Utopía 9. DISTOPÍA Y CIENCIA

LA PROYECCIÓN DISTÓPICA DE LA CIENCIA

Hasta hace apenas unos sesenta años, prevalecía la cosmovisión ingenua de estar viviendo en un Planeta con recursos ilimitados y con grandes capacidades para reintegrar automáticamente los sobrantes de la producción. El Club de Roma nos advirtió que, de no poner algún remedio, el aumento demográfico -que duplica la población cada tres décadas- difícilmente podrá satisfacer en el futuro las necesidades básicas. El Informe sobre el Desarrollo Humano (HDR), realizado por el Banco Mundial en 1967 y actualizado varias veces hasta el 2016. Nos habla de cómo está distribuida la riqueza mundial, según los diversos países. La riqueza del grupo de 40 países más ricos es 150 veces más grande que la del grupo de los 40 países más pobres. Las cosas que compramos, utilizamos y tiramos, ocultan su historia: Las empresas extractivas -minería, petroleras, forestales, etc- utilizaban innovaciones tecnológicas pensando que, ni ellos ni sus hijos, tendrían de qué preocuparse. La industria no se preocupaba por los “desechos” que irreponsablemente arrojaba a la naturaleza (ríos, aire, mar). El consumismo moderno consistía en consumir más y más, productos innecesarios, desechados pronto como obsoletos, para engrosar gigantescos basureros. El modelo tecno-científico, que en el siglo XVIII se pensaba que sería el que nos salvaría de nuestros problemas, hoy se evidencia ser la principal causa de ellos, más que su solución. Veamos con más detalle esto:

I EL CLUB DE ROMA 

Yo vine al mundo en el año 1939 y encontré un planeta con 1,500 habitantes. En 1969, en la ciudad de Roma se reunieron 100 científicos notables, reclutados entre los más connotados del mundo. Tuvieron a su disposición toda la información que solicitaron, y enormes computadoras controladas por técnicos de batita blanca (por cierto, eran menos potentes que nuestras laptops actuales). El análisis de las cifras reveló que en aquel 1969, el mundo tenía 3,000 mil millones de habitantes, es decir, a mis 30 años, la población mundial se había duplicado. Los científicos del “Club de Roma” advirtieron que, de no tomarse las medidas pertinentes, en los 30 años siguientes la población mundial se volvería a duplicarse. Y efectivamente, el mundo en 1999 se preparaba a la entrada del III milenio con una población mundial de 6,000 millones de habitantes. De seguir este ritmo, en el 2039 alcanzaríamos los 12,000 millones. Aunque parece que ya se han adoptado correctivos, considerando que ahora andaremos por los 7,800 millones de personas, no sería descabellado suponer para el 2030 andaremos por los 8,500 millones. Por tanto, tenemos que prepararnos para alimentar, sanar, educar, proporcionar vivienda a toda esta nueva población.

II “INFORME SOBRE EL DESARROLLO HUMANO” (Human Developent Report)

El Banco Mundial –el regulador más importante de la economia mundial– presentó este estudio en 1967. Se distribuyeron a todos los países del mundo en cinco grupos iguales de países, ordenados según su riqueza (México esta en el segundo grupo). Luego, correlacionaron esta gráfica con el PIB mundial. El resultado no pudo ser más impactante: Como puede verse en la grafica, el grupo del 20% de países más ricos poseen el 80% de la riqueza mundial; mientra que el 20% de los países más pobres sólo poseen el 1% de la riqueza mundial (la riqueza de los países más ricos fue 150 veces mayor que la de los más pobres). La imagen de la derecha, inspirada en la anterior, se conoce, entre los economistas, como “la parábola de la copa de champagne”. El estudio volvió a repetirse treinta años después (en 1997), y la desigualdad, en vez de disminuir, había aumentado. Esto falsea la llamada “teoria del escurre” o de “filtración descendente” (tomada de la imagen de una fuente con tres bandejas superpuestas según su tamaño, de menor a mayor, de arriba a abajo. Esta “teoría” supondría que, si los de más arriba poseen mayor riqueza, como en la fuente, la riqueza automáticamente hará un “escurre” hacia las bandejas inferiores. La realidad es justamente lo contrario: la bandeja superior, en lugar de “escurrir” riqueza, se agranda más y más.

