Varias Concepciones sobre la Paz (expresadas o no)
La Paz como utopía ingenua: Ante esta guerra (que contempla la destrucción misma del Planeta) algunos opinan que no es posible que esto suceda, pues la Divina Providencia no permitirá que se destruya la vida en el Planeta Tierra, su mejor obra de la creación.
Desde otra perspectiva, los hippies, en la cercanía del III Milenio, hablaban de la llegada de la “Era Acuario”,[i] Era que se caracterizaría por la Paz y el Amor: ¡La Paz era traída por las estrellas!
“La Paz Perpetua” (1795). Es el título de la obra de Kant. El filósofo propone una utopía irrealizable -una paz a nivel mundial y con un gobierno que favorezca a todos-. El título de su obra es más bien burlesco: a lo largo de toda la historia, siempre ha existido el anhelo por la paz; pero paradójicamente, siempre ha habido guerra. La única paz posible sería, a su parecer, la “paz de los sepulcros”. La guerra, empero, también ha ayudado positivamente a la humanidad, pues sirvió para dispersar a los humanos y así pudieron poblar todo el Plantea, así como para organizar legalmente a los Estados. De esta forma, curiosamente, la guerra se convierte en un instrumento para la paz.
“La paz de los sepulcros”. Esta expresión kantiana fue retomada por algunos historiadores para calificar al régimen dictatorial de Porfirio Díaz (y otros regímenes impositivos, como el franquismo). Sería la paz publicitada por los dictadores
La Paz como la mera ausencia de guerra la adujo el presidente Donald Trump en el contexto de la guerra actual, cuando después del primer bombardeo que EEUU hizo a Irán y que entonces parecía la derrota total de aquel, escribió: “Con esto ya podemos celebrar la paz” (incluso, algunos de sus amigos propusieron a Trump para el Premio Nobel de la Paz).
La paz como el equilibrio del terror. La llamaron en este conflicto “muerte disuasiva mutuamente acordada”: tú no puedes destruirme, porque sabes que entonces yo te destruirá a ti. Pero ni siquiera esto es posible, pues los contendientes son concientes de la eventualidad de algún error técnico (inclusive, bastaría la interferencia de una bandada de gansos), para confundir un mero simulacro con un bombardeo real.
“Ley del Talión” (“ojo por ojo, diente por diente”). Este principio jurídico está en el Código de Hamurabi, primera codificación, y es el primer embrión de justicia punitiva. Podría valer, a condición de que quien juzgara fuese un juez prudente y justiciero, de lo contrario, se rompe el equilibrio, y se daría pie a la espiral de la violencia.
“La espiral de la violencia” Es expresión original de Helder Cámara, obispo de Recife, Brasil, entre 1964 y 1985, figura destacada en la Iglesia Católica por su defensa de los derechos humanos. Describía el proceso de espiral de la violencia en tres pasos: (a) la violencia de los opresores (que, de no encontrar resistencia, seguiría dando otra vuelta al torniquete) (b) la violencia de resistencia: la defensa con que responden los oprimidos (c) La violencia represiva: la aplican nuevamente los opresores para sofocar dicha rebelión. Esta espiral de violencia va escalando en gravedad:
Un recuerdo personal: Estando en la Colonia Hidalgo, Tlalpan una vez quedé en medio de una bronca callejera entre pandillas. Como la colonia está asentada en la zona donde se dio la erupción del Xitle, había muchas piedras de lava negra por todas partes, y una de ellas golpeó en la cabeza de un niño de 7 años. Esto suspendió la pelea, y los dos contendientes se encontraron en la casa del niño. La mamá los reprendió fuertemente, y allí, sobre el cuerpo inconciente del niño inocente, se dieron la mano. Eran los tiempos de los “chavos banda”, y eran muy comunes estas luchas entre pandillas de diversas colonias. Entonces se me ocurrió relatarles la ficción de una lucha callejera: un muchacho, atravesando la colonia vecina, fue cercado por los pandilleros de aquel lugar y uno de ellos -un fortachón- le dio una golpiza que le tumbó un diente y le puso un ojo morado. El muchacho regresó a su colonia, les contó esto a los de su banda, y entonces fueron todos a buscar a quien lo había golpeado, lo agarraron entre todos y el chico golpeado le tumbó al otro, dos dientes y le puso los dos ojos moros (“pa´ que aprenda”). La pandilla rival incursionó en la colonia del primer golpeado, ahora llevando palos y cinchos. En respuesta, ahora las dos bandas ya se enfrentaban con varillas, y luego saldrían a relucir las navajas.
Al día siguiente del primer bombardeo de Israel, Irán advirtió: “¡Consté!: nosotros no empezamos”. Horas después respondió con un impensable ataque, bien planeado, contra los blancos cruciales de Israel. El Ayatollah Khamenei amenazó a Israel que respondería con el doble de los daños que recibiera (si destruye Israel tres ciudades, Irán destruiría seis). Amenaza con “corregir” enérgicamente, no dejarse amenazar.
La guerra justa. Es conocida la definición de Benito Juárez: “Entre los hombres y entre los pueblos, el respeto al derecho ajeno es la paz”: el reconocimiento y el respeto de lo que corresponde a cada cual es la base para la coexistencia pacífica. El problema es la facilidad con que cualquiera puede justificar una agresión, calificándola como conculcación del derecho, justificando así una actitud violenta “defensiva”. La aceptación de la “guerra justa”, fue mucho tiempo admitida por la Iglesia (es legítima la violencia en defensa propia). Todavía en la primera edición del Catecismo de la Iglesia Católica, se hablaba de la legitimidad de la guerra defensiva. Pero en la segunda edición del Catecismo, se corrigió dicha tesis, pues en las guerras actuales ya no puede haber ninguna guerra justa, pues el nivel de represalia y la magnitud de las consecuencias son tales, que los daños seguidos por la venganza ética suelen ser siempre desproporcionados.
“Mutua disuasión por el terror” sería un ejemplo:“Si tú me matas, ya sabes que yo también te mato a ti”; pues no habrá vencedores, e incluso afectará a países que no intervinieron, pues las radiaciones atómicas se esparcen en una gran área y contaminan todo (como el Chernobyl), desde el agua radiactiva que no se puede beber (muerte por sed).
La salida diplomática
Muchos ponen su esperanza actual en la diplomacia. ¿Pero qué tanto se puede confiar en ella?
La primera víctima de esta guerra ha sido la “verdad”: hay mucha desinformación y control mediático. Ni siquiera podemos saber quién salió vencedor en tal o cual combate. Un ejemplo es el petróleo: si Irán cierra el Golfo de Ormuz, por donde pasa el 25% del petróleo, lo lógico sería que el precio del petróleo subiera; pero, sin embargo, bajó en la bolsa de valores. Algunos piensan que ya estaban acordados los ataques o al menos, comunicados previamente (“¿te parece bien a la 1?” “Sí. Me da tiempo de evacuar”).
La ONU muestra su parcialidad: A Israel no se le han hecho inspecciones, ni este país ha firmado ningún acuerdo antinuclear (se sabe que tiene armas nucleares, cuya cifra oscila entre 90 y 500, según las fuentes). En cambio, a Irán se aplica otro resero: firmó el acuerdo antinuclear y ha sido objeto de inspecciones, las cuales, por cierto, confirman que su investigación de 400 kgs. de uranio, hasta ahora no es apto para fines bélicos, pues Irán sólo tendría un 60% de avance en ese supuesto sentido.
La solución armamentista
La OTAN acaba de reunirse en Estocolmo, con delegados de la ONU. La primera medida acordada fue aceptar la propuesta de Trump de aumentar el 5% del PIB para el armamentismo. Sólo España se opuso (a la que se le obligó invertir, al menos a un 3.5%).
¿Qué tan alta es esta erogación?
En 2022 el mundo gastó en educación el 5% de su PIB; en salud, el 10%… y en armamento, el 3% (equivalía entonces al $2.24 billones de dólares). En 2018, el gasto mundial en armas fue de $1,730 billones (castellanos: millón de millones) de dólares, el 2.2% del PIB.
Canadá es un ejemplo: el 5% de su PIB se calcula en ciento cuarenta mil quinientos millones de dólares ($140,500,000,000) al año, en un país donde las tierras de los pueblos originarios carecen de agua y educación.¿Para qué es esa erogación? Por lo pronto, para comprarle armas a Lockheed Martin, Raytheon Technologies, Boeing, Northrop Grumman y General Dynamicsa, poderosas empresas armamentistas de Estados Unidos, que estos países guardarán, y como las armas que no se usan se echan a perder o pierden actualidad, habrá que provocar alguna guerra para que se renueven.
La bomba GBU-57 (“madre de todas las bombas”). pesa más de 13 toneladas, es capaz de perforar los 100 mts de montaña bajo la cual tiene Irán su laboratorio y sólo la puede lanzar un avión especial norteamericano. Cuesta miles de millones de dólares.
Si todo ese dinero se invirtiese en la reconstrucción de los bombardeos, en la salud, en la educación, en el agua, en el alimento, etc., tendríamos un mundo más pacífico, más seguro y más feliz. Por eso, el armamentismo ahora es inmoral.
La corrección de agravios según Jesús
El consejo de Jesús: “A quien te golpee en la mejilla izquierda (esto es un simple signo de desprecio; se da con el dorso de la mano), preséntale también la derecha (esta se da con la mano abierta, y esa es la que duele)”. Jesús lo dijo; pero él mismo nos dio el ejemplo de cómo entender su consejo: Recordemos a Jesús delante de Caifás. Un soldado lambiscón le dio a Jesús un bofetón –“¿Así respondes al Pontífice?”- Jesús, obviamente, no se la devolvió; pero tampoco se quedó callado, ni agachó la cabeza –“Si hablé mal, demuéstramelo; pero si no: ¿por qué me pegas”- y el soldado agachó la cabeza y tuvo que reconocer la dignidad de Jesús.
La “No-Violencia-Activa” (Mahatma Ghandi, Martin Luther King, Nelson Mandela, Doris Day) propugna que en el caso de una agresión, el victimario está preparado para cualquiera de estas dos respuestas posibles por parte de la víctima: enfrentarlo con la violencia o humillarse con la sumisión; pero si el agredido, con calma y mirando a los ojos al agresor, ataca su conciencia, quitándole sus justificaciones y corrigiéndolo con amor, el agresor queda desconcertado, pues se enfrenta ante la inesperada dignidad humana.
El perdón a los enemigos es la solución propuesta por Jesús ante los agravios: “perdona nuestras ofensas, de la misma forma en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, nos enseñó a orar: perdonar “hasta setenta veces siete”. Aunque el perdón implica el arrepentimiento, éste depende también de la buena corrección que le haga la víctima al victimario, para moverlo al arrepentimiento: “si tu enemigo comete algún agravio contra ti, corrígelo, y si se arrepiente, perdónalo” (Lc. 17. 3): el perdón está condicionado al arrepentimiento, y éste se muestra al perdonar a un tercero, y se logra mediante una sana corrección (siempre y cuando esto sea posible, y se realice con amor, oportunidad y modo).
La paz, producto de la justicia. Según el Papa Francisco: “la paz es el mayor fracaso de la humanidad. No hay futuro en la destrucción, sino en la fraternidad. La paz no es sólo ausencia de guerra, es la construcción de la justicia”.[ii]Francisco continua el mismo magisterio de Pablo VI, en uno de sus primeros mensajes para la Jornada Mundial de la Paz: “Si quienes la Paz, lucha por la Justicia”, pues como dice el salmo 84,11: “La justicia y la paz se besan”.
Por lo mismo, cuando ya las instituciones mundiales han perdido credibilidad -pues están bajo el veto de las cinco potencias triunfadoras en la II Guerra Mundial-, sólo queda la condena moral universal, y este repudio lo están dando las numerosas manifestaciones multitudinarias que, gracias a Dios, se realizan en todo el mundo, (incluyendo Israel y Estados Unidos mismos), en las luchas por la justicia y por la paz, en defensa de nuestro derecho a sobrevivir en nuestro maravilloso planeta.
