8. EL ESPÍRITU SANTO

Preguntas iniciales:

  1. ¿Cómo es tu devoción al Espíritu Santo? ¿Te diriges a Él en tu oración?
  2. La identidad del E.S. no está muy clara y se describe a través de imágenes simbólicas: ¿Con qué imágenes lo describirías tú?
  3. ¿Cómo conceptualizas tú a la Santísima Trinidad?

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     Sobre nuestra fe en el Espíritu Santo, el “Símbolo de los Apóstoles” se reduce a enunciar su existencia: “Creo en el Espíritu Santo”; mientras que el Credo Niceno-Constantinopolitano avanza en algunas de sus atribuciones:

  • Señor y dador de vida.
    • Procede del Padre y del Hijo
    • Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y Gloria,
    • Habló por los profetas
  •   Un rasgo del Espíritu Santo es su discreción. Dice San Pablo: “El Espíritu lo escudriña todo, incluso las profundidades de Dios (Padre) (…) Nadie conoce lo  propio de Dios, si no es el Espíritu de Dios (…) Él nos hace comprender los dones que Dios nos ha dado” (I Cor., 2, 11-12). También el Espíritu Santo nos hace conocer al Verbo, su Palabra; pero no nos dice nada acerca de Él mismo, sino que prefiere que sean los “profetas” mismos quienes nos lo hagan –es decir, todos aquellos “inspirados”, recogidos por la Sagrada Escritura-, y no mencionan a Él, sino más bien a sus actuaciones, y lo muestran sólo a través de imágenes simbólicas. La primera de ellas es, precisamente, la de “espíritu”, cuyo significado primario del término es el de “soplo” (la Ruha): el que ya soplaba sobre las aguas primordiales, el que animó al muñequito de barro que se convertiría en Adán, el que en Pentecostés se mostró como “viento impetuoso”. También entonces se mostró y como “fuego”, elemento que connota energía; la fuerza incontenible de los tornados o incendios forestales. En el bautismo de Jesús, se posó en su cabeza “algo así como hace una paloma”, que recuerda la unción de aceite (“mesías”), y, curiosamente, fue la paloma el símbolo que prevaleció. Se le llama también “el consolador” y el “Paráclito” (“para”= “junto a”, “de parte de”, “en defensa contra”; kalein= llamar; “tos”=acción). Se “recurre”, se “manda llamar” a un abogado para que nos defienda contra un adversario poderoso.  
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  • “Señor y dador de vida”
  •     No se trata de que el Espíritu Santo haya sido quien creó el milagro de la vida, pues esta forma parte de la creación, obra del Verbo, si bien hay cierta ruptura en el proceso evolutivo: Teilhard de Chardin le supone sendas intervenciones divinas especiales para los distintos hitos (“Geósfera”, “Biósfera”, “Noosfera”, el “Punto Omega” de la vida espiritual y mística y “Cristósfera”)
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  • “Vocación”, “envío” y “misión”
  • Existe cierta dinámica que puede encontrarse en algunas culturas: una autoridad llama a alguien (“vocare”)  y lo “envía” a una encomienda (“missio”) en favor a su pueblo; y para que puedan cumplir satisfactoriamente esta tarea, les proporciona cierta ayuda que seguramente necesitarán, pues encontrarán poderosos adversarios. Esta dinámica, estudiada por algunos semiólogos como Gerimás, se estructura según su “Modelo Actancial Mítico”.[1]
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  • Destinador                   Objeto                         Destinatario
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  •         Auxiliar                        Sujeto                          Oponente
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  •     Jesús (“destinador”) envía a sus apóstoles (sujeto) para realizar una “misión” (objeto) en favor de su pueblo (destinatario), y para que puedan realizar esta difícil tarea (objeto), les comunica un defensor o “Paráclito” (auxiliar), ya que seguramente tendrán que afrontar las poderosas fuerzas del mal (oponente).