III “LA HISTORIA DE LAS COSAS”

Se trata del célebre video, producido por Annie Leonard en 2010.1 La autora explica, en forma sencilla y pedagógica (con dibujos en el pizarrón), cómo el sistema capitalista actual es un proceso lineal que nos está llevando al fin de la vida humana, como podemos verlo analizando los cinco factores de la producción de bienes (extracción – producción – distribución – consumo- sobrantes): 

A) Extracción- Sin reciclar, ya se ha devastado un tercio de la creación. Cuando el país extractor ve que en su país se agotan los recursos, va a otro más pobre y continúa allá su proceso destructor. 

B) Producción- Para que la materia prima se convierta en bienes de consumo, se requieren -además de dichos recursos-, energía (petróleo) y fuerza de trabajo barata. Muchos de estos obreros son emigrados de países que agotaron sus propios recursos; el salario es sumamente bajo y extenuante, p.ej., en las maquilas, donde para no alterar la banda en la cadena de embalaje fordista, se les prohíbe el descanso o atender sus necesidades fisiológicas, o están expuestos veces manipular materia tóxica durante toda la jornada (por cierto, esas mismas toxinas químicas pasan a los productos para ser consumidos). Una vez terminado el producto, sus “desechos” (en realidad “sobrantes”) se arrojan a la atmósfera, a los mares o a los ríos. 

C) Distribución- El comercio exige que la venta de los productos se realice lo más rápido posible. A veces se encuentran bienes a precios más bajos de su costo real (es decir, explotando recursos y mano de obra de países más pobres).  

D) Consumo- La publicidad y la producción ahora tienden a fomentar la “obsolescencia” Esta podría ser de dos clases:  

a) obsolescencia planificada, cuando se fabrican bienes que no sean muy durables (a veces, las computadoras, sólo le cambian la forma de pequeño chip, que ya no se encuentra en el modelo anterior; los celulares ahora revierten los adelantos, para disminuir su duración);  

b) Obsolescencia inducida. La publicidad magnifica la importancia de la “moda” y hace aparecer anticuados y ridículos los modelos anteriores. Así, compramos ropa para cada estación (a diferencia de antes, cuando el vestido de la abuela lo heredaba la nieta, con bordados confeccionados para apoyar la personalidad de la abuela). Al comprar p.ej. un IPhon de último modelo, uno se alegra; pero esa alegría no dura mucho, pues pronto sale otro modelo nuevo, y uno queda frustrado. Por eso, el índice de infelicidad es mayor en los países ricos consumistas. 

E) Descarte- Los productos comprados son de corta duración, por lo que, al poco tiempo, se descartan. De una u otra manera, todos contaminamos. Tomamos de la naturaleza lo que necesitamos y quedan sobrantes, que eliminamos como “basura”. En los tiempos antiguos, la naturaleza se encargaba de reciclar los “desechos”: Pero con la industrialización la producción en serie y el consumismo, el proceso se volvió incontrolable.

IV MODELO TECNOCIENÍFICO DE DESARROLLO (“Laudato Si”: Papa Francisco, n. 106) 

Otro elemento a tomar en cuenta para la explicación del futuro distópico lo proporciona la ciencia. Pero hay que discernir entre los científicos, pues muchos opinan que, justamente, el “Modelo Tecno-científico del Desarrollo” preevalente, más que solución, es parte del problema. Quien con más claridad lo expone, es nada menos que el Papa Francisco (Jorge Bergoglio), en su encíclica “Laudato Si’: Sobre el Cuidado de la Casa Común” (14-V-2015). 

Para el Papa, el problema fundamental que tiene este modelo de desarrollo es que, junto a él, la tecnología ha asumido un paradigma homogéneo y unidimensional en el que subyace un sujeto que, en el proceso lógico racional, progresivamente ha ido abarcando el objeto que se halla fuera de él. Este sujeto se despliega estableciendo el método científico en base a la experimentación, que ya en sí misma es una técnica de posesión. Es como si lo informe estuviese plenamente disponible para su delimitación. Esto, de alguna manera, siempre ha acontecido; pero durante mucho tiempo se plegaba a las posibilidades que las mismas cosas ofrecían (era como si las cosas mismas ofreciesen lo que tenían para ser aprovechado); en cambio ahora, lo que importa es extraer todo lo posible de ellas, ignorando u olvidando la realidad circundante. De ahí se pasa a la idea de un crecimiento infinito e ilimitado, y se difunde la mentira de que el Planeta cuenta con una infinidad de recursos, y que, por tanto, podemos estrujarlo hasta el límite, e incluso más allá del límite, confiando que este maltrato puede ser regenerado después. 