[i] Según la astrología asiria, los signos doce zodiacales se turnan la posición central más o menos cada mes; pero a su vez, todo el ciclo anual gira en torno a otro ciclo mayor, en el que también uno de aquellos signos ocuparía el centro, y aunque parezca fijo, también se desplaza, pero muy lentamente, cambiando de centro cada 2,000 años.
[ii] Citado por la presidenta Claudia, al precisar la postura de México ante la Guerra actual
La Virgen de Guadalupe es quizás el arquetipo de las apariciones marianas. Su importancia para la configuración cultural y para la identidad nacional de México, y su influjo en los principales momentos de la historia de este país, sigue teniendo actualidad, y constituye un ejemplo paradigmático para nuestros esfuerzos para llevar «la alegría del Evangelio» incluso ahora, cuando la Iglesia universal-y latinoamericana en particular- convoca a una intensa evangelización («nueva»; atendiendo al cambio de situaciones en el mundo y en la cultura emergente). Su mensaje sobrepasa las connotaciones nacionalistas legitimadoras, para convertirse en patrimonio universal de la catolicidad. Sobrepasa también el «maravillosismo», esa actitud religiosa proclive a lo milagroso y lo mágico, que ha desvirtuado lo principal de este fenómeno religioso, al centrarse en el «signo» (la imagen), relegando a segundo plano el profundo contenido teológico (el mensaje), motor de la primera evangelización del subcontinente latinoamericano. Su comprensión depende, empero, de la clarificación que se tenga de los diversos elementos históricos y culturales de sus primeros destinatarios, los «mexicas», que es lo que se pretende realizar en el presente ensayo.
Cuando llegaron los españoles, el territorio correspondiente al México actual estaba habitado por un mosaico de más de 600 grupos indígenas que hablaban unas 80 lenguas, pertenecientes a unas cuantas grandes familias étnicas. América del Norte -hasta la actual laguna de Chapala, en Jalisco- estaba habitada por bandas de nómadas de cazadores y recolectores, burdamente considerados como «apaches». Al sur de esta frontera natural, llegando hasta Nicaragua, se encuentra Mesoamérica -según la clasificación ,de Kirchner-, con algunos núcleos urbanos que podían concentrar a miles de habitantes; si bien la mayoría de la población vivía en pequeños poblados. Fue en estos asentamientos donde se desarrollaron las grandes civilizaciones, aztecas, mayas y mixteco-zapotecas, que tienen en común algunas pautas culturales.
Es verdad que muy pronto se dieron conversiones en masa;[3] pero más que por convencimiento, lo fue por coacción o por la idea, frecuente en casos de conquista, de que el dios victorioso es el más potente. Ante tanta crueldad de los invasores, resultaba casi imposible descubrir al Dios compasivo y misericordioso, predicado por aquellos buenos frailes; pero que también ellos formaron parte de la invasión de los conquistadores, ambiciosos de oro y dispuestos a enriquecerse rápidamente a costa de la sangre, sudor y lágrimas de los nativos. Los dioses antiguos solían ser parejas -masculino/femenino- (Ometecuhtli/Omecíhuatl; Quetzalcóatl/ Tonantzin). El dios impuesto, en cambio, era masculino, imponente y severo, del todo semejante a los conquistadores (no llevaron mujeres en las primeras expediciones de guerra), o acaso, al patriarca hebreo -el varón de raza blanca y de mayor edad-. Pero Dios no tiene ni raza, ni edad, ni género. En la iconografía bien hubiera sido posible representarlo, en paridad de posibilidades, bajo la figura de una mujer, joven y de raza cobriza. Faltaba “el rostro materno de Dios”.
LA FUENTE: EL “NICAN MOPOHUA”
La fuente que narra los hechos guadalupanos es el “Nican Mopohua” (“aquí se cuentan…”), el texto más antiguo y detallado. Según el historiador novohispano Carlos de Sigüenza y Góngora («Piedad heroica de Don Fernando Cortés»), quien goza del consenso de todos los investigadores, su autor es el indígena Antonio Valeriana, natural de Atzcapozalco, quien lo escribió en papel de masa de maguey, entre 20 y 30 años después de 1531 (fecha de las apariciones). Según el testimonio de Fray Bernardino de Sahagún, Valeriana era «el principal y más sabio» de sus discípulos y destacaba en letras. El escrito fue publicado por primera vez en 1649 por el bachiller Luis Lasso de la Vega, quien lo utilizó como base de su escrito «Huey tlamahuizoltica «, y según los análisis de León Portilla, posee un t:stilo y un pensamiento auténticamente indígena. Sigüenza y Góngora afirmó bajo juramento que lo halló entre los papeles de Fernando de Alva Ixtli.xóchitl, descendiente directo del rey de Acolhuacán, quien le hizo algunos añadidos y lo tradujo al español. Antes de morir Sigüenza y Góngora, legó sus documentos en herencia a los padres jesuitas, quienes los cedieron al Colegio de San Pedro y San Pablo en la ciudad de México. El insigne historiador, anticuario y cronista de las culturas indígenas, D. Lorenzo Boturini, a principios del siglo XVHI, recopiló numerosos documentos indígenas antiguos en su Catálogo del Museo Indiano, incluyendo el de Antonio Valeriano. En el último tercio del siglo XVIII el nahuatlato Joseph Julián Ramírez hizo una traducción de esta obra, afirmando que había pertenecido a Lorenzo Boturini. A fines del siglo XVIII, dicha traducción se hallaba en la Real Universidad de México, de donde alguien lo vendió al coleccionista José Fernández Ramírez, siendo finalmente adquirido por la Biblioteca Pública de Nueva York.[4]
HISTORICIDAD DEL RELATO
Es muy conocido el relato de las apariciones guadalupanas narrado por el Nican Mopohua: El 9 de diciembre de 1531, Juan Diego, un indio originario de Cuauhtitlán, muy de mañana caminaba hacia Tlaltelolco para oír misa y asistir a la catequesis, y al pasar por el cerro del Tepeyac, escuchó un bello coro de pajarillos que le atraía. Entonces se encontró con una mujer, quien le reveló ser la Virgen María, y le dio como encomienda, convencer al obispo de México, Fray Juan de Zumárraga, que le construyera un templo en ese lugar. El indio tuvo problemas para entrevistarse con el obispo, quien, cuando por fin lo vio Juan Diego, se mostró razonablemente escéptico. Para colmo, su tío Juan Bernardino enfermó, por lo que Juan Diego intentó, en vano, evitar a la Señora. Ella le salió al encuentro, asegurándole que su tío ya estaba curado, y como Juan Diego le mencionara la Incredulidad del obispo, quien le pedía una señal de la veracidad de la aparición, la Virgen le puso unas rosas «de Castilla» en su «ayate»,[5] mismas que el vidente llevó al obispo, y cuando el indio extendió su manto, apareció estampada en él la imagen mariana.
Las apariciones marianas no pertenecen al contenido de la fe, ya que se consideran “revelaciones privadas”. En cambio, la existencia de Juan Diego ya no cuestionable, puesto que la canonización de un santo compromete la infalibilidad papal. Desde luego, por tratarse de «apariciones»‘, no son posibles pruebas históricasdirectas; pero en torno a los elementos indirectos, ha existido un largo debate, entre «aparicionistas» y «antiaparicionistas». Algunas inconsistencias históricas son las siguientes:
-En primer lugar está el silencio de Zumárraga, el destinatario de la imagen. Llama la atención que en ninguno de sus escritos, ni siquiera en su testamento, haga ninguna alusión a estas apariciones o a la imagen, que supuestamente tuvieron tanta importancia. Al parecer, el primer testimonio que habla sobre la Virgen de Guadalupe fue negativo: Fray Francisco de Bustamante, Provincial de los franciscanos, en un sermón pronunciado el 8 de septiembre de 1556, advirtió sobre la sospecha de idolatría en dicho culto.[6] Como erasmiano, al franciscano le molestaba que este culto contradijera la insistente predicación que se hacía a los naturales contra las imágenes idolátricas. No fue sino hasta 1648, cuando el bachiller mexicano Miguel Sánchez publicó «Imagen de la Virgen Ma ría Madre de Dios de Guadalupe, milagrosamente aparecida en México» que se menciona la veracidad de las apariciones.[7]
-Según varios testimonios (entre ellos, de Torquemada), desde antiguo, en el cerro de Tepeyac (o Tepeacac) se rendía culto a la diosa, Tonantzin, “Nuestra Madrecita” (que algunos identificaban con Cihualcóatl, diosa de primer rango). Los misioneros, por insistencia de Sahagún, temían que los indios introdujeran sus antiguas prácticas bajo disfraz cristiano, de dónde las sospechas de la devoción guadalupana.
-El nombre mismo de “Guadalupe” resulta también un indicador. Los lingüistas analizan la etimología del nombre, homónimo de la imagen extremeña. Allá, por influencia árabe, el prefijo árabe «guad», en la toponimia hispana, hace referencia al agua o río (Guadalquivir). Pareciera extraño que combinara con el sufijo «lupus» (lobo), del latín clásico, por lo que con el artículo «al», unido al sufijo «upe» (escondido), podría significar “río encajonado”.[8] La referencia a la «morena» Guadalupe extremeña puede revelar algo. Según las crónicas primitivas del santuario español,[9] la Virgen extremeña -se apareció a un pastor que guardaba vacas, mandándole que llamase a los clérigos y escarbasen en dicho lugar, donde encontraron la imagen. Se trata de un esquema no extraño para los españoles, pues era bastante común en aquel tiempo (y que se repite posteriormente, por ejemplo, en Fátima): Durante la invasión árabe a la Península, los lugareños de varios pueblos ocultaron sus imágenes religiosas enterrándolas u ocultándolas en cuevas o troncos de árboles huecos, etc. Con el tiempo, se fueron olvidando las imágenes, permaneciendo vagamente, eh el inconsciente colectivo, cierta sacralidad del lugar donde habían sido escondidas. Cuando vino la pacificación, después de ocho siglos de guerra de Reconquista, sucedía que algunos pastorcillos encontraban dichas imágenes, atribuyendo tales hallazgos al poder de las imágenes mismas. También en la Nueva España sucedía que personas sencillas encontraban imágenes en lugares ocultos, acaso como estrategia evangelizadora de los misioneros (existen varias leyendas, como la del Señor de Chalma, la Virgen de la Soledad, etc.).
A algunos historiadores les parece poco probable que Juan Diego fuese corriendo aquella mañana para pasar lista de asistencia a la misa y doctrina en Tlaltelelco, ya que en Cuahutitlán había convento. Además, para hacer este recorrido s habría tenido que dar un rodeo para pasar por el cerro de Tepeyac. Es posible que el indio no viviera en Cuauhtitlán, sino en otro poblado, como Tulpetlac.
Con motivo de la beatificación de Juan Diego, realizada por el Papa Juan Pablo II el 6 de mayo de 1990, se dio un intenso debate sobre su existencia real, contra quienes lo consideraban un mero símbolo religioso. El principal impugnador de su existencia -que le costó su destitución como abad de la Basílica- fue Mons. Guillermo Schulemburg quien estuvo al frente del Centro de Estudios Guadalupanos durante 33 años y que fuera apoyado por el canonista Carlos Wahrnolz y el historiador P. Manuel Olimón.[10] La investigación realizada para fines de la canonización adujo varias pruebas sobre su existencia: (1) se halló el testimonio de 18 testigos que afirmaban haber escuchado de sus padres ·sobre las apariciones y mencionaban a Juan Diego. (2) Excavaciones arqueológicas encontraron, debajo de una capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe cerca del convento de Cuauhtitlán, ruinas de casa prehispánica con una capilla adjunta, que probablemente fuera la casa Juan Diego. (3) En un testamento de 1559, la testadora, originaria del pueblo de San Buenaventura, aledaño a Cuauhtitlán, del barrio de San José Milla, afirma «aquí se crió el Mancebo JuanDiego»,dejando el terreno a la Virgen de Guadalupe.
