Preguntas iniciales:
- ¿Cómo es tu devoción al Espíritu Santo? ¿Te diriges a Él en tu oración?
- La identidad del E.S. no está muy clara y se describe a través de imágenes simbólicas: ¿Con qué imágenes lo describirías tú?
- ¿Cómo conceptualizas tú a la Santísima Trinidad?
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Sobre nuestra fe en el Espíritu Santo, el “Símbolo de los Apóstoles” se reduce a enunciar su existencia: “Creo en el Espíritu Santo”; mientras que el Credo Niceno-Constantinopolitano avanza en algunas de sus atribuciones:
- Señor y dador de vida.
- Procede del Padre y del Hijo
- Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y Gloria,
- Habló por los profetas
- Un rasgo del Espíritu Santo es su discreción. Dice San Pablo: “El Espíritu lo escudriña todo, incluso las profundidades de Dios (Padre) (…) Nadie conoce lo propio de Dios, si no es el Espíritu de Dios (…) Él nos hace comprender los dones que Dios nos ha dado” (I Cor., 2, 11-12). También el Espíritu Santo nos hace conocer al Verbo, su Palabra; pero no nos dice nada acerca de Él mismo, sino que prefiere que sean los “profetas” mismos quienes nos lo hagan –es decir, todos aquellos “inspirados”, recogidos por la Sagrada Escritura-, y no mencionan a Él, sino más bien a sus actuaciones, y lo muestran sólo a través de imágenes simbólicas. La primera de ellas es, precisamente, la de “espíritu”, cuyo significado primario del término es el de “soplo” (la Ruha): el que ya soplaba sobre las aguas primordiales, el que animó al muñequito de barro que se convertiría en Adán, el que en Pentecostés se mostró como “viento impetuoso”. También entonces se mostró y como “fuego”, elemento que connota energía; la fuerza incontenible de los tornados o incendios forestales. En el bautismo de Jesús, se posó en su cabeza “algo así como hace una paloma”, que recuerda la unción de aceite (“mesías”), y, curiosamente, fue la paloma el símbolo que prevaleció. Se le llama también “el consolador” y el “Paráclito” (“para”= “junto a”, “de parte de”, “en defensa contra”; kalein= llamar; “tos”=acción). Se “recurre”, se “manda llamar” a un abogado para que nos defienda contra un adversario poderoso.
- “Señor y dador de vida”
- No se trata de que el Espíritu Santo haya sido quien creó el milagro de la vida, pues esta forma parte de la creación, obra del Verbo, si bien hay cierta ruptura en el proceso evolutivo: Teilhard de Chardin le supone sendas intervenciones divinas especiales para los distintos hitos (“Geósfera”, “Biósfera”, “Noosfera”, el “Punto Omega” de la vida espiritual y mística y “Cristósfera”)
- “Vocación”, “envío” y “misión”
- Existe cierta dinámica que puede encontrarse en algunas culturas: una autoridad llama a alguien (“vocare”) y lo “envía” a una encomienda (“missio”) en favor a su pueblo; y para que puedan cumplir satisfactoriamente esta tarea, les proporciona cierta ayuda que seguramente necesitarán, pues encontrarán poderosos adversarios. Esta dinámica, estudiada por algunos semiólogos como Gerimás, se estructura según su “Modelo Actancial Mítico”.[1]
Destinador Objeto Destinatario
Auxiliar Sujeto Oponente
- Jesús (“destinador”) envía a sus apóstoles (sujeto) para realizar una “misión” (objeto) en favor de su pueblo (destinatario), y para que puedan realizar esta difícil tarea (objeto), les comunica un defensor o “Paráclito” (auxiliar), ya que seguramente tendrán que afrontar las poderosas fuerzas del mal (oponente).
- En este esquema, el “Destinador” sería Jesús –aunque, en otra variante, podría ser el Espíritu Santo mismo-. En la misionología actual, la Iglesia no “envía” a nadie; es mero “cómplice” del Espíritu Santo (en expresión de José Cristo Rey García Paredes).