El efecto de este paradigma, es que no sólo degradan el ambiente, sino que los bienes industriales que produce no son neutros, sino que condicionan la vida de las personas y de la sociedad, crean un entramado que condicionan y orientan las posibilidades sociales de los grupos de intereses y de poder. No puede pensarse que se pueda cambiar de paradigma con estos “adelantos”, y utilizar estas técnicas como meros “instrumentos” neutrales, pues ahora ya se han vuelto tan dominantes que nos son imprescindibles. También ejercen su dominio en los campos de la economía y la política: se asume todo este desarrollo en función del rédito, sin importar los daños que impliquen para el ser humano. Se busca maximizar el beneficio y que sus propietarios se enriquezcan inmoderadamente; mientras, al mismo tiempo, crece un “subdesarrollo derrochador y consumista.”

  1. La OXFAM 

Esta importante Organización No Gubernamental mundial, hizo las siguientes denuncias en el Foro Económico Mundial (FEM) (Davos, enero 2019): 

  • 26 empresarios acumulan más riqueza que la mitad más pobre del mundo (3,600 millones)  
  • El 1% de la población (77 millones) concentra el 99% de la riqueza mundial; 
  • mientras que el 99,9% de la población posee el 19% de la riqueza- 
  • El 0.1% de la población tiene el 32% de la riqueza. 
  • El 0.01% de la población, el 19% de la riqueza 
  • El 0.001% de la población, el 30% de la riqueza (vid. gráfica más abajo).  

En el mismo FEM de Davos, OXFAM constató: 

  • De 2018 a 2019, los grandes multimillonarios en el mundo bajaron, de 43 a 26. 
  •  Estos multimillonarios son ahora más ricos que nunca. Su riqueza se incrementó ese año en 900,000 mdd (2,500 mdd diarios)  
  • Este grupúsculo posee la misma riqueza que 3,800 millones de personas (la mitad más pobre de la humanidad). El 1% de la fortuna de Amazon (Jeff Benzos) equivale al presupuesto sanitario de Etiopía (112,000 mdd.) 

LA POBREZA TAMBIÉN AUMENTA 

  • La economía de los pobres, de 2018 a 2,019, disminuyó 11% (3,400 millones de personas ganan menos de $dls 5.50/día) 
  • La ONU constata que hay en el mundo 2,200 millones de pobres, entre los cuales, 850 millones en pobreza alimentaria grave. 
  • 2,800 millones de personas sobreviven con menos de dos dólares diarios. 
  • La UE subsidia cada vaca con 2,2 dls diarios 

 

Utopía 4. LA FILOSOFÍA POLÍTICA SIGLOS XVII Y XVIII.

 La inquietud humana por la historia siguió interesándose por el pasado, prefiriendo el remoto, pues dentro de la prevalente concepción lineal ascendente de la historia, a los filósofos les importaban los extremos: el inicio y el fin de la historia. Antes de la ciencia o la filosofía, la episteme que primero preguntó por los orígenes de la humanidad, fue la mitología -la “Edad de Oro”-. En los siglos XVII y XVIII se daba un debate político parecido a las discusiones bizantinas de la teología escolástica tardía. Se discutía sobre el hipotético “hubiera” intrascendente: “¿Cómo hubiera sido el ‘homo naturalis´ si Adán y Eva no hubiesen pecado?, o planteada desde nuestra fantasía evolutiva: “¿Cómo hubiera sido la evolución de la especie, de haberse seguido la línea “bonoba” – más cercana a la opción querida por Dios -, que la del ‘chimpancé el “poder de dominación”, que finalmente prevaleció?” El debate medieval en torno al “estado de naturaleza”, prosiguió en los siglos XVII al XVIII, ahora ya secularizado por la filosofía política. Si no tomamos en cuenta el origen escolástico medieval de la polémica de estos siglos, no entenderemos bien las diferentes perspectivas de estos filósofos.  