Yo le pregunté al reconocido historiador J. Lafaye su opinión, y me respondió asegurando la existencia, no de uno, sino de muchos «juandiegos». Hay que recordar que los bautizos al principio de la Colonia eran masivos y por aspersión, todos los varones llevaban el nombre del padrino (español) y las mujeres, el de la madrina. «Diego» era nombre frecuente (es una derivación de “San-tiago”, “San-Yago”, San-Diego). De hecho, en el mencionado testamento de Cuauhtitlán, se habla de cinco personas con el nombre de Juan Diego, que los aparicionistas interpretan como signos de devoción al actual santo. Entre los varios posibles Juan Diegos que en esos años eran oriundos de Cuautitlán, se eligió a Juan Diego Cuauhtlatoatzin (“el águila que habla”), quien tenía fama de piadoso. El inconveniente es que dicho «Juan Diego» no cuadra con el supuesto «macebual» (los estratos más bajos del mundo indígena), que aparece en el relato, sino alguien con más solvencia económica, propietario de un taller. Para más, se eligió como iconografía oficial un cuadro de Miguel Cabrera, máximo exponente de la pintura barroca del virreinato en el siglo XVIII, quién pintó al indio vidente con rasgos que más parecen españoles. El caso es que la devoción a San Juan Diego no prendió entre el pueblo, como se esperaba.
LA IMAGEN
Desde el punto de vista artístico, la imagen de la Virgen de Guadalupe es muy ella. Cumple con los cánones estéticos de este estilo. Pintada sobre el burdo tejido de un ayate formado por dos trozos unidos, la cara inclinada de la Virgen elude la costura. Hay algunos elementos (la corona, los rayos solares que la circundan, etc.) que se están borrando, lo que indica fueron pintadas posteriormente. Sobre la autoría de la imagen, es algo seguro que no fue obra de ningún español.[11] Lo más significativo es que la imagen constituye un auténtico códice indio, que sólo puede ser descifrado con un conocimiento profundo de la cultura azteca. Por ejemplo, el pañuelo negro en el cinto del vientre significaría la maternidad de la doncella, y sus extremos trapezoidales, el fin de un ciclo y nacimiento de una nueva era. Sobre el vestido parece haber un sutil encaje en el que aparecen los glifos toponímicos de Tepeyacac (o “Tepeacac” = “en la nariz del cerro”).
Entre esos dibujos, destaca una florecilla de cuatro pétalos en el vientre de la Virgen. El dibujo no es otro que el símbolo más sagrado de aquella cultura: el “Ollín”, símbolo que hace referencia a la creación del quinto Sol y que significa a la divinidad, que trasciende todo nombre. Vincula el tiempo y el espacio, y según los estudiosos, es el signo más profundo de la filosofía mexica que remonta hasta Quetzalcóatl mismo.[12] Compendia toda la cosmología mexica, centrada en “la permanencia en el movimiento”. Se basa en dos explicaciones astronómicas. La primera se refiere a las posiciones del sol en su recorrido por el firmamento durante los solsticios: Trazando dos líneas divergentes -una del lugar por donde el sol sale hasta donde se pone en verano, y otra de donde sale y se pone el sol en invierno-, resulta una cruz, más abierta que la de 90º en torno a un centro. El trazado señala los puntos cardinales, que a diferencia de la Rosa ele los Vientos, no son puntuales, sino más bien “ámbitos” que pueden unirse mediante curvas, lo que dibujaría esa flor de cuatro pétalos en torno al centro. Éste, a su vez, marca otras tres direcciones más -el cielo de arriba, el inframundo de abajo y la tierra- dando como resultado 7 direcciones.[13] La segunda observación astronómica se fija en las estrellas: las constelaciones de la Osa Mayor y la Osa menor, que en el transcurso exacto de un año dan una vuelta entera teniendo como eje al planeta Venus (hoy se sabe que es la Estrella Polar), considerado como punto permanentemente inmóvil.[14]Los astrónomos nahuatls pudieron fijar así las fases de dicha rotación, importante para marcar el calendario agrícola para la siembra y la cosecha. Como en el caso anterior, pueden trazarse dos líneas divergentes entre ambas constelaciones, unidas respectivamente en los tiempos de los equinoccios y los solsticios, formando así una especie de cruz gamada.
Estas alusiones, sólo captadas por alguien que conoce a fondo la cultura náhuatl, también se hallan, como luego veremos, en el «Nican Mopohua». Un ejemplo es la aplicación de esta misma numerología simbólica a la fecha misma de las apariciones de la Virgen: el número de estrellas de la Osa mayor es 7 y el de la Osa menor, 5, que junto al supuesto Planeta Venus suma 13. Ahora bien, mientras que el extenso ámbito cultural indoeuropeo es temario,[15] la estructura mental de América es cuaternaria, derivada de la importancia de los cuatro puntos cardinales y de las cuatro estaciones. Si se multiplica el número 13 de las estrellas guía por 4 (las posiciones durante los solsticios y equinoccios), da 52, que es el siglo mesoamericano. A su vez, multiplicando 52 X 4 da 208. Según interpretaciones del P. José Luis Guerrero, estudioso de la Guadalupana, si de 1531, año el de las Apariciones, retrocedemos 208 años, llegamos a 1323, año de la fundación de Tenochtitlan, y retrocediendo otros 208 años sería supuestamente la fecha de la salida de los aztecas de la mítica Aztlán. Por tanto, ese año auguraba expectativas de algún suceso de la magnitud de los anteriores. Incluso los días mismos: el solsticio de invierno de aquel año era el día del nacimiento del sol, que coincidió con un fenómeno que los astrónomos nativos preveían para esas fechas: la conjunción de Venus con el Sol, que se da cada ocho años y que los mexicas interpretaban como el regreso de Quetzalcóatl y símbolo de plenitud.
Mientras los mencionados signos denotan importantes elementos que pueden interpretarse como ejemplo de una “inculturación» de la nueva religión a la cultura receptora, los “aparicionistas” encuentran otros signos informados por el maravillosismo y que lamentablemente es ahora el aspecto más difundido. El término proviene de la sociología de la religión y se refiere a la tendencia a buscar elementos que no son fácilmente explicables y que connotarían intervenciones milagrosas. Ya desde el siglo XVIII, Miguel Cabrera, analizando la imagen, afirmó que el material de la pintura no es de origen, ni mineral, ni vegetal, ni animal, sino que más bien parece como un estampado.[16] Empero, el elemento curioso más conocido es el de los ojos de la Virgen. Hará unos cincuenta años, amplificando una fotografía de los ojos de la Virgen, alguien había encontrado reflejado, en !a niña del ojo, un rostro humano, que probablemente fuese el de Juan Diego. Posteriormente, en 1979, el Ing. José Aste Tönsmann, del Centro de Estudios Guadalupanos, mediante técnicas en computación, amplificó fotografías del iris de los ojos de la Virgen, en una escala 2,500 veces superior al tamaño real y descubrió, supuestamente, no só1o al vidente, sino toda la escena de la aparición: localizan al obispo, al vidente y a varias personas más, observando incluso elementos muy detallados (como el arete de una india o la correa del huarache, etc.). El asombro es mayor si se toma en cuenta lo burdo del tejido del
“ayate” (de fibra de maguey), En lo personal me parece que a tal nivel de amplificación, las manchas que se ven son las de las fibras, a las que se les puede dar interpretaciones subjetivas, sobre todo si son ayudadas por la eliminación del “ruido” de otras manchas. Otros hablan de las estrellas del manto de la Virgen, que se dice equivaler a la posición que tenían las estrellas en la fecha de las apariciones, sólo que vistas al revés, es decir, como si fuesen miradas desde el Cielo (los diseños de las supuestas constelaciones parecen muy arbitrarios). Otros colocan la imagen sobre un mapa de determinado tamaño de la República Mexicana, que inclinada de cierta manera, hacen coincidir la punta de los glifos del encaje con los volcanes del país. Se habla también de la milagrosa conservación de la tilma, teniendo, sobre todo, en cuenta que durante mucho tiempo estuvo expuesta sin protección, etc. En realidad tales signos, que a muchos impactan, me parecen irrelevantes y opacan lo realmente importante, que es el mensaje.[17]
Una unción que cumplen las apariciones marianas en todas partes es el reforzamiento de las «matrias», es decir, la fuerza del clan, apoyando, con su apariencia (inculturada) regional, su identidad étnica. En México tenemos varias de estas imágenes regionales, algunas con su respectiva leyenda fundacional (la Virgen de Juquila para Oaxaca y la de La Soledad en la -capital de dicho Estado; la Virgen de San Juan de los Lagos en Jalisco y la de Zapopan en la capital de dicho Estado, etc.). Sin embargo, la Virgen de Guadalupe se vincula a la constitución de la «patria» mexicana y a la formación de la cultura nacional. Así como las «matrias» se construyen sobre la base de la sangre y de la raza y se remontan hasta las raíces ancestrales, las «patrias» son artificiales y relativamente recientes (en Latinoamérica, los Estados Nación se constituyeron antes que muchos países europeos). El patriotismo es una actitud legítima, que sirve para defensa económica y política del territorio frente al extranjero; pero de ahí surge el nacionalismo, que si bien hunde algunas de sus raíces en el inco11sciente ancestral y síquico, es sobre todo una ideología, más bien conservadora, gestora de la unidad territorial, cultural y lingüística, aglutinando varias etnias vecinas y subordinándolas a la nacionalidad dominante[19]. Las fronteras son trazos artificiales en los mapas (desde el cielo no se notan) y se construyeron como producto de guerras y violencias, frecuentemente por razones de proteccionismo o de seguridad interna. A veces, las fronteras dividen las etnias, tal corno sucede en España con los catalanes y vascos, o en Latino américa (en especial, Centroamérica), donde los intereses imperiales pulverizaron territorios sin razón justificante.
En Europa, a principios del siglo XVIII, una vez pasada la sorpresa y admiración iniciales que .siguieron al descubrimiento del Continente, se difundía una concepción denigrante del Nuevo Mundo. Buffon, por ejemplo, criticaba hasta a sus animales mismos, que supuestamente eran más pequeños que los europeos, y lo atribuía a su geografía pantanosa, más propicia para aves y reptiles que para mamífero$: los avestruces -mencionaba a guisa de ejemplo- que tienen dos de dos, en ese continente son más pequeños y tienen cuatro (dicho en referencia a los pavos o «guajolotes»). Tal desprecio alcazaba a sus habitantes, supuestamente indolentes, débiles y sensuales, como puede verse, incluso, en la «Filosofía de la Historia» del mismo Hegel.
La composición social de la Nueva España mantenía la segregación racial. Los pobladores vivían separados en «República de Indios» y «República de Españoles», cada una regida por normatividad diferente. En la cúspide de la segunda estaban, obviamente, los «Peninsulares»; pero los criollos, especialmente los clérigos, mantenían la dirigencia en la sociedad novohispana. Los indios tenían también su propia jerarquía: caciques, nobles («pillín») y campesinos («macehuales»). En los estratos más bajos de la Nueva España estaban las «castas» (mestizos, negros, mulatos, choznos, etc.). Los criollos mantenían a principios del siglo XVIII actitudes nostálgicas y resentidas. Se sentían despojados por las nuevas oleadas migratorias de peninsulares, que en la metrópoli .tenían bajo estatus; pero que al llegar pasaban a ocupar los principales cargos civiles y eclesiásticos; mientras que ellos —descendientes de conquistadores— que habían desarrollado la producción local y que con su trabajo sostenían la economía y los recursos que iban hacia In metrópoli, eran relegados. La ideología de los peninsulares denigraba a los criollos, como gente poco confiable, pues —decían— el clima y la geografía había afectado no sólo a los nativos, sino a los criollos mismos .que llevaban más tiempo habitando el lugar. Muchos de los criollos eran hijos «segundones», ya que el primogénito se quedaba en España, encargado del «mayorazgo» hereditario. Estaban preocupados por demostrarles a los «gachupines» (como llamaban despectivamente a los «peninsulares») que ellos, los criollos, eran también capaces de una alta cultura, la cual se desarrollaba, sea en la corte virreinal, sea en los locutorios de los conventos, y ponían como muestras a Sor Juana Inés de la Cruz y a un arte arquitectónico barroco exageradamente recargado. [20] Fue así que se desarrollaba un nacionalismo novohispano, es decir, estaban inventando un país. Entre sus principales ideólogos podemos contar con algunos jesuitas expulsados en dicho siglo, tales como Francisco Javier Alegre y Francisco Javier Clavijero·, así como a Carlos María Bustamante.
