Utopía 4. LA FILOSOFÍA POLÍTICA SIGLOS XVII Y XVIII.

 La inquietud humana por la historia siguió interesándose por el pasado, prefiriendo el remoto, pues dentro de la prevalente concepción lineal ascendente de la historia, a los filósofos les importaban los extremos: el inicio y el fin de la historia. Antes de la ciencia o la filosofía, la episteme que primero preguntó por los orígenes de la humanidad, fue la mitología -la “Edad de Oro”-. En los siglos XVII y XVIII se daba un debate político parecido a las discusiones bizantinas de la teología escolástica tardía. Se discutía sobre el hipotético “hubiera” intrascendente: “¿Cómo hubiera sido el ‘homo naturalis´ si Adán y Eva no hubiesen pecado?, o planteada desde nuestra fantasía evolutiva: “¿Cómo hubiera sido la evolución de la especie, de haberse seguido la línea “bonoba” – más cercana a la opción querida por Dios -, que la del ‘chimpancé el “poder de dominación”, que finalmente prevaleció?” El debate medieval en torno al “estado de naturaleza”, prosiguió en los siglos XVII al XVIII, ahora ya secularizado por la filosofía política. Si no tomamos en cuenta el origen escolástico medieval de la polémica de estos siglos, no entenderemos bien las diferentes perspectivas de estos filósofos.  

A) Thomas Hobbes (1588 – 1679)

  Hijo del Vicario de Westport, Londres, fue atraído durante varios años por la escolástica anglicana, que después abandonó. Por tanto, no le era novedoso referirse la categoría escolástica del “homo naturalis”; pero no la situaba en el imaginario paradisíaco, sino que la pensaba como equivalente al “homo cadens” (el “hombre caído” en el primer pecado), sujeto, por tanto, al “poder de dominación” del salvajismo, convertido ahora en el “homo hominis lupus est”, en constante guerra de “todos contra todos” (“bellum omnium contra omnes”). Sin embargo, nunca desechó del todo la nostalgia de aquel Paraíso custodiado por la espada flamígera. Había ahora que mirar hacia delante y recuperar algún resabio, mediante su contrato social, dando lugar a un contractualismo utópico. Su conceptualización del ser humano es mecanicista, movido fatalmente por sus sentimientos, deseos y temores. Esto lo impulsaría a la compañía de otros seres semejantes; pero sabe que en ese “estado natural” vivirá en un conflicto permanente; preferiría vivir en soledad; pero en ella no satisfaría todas sus necesidades ni encontraría las comodidades que le podría brindar la vida en sociedad. Por esto, en su principal obra, el “Leviatham” (1691), el ser humano decide incorporarse a una institución artificial, que sería la sociedad (el Estado), aún al precio de renunciar a muchos derechos, otorgándole a una autoridad el monopolio de la violencia, mediante un “contrato social” (el “contractualismo”). Siendo liberal, propugna la igualdad entre todos los humanos y los derechos del individuo. Teoriza también sobre la “Ley Natural”, derivada de la razón, y que viviendo en ella se construiría un “Estado de Paz”, cuyos ensayos fueron desilusionantes (la porfiriana “Paz de los Sepulcros”).1 

B) John Locke (1642- 1704).