A) Thomas Hobbes (1588 – 1679)

  Hijo del Vicario de Westport, Londres, fue atraído durante varios años por la escolástica anglicana, que después abandonó. Por tanto, no le era novedoso referirse la categoría escolástica del “homo naturalis”; pero no la situaba en el imaginario paradisíaco, sino que la pensaba como equivalente al “homo cadens” (el “hombre caído” en el primer pecado), sujeto, por tanto, al “poder de dominación” del salvajismo, convertido ahora en el “homo hominis lupus est”, en constante guerra de “todos contra todos” (“bellum omnium contra omnes”). Sin embargo, nunca desechó del todo la nostalgia de aquel Paraíso custodiado por la espada flamígera. Había ahora que mirar hacia delante y recuperar algún resabio, mediante su contrato social, dando lugar a un contractualismo utópico. Su conceptualización del ser humano es mecanicista, movido fatalmente por sus sentimientos, deseos y temores. Esto lo impulsaría a la compañía de otros seres semejantes; pero sabe que en ese “estado natural” vivirá en un conflicto permanente; preferiría vivir en soledad; pero en ella no satisfaría todas sus necesidades ni encontraría las comodidades que le podría brindar la vida en sociedad. Por esto, en su principal obra, el “Leviatham” (1691), el ser humano decide incorporarse a una institución artificial, que sería la sociedad (el Estado), aún al precio de renunciar a muchos derechos, otorgándole a una autoridad el monopolio de la violencia, mediante un “contrato social” (el “contractualismo”). Siendo liberal, propugna la igualdad entre todos los humanos y los derechos del individuo. Teoriza también sobre la “Ley Natural”, derivada de la razón, y que viviendo en ella se construiría un “Estado de Paz”, cuyos ensayos fueron desilusionantes (la porfiriana “Paz de los Sepulcros”).1 

B) John Locke (1642- 1704).

Este filósofo es considerado padre del liberalismo clásico en su vertiente del empirismo inglés. Su filosofía política supone que inicialmente, los seres humanos habrían vivido en un “estado de naturaleza”, en situación de paz e inclinados a observar las “leyes naturales” surgidas de la razón. Nos damos cuenta que su concepto del “estado de naturaleza” es muy diferente a la de Hobbes. En Locke, su “estado de naturaleza” puede equivaler al “homo naturalis”, de la teología escolástica de entonces –entendida como una “naturaleza buena”, aún no bien definida, que como ya sabemos, era la situación anterior a aquella lamentable primera elección libre y, por tanto, tendiente naturalmente a la “Ley Natural”, inscrita en el corazón humano. Su “jusnaturalismo”, por tanto, interpreta el “estado de naturaleza” como la escolástica, es decir, una “ley natural” transparente para todos, a lo que todos tenderían espontáneamente. En cambio, si el “estado de naturaleza” se interpretase desde el “homo cadens”, es decir, la naturaleza pervertida por la Caída tendiente hacia la dominación, como lo pensaba Hobbes., las “leyes naturales” ya no serían tan transparentes ni atractivas. Coincidirían entonces dichas “leyes naturales” -como de hecho ha sucedido- con la simple “moralidad”, en su etimología latina (“mos – moris” =costumbre), siendo nosotros normados por del contexto cultural hegemónico en cada colectividad; pero que fácilmente se generalizan, presuponiéndolas en todas culturas. Por ejemplo, durante mucho tiempo se consideró como “ley natural” la subordinación de la mujer al patriarca, y las relaciones homosexuales, fueron consideradas como “contra natura”. En este mismo sentido, para Locke, los principales “derechos naturales”, eran ejercer la justicia por la propia mano y la limitación de la propiedad privada, mediante la “apropiación” de los recursos naturales por la aplicación del trabajo (agricultura), y el derecho a gozar de los frutos de su trabajo mismo, siempre y cuando el terreno no haya sido ya “apropiado” previamente por el trabajo de otro. Si Dios entregó el mundo en común a toda la especie humana -dice-, no se tendrá derecho a cercar un predio que no se trabajase.  