En la recopilación realizada en 1615 por Juan de Torquemedad en su Monarqía Indiana, se recuperaba la grandeza del pasado de la antigua civilización azteca. Basándose en esta obra, los criollos del siglo XVIII elevaron a categoría de «clásicos» los héroes indios, reconociéndolos como uno de los principales signos identitarios de su reciente nacionalismo. Pero su principal signo fue la Virgen de Guadalupe, a quien aplicaron las palabras del Salmo que puede leerse todavía en el pórtico de entrada de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe: «Non fecít taliter omni nationi» («no hizo cosa igual con ninguna otra nación»).[21]Sí inicial mente, la Guadalupana fue signo de su opción preferente por el indio pobre (la “matria”), ahora se convirtió signo nacionalista del criollo oligarca (la «patria»), El mensaje guadalupano se distorsionaba, haciéndolo patrimonio exc1usivo de un país en beneficio de algunos adinerados. Los indios, destinatarios de la Guadalupana, quedaban fuera. Eran exaltados sus ancestros ilustres, los indios muertos¡ pero a los indios vivos se les explotaba y discriminaba.
El mayor ejemplo de esta controversia lo tenemos en un insigne sermón que cambió la vida de su predicador. Me refiero al célebre sermón predicado el 12 de diciembre de 1794 en la Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe por Fray Servando Teresa de Mier, o.p.[22] El dominico era un sacerdote criollo, joven y brillante; aunque de ideología conservadora (había predicado una apología en f!1vor de Hernán Cortez y un sermón contra la decapitación del rey francés Luis XVI); pero tenía fama de buen predicador. Por esto, el Ayuntamiento de la Ciudad de México, compuesto por criollos, le encomendó este importante sermón al que carla año concurría lo más granado de la oligarquía novohispana. Fray Servando entró en contacto con el Lic. Borunda, quien le proporcionó su tesis principal. Su sermón, según cuenta él mismo, fue bien acogido; pero al día siguiente no pudo salir de su celda, pues el obispo Núñez de Haro le mandó poner candado. Quedó suspendido de su ministerio, prohibiéndosele expresamente predicar y oír confesiones, y se le mandó entregar el escrito de su sermón; pero dado que ya no lo tenía, que lo escribiese lo más fielmente posible. Se le castigó con 10 años de destierro a España, y mientras presentaba su defensa, fue recluido en fa prisión de San Juan de Ulúa, en una fortaleza de Veracruz. A nosotros nos podrá parecer un castigo excesivo, aun sin conocer su contenido, cuya tesis principal exponemos a continuación:
El famoso ayate, donde está estampada la imagen mariana, no fue entre gado a Juan Diego por la Virgen de Guadalupe. Lo que Ella hizo fue simplemente indicarle al indio· dónde se encontraba oculto, pues no era otra cosa que el manto del apóstol Santo Tomás, primer evangelizador de estas tierras, quien lo recibiera de la Virgen María estando todavía en carne mortal, para que él lo utilizara corno signo en su evangelización. Fray Servando recogía una leyenda en boga entre los criollos, que afirmaba la presencia de este apóstol, recordado bajo la figura, nada menos, que de Quetzalcóatl, el legendario rey-filósofo y creador de la cultura olmeca, quien fuera expulsado por los «brujos» a Yucatán, donde los mayas lo veneraron como Kꞌuꞌukꞌul Kaan. Ante las objeciones de que en tiempo de los apóstoles no se conocía el continente americano, respondían que ellos tenían ciencia infusa; y explicaban su viaje hasta estos lugares de manera similar a cómo un ángel había trasladado al apóstol Felipe hasta Samaria, tomándolo por los cabellos. No había, pues, ningún problema para el traslado de Santo Tomás a esta tierra. El predicador fundamentaba la presencia de un cristianismo prehispánico en la semejanza de algunos ritos y creencias autóctonos con la fe cristiana (v.gr., un ritual de comunión, que sacrificaban a un esclavo con las vestiduras de Huitzillopochtli y luego se lo comían, o al menos, unos panecillos en figura de aves, símbolo del dios). El método argumentativo de Fray Servando es etimológico: » Huitzillopochtli, por ejemplo, se traduciría como «Señor de la espina en el costado», en alusión a Cristo, y que como Él, había nacido sin concurso de varón.[23] Es así como llega a etimologías forzadas. Los censores Uribe y Omaña ridiculizan al predicador: por ejemplo,
«Tomatlán» que para éste era un topónimo que significaría «lugar de Tomás», en realidad significa «lugar de los tomates»…Yle cuestionan, además, porque Quetzalcóatl habría vivido unos 700 años después del apóstol.
En realidad la condena fue más bien política. La tesis central —»la Virgen, viviendo aún en carne mortal, le da a un apóstol un objeto para ayudarlo a la con versión de un pueblo—, no es otro esquema que el de la Virgen de Zaragoza: María, viviendo en carne mortal, le entregó al apóstol Santiago un pilar para evangelizar España. Pero políticamente era peligroso, porque si la fe ya se encontraba en estas tierras, los conquistadores perdían legitimidad, cuya justificación era la de haber traído la fe. México sería nada menos que una «iglesia-madre», es decir, fundada por un apóstol… y, entonces, los españoles, carentes de legitimidad, tendrían que retirarse. Ya en España, Fray Servando fue defendido por la Real Academia de Historia, pues según estos historiadores, se trataba de un sacerdote «ilustrado», y el obispo, un integrista crédulo. Los jueces absolvieron al fraile; pero les pareció prudente que i10 regresara a. México sino después de los diez años solicitados por el obispo, y lo enviaron a un convento dominico en Burgos, de frailes ilustrados. Como la sentencia era injusta, Fray Servando se escapó, cruzó la frontera, y en Francia se conectó con el preceptor de Simón Bolívar, convirtiéndose, en el exilio, en el principal ideólogo de la Independencia de México. Se integró con Javier Mina en su expedición a los Estados Unidos, desde donde entraron para apoyar a los insurgentes; pero fue apresado y enviado de nuevo a San Juan de Ulúa. Allí escribió sus memorias, retractándose de su tesis y presentándose como «ilustrado», se volvió antiaparicionista. Entre tanto, el cura Miguel Hidalgo, tomando en Atotonilco como estandarte a la imagen de la Guadalupana, había iniciado la guerra contra los reaalis1as, .cuyo estandarte era la Virgen de los Remedios («la gachupina»). Una vez consumada la Independencia de México, se nombró el primer Congreso Constituyente, y la Provincia de Nuevo León eligió a Fray Servando como su representante, saliendo de la prisión de San Juan de Ulúa para hospedarse en el Palacio Nacional. El Congreso, presidido por la imagen de la Guadalupana, lo recibió con una ovación, y allí defendió, sin estar convencido, la tesis aparicionista, por las mismas razones políticas que el obispo Núñez de Haro las había defendido sin creer en ella.
Además de estar presente en los inicios de la nueva civilización y además de hacerse presente en la Independencia de 1810, la Virgen de Guadalupe ha estado en todos los acontecimientos de la historia de México, siempre del lado . de los oprimidos, por ejemplo, en estampas colocadas, a guisa de altar, en los grandes sombreros zapatistas, durante la Revolución Mexicana de 1910. La devoción a la Virgen de Guadalupe está extendida sobre todo entre los pobres (bajo la advocación de «Reina de México»). Los obreros, el día de su fiesta, piden que se les celebre misa en su fábrica. Sin embargo, las clases hegemónicas consideran el guadalupanismo como un signo de identidad nacional, bajo el título aglutinante de «Madre de todos los mexicanos», que encubre las contradicciones de clase bajo – la ideología nacionalista. La devoción mariana, en los pueblos, se dirige principal mente, como ya se dijo, a la imagen regional (la «matria«); pero se va identificando con La Guadalupana en la medida que se va adquiriendo conciencia del «Estado Nacional» y su cultura unificadora (la «patria»). No es extraño que entre los emigrantes mexicanos a los Estados Unidos (los «chicanos»), la Virgen de Guadalupe sea su principal signo de la Raza, a veces estilizada y secularizada en tatuajes o en su arte moderno.
El nacionalismo fue recuperado a principios del siglo XX, después de la Revolución Mexicana, como núcleo .de la ideología hegemónica del actual Partido Revolucionario Institucional (PRI). Una pléyade de intelectuales (Manuel Gamio, Martín Luis Guzmán, Andrés Malina Enríquez, Justo Sierra, Vasconcelos, etc.) fue ron hablando sobre «el mexicano»; pero sobre todo a partir de 1930, con la revista «Contemporáneos» dirigida por Samuel Ramos. Con la bendición de Alfonso Reyes y la dirección de Leopoldo Zea, se publicaron una serie de estudios al respecto (Jorge Carrión, José Gaos, Santiago Ramírez y muchos otros). Roger Bartra escribió un estudio que tuvo como «corpus» los principales estudios sobre «el mexicano», concluyendo que los rasgos que supuestamente caracterizan a los mexicanos, más bien <;ar-responden al campesino convertido en subproletariado urbano, e incluso, son los propios de cualquier sector empobrecido. Tales estudios, por tanto, son algo meramente ideológico, carentes de sustento antropológico y obedecieron a los intereses políticos del momento.[24]
El ensayo mejor elaborado y el más difundido entre los de este tipo, es «El Laberinto de la Soledad», escrito con la fina pluma de Octavio Paz. En dicha obra encontramos al capítulo “Los hijos de la Malinche.”[25] Paz parte de una mala palabra. Todas las lenguas tienen palabras impronunciables; pero cada pueblo tiene «su» palabra prohibida, su Mala Palabra, su insulto que no puede ser tolerado. En México, esa palabra es femenina, lo que identifica el hermetismo y opacidad del mexicano con la misteriosa incognoscibilidad de la mujer. Esa palabra es «la chingada«.[26]Se tiene que haber nacido en un ambiente popular de México, o haber pasado muchos años en este país, para comprender su variada polisemia y pluralidad de usos. Pronunciada como insulto, se dirige hacia la madre del «otro» y el mexicano la emplea para afirmarse ante los extranjeros («¡Viva México, hijos de la chingada!»). A diferencia del «hijo de puta», una mujer que voluntariamente se entrega, la «chingada» es una mujer que ha sido violada, por el poder sádico del macho. La última referencia son aquellas indias que fueron violadas por el impulso libidinal de los conquistadores, de cuyo acto nacimos los mexicanos. El prototipo es la «Malinche»: Doña Marina, princesa oriunda de Veracruz que pasó a ser esclava del Señor de Tabasco y fue obsequiada a Cortez, quien además de usarla como su concubina, la aprovechó como traductora e intérprete, por lo que fue vista como traidora[27] (de ahí la denigración del «malinchismo», de quienes prefieren lo extranjero a lo nacional). La figura simbólica de la Madre, para «el mexicano» asume el doble simbolismo, antagónico y complementario: La Malinche y la Virgen de Guadalupe. La primera, se entregó pasivamente a la opresión[28]; la segunda se nos entregó activamente, para protección contra el opresor. Roger Bartra, en su obra mencionada, continúa esta reflexión en su capítulo “A la chingada”, en donde trata de comprender «la peculiar combinación del malinchismo exacerbado y el fanático amor a la Virgen de Guadalupe», en aras de la reconstrucción imaginaria del arque tipo mexicano de la mujer. Se trataría del clásico canje de mujeres: los españoles entregaron a la Virgen María y los aztecas, a su diosa Tonantzin. Los primeros mestizos, hijos de padre desconocido y lejano (los mexicanos seríamos un pueblo sin padre), quedan fijados en la madre, que a la vez es la madre purísima y la hembra violada.