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  •    En este esquema, el “Destinador” sería Jesús –aunque, en otra variante, podría ser el Espíritu Santo mismo-. En la misionología actual, la Iglesia no “envía” a nadie; es mero “cómplice” del Espíritu Santo (en expresión de José Cristo Rey García Paredes).
  • Los apóstoles son aquí el “Sujeto” (en el otro esquema, el “Sujeto” podría ser Jesús). El “Objeto”, no sería otro que el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios, que Jesús ya había comenzado a echar a andar. Según Grimas, el “actante” auxiliar podría ser un objeto mágico o una persona. En nuestro caso, el Espíritu Santo sería el “Paráclito”, el “abogado”, “al lado de” los apóstoles, mediante sus “siete sagrados dones”; mientras que el “oponente”, serían las poderosas fuerzas del mal.
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  • Pentecostés.
  •    Cincuenta años después de Pascua, los judíos celebraban la “Fiesta de las Siete Semanas”, en sus orígenes, de carácter agrícola. Para esa fiesta subían a Jerusalén para dar gracias a Dios y adorarle en el Templo, gran cantidad de israelitas, muchos los cuales vivían en la “Diáspora” (nombre dado al conjunto de todos los lugares a donde emigraban los judíos fuera de Palestina). En la ciudad, pues, había mucha gente de fuera. María pensó que era una buena ocasión para convocar a los asustados apóstoles, aprovechando el anonimato. Fueron llegando todos a la misma casa que les ofrecieron como Cenáculo para celebrar la Pascua (poco a poco, volviendo la cabeza a ambos sentidos y tocando la puerta con la clave convenida). Cuando ya estaban todos, María mandó atrancar la puerta y los invitó a algo así como lo expresan hoy los jóvenes: una ‘encerrona´:[2] “de aquí nadie sale hasta que tomemos una decisión: ¿La gran gesta de Jesús, habrá sido simplemente un bello sueño y nos iremos luego a nuestras casas? ¿o nos decidimos, con valentía, a continuar la misión de Jesús, aún al costo de entregar la propia vida?” Y todos se pusieron en oración. Entonces, la casa se cimbró a causa de un viento impetuoso, y bajó una bola de fuego, que se dispersó en lenguas, posándose sobre cada uno de ellos. Era la fuerza del Espíritu. Todos quedaron “prendidos”, fuera de sí, eufóricos, y sin poder contenerse, Pedro –aun trastabillando- quitó la tranca y abrió la puerta. Se sorprendieron al ver una gran multitud de curiosos procedentes de los más diversos lugares:  “partos, medos, elamitas, habitantes de diversas ciudades de Mesopotamia, Judea, Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y los distritos de Libia, Cirene, romanos residentes, judíos y prosélitos, cretenses y árabes” (Hch. 2, 10-11). Se habían reunido asombrados por el prodigio de aquella casa. Entonces, Pedro, comenzó a pronunciar un discurso “kerymático”, constatando, ante su sorpresa, de que toda aquella multitud, comprendía su discurso, cada cual en su propia lengua.
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  • Para comprender el prodigio, es preciso remontarse unos 2,500 años atrás, durante el exilio en Babilonia. A los hebreos que habían sido llevados a la ciudad de Babel, les había intrigado ver, en el Valle Sinaar, varias torres de base cuadrangular, ”hechas de ladrillos cocidos en vez de piedras y alquitrán en vez de cemento”, formando bloque superpuestos, del boque mayor al menor. Eran los “zigurats”, uno de ellos, el más alto, aun sin terminar. Eran obra de la soberbia Asiria, conciente de su grandeza, pues lo habían lograda por sus propias fuerzas, sin ayuda de ningún Dios, con lo que, divinizarían su Imperio (“que la torre alcance al cielo, para hacernos famosos y para no dispersarnos por la superficie de la Tierra”). Por supuesto, las manos que estaban construyendo la torre no eran manos asirias (los nativos seguían cultivando sus parcelas), sino de los numerosos esclavos, reclutados de todos los pueblos conquistados y luego, sometidos. La estrategia de aquellos esclavos fue rehusarse a aprender la lengua de sus amos, sin la cual aquella empresa no era posible. De modo que se dispersaron, sin demasiada resistencia de sus captores.