- Los apóstoles son aquí el “Sujeto” (en el otro esquema, el “Sujeto” podría ser Jesús). El “Objeto”, no sería otro que el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios, que Jesús ya había comenzado a echar a andar. Según Grimas, el “actante” auxiliar podría ser un objeto mágico o una persona. En nuestro caso, el Espíritu Santo sería el “Paráclito”, el “abogado”, “al lado de” los apóstoles, mediante sus “siete sagrados dones”; mientras que el “oponente”, serían las poderosas fuerzas del mal.
- Pentecostés.
- Cincuenta años después de Pascua, los judíos celebraban la “Fiesta de las Siete Semanas”, en sus orígenes, de carácter agrícola. Para esa fiesta subían a Jerusalén para dar gracias a Dios y adorarle en el Templo, gran cantidad de israelitas, muchos los cuales vivían en la “Diáspora” (nombre dado al conjunto de todos los lugares a donde emigraban los judíos fuera de Palestina). En la ciudad, pues, había mucha gente de fuera. María pensó que era una buena ocasión para convocar a los asustados apóstoles, aprovechando el anonimato. Fueron llegando todos a la misma casa que les ofrecieron como Cenáculo para celebrar la Pascua (poco a poco, volviendo la cabeza a ambos sentidos y tocando la puerta con la clave convenida). Cuando ya estaban todos, María mandó atrancar la puerta y los invitó a algo así como lo expresan hoy los jóvenes: una ‘encerrona´:[2] “de aquí nadie sale hasta que tomemos una decisión: ¿La gran gesta de Jesús, habrá sido simplemente un bello sueño y nos iremos luego a nuestras casas? ¿o nos decidimos, con valentía, a continuar la misión de Jesús, aún al costo de entregar la propia vida?” Y todos se pusieron en oración. Entonces, la casa se cimbró a causa de un viento impetuoso, y bajó una bola de fuego, que se dispersó en lenguas, posándose sobre cada uno de ellos. Era la fuerza del Espíritu. Todos quedaron “prendidos”, fuera de sí, eufóricos, y sin poder contenerse, Pedro –aun trastabillando- quitó la tranca y abrió la puerta. Se sorprendieron al ver una gran multitud de curiosos procedentes de los más diversos lugares: “partos, medos, elamitas, habitantes de diversas ciudades de Mesopotamia, Judea, Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y los distritos de Libia, Cirene, romanos residentes, judíos y prosélitos, cretenses y árabes” (Hch. 2, 10-11). Se habían reunido asombrados por el prodigio de aquella casa. Entonces, Pedro, comenzó a pronunciar un discurso “kerymático”, constatando, ante su sorpresa, de que toda aquella multitud, comprendía su discurso, cada cual en su propia lengua.
- Para comprender el prodigio, es preciso remontarse unos 2,500 años atrás, durante el exilio en Babilonia. A los hebreos que habían sido llevados a la ciudad de Babel, les había intrigado ver, en el Valle Sinaar, varias torres de base cuadrangular, ”hechas de ladrillos cocidos en vez de piedras y alquitrán en vez de cemento”, formando bloque superpuestos, del boque mayor al menor. Eran los “zigurats”, uno de ellos, el más alto, aun sin terminar. Eran obra de la soberbia Asiria, conciente de su grandeza, pues lo habían lograda por sus propias fuerzas, sin ayuda de ningún Dios, con lo que, divinizarían su Imperio (“que la torre alcance al cielo, para hacernos famosos y para no dispersarnos por la superficie de la Tierra”). Por supuesto, las manos que estaban construyendo la torre no eran manos asirias (los nativos seguían cultivando sus parcelas), sino de los numerosos esclavos, reclutados de todos los pueblos conquistados y luego, sometidos. La estrategia de aquellos esclavos fue rehusarse a aprender la lengua de sus amos, sin la cual aquella empresa no era posible. De modo que se dispersaron, sin demasiada resistencia de sus captores.