Ahora, cuando uno de cada cinco mexicanos ha dejado de ser católico y se ha convertido a los grupos sectarios protestantes, la Virgen de Guadalupe deja de ser ese signo aglutinante del país, ya reconocido como «multiétnico y multicultural». Ahora, cuando los Estados Nación no pueden tomar las principales decisiones y van decayendo en aras de un Estado Global de facto, la Guadalupana ha visto disminuir su función nacionalista; pero no ha dejado de animar a las clases populares en sus reivindicaciones sociales. Es quizás ahora, más que en su origen, cuando cobra relevancia su mensaje, convertido en patrimonio para toda la Iglesia universal.
PERSPECTIVATEOLÓGICA
Más allá del debate entre aparicionistas y antiaparicionis1as; más allá del “maravillosismo” de la imagen; más allá de las ideologías nacionalistas, tenemos un bellísimo texto, joya de la literatura náhuatl y reflejo de su cultura; pero sobre todo, una obra teológica que ilumina el concepto de la evangelización, no en un estilo doctrinal abstracto, sino de teología narrativa. El mensaje guadalupano entronca con la insistente invitación del Papa Francisco hacia un nuevo impulso evangelizador, por lo que meritaría ser reflexionado con profundidad. Afortunadamente tenemos varios estudios en qué apoyarnos, a los cuales me remito.[29] En un análisis semiótico de este discurso teológico, me parece que su estructura puede encuadrarse en el «modelo actancial mítico» propuesto por Greimas, cuyo esquema es el siguiente:[30]
DESTINADOR
OBJETO
DESTINATARIO
OPONENTES
SUJETO
ALIADOS
Una aplicación de este esquema lo realiza Vladimir Propp en su obra “los cuentos maravillosos rusos”,[31] que se repite igual en todo su corpus de 100 cuentos. Fijémonos en el siguiente ejemplo: Ante una situación de terror generalizado, el rey (“destinador”’) encomienda a Iván (“sujeto”) la misión de matar al dragón que asolaba la región (“objeto”), para rescatar a la princesa y liberar al pueblo (“destinatario”). En su proeza, Iván se enfrenta con algún rival envidioso («oponentes») y encuentra alguien que le ayuda: una pobre anciana, que en realidad es una maga, quien le da un anillo mágico (“aliado”).
En el relato, la Virgen de Guadalupe (“destinadora”) da a Juan Diego (“sujeto”) la misión de convencer al obispo para que le construya una ermita («objeto»), para desde·allí, ayudar al pueblo indígena victimizado («destinatario»). Los criados del obispo le estorban y sus espías lo denigran (oponentes). La Virgen, para ayudar al mediador en su misión, le da unas flores como señal (aliado). Veamos más detalladamente este esquema en el relato:
Análisis de la realidad.- Como todo proceso evangelizador, se parte de la situación de carencia o necesidad de los evangelizandos (n.3) “A los diez años de conquistada la ciudad de México, yacen ya en tierra la flecha y el escudo, por donde quiera están rendidos los habitantes del lago y del monte.” Evoca el dramático escenario con el que comenzamos este ensayo, de la cual, la Señora del Cielo se compadeció y quiso venir ella misma a iniciar la evangelización de esta Aquelporquienvivimos,delverdaderoDios,Téotl»(n.4) .
María,la “destínadora” (22). -La iniciativa siempre parte de Dios. Es ti Espíritu quien “mira” la situación opresiva por la que atraviesa su pueblo y decide actuar. En la cultura náhuatl, como dijimos, su imagen paterna de Dios estaba demasiada deformada por los conquistadores. Se requería su imagen materna, amorosa y protectora, que es asumida por María. Ella, al engendrar a Jesús, se halla presente en todo proceso evangelizador, conduciéndonos hacia su hijo. “Su ropa parecía sol y echaba rayos” (17), en alusión a la Mujer del Apocalipsis. Al manifestarse, como acto inicial, un ser sobrenatural se presenta dando a conocer su nombre (como Yahvé a Moisés). La Señora que sale al encuentro del indio se le presentó: «Soy la madre de Téotl Ipalnemohuani, Teyocoyani, Totecuyo, Tloque Nahuaque, Ilhuicahua, Tlalticpaque, (n. 22) es decir, de todo el panteón indígena prehispánico. La “inculturación” de María fue mucho más allá que los más audaces misioneros. Ellos se preocuparon por aprender las lenguas nativas para transmitir en ellas el mensaje evangélico; pero no se atrevieron a traducir la palabra “Dios”, ya que los dioses mesoamericanos les parecieron demonios, por su crueldad y fealdad (según los cánones estéticos europeos). Por ello optaron por introducir el neologismo “dios”. La Virgen no tuvo ese escrúpulo; aunque más adelante explicitará ser la Madre de Nuestro Salvador y Nuestro Señor Jesucristo. (53)
Sólo al final de1 relato, por boca de Bernardino, el tío de Juan Diego curado milagrosamente, la Virgen dio el nombre con el que quería ser venerada: “y (dijo) que llamaría y nombraría bien aquella preciosa imagen la siempre Virgen Santa. María de Guadalupe” (N.119). No parece posible que la Virgen haya dado ese nombre, ya que en náhuatl no existe el prefijo “gua” Seguramente que fue una deformación de los conquistadores, provenientes de Extremadura, cuyo nombre les habría recordado su venerada imagen. No hay seguridad sobre el nombre original. Yo había escuchado que María debió haber dicho ser la “Coatlalopeu”, nombre cuyo prefijo “coatl” significa “serpiente” (Quetzal-cóatl= “serpiente emplumada”), “a” es una proposición que rige al acusativo, y “lopeu”, participio del verbo “lopau” (machacar con el pie). Significaría, por tanto, «la que aplastó con el pie a la serpiente»: una connotación demasiado obvia a la Inmaculada Concepción y qu además contradice la connotación de la «serpiente», que en el Génesis representa a Satanás; mientras que en Mesoamérica lo refiere a Quetzalcóatl, la fertilidad de lo húmedo. Para algunos, el nombre dado por la Virgen pudo ser “Tequantlanopeuh” (“la que nació en las cumbres de las peñas”) o bien Tecuauhtlacupeuh (“La que viene volando de la luz como el Águila de Fuego”).
El elegido (“sujeto”) (5).- Como en muchos episodios bíblicos, la llamada (vocación) se dirige a una persona pobre, vulnerable, carente de poder, para que quede más patente que el mérito de la acción no es del profeta, sino de Dios. En el relato, “sucedió que había un pobre digno, campesino de por allí.[32] Su nombre amaina, y confiado en su “dueña y reina”, insistirá, con esa paciencia característica de los indígenas que aún conservan.
Se hace notar que la mediación del indio no se reduce a un papel de mero mensajero transmisor de un correo, sino que asume una actitud activa, más bien como la de un embajador, a quien compete cierta iniciativa. Es, por tanto, un auténtico “sujeto” de la evangelización. A veces los clérigos consideramos al pueblo como “objeto” de nuestra pastoral, o como meros transmisores doctrinales y no le reconocernos su calidad de “sujeto” activo y responsable. “Pero aunque se lo dijo lodo, cómo era su figura, y todo lo que había visto y admirado, en lo que bien se descubría que ella era la amable, siempre Virgen, la admirable Madre du Nuestro Salvador y Nuestro Seiior Jesucristo, sin embargo, aún no le dio crédito” (53). Para hacer creíble el mensaje de la Señora, el indio no se reduce a transmitir literalmente el encargo de la Virgen, sino que clarifica su narración con elementos que hagan a la autoridad eclesiástica más fácil su aceptación. Como decía Pablo VI, en éste, «el evangelizado tiende a convertirse en evangelizador» y —añadimos nosotros— el evangelizando, en evangelizador, un ejemplo de lo que ahora se afirma, que «los pobres nos evangelizan». Juan Diego progresa en su proceso de evangelizado: ante la grave enfermedad de su tío, se muestra responsable y comprende que la Señora lo esperará, pues justamente vino para ayudar a los necesitados, y por tanto, lo prioritario ahora es ir por el médico y por los sacerdotes. Por eso, pretende evitar a la Señora, rodeando el cerro; pero Ella misma le salió a su encuentro y le aseguró que su tío ya estaba curado.
La misión (“objeto”) (n.23)-. María le da al indio como misión, convencer al obispo para que le erija una ermita en aquel lugar. Semióticamente quedan separados y contrapuestos dos espacios: por un lado, Tlaltelolco, el espacio hegemónico de los conquistadores, sede de los poderes civiles, y también el espacio sagrado oficial, asignado por el poder eclesiástico “en lo que toca a las cosas de Dios”, no siempre comprensibles (6). Ahora la Virgen abre otro lugar sagrado alterno, el Tepeyac, el espacio del indio. El cerro, un erial pedregoso, queda transfigurado en “La Tierra de la Flor”: “Y la piedra y los peñascos donde ella estaba en pie, al recibir como flechas los rayos y la claridad, parecían de esmeraldas preciosas («chalchihuite»), joyas parecían; la tierra relumbraba como los resplandores del arco iris. Los mezquites, nopales y las hierbas que por allí se dan parecían como de pluma de quetzal y sus tallos de turquesa; las ramas, el follaje y hasta las espinas brillaban como el oro.” (n.18). El trato que recibe Juan Diego en Tlaltelolco es muy distinto del respeto con que lo trata la Señora. Allá se tiene que arrodillar ante el obispo y se le hace esperar y espiar. Por eso, ante el escepticismo del obispo, decepcionado, Juan Diego se disculpa y se queja: “me envías a un lugar por donde no ando y no paro” (n.40). Por eso, la Virgen va a invertir los espacios: en vez de que el indio siga yendo al lugar centro del poder eclesiástico, será ahora el obispo quien se traslade al cerro, lugar del indio. Una evangelización desde el poder no llega a calar hasta el fondo.
Destinatarios (n.23).- Obviamente, la finalidad de la Virgen no era la edificación de un templo más, pues esto lo hacían los misioneros. El objetivo era más amplio: “en ella mostraré y daré a las gentes todo mi amor, mí compasión, mi ayuda y mi defensa”. La evangelización no debe confundirse a la mera introyección de fórmulas doctrinales ortodoxas en la mente de los evangelizandos, sino que implica sentimientos amorosos, solidarios y que tengan eficacia frente a situaciones de opresión. Es, justamente, todo lo contrario de la “Conquista Espiritual”[33] hacer que el pueblo sea el destinatario del mensaje guadalupano. Esto se corrobora en la figura de Bernardino, tío de Juan Diego, que se enferma de viruela, epidemia traída por los extranjeros, que ante el cuerpo indio, carente de defensas, estaba haciendo estragos. En esta cultura, el «tío» es el hermano de la madre, quien era el que heredaba (no a los hijos, sino a los sobrinos, para que el patrimonio no saliese del clan). El tío, en realidad, representaba a todo el vulnerable pueblo mexica conquistado.