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  •     Sin embargo, a las culturas localistas, con sus respectivas lenguas, le resultó después  imposible cooperar juntos para conseguir algo grande. Esto sólo se logrará mediante un “diálogo de culturas”: una unidad sin “uniformismo”, en la que todas las culturas se abran y comprendan, en una nueva unidad pluricultural. Esto fue lo que significó “Pentecostés”: todos entendieron el mismo mensaje; pero no con el monolingüismo del “imperialismo lingüístico cultural, sino “cada cual entendía en su propia lengua”. Eso es lo que quiere decir “Iglesia Católica” y no “Iglesia Romana”. Aclaro que no se trata aquí de negar el primado del “Obispo de Roma”, el Papa, signo de la unidad eclesial, sino de cuestionar el colonialismo occidental -como en el antiguo “Imperio Romano” pagano-.
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  • Actuación del Espíritu en la historia
  •    En su vida, muerte y resurrección, Jesús “entregó su Espíritu”, nos lo dio. Ahora Jesús es el “Destinador” que envía al Espíritu Santo y le encomienda una “misión”: Decíamos que la teología actual de la Misión, entiende que no es la Iglesia la que “envía” a los misioneros, sino que el envío es una obra conjunta del Padre y del Hijo; el ahora “enviado” sería el Espíritu Santo, el actuante de nuestra misión. La Iglesia es “cómplice” del Espíritu, o si se prefiere es tan sólo un Sujeto (la comunidad de discípulos de Jesús), quien recibe la misión de prolongar y completar la obra de Jesús: proseguir la iniciativa del Padre, cuya ejecución es tarea del Hijo y del Espíritu.
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  • Los “signos de los tiempos”
  •    El Espíritu Santo sigue actuando en la historia, y lo hace posibilitando que “venga a nosotros el Reino del Padre” (y De su Hijo: Cristo Rey”). Pero no esperemos una realización de manera mágica (que el Reino nos baje de las nubes), sino a través de nosotros (la Iglesia, en sentido amplio). La misión de los cristianos es colocarnos desde la perspectiva del Espíritu y colaborar con Él en consonancia con su actuación, en los diversos momentos y lugares de la historia. Esto implica, en primer lugar, un trabajo de discernimiento, para saber el rumbo y el ritmo de su actuación, en la situación que nos toca vivir.
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  •    Jesús pone el ejemplo de aquellos sabios campesinos ancianos de su tiempo -y también del nuestro-, a quienes en algún momento hayamos preguntado si crea que vaya a llover, y haya respondido negativamente, aún cuando el cielo esté cubierto de nubarrones y así haya sucedido; o cuando le preguntamos si hará calor por la tarde y nuestro anciano, viendo de nuevo el cielo, responde afirmativamente, y en efecto, así sucede. Jesús increpa a la multitud: “¡Hipócritas! Saben interpretar el aspecto de la tierra y el cielo, ¿cómo no entonces no saben interpretar el momento presente?” (Lc, 12, 54-56; Mt. 16, 2-4).
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  • El Concilio Vaticano II, en la Constitución “Gaudium et Spe”, al hablar de la misión de la Iglesia de estar al servicio del hombre, afirma: “Para cumplir esta misión, es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y de la mutua relación de ambas” (#4). Recuerdo que el Concilio consideró los “signos de los tiempos” como un “lugar teológico” (hasta entonces, se aplicaba esta expresión, como fuentes reconocidas para la reflexión teológica, sólo a la Sagrada Escritura, al magisterio y a la tradición).