- Sin embargo, a las culturas localistas, con sus respectivas lenguas, le resultó después imposible cooperar juntos para conseguir algo grande. Esto sólo se logrará mediante un “diálogo de culturas”: una unidad sin “uniformismo”, en la que todas las culturas se abran y comprendan, en una nueva unidad pluricultural. Esto fue lo que significó “Pentecostés”: todos entendieron el mismo mensaje; pero no con el monolingüismo del “imperialismo lingüístico cultural, sino “cada cual entendía en su propia lengua”. Eso es lo que quiere decir “Iglesia Católica” y no “Iglesia Romana”. Aclaro que no se trata aquí de negar el primado del “Obispo de Roma”, el Papa, signo de la unidad eclesial, sino de cuestionar el colonialismo occidental -como en el antiguo “Imperio Romano” pagano-.
- Actuación del Espíritu en la historia
- En su vida, muerte y resurrección, Jesús “entregó su Espíritu”, nos lo dio. Ahora Jesús es el “Destinador” que envía al Espíritu Santo y le encomienda una “misión”: Decíamos que la teología actual de la Misión, entiende que no es la Iglesia la que “envía” a los misioneros, sino que el envío es una obra conjunta del Padre y del Hijo; el ahora “enviado” sería el Espíritu Santo, el actuante de nuestra misión. La Iglesia es “cómplice” del Espíritu, o si se prefiere es tan sólo un Sujeto (la comunidad de discípulos de Jesús), quien recibe la misión de prolongar y completar la obra de Jesús: proseguir la iniciativa del Padre, cuya ejecución es tarea del Hijo y del Espíritu.
- Los “signos de los tiempos”
- El Espíritu Santo sigue actuando en la historia, y lo hace posibilitando que “venga a nosotros el Reino del Padre” (y De su Hijo: Cristo Rey”). Pero no esperemos una realización de manera mágica (que el Reino nos baje de las nubes), sino a través de nosotros (la Iglesia, en sentido amplio). La misión de los cristianos es colocarnos desde la perspectiva del Espíritu y colaborar con Él en consonancia con su actuación, en los diversos momentos y lugares de la historia. Esto implica, en primer lugar, un trabajo de discernimiento, para saber el rumbo y el ritmo de su actuación, en la situación que nos toca vivir.
- Jesús pone el ejemplo de aquellos sabios campesinos ancianos de su tiempo -y también del nuestro-, a quienes en algún momento hayamos preguntado si crea que vaya a llover, y haya respondido negativamente, aún cuando el cielo esté cubierto de nubarrones y así haya sucedido; o cuando le preguntamos si hará calor por la tarde y nuestro anciano, viendo de nuevo el cielo, responde afirmativamente, y en efecto, así sucede. Jesús increpa a la multitud: “¡Hipócritas! Saben interpretar el aspecto de la tierra y el cielo, ¿cómo no entonces no saben interpretar el momento presente?” (Lc, 12, 54-56; Mt. 16, 2-4).
- El Concilio Vaticano II, en la Constitución “Gaudium et Spe”, al hablar de la misión de la Iglesia de estar al servicio del hombre, afirma: “Para cumplir esta misión, es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y de la mutua relación de ambas” (#4). Recuerdo que el Concilio consideró los “signos de los tiempos” como un “lugar teológico” (hasta entonces, se aplicaba esta expresión, como fuentes reconocidas para la reflexión teológica, sólo a la Sagrada Escritura, al magisterio y a la tradición).
- Habría que precisar algunos criterios para que los acontecimientos históricos puedan ser reconocidos como “signos de los tiempos”: que no sean acontecimientos aislados, sino que formen corrientes de hechos convertidos en “fenómenos”, la ecología, los derechos humanos, el feminismo (el Papa Juan XXIII lo reconoció como tal), etc.; que gocen de cierto consenso entre sectores reconocidos y prestigiados; que no vayan contra la Revelación o una Tradición continua, etc.