Una vez que se ha constatado que el principal destinatario de la evangelización guadalupana es la población india, sojuzgada, humillada, sufriente, apa rece la importancia de los signos referidos a la cultura nahuatl. La IV Conferencia Episcopal Latinoamericana reunida en Santo Domingo en 1992, con motivo de los 500 años del mal llamado «descubrimiento de América» -con et mismo derecho podría decirse que los indios «descubrieron» a los crueles extranjeros-, insistió mucho en la «incultutación del Evangelio», un modelo arquetípico del cual es, precisamen te, nuestro «Nican Mopohua». El texto encriptado de Antonio Valeriana sólo podía ser descifrado por sus destinatarios principales (los indios, no los españoles). Baste como ejemplo el uso de los numerales simbólicos -que ya aparecían en la imagen de la tilma-; en especial, signo del «Ollin», en el que el número 4, número simbólico por excelencia (cuatro puntos cardinales y cuatro estaciones; cuatro dioses crea dores; cuatro creaciones fracasadas del sol), es el número que unificad·espacio y el tiempo y denota plenitud. En el relato, el indio se formula 4 preguntas ante el canto maravilloso de las aves;36 tiene 4 encuentros con la Virgen, 4,veces aparecen las aves, 4 criterios con los que Juan Diego discernió la aparición;37 4 características del mensaje evangelizador, 4 objetivos de la ermita/ª 4 las condiciones que pide la Virgen a sus devotos de todas las naciones del territorio,39 etc. •
El signo.- La llamada se produce muchas veces mediante alguna señal
(pesca milagrosa, voz en la noche en Samuel). El momento de la llamada a Juan Diego es el amanecer, que en aquella cosmogonía fue la hora·cuando sucedió la[1] Enrique Semo: «Historia del capitalismo en México», Ed. Era, 1973, México (pp 29· 30). Cita los estudios de Sh Cook («La despoblación de México central en el siglo XVI»),
LB. Simpson, W Borah, entre otros.
[2] Torquemada, Juan: Los veinte ivn libro rituales i Monarcbia Indiana, con el origen y guerras de los Indios Occidentales, de sus poblazones, descubrimientos, conquista, conversión y otras cosas maravillosas de la mesma tierra. Producto de la recopilación de varios documentos antiguos, fue realizada entre 1592 y 1615. Impresa en Sevilla en 1615 y reimpresa en Madrid en 1723.
[3] Fray Martín de Valencia calculó en 1,200,000 bautizados entre 1524 y 1531; Fr. Pedro de Gante calculaba 14, 000 bautizados por día; Motolinía estimaba que cada fraile habría bautizado unos 100,000 indios (algunos hasta 300,00) y que en total, hasta 1536 se habrían bautizado unos cinco millones.
[4] Entre los numerosos estudios de esta fuente, está “Tonantzin Guadalupe”, de Miguel León Portilla y El Nican Mopobúa: Un intento de exégesis, por el P. José Luis Guerrero Rosado. Puede consultarse la WebSite http://www.luxdomini.com/gpe/contenido1/ guadalupe.nican1.htm
[5] “Ayate”: manto de fibra de maguey, atado detrás del cuello, que además de abrigo, era utilizado para cargar objetos.
[6] El manuscrito autógrafo de dicho sermón forma parte de una investigación dispuesta por el obispo de México Fray Alfonso de Montúfar, sucesor de Zumárraga.
[7] J. Lafaye: “Quetzalcóatl y Guadalupe: La formación de la conciencia nacional de México”, Fondo de Cultura Económica, México, 1977.
[9] El autor cita el riguroso estudio del P Germán Rubio: «Libro de la invención de Nuestra Señora de Guadalupe».
[10] Hay que recordar el contexto de la polémica: se estaba pretendiendo una división de la Arquidiócesis de México en varias diócesis sufragáneas. Lo que el abad deseaba, apoyado por el nuncio Girolamo Priggione, era que la Basílica fuese una diócesis aparte, dependiente directamente de Roma.
[11] En una investigación ordenada en 1556 por el obispo Montufar, un testigo. asegura que, en: su sermón antiguadalupanista, Fr Francisco Bustamante atribuyó la pintura a un indio Marcos (Aquino). Algunos opinan que se trata de uno de los tres excelentes pintores indios, alumnos del Colegio de Santa Cruz de Tlaltelolco.
[12] Jacques Soustelle: El universo de los aztecas, F.C.E., México 1982. Sejourné, Laurette: La pensée des anciens mexicaines, François Maspero, París, 1982, La loi du centre, pp 90-96.
[13] Luppo, Alessandro: Los tres ejes de la Cruz. «Scansione del tempo e calendario “Latinoamericano” Roma Edizioni Lettere e Filosofia – La Sapienza, a.a. 2002/2003.
[14] Landa Ábrego, María Elena: Ollín y Cruz en la simbología náhuatl, INAH, Centro Regional de Puebla, 1985.
[15] Dumézil, Georges: Los dioses indoeuropeos. Ed. Sebe Barral, Barcelona 1970 (P.U.F., 1952).
[16] Parece ser que dicho parecer ha sido compartido por el premio Nobel de Química, Richard Kuhn.
[17] Estas curiosidades pueden verse n la Página Web de la Basílica de Santa María de Guadalupe: http://www.virgendeguadalupe.mx Estudios, 17 de febrero de 2007.
[18] El título de este apartado es el de un importante fil mexicano: La Virgen que forjó una patria, guion y dirección de Julio Bracho, con fotografía del célebre Gabriel Figueroa, para Films Mundiales en 1942.
[19] La “nación” se distingue del “Estado” en que aquella tiene sus bases en lo étnico-cultural y éste es una organización política basada en un pacto social entre diversos grupos y clases sociales.
[20] Paz, Octavio: «Las trampas d ela fe», F.C.E., México,1982.
[21] Bradlng, David: “Los orígenes del nacionalismo mexicano”, Ed. Era, México, 1973. También J. Lafaye, o. c., libro I, cap. 1: «hermanos enemigos: españoles y criollos», pp. 43-49.
[22] Servando Teresa de Mier. Obras Completas: II «El heterodoxo guadalupano». Selección de obras por Edmundo O’ Gorman, Universidad Autónoma de México, 1981. O´ Gorman, Edmundo: «Destierro de sombras: Luz y origen de la imagen y culto de Nuestra Señora de Guadalupe del Tepeyac«. UNAM, México, 1986.
[23] Según la leyenda, su madre·, la Coyoxauctli, había encontrado una pluma de colibrí, que guardó en su seno y ésta la fecundó para el nacimiento del dios.
[24] Bartra, Roger: “La jaula de la melancolía, identidad y metamorfosis del mexicano”,
Ed Grijalba, México, 1987, p. 20.
[25] Paz, Octavio: “El laberinto de la Soledad”: Cuadernos .Americanos 1950. F.C.E.,
México, 1993, p.p. 72-98.
[26] Para el autor, esa palabra existente a varios países de habla hispana con referencia a bebidas embriagantes tiene probablemente un. origen náhuatl: “xinaxtl” (chingaste), que es el aguamiel fermentado del maguey, de dónde sale el «pulque».
[27] Transgredió el precepto ancestral: «no mezclarás tu sangre con la del opresor».
[28] En un mural, el pintor José Clemente Orozco pinta a La Malinche como la Eva mexicana.
[29] El análisis exegético, ya clásico, del Nican Mopohua desde el náhúatl, ya clásico, es el realizado por Glodomiro Siller Acuña: La evangelización guadalupana, CENAMI, México, 1984. Vide: books.google.com.m.x – En la Internet se encuentran varios estudios y versiones.
[31] Propp, Vladimir: Morfología del cuento, Rusia, 1928. Traducción al español: Ed.
Akal, México 1998.
[32] En náhuatl, se trataba de un “macehualtzintli», o sea, de las castas más pobres; aunque “creado con la sangre de los dioses”.
[33] En referencia a la obra clásica de Ricard, Robert: «La conquista espiritual de México. Ensayo sobre el apostolado y los métodos misioneros de las órdenes mendicantes en la Nueva España de 1523-1524 a 1572», con la que el autor obtuvo el doctorado en la Sorbona en 1933.Editado por Fondo de Cultura Económica. México 2004 (8ª reimpresión).
Los dos “credos” concluyen con cuatro dogmas finales, las cuales se hayan en ambos credos y en el mismo orden. Estos son los siguientes:
LA SANTA IGLESIA CATÓLICA
LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS
EL PERDÓN DE LOS PECADOS
LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE Y LA VIDA ETERNA
LA SANTA IGLESIA CATÓLICA
El Credo Niceno-Constantinopolitano añade cuatro atribuciones para la Iglesia: “Una, Santa, Católica, Apostólica y siglos después, la tradición añadió una quinta: “Romana”.
Una.
Quizás los Padres Conciliares se hayan querido “curar en salud” de eventuales cismas, divisiones o teologías antagónicas, lo que podría fragmentar a la Institución o por lo menos, debilitarla. Pero ahora, el riesgo es que el precio de esa cohesión es derivar en una disciplina uniformizadora, que conlleva un modelo eclesial piramidal, jerárquico y por tanto, limitante. En estos momentos, el Papa Francisco pretende devolverle a la Iglesia su carácter “sinodal” primitivo.
Santa.
La Iglesia es “santa y pecadora” a la vez. En sus más de dos milenios, la Iglesia ha tenido en su historia, páginas gloriosas, santos ejemplares y sabios teólogos, que la siguen enriqueciendo: pero también, páginas vergonzosas- No me refiero tanto a los actos lujuriosos, como los que se suele pensar cuentan del Papa Alejandro Borgia, sino, sobre todo, de la tentación de poder temporal: A partir del siglo IV, con la convenenciera «conversión” del Emperador Constantino, la Iglesia fue copada por los poderes terrenales y convertida en principal apoyo del antiguo Imperio Romano. A cambio de esto, Constantino, supuestamente, legó a la Iglesia un inmenso territorio, los Estados Pontificios (el Vaticano).
En el siglo VIII, el emperador Carlo “Magno”, rey de los francos, unificó gran parte de Europa central y occidental, con cierto beneplácito de Europa Oriental (con reticencias por haber aceptado la famosa fórmula “filioque”). Formó el Sacro Imperio Romano Germánico y combatió a los musulmanes, los eslavos, los sajones y conquistó Italia. Para obtener mayor legitimidad, se apoyó en el Papa León III, a cambio de que el cristianismo fuera la ideología oficial de su Imperio.
Para ratificar este pacto, hizo que el Papa León III lo coronara emperador, en la Navidad del año 800 y en la Basílica de San Pedro. La aparente subordinación de la Iglesia al poder imperial, no tardó en invertirse. Si el Papa corona al emperador, significa que el Papa da legitimidad; pero también puede revocarla. Esto pudo constatarse en el siglo XVI, cuando el rey de Francia Enrique IV abrazó el galicanismo (teoría política que subordinaba a la Iglesia al poder secular). El Papa lo excomulgó, quitándole al pueblo la obligación de obedecer al monarca, con lo que el rey abjuró del galicanismo, y se le oyó musitar al monarca: “Paris bien vale una misa”. Así continó hasta que Napoleón, al ser coronado por el Papa, le arrebató la corona y se coronó a sí mismo, en nombre del pueblo,
Este contubernio dio pie a la llamada “Alianza Trono-Altar”, con la que se configuró el “Estado Confesional”, mantenido, incluso, durante la Reforma protestante, que a pesar de dividir a Europa entre “católicos” y “reformistas”, ambas denominaciones acordaron el principio “cujus regis, ejus religio” (En un Estado Confesional, toda la gente debe tener una única religión, que no es otra que la religión que profese el rey).
En la Nueva España, según el Patronato Real, la Iglesia encomienda a los Reyes Católicos la organización de la Iglesia: El Rey –o en su caso, el Virrey, guardadas las proporciones-, es quien envía misioneros, cobra el diezmo, construye templos y monasterios, vela por la conducta del clero y de las religiosas, etc… a condición que para el nombramiento de los obispos, el Papa deba elegir alguno entre una terna que le presente el rey, lo que subordina la Iglesia al poder secular; aunque ésta goce, a cambio, de gran poder terrenal. Así, en la Nueva España, no había lugar para musulmanes, judíos o herejes (estos, o bien eran expulsados, o puestos en brazos de la Inquisición); pero las autoridades virreinales debían obedecer las directrices morales y doctrinales de la Iglesia.
