen ciertos valores vividos por la Sagrada Familia en Nazareth y que no tienen por qué desaparecer. De entrada está el amor, que es la argamasa que construye esta convivencia. Sin embargo, a veces este amor se presupone, una vez expresado solemnemente en el rito nupcial de los esposos y vivido en la intimidad familiar de lo cotidiano. El diálogo es fundamental en la familia. No sólo entre los esposos, sino también entre los padres y los hijos. El Evangelio de hoy nos da una muestra de cómo era la cotidianidad de la sagrada familia.
- Jesús tenía ya 12 años, que si lo comparamos con los adolescentes actuales, nos parece un poco precoz, pues los muchachos de ahora maduran más despacio. Como muchas familias piadosas, José y María subían a Jerusalén cada año, con motivo de las fiestas de Pascua, donde se quedaban pocos días. Los adultos iban al templo a cumplir sus rituales de purificación –la mayoría, nimiedades involuntarias– y a los niños les dejaba en el “catecismo”, es decir, los encargaban a una instrucción a cargo de un escriba de bajo nivel. Su madre le había recomendado atención, pues los escribas del templo sabían mucho de la Palabra de Dios; pero él noto que algo no corría bien. Cuando hablaban del Mesías que pronto habría de venir, lo pintaban como un rey-guerrero, más poderoso que el mismo rey David; pero eso contradecía lo que su mamá le había contado en los profetas, como Isaías, que lo describía más bien pobre e indefenso. El niño preguntaba y el escriba pretendía corregirlo fácilmente, citando a otros profetas; pero el niño contraponía otras profecías más… Así en la discusión llegó el momento de regreso, cuando tenía que unirse a sus padres en el lugar prefijado, según lo convenido. Clásico adolescente, el niño precoz pensaba que lo prioritario en ese momento era aclararles a los escribas su error, y no atendió al tiempo. Entre tanto, la caravana ya se ponían en marcha: los hombres por delante, marcando la ruta y cantando alabanzas; luego los muchachos con los camellos y las tiendas, y atrás, las señoras con los alimentos y los enseres de cocina. Los niños, correteaban en cualquiera de los grupos. María y José no se preocuparon de su hijo, pues era siempre sumamente responsable, de modo que hicieron una jornada. Descansaron cerca de un pozo y los señores levantaron las tiendas, mientras los muchachos llevaban los camellos a abrevar y las mujeres preparaban la comida. Cuando al llegar la noche se reencontraban las parejas, notaron que faltaba Jesús (“¿qué no venía contigo?”). Esa noche no durmieron, y ya cerca del alba, apenas cuando comenzaba a clarear, se regresaron presurosos a la Ciudad Santa. Fueron de inmediato con los parientes, quienes les tranquilizaron, pues por la noche se había quedado con ellos y temprano fue de nuevo a la doctrina. María se sorprendió, no sin cierto orgullo, al ver que había por lo menos tres escribas, de los más informados, y que en ese momento le hacían preguntas ellos a su hijo, quien respondía conforme a lo que ella le había enseñado. Fue la única vez que su madre corrigió al pequeño: “Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? ¡Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia!” Como todo adolescente, el chamaco le contestó retobando “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?”
- Hoy más que nunca, cuando las condiciones actuales hacen pasar tiempo fuera del hogar, se necesita de la comunicación intrafamiliar. Se requiere de gran esfuerzo para no abandonar a los hijos y para acompañarlos en el reconocimiento de los límites existentes, que no pueden transgredirse sin riesgos. Por lo tanto, hoy como antaño, los padres no deben eludir la responsabilidad de la corrección. Los padres piensan que ellos son los de la experiencia, que saben todo, que deben enseñar a los hijos y que estos, deben obedecerles sin chistar, pues “están sujetos a su autoridad”. Pero una relación madura implica diálogo, y éste es de escuchar y hablar ambas partes. La comunicación frecuente es algo ineludible. Los padres no sólo deben hablar a los hijos (enseñarles, reprenderlos), sino también escucharlos y respetarlos; aunque sean pequeños, y que ellos deben aprender ya desde pequeños a tomar sus propias decisiones. Una madre madura no sólo “enseña” a su hijo, sino que aprende de él, y “guardaba estas cosas en su corazón”.
- Las tecnologías de información digitalizada son algo que ya se nos impone. La computadora y el celular, al mismo tiempo que acerca a los lejanos, también aleja a los cercanos. Si aprendemos a emplear mejor estas tecnologías podrían ser fuente de comunicación profunda y ser aprovechadas para la transmisión de la fe y para la formación de los hábitos cívicos, que anteriormente eran tareas delegadas a las abuelas.
- En fin, la Sagrada Familia es un icono simbólico, un paradigma que no hemos de perder de vista ante los cambios culturales actuales y la crisis de la institución familiar, justamente para ser repensada y adaptada a los desafíos culturales de la vida moderna.
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