- Sus siete dones
- Para facilitar el discernimiento sobre su actuación en la historia, el Espíritu otorga siete virtudes o “dones”, enumerados de acuerdo a quien el profeta Isaías considera destinatario sobre quien se posará el Espíritu del Señor (“vástago que brotará del tronco de Jesé”) (11, 1-2). Se trata de seis dones, a los cuales, la tradición eclesial añade otro don más -el “Entendimiento”-, para completar el septenario:
- Sabiduría- La palabra viene de “sabor”: saborear la vida, gustarla, masticarla, pues ayuda a ubicarse en el mundo. No se trata de un conocimiento racional, ni menos de erudición, sino del aprendizaje hecho conciencia y digerida para ser transmitida, a partir de la vida misma (quizás conozcamos alguna anciana analfabeta y sabia). Las religiones suelen ser buena fuente de sabiduría.
- Entendimiento.– El ansia de conocer de Dios, (no “comprenderlo”, pues necesitaríamos ser dioses). Compaginar “fides et ratio”, al menos, la “no-repugnancia” racional de la fe, la intuición, la “teología negativa” (“apofática”).
- Ciencia.– el estudio sistemático de la teología o doctrina (no repetir fórmulas dogmáticas): un estímulo para el conocimiento de la fe (con el corazón, más que con la lógica), con audacia y fidelidad (tradición e innovación). Comprender mejor la cultura de Israel S. I y la nuestra -hoy globalizada-, para generar síntesis entre la fe tradicional y vida actual. Comprensión histórico- política para distinguir los que sean realmente “signos de los tiempos”, de los eventos meramente azarosos o de moda. El estudio de la antropología para comprender épocas y culturas. Comprender los mecanismos sociales interpelantes (desafío u oportunidades). Las teorías de la personalidad que ayuden a la maduración de la fe.
- Consejo.– Nuestra sabiduría creyente no basta para nuestra vida personal, sino hay que compartirla con quienes la soliciten. Con la humildad de la escucha previa, de ponerse en el lugar del otro, de corregirlo y testimoniarlo; pero confiando que él seguirá su propio proceso.
- Fortaleza.– Valentía, audacia; pero al mismo tiempo, prudencia: hacer lo que las circunstancias permitan hacer; correr, cuando la situación lo permita; alentar el paso, detenerse y dar dos pasos adelante y uno para atrás, si así se requiere. Tan imprudente sería correr cuando no es momento, pero también caminar lento cuando se puede correr (“cuchichear la palabra al oído, o gritarla desde las azoteas”). Vencer los miedos, o todavía mejor, hacérselos aliados. Superar “miedos ancestrales”, comprender lo real de los fantasmas que nos forjamos. Evitar aquellos fanatismos o integrismos, que denotan inseguridad. La paciencia revolucionaria puede no ser producto de nuestra débil voluntad, como tampoco la urgencia histórica, combinar audacia y eficacia. Conocer los ritmos y las circunstancias… todo esto es parte de este don.
- Piedad.– Es compasión, misericordia, sensibilidad y amor a Dios y a los que sufren. La necesaria oración para abrirnos al Tú divino y escuchar sus mociones, para configurarnos con Cristo.
- Temor de Dios.– No es “tenerle miedo” a un Dios lejano e imponente, sino custodiar el “Mysterium Tremendum”, de esa divinidad que suscita el “pavor” de lo que no cae el ámbito de nuestras realidades cotidianas, y que contrasta con nuestra insignificancia (“polvo, ceniza, pura nada, y peor aún que la misma nada a causa de nuestros pecados”).
Con estos dones, continuaremos el proyecto del Padre, vinculándonos a la Misión de Jesús y de su Espíritu, enviado para propagarlo por todas las naciones, culturas y religiones.