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  •    Habría que precisar algunos criterios para que los acontecimientos históricos puedan ser reconocidos como “signos de los tiempos”: que no sean acontecimientos aislados, sino que formen corrientes de hechos convertidos en “fenómenos”, la ecología, los derechos humanos, el feminismo (el Papa Juan XXIII lo reconoció como tal), etc.; que gocen de cierto consenso entre sectores reconocidos y prestigiados; que no vayan contra la Revelación o una Tradición continua, etc.
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  • Sus siete dones
  •    Para facilitar el discernimiento sobre su actuación en la historia, el Espíritu otorga siete virtudes o “dones”, enumerados de acuerdo a quien el profeta Isaías considera  destinatario sobre quien se posará el Espíritu del Señor (“vástago que brotará del tronco de Jesé”) (11, 1-2). Se trata de seis dones, a los cuales, la tradición eclesial añade otro don más -el “Entendimiento”-, para completar el septenario:
    • Sabiduría- La palabra viene de “sabor”: saborear la vida, gustarla, masticarla, pues ayuda a ubicarse en el mundo. No se trata de un conocimiento racional, ni menos de erudición, sino del aprendizaje hecho conciencia y digerida para ser transmitida, a partir de la vida misma (quizás conozcamos alguna anciana analfabeta y sabia). Las religiones suelen ser buena fuente de sabiduría.
    • Entendimiento.– El ansia de conocer de Dios, (no “comprenderlo”, pues necesitaríamos ser dioses). Compaginar “fides et ratio”, al menos, la “no-repugnancia” racional de la fe, la intuición, la “teología negativa” (“apofática”).
    • Ciencia.– el estudio sistemático de la teología o doctrina (no repetir fórmulas dogmáticas): un estímulo para el conocimiento de la fe (con el corazón, más que con la lógica), con audacia y fidelidad (tradición e innovación). Comprender mejor la cultura de Israel S. I y la nuestra -hoy globalizada-, para generar síntesis entre la fe tradicional y vida actual. Comprensión histórico- política para distinguir los que sean realmente “signos de los tiempos”, de los eventos meramente azarosos o de moda. El estudio de la antropología para comprender épocas y culturas. Comprender los mecanismos sociales interpelantes (desafío u oportunidades). Las teorías de la personalidad que ayuden a la maduración de la fe.
    • Consejo.– Nuestra sabiduría creyente no basta para nuestra vida personal, sino hay que compartirla con quienes la soliciten. Con la humildad de la escucha previa, de ponerse en el lugar del otro, de corregirlo y testimoniarlo; pero confiando que él seguirá su propio proceso.
    • Fortaleza.– Valentía, audacia; pero al mismo tiempo, prudencia: hacer lo que las circunstancias permitan hacer; correr, cuando la situación lo permita; alentar el paso, detenerse y dar dos pasos adelante y uno para atrás, si así se requiere. Tan imprudente sería correr cuando no es momento, pero también caminar lento cuando se puede correr (“cuchichear la palabra al oído, o gritarla desde las azoteas”). Vencer los miedos, o todavía mejor, hacérselos aliados. Superar “miedos ancestrales”, comprender lo real de los fantasmas que nos forjamos. Evitar aquellos fanatismos o integrismos, que denotan inseguridad. La paciencia revolucionaria puede no ser producto de nuestra débil voluntad, como tampoco la urgencia histórica, combinar audacia y eficacia. Conocer los ritmos y las circunstancias… todo esto es parte  de este don.
    • Piedad.– Es compasión, misericordia, sensibilidad y amor a Dios y a los que sufren. La necesaria oración para abrirnos al Tú divino y escuchar sus mociones, para configurarnos con Cristo.
    • Temor de Dios.– No es “tenerle miedo” a un Dios lejano e imponente, sino custodiar el “Mysterium Tremendum”, de esa divinidad que suscita el “pavor” de lo que no cae el ámbito de nuestras realidades cotidianas, y que contrasta con nuestra insignificancia (“polvo, ceniza, pura nada, y peor aún que la misma nada a causa de nuestros pecados”).