Este filósofo es considerado padre del liberalismo clásico en su vertiente del empirismo inglés. Su filosofía política supone que inicialmente, los seres humanos habrían vivido en un “estado de naturaleza”, en situación de paz e inclinados a observar las “leyes naturales” surgidas de la razón. Nos damos cuenta que su concepto del “estado de naturaleza” es muy diferente a la de Hobbes. En Locke, su “estado de naturaleza” puede equivaler al “homo naturalis”, de la teología escolástica de entonces –entendida como una “naturaleza buena”, aún no bien definida, que como ya sabemos, era la situación anterior a aquella lamentable primera elección libre y, por tanto, tendiente naturalmente a la “Ley Natural”, inscrita en el corazón humano. Su “jusnaturalismo”, por tanto, interpreta el “estado de naturaleza” como la escolástica, es decir, una “ley natural” transparente para todos, a lo que todos tenderían espontáneamente. En cambio, si el “estado de naturaleza” se interpretase desde el “homo cadens”, es decir, la naturaleza pervertida por la Caída tendiente hacia la dominación, como lo pensaba Hobbes., las “leyes naturales” ya no serían tan transparentes ni atractivas. Coincidirían entonces dichas “leyes naturales” -como de hecho ha sucedido- con la simple “moralidad”, en su etimología latina (“mos – moris” =costumbre), siendo nosotros normados por del contexto cultural hegemónico en cada colectividad; pero que fácilmente se generalizan, presuponiéndolas en todas culturas. Por ejemplo, durante mucho tiempo se consideró como “ley natural” la subordinación de la mujer al patriarca, y las relaciones homosexuales, fueron consideradas como “contra natura”. En este mismo sentido, para Locke, los principales “derechos naturales”, eran ejercer la justicia por la propia mano y la limitación de la propiedad privada, mediante la “apropiación” de los recursos naturales por la aplicación del trabajo (agricultura), y el derecho a gozar de los frutos de su trabajo mismo, siempre y cuando el terreno no haya sido ya “apropiado” previamente por el trabajo de otro. Si Dios entregó el mundo en común a toda la especie humana -dice-, no se tendrá derecho a cercar un predio que no se trabajase.  

Cuando algún humano, expulsado del originario “estado de naturaleza” quebrantó el “derecho natural” de otro, cometió un crimen, dando lugar a una condición de injusticia, que otros castigaron al infractor para resarcir el daño. Pero quizás ellos lo hicieron con una punición desproporcionada, y esto dio pie a un nuevo agravio, entrando en un ciclo infinito de injusticias posteriores, a una espiral de venganzas, que volvería intolerable la convivencia… hasta que todos decidieron, en común acuerdo, concertar un “contrato social” utópico que protegiera la propiedad privada y la vida de todos. Es así como se configuró la primera sociedad organizada, con un estado elegido por todos y con fuerza para controlar cualquier abuso. 

C) Jean-Jaques Rousseau (1712-1778) 

Este autor también imagina al “hombre naturalis”, tal como habría sido creado originalmente, coincidiendo con Locke en que el ser humano es bueno por naturaleza y se mueve por tendencias sanas. Ambos autores se deslindan de la concepción de Hobbes, en el sentido qye ser humano es malo por naturaleza. El “homo casum” (por el pecado original) convertido ahora en “homo hominis lupus”. Sin embargo, aquí Rousseau se opone a sus predecesores, Hobbes y Locke, quienes ven el larguísimo período cavernícola de la edad de piedra como degradante y corruptora. En esto, Rousseau coincide más con la paleografía moderna, que ve el estilo de vida del “nomadismo primitivo” (“lujo primitivo”), como más libre y placentera, alimentado con una dieta más balanceada y con más tiempo de ocio; aprendían mucho; no se especializaban en una sola actividad, sino que ejecutaban trabajos muy diversos; tenían muy pocas pertenencias y -contra Locke- no había propiedad privada, y en la mayoría de sus esporádicos contactos con otros clanes, no había violencia. Para Rousseau, los primitivos gozaban de una libertad sin limitaciones; pero como tampoco podían satisfacer solos su supervivencia y seguridad, ante tantos peligros que afrontaban, optaron por vivir en sociedad, evitado el dominio de los más fuertes. Esto les representó pérdida de su libertad y con ello, el decaimiento moral: “El hombre nace libre; pero ahora en todas partes está encadenado”. 

Perder gran parte de su libertad sólo pudo aceptarse mediante pactos libres -el “contrato social”-, poniendo su propio poder y sus cualidades en común. Todos aceptaban la dirección de una “voluntad general”, surgida del libre acuerdo. Esta asociación de varios humanos no es algo natural, sino que, más bien, se abandonó ese “estado natural” para construir algo artificial y más limitante. Así se logró evitar que, unos pocos -una clase o un grupo- dominaran a los demás, con lo que surgió el primer Estado. Vale la pena recordar, a este propósito, que Sigmund Freud, en su conocida obra “Malestar en la Civilización”, sostuvo desde el sicoanálisis, que la ciudad y la civilización urbana sólo pudieron gestarse gracias a la fuerte represión, e inhibición de los apremiantes deseos libidinales que, finalmente, canalizaron hacia el desarrollo cultural y civilizatorio. 