LA SANTÍSIMA TRINIDAD
- Las Trinidades Indoeuropeas
- El lingüista G. Dumezil[3], después de un minucioso estudio sobre las teogonías de los pueblos indoeuropeos (antiguos habitantes de un área tan vasta, como la que fue desde la India, Asiria, pasando por los pueblos eslavos, germanos, Asia Menor, griegos, romanos y celtas; que tuvieron rasgos culturales afines, una lengua común –el sánscrito-, teogonías semejantes), pudo probar que las teogonías de todos aquellos pueblos eran trinitarias, los cuales, invariablemente, cumplían tres funciones:
- Un creador, quien tenía la soberanía mágica y jurídica
- Un héroe cultural, guerrero, salvador, de quien era propio el vigor.
- Un santificador, de quien es propio el éxtasis, la sexualidad, la salud, la danza, el vino
- Cada una de estas tres funciones pueden también ser ejecutadas por una pareja, unos gemelos, etc.
- A partir de los pueblos indoeuropeos, el número 3 fue el número clasificatorio de todo el continente europeo, a diferencia del continente americano, cuyo número clasificatorio es el 4. Concretamente, en Mesoamérica, gracias a los aztecas -cuyo calendario es más perfecto que el de los europeos de entonces-, correspondía tanto a las cuatro estaciones (tiempo) como a los cuatro puntos cardinales (espacio), cuyo símbolo es el “Ollin”: el señalamiento espacial, que no se trata de un punto preciso (señalando al Polo Norte, como la brújula), sino que se conforma por sendos “ámbitos” parabólicos, formando una especie de trébol de cuatro hojas, alrededor de un centro, que además, señala otras dos direcciones: el “arriba” y el “abajo”
- Debates sobre la Trinidad Cristiana
- Cuando el cristianismo evangelizó a Europa, se topó con el esquema trinitario indoeuropeo. Tuvo que procurar hacer compatible aquella cosmovisión con el Evangelio. En el debate, confrontaron algunas posibilidades interpretativas y optaron por la que parecía más conforme: ¿El Hijo y el Espíritu Santo compartían la misma y única naturaleza que el Padre (homousius), o eran dos personas algo inferiores y subordinados a una superior? ¿El Espíritu Santo procedería del Padre y del Hijo (“filioque”), o más bien el Padre engendraría al Hijo y éste, a su vez, espiraría al Espíritu Santo (a manera de una fuente de tres platones), como pensaban las Iglesias de Oriente, actualmente “ortodoxas”? ¿Sería real la distinción entre las tres Personas divinas, o el Hijo y el Espíritu Santo serían simples “modos” como el Padre se manifestaba (“monarquismo modalista”)? ¿El hijo sería un ser humano que, en su bautismo, el Padre lo asumió a la dignidad de Hijo primogénito, y el Espíritu Santo lo habría consagró como Mesías? ¿El Verbo divino era una criatura (atentando a la misma esencia del Misterio Trinitario y al sentido mismo de la salvación cristiana? En tal caso, las hypostasis serían caracterizaciones de la única “ousía” divina, que si bien no la dividen, sí establecen distinciones (por el origen o por el modo de existir)? ¿el Verbo no tendría origen, o bien, sería engendrado por el Padre o “procedería” de Él?
- Las grandes síntesis teológicas
- San Agustín de Hipona (354-430)
- San Agustín (Augustus) nació en Tagaste, ciudad al Norte de Africa (actual Argel). En el siglo IV esa región era bastante adelantada, más que muchas ciudades europeas. Agustín estaba adentrado en ciertas corrientes de la filosofía griega, en especial el “neoplatonismo” (algunas variantesde Plotino), lo que hay que tener en cuenta para sus reflexiones teológicas. Las teologías de los siglos II y III que hemos visto, tenían aquel mismo “background”, y ya habían llegado a aceptar –contra Arrio- la “consubstancialidad” entre Padre, Hijo y Espíritu Santo (“homousius”). En el platonismo, las “Ideas” abstractas (Eneadas) existían desde siempre y en grado infinito y total, mientras que los seres creados (o sus cualidades) “participaban” de ellas en forma degradada. Si el Padre fuese una Esencia semejante, o bien el Hijo y el Espíritu participaban de aquella en grado menor, o se trataba de esencias distintas.