Cuando algún humano, expulsado del originario “estado de naturaleza” quebrantó el “derecho natural” de otro, cometió un crimen, dando lugar a una condición de injusticia, que otros castigaron al infractor para resarcir el daño. Pero quizás ellos lo hicieron con una punición desproporcionada, y esto dio pie a un nuevo agravio, entrando en un ciclo infinito de injusticias posteriores, a una espiral de venganzas, que volvería intolerable la convivencia… hasta que todos decidieron, en común acuerdo, concertar un “contrato social” utópico que protegiera la propiedad privada y la vida de todos. Es así como se configuró la primera sociedad organizada, con un estado elegido por todos y con fuerza para controlar cualquier abuso. 

C) Jean-Jaques Rousseau (1712-1778) 

Este autor también imagina al “hombre naturalis”, tal como habría sido creado originalmente, coincidiendo con Locke en que el ser humano es bueno por naturaleza y se mueve por tendencias sanas. Ambos autores se deslindan de la concepción de Hobbes, en el sentido qye ser humano es malo por naturaleza. El “homo casum” (por el pecado original) convertido ahora en “homo hominis lupus”. Sin embargo, aquí Rousseau se opone a sus predecesores, Hobbes y Locke, quienes ven el larguísimo período cavernícola de la edad de piedra como degradante y corruptora. En esto, Rousseau coincide más con la paleografía moderna, que ve el estilo de vida del “nomadismo primitivo” (“lujo primitivo”), como más libre y placentera, alimentado con una dieta más balanceada y con más tiempo de ocio; aprendían mucho; no se especializaban en una sola actividad, sino que ejecutaban trabajos muy diversos; tenían muy pocas pertenencias y -contra Locke- no había propiedad privada, y en la mayoría de sus esporádicos contactos con otros clanes, no había violencia. Para Rousseau, los primitivos gozaban de una libertad sin limitaciones; pero como tampoco podían satisfacer solos su supervivencia y seguridad, ante tantos peligros que afrontaban, optaron por vivir en sociedad, evitado el dominio de los más fuertes. Esto les representó pérdida de su libertad y con ello, el decaimiento moral: “El hombre nace libre; pero ahora en todas partes está encadenado”. 

Perder gran parte de su libertad sólo pudo aceptarse mediante pactos libres -el “contrato social”-, poniendo su propio poder y sus cualidades en común. Todos aceptaban la dirección de una “voluntad general”, surgida del libre acuerdo. Esta asociación de varios humanos no es algo natural, sino que, más bien, se abandonó ese “estado natural” para construir algo artificial y más limitante. Así se logró evitar que, unos pocos -una clase o un grupo- dominaran a los demás, con lo que surgió el primer Estado. Vale la pena recordar, a este propósito, que Sigmund Freud, en su conocida obra “Malestar en la Civilización”, sostuvo desde el sicoanálisis, que la ciudad y la civilización urbana sólo pudieron gestarse gracias a la fuerte represión, e inhibición de los apremiantes deseos libidinales que, finalmente, canalizaron hacia el desarrollo cultural y civilizatorio. 

Por lo que la Arqueología actual muestra aquel primer Estado imaginado por Rousseau, nota las primeras civilizaciones que él imagina, eran muy diferentes. Una de las más antigua -el imperio sumerio de hace 7,000 años, florecida en las riberas de los grandes ríos Tigris y Eufrates-, era una misma área cultural, compuesto por varias “ciudades Estado” independientes, que continuamente guerreaban entre sí.  Esa fue, en la realidad, la primera sociedad, que los ideólogos liberales imaginaron como una institución colectiva, estable, regida por normas elaboradas mediante deliberación pública y aceptadas por la Voluntad General; un pueblo, concebido como soberano, una república democrática –monárquica o aristocrática–. Las desigualdades surgirían después, con la diversidad de preparación (empezaron a comparar quienes serían los más fuertes, los más gallardos, los más hábiles, los más inteligentes, etc.), y con esto, el deseo de ser superiores a los demás y que, finalmente, formaron entidades reguladoras de derechos y deberes y que, fácilmente, emplearon la coerción. 