Por lo que la Arqueología actual muestra aquel primer Estado imaginado por Rousseau, nota las primeras civilizaciones que él imagina, eran muy diferentes. Una de las más antigua -el imperio sumerio de hace 7,000 años, florecida en las riberas de los grandes ríos Tigris y Eufrates-, era una misma área cultural, compuesto por varias “ciudades Estado” independientes, que continuamente guerreaban entre sí.  Esa fue, en la realidad, la primera sociedad, que los ideólogos liberales imaginaron como una institución colectiva, estable, regida por normas elaboradas mediante deliberación pública y aceptadas por la Voluntad General; un pueblo, concebido como soberano, una república democrática –monárquica o aristocrática–. Las desigualdades surgirían después, con la diversidad de preparación (empezaron a comparar quienes serían los más fuertes, los más gallardos, los más hábiles, los más inteligentes, etc.), y con esto, el deseo de ser superiores a los demás y que, finalmente, formaron entidades reguladoras de derechos y deberes y que, fácilmente, emplearon la coerción. 

D) Emmanuel Kant (1724-1804)

Dentro de su filosofía política, destaca el tratado “La Paz Perpetua” (1795), en el que Kant propone una perspectiva mundial y una forma de gobierno que favorezca la paz entre todos. Su título es burlesco, pues reconoce que dicha paz sólo se daría en los sepulcros (“la paz de los sepulcros”, en glosa de Porfirio Díaz). En la antigüedad griega (“politeia”), se buscaban condiciones para un orden colectivo que pudiera sostenerse y desarrollarse con el tiempo. En el siglo IV AC, con Platón y Aristóteles, este ideal alcanzó su gran momento; pero la “polis” griega dejó de ser el lugar para el ejercicio de los derechos civiles y pasó a ser lugar mercantil y de comercio, con lo que se agudizaron las tensiones entre pobres y ricos. Kant concluye que, a lo largo de toda la historia, siempre han existido el anhelo por la paz (la nostalgia por la Edad Dorada vía evolutiva bonoba); pero, paradójicamente, siempre ha habido guerras (chimpancé). 

La guerra, empero, también ha ayudado positivamente a la humanidad, pues sirvió para dispersar a los humanos y así pudieron poblar todo el Plantea, así como para organizar legalmente a los Estados. De esta forma, curiosamente, la guerra se convierte en un instrumento para la paz. A Kant le parece imposible el sueño de Platón—que los filósofos fueran los gobernantes–; pero espera que los gobernantes, al menos, conozcan las opiniones de los filósofos sobre la guerra y la paz, y que las apliquen. 

En su anexo a la “Paz Perpetua”, Kant propugna la armonía entre la moral y la política, pues la primera sería como la teoría del derecho público; mientras que la política, sería la aplicación de dicha doctrina al derecho. Por tanto, no puede haber disputa entre la práctica y la teoría; a no ser que por “moral” se entienda una doctrina general de la prudencia, es decir, una teoría de las máximas convenientes, para discernir los medios más propios que cada cual realice sus propósitos interesados, y esto equivaldría a negar toda moral. Dado que el hombre, en cuanto tal, no puede dejar de ser moral, el posible conflicto entre ambas debería resolverse siempre en favor de la moral, pues la política se sitúa en un nivel posterior. Por tanto, aconseja -parafraseando el Evangelio-, “buscad primero el ideal de la razón práctica y su justicia, y la paz perpetua (su finalidad) se os dará por añadidura”. Concluye observando que la guerra, como realidad distópica, siempre ha existido; pero también, su polo utópico, el anhelo de paz, nunca ha desaparecido.

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