      Con estos dones, continuaremos el proyecto del Padre, vinculándonos a la Misión de Jesús y de su Espíritu, enviado para propagarlo por todas las naciones, culturas y religiones.

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

  1. Las Trinidades Indoeuropeas
  2. El lingüista G. Dumezil[3], después de un minucioso estudio sobre las teogonías de los pueblos indoeuropeos (antiguos habitantes de un área tan vasta, como la que fue desde la India, Asiria, pasando por los pueblos eslavos, germanos, Asia Menor, griegos, romanos y celtas; que tuvieron rasgos culturales afines, una lengua común –el sánscrito-, teogonías semejantes), pudo probar que las teogonías de todos aquellos pueblos eran trinitarias, los cuales, invariablemente, cumplían tres funciones:
    1. Un creador, quien tenía la soberanía mágica y jurídica
    1. Un héroe cultural, guerrero, salvador, de quien era propio el vigor.
    1. Un santificador, de quien es propio el éxtasis, la sexualidad, la salud, la danza, el vino
  3.    Cada una de estas tres funciones pueden también ser ejecutadas por una pareja, unos gemelos, etc.
  4. A partir de los pueblos indoeuropeos, el número 3 fue el número clasificatorio de todo el continente europeo, a diferencia del continente americano, cuyo número clasificatorio es el 4. Concretamente, en Mesoamérica, gracias a los aztecas -cuyo calendario es más perfecto que el de los europeos de entonces-, correspondía tanto a las cuatro estaciones (tiempo) como a los cuatro puntos cardinales (espacio), cuyo símbolo es el “Ollin”: el señalamiento espacial, que no se trata de un punto preciso (señalando al Polo Norte, como la brújula), sino que se conforma por sendos “ámbitos” parabólicos, formando una especie de trébol de cuatro hojas, alrededor de un centro, que además, señala otras dos direcciones: el “arriba” y el “abajo”
  5.  
  6. Debates sobre la Trinidad Cristiana
  7. Cuando el cristianismo evangelizó a Europa, se topó con el esquema trinitario indoeuropeo. Tuvo que procurar hacer compatible aquella cosmovisión con el Evangelio. En el debate, confrontaron algunas posibilidades interpretativas y optaron por la que parecía más conforme: ¿El Hijo y el Espíritu Santo compartían la misma y única naturaleza que el Padre (homousius), o eran dos personas algo inferiores y subordinados a una superior? ¿El Espíritu Santo procedería del Padre y del Hijo (“filioque”), o más bien el Padre engendraría al Hijo y éste, a su vez, espiraría al Espíritu Santo (a manera de una fuente de tres platones), como pensaban las Iglesias de Oriente, actualmente “ortodoxas”? ¿Sería real la distinción entre las tres Personas divinas, o el Hijo y el Espíritu Santo serían simples “modos” como el Padre se manifestaba (“monarquismo modalista”)? ¿El hijo sería un ser humano que, en su bautismo, el Padre lo asumió a la dignidad de Hijo primogénito, y el Espíritu Santo lo habría consagró como Mesías? ¿El Verbo divino era una criatura (atentando a la misma esencia del Misterio Trinitario y al sentido mismo de la salvación cristiana? En tal caso, las hypostasis serían caracterizaciones de la única “ousía” divina, que si bien no la dividen, sí establecen distinciones (por el origen o por el modo de existir)? ¿el Verbo no tendría origen, o bien, sería engendrado por el Padre o “procedería” de Él?
  8.  
  9. Las grandes síntesis teológicas
  10.  
  11. San Agustín de Hipona (354-430)
  12.   San Agustín (Augustus) nació en Tagaste, ciudad al Norte de Africa (actual Argel). En el siglo IV esa región era bastante adelantada, más que muchas ciudades europeas. Agustín estaba adentrado en ciertas corrientes de la filosofía griega, en especial el “neoplatonismo” (algunas variantesde Plotino), lo que hay que tener en cuenta para sus reflexiones teológicas. Las teologías de los siglos II y III que hemos visto, tenían aquel mismo “background”, y ya habían llegado a aceptar –contra Arrio- la “consubstancialidad” entre Padre, Hijo y Espíritu Santo (“homousius”). En el platonismo, las “Ideas” abstractas (Eneadas) existían desde siempre y en grado infinito y total, mientras que los seres creados (o sus cualidades) “participaban” de ellas en forma degradada. Si el Padre fuese una Esencia semejante, o bien el Hijo y el Espíritu participaban de aquella en grado menor, o se trataba de esencias distintas.
  13. La cuestión por resolverse eran las “Personas divinas” (“hypostasis”), que sólo podrían ser de esencia específica y numérica, sin que esto alterase la unidad esencial. Clarificar el concepto de “Persona” era un desafío para la filosofía agustiniana. Continuando con su argumentación: Para que un nombre sea común a distintas cosas (a n o ser y que se tratase de un nombre propio), es preciso que estas pertenezcan al mismo género o a la misma especie. Es decir, un nombre común indica una posesión unívoca de la realidad; pero esto no sucede en el caso de la Trinidad: si se les da a los Tres el nombre de “Persona”, en Dios habría tres esencias.  Entonces: ¿qué es lo común al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo para poder llamarlos “personas”, no siendo este término un nombre propio? Dios es un nombre absoluto, y “persona” también es un nombre absoluto: ¿por qué Dios no es una sola persona, o al revés, por qué no son tres dioses? Según el lenguaje tradicional, Padre, Hijo y Espíritu Santo son distintos; pero ¿en qué lo son? en que son tres personas o “hyposatasis”. Pero entonces, si “persona” es lo absoluto de Dios, entonces, en Dios ser, y ser persona sería lo mismo. Pero entonces: ¿por qué no decir que hay una sola Persona? Agustín aquí se atora.
  14. Sin embargo, avanza al introducir la categoría de “relación”. No es substancial lo distintivo del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; pero los nombres de las Personas sí son relativos… y eso “relativo” de Dios es algo “ad alium”: una referencia al Otro. Lo relativo no añade nada al sujeto, sino simplemente indica la alteridad. 