D) Emmanuel Kant (1724-1804)

Dentro de su filosofía política, destaca el tratado “La Paz Perpetua” (1795), en el que Kant propone una perspectiva mundial y una forma de gobierno que favorezca la paz entre todos. Su título es burlesco, pues reconoce que dicha paz sólo se daría en los sepulcros (“la paz de los sepulcros”, en glosa de Porfirio Díaz). En la antigüedad griega (“politeia”), se buscaban condiciones para un orden colectivo que pudiera sostenerse y desarrollarse con el tiempo. En el siglo IV AC, con Platón y Aristóteles, este ideal alcanzó su gran momento; pero la “polis” griega dejó de ser el lugar para el ejercicio de los derechos civiles y pasó a ser lugar mercantil y de comercio, con lo que se agudizaron las tensiones entre pobres y ricos. Kant concluye que, a lo largo de toda la historia, siempre han existido el anhelo por la paz (la nostalgia por la Edad Dorada vía evolutiva bonoba); pero, paradójicamente, siempre ha habido guerras (chimpancé). 

La guerra, empero, también ha ayudado positivamente a la humanidad, pues sirvió para dispersar a los humanos y así pudieron poblar todo el Plantea, así como para organizar legalmente a los Estados. De esta forma, curiosamente, la guerra se convierte en un instrumento para la paz. A Kant le parece imposible el sueño de Platón—que los filósofos fueran los gobernantes–; pero espera que los gobernantes, al menos, conozcan las opiniones de los filósofos sobre la guerra y la paz, y que las apliquen. 

En su anexo a la “Paz Perpetua”, Kant propugna la armonía entre la moral y la política, pues la primera sería como la teoría del derecho público; mientras que la política, sería la aplicación de dicha doctrina al derecho. Por tanto, no puede haber disputa entre la práctica y la teoría; a no ser que por “moral” se entienda una doctrina general de la prudencia, es decir, una teoría de las máximas convenientes, para discernir los medios más propios que cada cual realice sus propósitos interesados, y esto equivaldría a negar toda moral. Dado que el hombre, en cuanto tal, no puede dejar de ser moral, el posible conflicto entre ambas debería resolverse siempre en favor de la moral, pues la política se sitúa en un nivel posterior. Por tanto, aconseja -parafraseando el Evangelio-, “buscad primero el ideal de la razón práctica y su justicia, y la paz perpetua (su finalidad) se os dará por añadidura”. Concluye observando que la guerra, como realidad distópica, siempre ha existido; pero también, su polo utópico, el anhelo de paz, nunca ha desaparecido.

Utopía 1. INTRODUCCIÓN

El tiempo es algo exclusivo del ser humano. No existe en el universo algo así como un gigantesco reloj cósmico que registrara lo que ha venido acaeciendo a partir de aquel “Big-Bang” primigenio1. El tiempo y el espacio, para Kant, son “imperativos categóricos”, es decir, que los humanos no podemos pensar sino desde estas categorías -los animales campean en la presente inmediatez de la naturaleza, y Dios existe en la eternidad del instante único,  

Por razones utilitarias, pronto se vio la conveniencia de calcular el tiempo. Distinguiéndose de dos tipos de tiempo, la duración y el devenir. El tiempo, como “duración” (“tiempo ecológico”) se midió comparando dos movimientos: desde que el cavernícola aprendió a calcular el movimiento del sol, para llegar a su cueva antes de que oscureciera, y no tener que guiarse por el olfato para encontrar a su hembra. Apenas hace unos 6,000 años, cuando se domesticaron los cereales, fue necesario conocer cuáles serían los mejores momentos para realizar las distintas actividades agrícolas. Los primeros astrónomos lograron prever solsticios y equinoccios (el ciclo de las estaciones); pero para que la población en general pudiera conocer y aprovechar este complicado cálculo, se valieron del ciclo ritual festivo. Contra lo que parecería lógico –primero establecer el calendario, y en éste, posteriormente, fijar las fiestas–, parece que, a los campesinos les resultó más fácil recordar un ciclo ritual, y sobre este ciclo, elaborar el calendario.  