La Iglesia, a su vez, se ocupaba también de tareas que ahora son competencia del Estado: el control demográfico (su embrión ya eran los libros parroquiales), la salud, la asistencia pública, la educación, e incluso, el aparato represivo (la Inquisición). Sin embargo, también, hubo frailes sensibles, que utilizaron su facultad de legitimación religiosa para defender a los indios de la voracidad de los colonos.
Católica, Apostólica y Romana.
Decimos que la Iglesia es “apostólica”, porque aquella unción consecratoria con la que Jesús comunicó a sus apóstoles la facultad de transmitirla “en memoria suya” (la “sucesión apostólica”), la cual se ha mantenido sin interrupción: determinado obispo transmite a un nuevo obispo esa consagración, hasta llegar a los obispos de una “Iglesia madre” -fundada por uno de los Doce-. La Iglesia Católica garantiza y tutela esta continuidad ininterrumpida; pero también la han conservado, al menos, la Iglesia Anglicana y las Iglesias “ortodoxas” de Oriente. (en estas últimas sus Patriarcados se remiten a determinados apóstoles).
La Iglesia es “católica”, es decir, “universal”. No entendemos esta universalidad en el sentido que el modelo cultural, social o teológico tenga que imponerse a todos los 1,300,000 católicos de todo el mundo. De hecho, se da actualmente un sano pluralismo teológico, cultural, ritual, ideológico, etc., que es, precisamente, lo que ha permitido su unidad a través de tiempos y lugares.
El adjetivo “romana”, únicamente se entiende en el sentido que el obispo de Roma es el sucesor de San Pedro, quien recibió el “primado” (“primum inter pares”= primero entre sus iguales), pues según antigua tradición, en caso de algún conflicto entre iglesias, las partes recurrían al obispo de Roma para dirimir sus diferencias.
Sin embargo, la historia puede testificar cómo, esa condición, derivó en un papado demasiado protagónico, reforzado, con Pío XI por el dogma de la infalibilidad, y en un modelo piramidal eclesial uniformizadora (que ahora, el Papa Francisco pretende invertir la pirámide y recuperar el modelo “sinodal”). Ante la actual crisis vocacional de Occidente, la dicotomía entre países “misionados” (paganos) y países “misioneros” ya se ha borrado: actualmente, los antiguos países “católicos” están muy secularizados, han disminuido su feligresía y casi no tienen vocaciones, por lo que ahora, sus parroquias son atendidos por sacerdotes asiáticos o africanos, y todo mundo está de acuerdo en la necesidad de un “diálogo de religiones, de culturas y de generaciones”.
LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS
La Iglesia es la comunidad de los seguidores de todos los que siguen o han seguido a Cristo, a quienes, en los primeros momentos de su historia, eran llamados “santos” (“saludos a los santos de la Iglesia de tal lugar”, es decir, “consagrados”, ungidos por el bautismo de Cristo mismo, justificados y salvados por Él.
Las “postrimerías”
Los “santos”, decíamos, todos los que vivieron, han vivido o vivirán eternamente, configurados a Cristo, en esta o en la otra vida. Se trata de la “Iglesia triunfante” (que goza de la salvación celestial), “la Iglesia purgante” (que debe aún purificarse antes de entrar en la Gloria) y la “Iglesia militante” (que aún está decidiendo su suerte eterna “militando” -luchando- en este mundo). Hay mucha imaginería en torno a las “postrimerías” y su suerte, en estos tres estados:
La Iglesia “Triunfante”. En general todos coincidimos en que la salvación completa se da hasta que hayamos resucitado “en cuerpo y alma” y, aunque podría haber, en la Gloria, “grados” de felicidad plena, dado que en aquel estado de Gracia y santidad no hay envidias, ni competencias, ni comparaciones. Se me ocurre un recuerdo personal, de cuando trabajaba en las vecindades de Puebla:
En cierta ocasión, me tocó un tremendo aguacero, estando en una casa de vecindad que carecía de agua. La gente guardaba tambos a la puerta de su vivienda, para recoger al agua de las pipas que comportaban colectivamente, de modo que todos los vecinos, en aquel aguacero, sacaron al patio tinacos, cubetas, ollas, etc…. y una niñita sacó también su tasita. Después del aguacero, todos los cacharros quedaron desbordantes hasta el tope. Me imaginé que algo así podría suceder en la Gloria, pues, como decía el adagio escolástico, “quidquid recipitur, al modum recipiendi recipitur” (“lo que se recibe depende de la capacidad recipiente”). De lo que se trata es que cada cual se llene hasta el tope de Gloria de Dios. Es cierto que hay mucha diferencia entre exponer a la lluvia la tasita de la niña, o aunque sea, un dedalito, a no poner nada.
La Iglesia purgante” ya casi nadie concibe el Purgatorio como lugar de tortura y de llamas (sin oxígeno no habría combustión), ni en una condena temporal (tiempo y espacio son sólo categorías de pensamiento y no existen en realidad). Las “indulgencias”, calculadas en días y años, tampoco son ya tomadas en cuenta. Con el desconocimiento de la existencia agustiniana del “limbo” para los recién nacidos, se abrió la puerta a nuevas interpretaciones del “purgatorio”. Desde la eternidad, el tiempo no es duración, sino un sólo instante que, quizás, se pudiera dar al momento mismo de la agonía previa a la muerte: en sólo un instante tremendamente doloroso (como arrancarse una cicatriz).
La participación en el Cristo total
Todos los cristianos estamos llamados a configurarnos con Cristo; pero dada la perfecta y multifacética figura de Jesús, nadie -salvo la Virgen María- puede configurarse plenamente con Él. Por lo mismo, el Espíritu Santo dones a diversos “santos” (canonizados o no), para que cada cual imite, preferentemente, cierta faceta determinada de la personalidad de Cristo. De manera especial a algunos santos son llamados a fundar una familia de cristianos, discípulos de aquel santo, y les comunica su “carisma” espiritual. Algunos ejemplos:
S Antonio M Claret —-Xto misionero S Camilo de Ledlis —Xto sanador
S Pablo de la Cruz ——Xto Doliente S Juan Bosco –——–Xto con niños
S Fco de Asis ————Xto Pobre, ecologista S Benito—————-Xto sacerdote
S Domingo—————Xto maestro S Juan de Dios——–Xto exorcista
Sta Teresa—————Xto orante
Es así cómo, entre todos los santos, reconstruimos el “Cristo total” (su compleja espiritualidad). Este sería el fundamento de la “comunión de los santos”
Además del “carisma”, cada santo (o familia religiosa) tiene una “misión” o tarea encomendada, dentro de la compleja comunidad eclesial; un proyecto del Padre a reflejar y encarnar en un momento determinado de la historia; un aspecto del Evangelio (EG, Papa Francisco).
Según la concepción platónica, cada “forma” posee una cualidad plena y total, y es “causa formal” de todos aquellos que participan de ella, de modo gradual y limitado.
El Espíritu Santo comunica un Carisma y/o una misión al santo fundador en forma plena y total, quien a su vez, lo comunica a su familia espiritual de modo “participativo”, degradado.
Sus seguidores, a su vez, enriquecen el Carisma con sus reflexiones teológicas, su testimonio ejemplar, su forma de transmisión, su organización, etc.
La tarea histórica de cada familia religiosa es “descontextualizar” la situación social y la sicología del fundador, para “recontextualizarla” después, adaptándola a los nuevos “contextos” o situaciones sociotemporales.
Es así como se forma una determinada espiritualidad, con lo que se enriquece a toda la Iglesia.
Espiritualidad no es algo que suceda en el interior de la persona (“intimismo”), o que se relacione exclusivamente con el alma o con el más allá
Espiritualidad es una fuerza, una pasión, un “espíritu”. Son principios y actitudes que mueven a la acción.
Es una vivencia que centra toda la persona en algo esencial, a lo que entregamos plenamente nuestro ser.
Produce un gozo desbordante, que se desea compartir y difundir para ese ideal impregne toda realidad.
III EL PERDÓN DE LOS PECADOS
El pecado, en abstracto, es un desorden que pervierte nutro ser de creatura; en concreto, requiere para cometerlo, “pleno conocimiento, libre consentimiento, voluntad de pecar”. Estas características toman en cuenta nuestra naturaleza pervertida por el desorden original, que llega, incluso, a debilitar nuestro consentimiento (por ejemplo, en casos de adicción) o voluntad de pecar (“no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, y en ese caso, ya no soy yo quien peca, es el Pecado quien peca en mí. ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”). Incluso Jesús, fue tentado por el maligno; por eso, en el “Padre Nuestro” no le pedimos al Padre que nos quite las tentaciones, sino que “no nos deje caer en ellas”.
Dios nos perdona generosamente; pero nuestro perdón está condicionado a que perdonemos a nuestros hermanos, “del mismo modo” como nosotros perdonemos a quienes nos ofenden (por eso es riesgoso rezar el Padre Nuestro), y cuenta la parábola de aquel siervo, a quien su señor le perdonó una deuda impagable, ante lo cual, lo que procedía en tales casos era venderlo a él, a su familia y a sus bienes, para recuperar algo de la deuda; pero que aquel mismo siervo fue incapaz de perdonarle a un compañero una ridícula deuda, por lo que lo el señor lo entregó a la justicia (Mt. 18, 23-35). Aunque San Lucas matiza en otros casos: “Si tu hermano te ofende, corrígelo, y si se arrepiente, perdónalo” (Lc. 17, 3): El perdón está condicionado al arrepentimiento, y éste, a su vez, se facilitará si se sabe corregir debidamente (corrección hecha con amor, momento oportuno, palabras suaves).
Le pedimos a Nuestro Padre Dios nos perdone y Él está dispuesto siempre a perdonar; pero para ello, se nos pide el arrepentimiento; pero dada nuestra voluntad enferma, dicho arrepentimiento a veces nos cuesta, de donde haya delegado a la Iglesia la absolución (“a quienes perdones sus pecados, quedarán perdonados, y a quienes no se los perdonen, quedarán sin perdonar”); se trata del “poder de las llaves”. La Iglesia es signo del amor misericordioso y compasivo de Dios (“aunque tus pecados sean rojos como la grana, quedarán blancos como la nieve”). Pero hay circunstancias en las que la Iglesia tiene el poder de negar la absolución. Para dar la absolución, la Iglesia requiere de siete requisitos: examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, restituir el daño, confesar los pecados, cumplir la penitencia y recibir la absolución. Esto lo podemos constatar más fácilmente en casos de injusticias sociales graves, de dominio público, en las que sacerdotes u obispos valientes (como Pedro Casaldaligas o Oscar Arnulfo Romero) negaron la absolución. En tales casos se pudo mostrar el “poder de las llaves” en defensa del pueblo contra los poderosos. Revisemos las siete condiciones para dar la absolución pública (como podría ser en el caso de Ayotzinapa, cuando se lesionó a la sociedad:
Examen de Conciencia: se requiere de una investigación pública de “crímenes de Estado” que intentaron esconder; pero que ya consta jurídicamente que tales hechos acaecieron. Ej., la comisión de la Verdad de Mons. Gerardi, en Guatemala, investigación que le costó su asesinato.
Arrepentimiento: Se tienen que reconocer las faltas y dar muestras de dicho arrepentimiento (no esconder pruebas, por ejemplo). Como hizo el presidente Díaz Ordaz, cuando personalmente asumió la responsabilidad de los crímenes de los estudiantes (aunque él no fuera el que directamente los realizó).
Confesión verbal: Que sea pública y clara, sin verdades a medias (no como la “verdad histórica” del Procurador).
Propósito de la enmienda: Comprometerse a poner candados y leyes estrictas para que tales hechos no vuelvan a repitirse.
Cumplir la penitencia: Para que no haya impunidad, se tiene que cumplir la condena (p.ej., ir a la cárcel).
Restituir el daño: el daño moral es irreparable; pero puede darse algún tipo de indemnización a los familiares de las víctimas, reparar el daño moral seguido por el perjurio o calumnia. En algunas partes, esto implica a hacer un monumento que recuerde tales hechos (“las muertas de C. Juárez”, sobre los feminicidios, el monumeto a los normalistas de Ayotzinapa).