  15. Santo Tomás de Aquino (1225-1274).
  16. Partiendo de que Cristo es la “Palabra”, el “Verbo”, el “Concepto” del Padre, este teólogo parte de su epistemología: la mente del sujeto humano no puede conocer los objetos tal cual estos son en la realidad, por lo que tiene que construirse “modelos” (ideas, conceptos) de dichos objetos, los cuales son sólo aproximaciones de las cosas en sí. Ni siquiera somos capaces de conocernos a nosotros mismos tal cual somos (algunos tienen una autoimagen “sobrevaluada” de ellos mismos, decimos que “se creen mucho”); mientras que otros tienen una autoimagen devaluada de sí (los acomplejados). Se recomienda atender a alguna “heteroimagen” confiable para equilibrar nuestra desconfiable “autoimagen”.  
  17. Siendo el Padre un perfecto conocedor, sus conceptos (verba) no podían ser meros “modelos” de la realidad, como los nuestros, sino que en Él, el “significado” era exactamente idéntico a su “significante”; y siendo así que el Padre existe realmente, su concepto también existe realmente; aunque distinto a Él como cognoscente. El Padre “concibe” (conoce) al Hijo, como la madre “concibe” (engendra) al suyo. Entonces, el Padre y el Hijo establecen una relación amorosa entre ellos. En el amor sucede también algo semejante: deja una huella ambos amantes, que en el caso de que sean divinos e infinitos, esa huella es también idéntica a quienes la marcaron, es decir, Padre e Hijo, conjuntamente “espiran” al Espíritu Santo; este provendría del amor del Padre y del Hijo (“filioquae procedit”).