El tiempo como “devenir” (“tiempo estructural”) sirve para constatar cómo envejecemos (el espejo o la fotografía), y de esta forma, distinguir las generaciones, pues las diversas culturas asignan a cada una de ellas ciertos deberes y ciertos derechos que les corresponden. Más tarde, cuando las colectividades sintieron la conveniencia de registrar los acontecimientos que, por su relevancia, tenían necesidad de recordar, se descubrió la utilidad de contar los años (a partir de la fundación de la ciudad “a Roma condita”, o el nacimiento de Cristo). Así se desarrolló una concepción de la temporalidad, sea como prospectiva hacia adelante, sea como retrospectiva hacia atrás (A.C., D.C.): el pasado, el presente y el futuro.  

Ha sido un imperativo de la humanidad el conocimiento del pasado, así como tratar de predecir una visión del futuro. De ahí que Gramsci afirmara la “identidad” entre historia (pasado) y política (presente), y esto, no por un vano afán de erudición, sino por y para los intereses del presente. Pero hay que tomar en cuenta que el conocimiento ha asumido modalidades diversas. La modernidad se caracteriza por su alarde de la racionalidad gnoseológica (objetivación de la “cosa”), cuyo prestigio más patente es la ciencia y la técnica. Sin embargo, la “posmodernidad” desveló los límites del conocimiento racional. Einstein consideraba a la imaginación como más importante que el conocimiento racional. El conocimiento propio de los pueblos originarios era combinar lo racional con lo emocional-imaginativo. Ahora hay algunos académicos que están reivindicando este modo de reflexión, al que llaman “sentipensar”. Nosotros nos moveremos dentro de lo imaginario, sea si queremos dar cuenta de las nostalgias colectivas del pasado, concretizadas en una “Edad de Oro” inicial, sea de los sueños colectivos del futuro, aspirando alcanzar una “Utopía” final. Los sueños son indispensables para toda sociedad. “Toda aventura humana importante, supone una forma de utopía”.2 Sin embargo, necesitamos también del pensamiento racional lógico, sin lo cual, no podremos alcanzar nuestros sueños. Se precisa de un equilibrio entre imaginación y razón; entre lo sacro y lo profano. Gracias al pensamiento científico, podemos ahora conocer mejor el pasado remoto y cómo será el futuro que pronto nos alcanzará, de no poner ahora remedios realistas. Por eso, en nuestro curso también recurriremos a la ciencia y a la filosofía. 

Históricamente, la principal inquietud humana se volvía hacia los orígenes, para explicar de dónde venimos y responder al interrogante sobre el origen de nuestra tendencia hacia el mal. De ahí que la imaginación se centrara en una supuesta “Edad de Oro” originaria (el “homo naturalis”), la cual se habría perdido por una traumática “caída” (“homo cadens”), que el cristianismo completaría con un esperanzador futuro (homo redentus”). No fue sino hasta la Alta Edad Media -en especial, en los inicios de los milenios I y II-, cuando la preocupación temporal prefirió interesarse, más por el futuro que por el pasado, imaginando aquel, sea como utópico, sea como distópico; milenarista o apocalíptico.  

El pensamiento utópico constituye nuestro “futuro deseable”. Sin embargo, ahora se habla de la “muerte de las utopías”. Habríamos llegado, según Fucuyama, al “fin de la historia”, y si nuestro mundo actual no es como lo habíamos soñado, al menos –dice el ideólogo del neoliberalismo- hemos alcanzado ya en “el mejor de los mundos posibles”. Ahora, pocos años después de aquella desafortunada declaración, vemos que muchos indicadores apuntan a que el “futuro probable” que nos espera, podría ser aún peor; que el verdadero “fin de la historia”, será “distópico”; pero que, no obstante, esto no significa un futuro fatal. Como cristianos, necesitamos de la esperanza, por más que esta no sea ilusoria, ni nos caerá del Cielo. Esto sería el “futuro posible”, pues como dicen los altermundistas, “otro mundo es posible”. La futurología científica coloca a la humanidad ante una tremenda disyuntiva: decidir entre estos “futuros”; y que a las próximas generaciones –quizás a los niños que ya están naciendo ahora— les tocará esta tremenda decisión. Por lo mismo, ahora es un momento para soñar. Los momentos de mayor riesgo, son los más propicios para imaginar nuevas alternativas y nuevas utopías. Igualmente, precisamos de un nuevo pensamiento científico-técnico que no se oriente a optimizar el bienestar de las minorías depredadoras, sino orientado hacia el mayor bienestar de las mayorías empobrecidas.