Dar la absolución: Una vez que se hayan cumplido estos requisitos, la sociedad puede plantearse el perdón: Perdón y olvido como es el perdón que otorga Dios. Perdón; pero no olvido:Custodiar la “memoria peligrosa” es una deuda histórica para con las víctimas, aun cuando no se llegue al perdón (“2 de octubre 68 no se olvida”). Conozco a mujeres casadas que supieron de la infidelidad del marido, y le decían: “te perdono; pero no olvido, para que no me lo vuelvas a repetir”. Algunos más intransigentes, ante graves crímenes sociales y para evitar la impunidad, dicen ni perdón, ni olvido… y hasta hay otros que olvidan y no perdonan, pues ya se olvidaron del agravio; pero les queda el rencor, que terminan sin recordar su causa.
IV LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE Y LA VIDA PERDURABLE
Las “postrimerías” (muerte, juicio, infierno y Gloria) hablan de un doble juicio después de la muerte: el “juicio particular”, recién acabando de morir, y que es cuando se decide la suerte eterna de la persona, y el “juicio universal”, que es cuando se evalúa la aventura de toda la especie humana, en la encomienda que le dio Dios a los humanos, de “custodiar la Tierra” (Dios la creó bella, y de haber cuidado más la ecología, podríamos haber tenido planeta para mucho tiempo más), y una vida más feliz para todos, mediante una convivencia más fraterna, justa, pacífica, verdadera, libre y –sobre todo- fraterna y amorosa (la “utopía” divina, que Jesús llamó “Reino de Dios”).
La humanidad se ha enriquecido, gracias al desarrollo de tantas cualidades personales, laborales y espirituales: santos, científicos, filósofos, artistas, educadores, obreros, madres y padres de familia, trabajadores del campo, juristas… y tantos héroes reconocidos o anónimos, que entregaron su vida por los demás, místicos y mártires, religiosos e inventores, etc. Pero también, se ha empobrecido con gente mala, ambiciosa, mentirosa y manipuladora, cruel y prepotente.
El texto de San Mateo (Mt. 25, ) presente que en el juicio final, existe una clara línea divisoria entre ambas clases de personas. Pero lo que, de hecho comprobamos, es que dicha distinción no es tan sencilla en nuestra historia: la línea de separación entre víctimas y victimarios pasa por en medio de cada persona, y no es fácil discernir el trigo y la cizaña en un campo dónde crecen juntas; así como tampoco entre el opio y la levadura. Tantas veces hemos sido partícipes de “responsabilidades compartidas, diluidas en múltiples complicidades”. No valoramos suficientemente que actitudes que creíamos de poca monta, pueden tener graves implicaciones: pecados de indiferencia, omisión, pasividad, miedos o pequeños egoísmos, etc., que estructurados, forman los tremendos “sistemas de opresión”; otras veces, “pasamos de largo”, como el sacerdote o el levita en la historia del Buen Samaritano. Propongo el siguiente ejemplo, de un hecho del que personalmente fui testigo:
En Ciudad Juárez, en una colonia popular en la que muchas viviendas del INFONAVIT quedaron abandonadas por emigrantes, que dejaron sin pagar sus créditos correspondientes, había varias pandillas que desmantelaban esas casas, que luego utilizaban como refugio. Se robaban puertas, ventanas, cables eléctricos, muebles de baño, etc. Allí pude constatar el siguiente caso de “responsabilidades compartidas por múltiples complicidades diluidas”. Fue el caso de un muchacho de la familia donde me hospedaba: ambos padres salían a trabajar a la maquila y él quedaba solo en casa, con su hermana menor acostada en el sillón y con el control de la TV. Se aburría “como una ostra” y salió a reunirse con su “banda”. Le dicen sus amigos: (1) “Ve con Don Vicente y pídele su mazo”. (2) El hombre sabía que no lo iban a utilizar para algo bueno; pero tuvo miedo de negarse. (3) La vecina de enfrente veía desde la ventana cómo desmantelaban la ventana; pero también tuvo miedo de avisar a la policía. (4) Los amigos del joven le dijeron “ya que no trabajaste en esto, llévate esta noche la ventana”. El muchacho llegó a su casa con la ventana. (5) Su madre le preguntó: “¿A dónde llevas esa ventana?”. Y él responde: “eso no te importa; es asunto mío”. La mujer se imaginaba de dónde había salido aquella ventana; pero no supo qué hacer (6) Al día siguiente llevaron la ventana al comprador de metales “de chueco”: no había duda de que era robada; pero no le importó. (7) Finalmente, un comprador se interesó en adquirirla. Era más que probable que la ventana era robada; pero se la dieron barata.
Para un juicio, hay que distinguir responsabilidades diferenciadas, y resaltar que hay algunos, cuya participación resulta definitoria, que son los que cargan con las responsabilidades más graves. Pesemos, por ejemplo, en los siguientes estos datos, los cuales, además, se van agravando rápidamente (las fechas no importan tanto, pues cambian rápidamente y para mal:
En el mundo, el 0, 05% de la población (unos cuatro millones de personas) posee el equivalente a la mitad de la economía real mundial, que en 2021 sumó US$463,6 billones dls. Sin contar con la “economía financiera” o “de casino” (la compra y venta de acciones de empresas, los llamados derivados financieros -como las transacciones sobre los precios a futuro- y el intercambio de unas monedas extranjeras por otras).
26 empresarios acumulan más riqueza que la mitad más pobre del mundo (3,750 millones) (OXFAM, Davos, enero 2019)
El 1% más rico de todo el mundo (85 millones) concentra el 99.9% de la riqueza mundial
En México, Carlos Slim tiene una riqueza igual a la de 65 millones de personas (50% de población)
350 familias de México tienen igual riqueza que la del 90% de la población
Al mismo tiempo, casi 1,000 millones de personas en el mundo padece de hambre crónica.
En el futuro, probablemente la desigualdad se acrecentará enormemente con la Inteligencia Artificial (tema elegido por el Papa Francisco en su mensaje para la LVII Jornada Mundial por la Paz). Las publicitadas ventajas de la robótica, por ahora, representan más temores que esperanzas: todos ya estamos supercontrolados, entregando nuestros datos confidenciales al Banco (cuánto dinero tenemos, cuáles son nuestros ingresos y salidas periódicas; el Uber nos dice con quienes nos relacionamos y cada cuando; la tarjeta de puntos del supermercado informa qué comemos y cada cuanto tiempo; el celular (que nunca se apaga ni se borra, almacena todo lo que registramos), etc.
Se prevén tres “castas” separadas entre sí:
La segunda, (ahora podrían ser unos 60 millones de personas, son quienes se benefician de la I.A. (robot sastre que antes de vestirse, presenta un traje recién planchado y le recuerda su importante cita de las 11 am), luego da “like” a los robots de servicio para las labores del día; el piloto automático de su automóvil le informa que después de haber consulado el tráfico. Todavía puede contar con una hora, de modo que ve las noticias en su pantalla tridimensinal.
La primera casta es la que programa los robots, después de subirle los datos demográficos y los recursos disponibles en los próximos 15 años, y le ordena que, para entonces, su grupo de programadores (unas 6,000 personas) tenga las mayores ganancias posibles…, y los robots –que ya piensan (más bien, calculan), aprenden y toman decisiones, y como carecen de moral y de sentimientos, proceden implacablemente; aunque abandonen a la cuarta parte de la humanidad. Pero también, los mismos robots y con los mismos datos; pero con otros dueños, pueden programarlos de modo que dentro de los mismos 15 años, todos los seres humanos puedan satisfacer sus necesidades básicas del mejor modo posible.
La tercera casta, la de los parias, vivirán mucho peor que ahora: careciendo de agua, de carne, de ambiente medio sano, etc.
El “juicio universal” servirá para deslindar todo lo que en la historia está mezclado: la “justa transparencia”. Ese deslinde, San Mateo lo presenta, en mala alegoría, como grupos totalmente separados, cosa que en realidad no será posible (sólo en el cuerpo presente hay “espacio” y “tiempo”). La situación espacial (derecha e izquierda) no permite, pues, la separación pastoril entre rebaños de “diestros bovinos” y “siniestros caprinos”.[1]
Más arriba hablamos del “Infierno”, cuya situación espacial sería “abajo, en el “Inframundo”, con llamas y demonios sádicos. Pero cuesta imaginar cómo sería la “resurrección de la carne”: Si el cuerpo glorioso es “carne”, como la que tenemos en este mundo (se discutía, incluso, si la edad sería la de los años que cumplió Jesús), cuesta saber las ventajas de dicha resurrección, donde no necesitamos el “aparato reproductivo”, pues no tendremos descendencia; tampoco el “aparato respiratorio” donde no hay oxígeno: ni “aparato digestivo” donde no hay alimento, etc. Quizás sólo necesitamos el cerebro. Sin embargo, todo cerebro necesita un soporte físico ¿Cuál podría ser? Ciertos teólogos imaginan que cada cual tendrá su propio planeta, y la comunicación (sin pulmones ni boca) sería telepática (Santo Tomás de Aquino afirmaba que cada ángel piloteaba un planeta propio).
El “Cielo” no es ningún “lugar” sino la “unión con Dios”, incorporándonos a su propio ser, en una unidad interpersonal, plena y amorosa con nuestro creador, redentor y santificador. El “infierno”, su ausencia, de quien nos hizo para Él y de quien nuestro corazón sólo descansa en Él; pero cuya fusión no es forzada, sino libre, en una opción que tuvo que realizarse cuando éramos una corporeidad temporal, pues sin cuerpo, ya no hay cabida para las rectificaciones. Dios seguirá amando a los réprobos, y estos le echarán la culpa de su desgracia; en el infierno no hay rejas; pero los condenados prefieren el tremendo sufrimiento de Aquella ausencia, a rectificar lo que, mediante sus obras, eligieron, y “ante la libertad, Dios se arrodilla”.
Preguntas”
¿Crees que las características de la Iglesia son las que mejor la identifican? ¿Añadirías alguna más?
¿Con los carismas de qué santos se identifica más tu espiritualidad?
¿Qué diferencias entre pecado y culpabilidad distingues?
¿Cómo concibes la “resurrección de la carne?
AMEN
[1] La metáfora del chivo evoca al antiguo dios “Cernnunus”, la imagen más antigua de un Dios (danzante cornudo pintado en la caverna “Des Trois Fréres” en Ariégie”), de los pueblos paleolíticos, habitantes de las marismas de la zona parte más norteña de Irlanda, cuyo animal que los sustentaba eran los renos (cacería y pastoreo). El dios era representado con cuernos, patas y cola de reno. Los Celtas no pudieron vencer a aquellos pueblos, pese a tener armas de bronce y aquellos, hachas de piedra, pero eran muy fieros y conocedores de las marismas. Cuando los romanos invadieron la región, llevaron a Cernnunus por todo el Imperio, convertido en Dyonisio griego y Baco Romano; pero manteniendo algunos rasgos en el Minotaruro, el Centaruro, el dios Pan, los Sátiros, etc.
Dyonisio fue un dios muy popular, y todavía en la Edad Media, encontramos ritos en los que, se decía, ciertas noches, Dyonisio convocaba a mujeres para el Sabbath, en los que danzaban desnudas en torno a una fogata y tenían relaciones sexuales con un gran chivo negro. Este rumor dio pie a la “cacería de brujas”, que costó que 50,000 mujeres fueran quemadas en hogueras, acusados de brujería. (Murray, Margaret, “El Dios de los Brujos”, FCE, 1986, México).
La alegoría de Jesús se prestó a denotaciones de prestigio o de desprestigio: se discrimina a los zurdos; se “sataniza” a las ideologías de “Izquierda” (“sinistra” en latín: los “siniestros”), que son las que favorecen al pueblo, y se prestigia a las “Derechas” oligárquicas.
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