- La cuestión por resolverse eran las “Personas divinas” (“hypostasis”), que sólo podrían ser de esencia específica y numérica, sin que esto alterase la unidad esencial. Clarificar el concepto de “Persona” era un desafío para la filosofía agustiniana. Continuando con su argumentación: Para que un nombre sea común a distintas cosas (a n o ser y que se tratase de un nombre propio), es preciso que estas pertenezcan al mismo género o a la misma especie. Es decir, un nombre común indica una posesión unívoca de la realidad; pero esto no sucede en el caso de la Trinidad: si se les da a los Tres el nombre de “Persona”, en Dios habría tres esencias. Entonces: ¿qué es lo común al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo para poder llamarlos “personas”, no siendo este término un nombre propio? Dios es un nombre absoluto, y “persona” también es un nombre absoluto: ¿por qué Dios no es una sola persona, o al revés, por qué no son tres dioses? Según el lenguaje tradicional, Padre, Hijo y Espíritu Santo son distintos; pero ¿en qué lo son? en que son tres personas o “hyposatasis”. Pero entonces, si “persona” es lo absoluto de Dios, entonces, en Dios ser, y ser persona sería lo mismo. Pero entonces: ¿por qué no decir que hay una sola Persona? Agustín aquí se atora.
- Sin embargo, avanza al introducir la categoría de “relación”. No es substancial lo distintivo del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; pero los nombres de las Personas sí son relativos… y eso “relativo” de Dios es algo “ad alium”: una referencia al Otro. Lo relativo no añade nada al sujeto, sino simplemente indica la alteridad.
- Santo Tomás de Aquino (1225-1274).
- Partiendo de que Cristo es la “Palabra”, el “Verbo”, el “Concepto” del Padre, este teólogo parte de su epistemología: la mente del sujeto humano no puede conocer los objetos tal cual estos son en la realidad, por lo que tiene que construirse “modelos” (ideas, conceptos) de dichos objetos, los cuales son sólo aproximaciones de las cosas en sí. Ni siquiera somos capaces de conocernos a nosotros mismos tal cual somos (algunos tienen una autoimagen “sobrevaluada” de ellos mismos, decimos que “se creen mucho”); mientras que otros tienen una autoimagen devaluada de sí (los acomplejados). Se recomienda atender a alguna “heteroimagen” confiable para equilibrar nuestra desconfiable “autoimagen”.
- Siendo el Padre un perfecto conocedor, sus conceptos (verba) no podían ser meros “modelos” de la realidad, como los nuestros, sino que en Él, el “significado” era exactamente idéntico a su “significante”; y siendo así que el Padre existe realmente, su concepto también existe realmente; aunque distinto a Él como cognoscente. El Padre “concibe” (conoce) al Hijo, como la madre “concibe” (engendra) al suyo. Entonces, el Padre y el Hijo establecen una relación amorosa entre ellos. En el amor sucede también algo semejante: deja una huella ambos amantes, que en el caso de que sean divinos e infinitos, esa huella es también idéntica a quienes la marcaron, es decir, Padre e Hijo, conjuntamente “espiran” al Espíritu Santo; este provendría del amor del Padre y del Hijo (“filioquae procedit”).
[1] Greimas A.J., 1966 “Modelo Actancial Mítico”, en su “Semiótica Estructural”. Grimas lo ejemplifica con “los cuentos maravillosos rusos” (Propp): El rey (Dr) envía a Iván (S) a que mate al dragón (O) y libere a la princesa (Do). Una mendiga (en realidad una hada) a quien Iván da limosna, le da un anillo mágico (A); pero hay un falso héroe (Op) que se atribuye a ser él quien libró a la princesa; pero finalmente Iván se casa con ella.
[2] Así llaman en algunos lugares a una borrachera en la que se echa la llave de la puerta a una sopera el vino caliente, para que nadie salga hasta que el vino se termine.
[3] Dumezil, George: “Los Dioses Indoeuropeos”. Seis Barral, Barcelona, 1970
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