[1] Greimas A.J., 1966 “Modelo Actancial Mítico”, en su “Semiótica Estructural”. Grimas lo ejemplifica con “los cuentos maravillosos rusos” (Propp): El rey (Dr) envía a Iván (S) a que mate al dragón (O) y libere a la princesa (Do). Una mendiga (en realidad una hada) a quien Iván da limosna, le da un anillo mágico (A); pero hay un falso héroe (Op) que se atribuye a ser él quien libró a la princesa; pero finalmente Iván se casa con ella.

[2] Así llaman en algunos lugares a una borrachera en la que se echa la llave de la puerta a una sopera el vino caliente, para que nadie salga hasta que el vino se termine.

[3] Dumezil, George: “Los Dioses Indoeuropeos”. Seis Barral, Barcelona, 1970

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7. JESUCRISTO

Es una pleonasmo decir que “los cristianos somos los seguidores de Cristo”. El Símbolo de los Apóstoles -el más antiguo- se reduce a la presentación histórica de la persona de Jesucristo. En cambio, el Credo Niceno-constantinopolitano estaba respondiendo al ambiente polémico de los siglos II, III y IV, cuando lo que la preocupación estaba en saber ¿quién era realmente Jesucristo? La razón teológica de hurgar en este Misterio, era de vital para los padres conciliares: debían pronunciarse nada menos por lo que habría de ser en adelante la identidad confesional de todos los cristianos.

¿Cristo sería la primera creatura de Dios, que a pesar de no ser divina, tenía mayor rango que lo humano, y a quien Dios le encomendaría la creación (“por quien todo fue hecho”)? es decir, Jesucristo sería una especie del “Demiurgo” platónico (Arrio, siglo IV)? ¿O sería un ser humano, como cualquier otro, que en el momento de su Bautismo, Dios lo habría asumido como su Hijo primogénito, y el Espíritu lo habría ungido como Mesías?[1] ¿O Jesús habría sido ya, desde su nacimiento, el “Dios encarnado”, y que en su bautismo, Dios, simplemente -a Él y al Bautista-, les habría dado a conocer quién era Él en realidad? Siendo Jesús una sola persona con dos naturalezas –la divina y la humana-, ¿cada naturaleza habría tenido su propia conciencia, Jesús, desde su nacimiento, habría mantenido la conciencia de su divinidad, y simplemente “actuaba”, para que no aflorara ante los demás su condición divina, como pensaba Tifano? ¿Sabría Jesús que la Tierra no era plana, que existía el continente americano, las teorías de la relatividad y del genoma humano, conocía todas las lenguas de la Tierra, etc.?) [2]  ¿O por su condición misma de “Dios encarnado”, habría tenido simplemente la misma conciencia que la de cualquiera de sus contemporáneos campesinos?

  • A los cristianos del Siglo XXI, aquel debate ya no nos interesa y nos resulta incomprensible. Hoy ningún cristiano discute si Jesús sea un ser humano como cualquiera de nosotros, y al mismo tiempo, la Palabra (el Verbo) hecho carne. La dogmática sobre Jesús en el “Símbolo de los apóstoles”, se reduce a reconocer su prenacimiento (“Hijo único de Dios”, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nacido de Santa María Virgen”), y su “postmortem” (“padeció bajo el poder de Poncio Pilato, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos. Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”. Pero en el siglo XXI, gracias al conocimiento que tenemos de las ciencias arqueológicas, paleontológicas, lingüísticas, etc. (Pagola), sabemos más del “Jesús histórico” que los cristianos del siglo I, [3] por lo que tenemos, al menos, las siguientes dos razones para insertar en el Credo unas líneas: (1) la necesidad de alguna alusión a la misión de Jesús: por ejemplo, restablecer el desorden producido por el “pecado original”, y (2) la dada por San Juan al finalizar el bello himno de su prólogo: “a Dios, nadie lo ha visto jamás. Es la Palabra quien nos lo dio a conocer” (Jn 1, 18): sería de vital importancia el conocimiento de Jesús, para mejorar nuestro conocimiento de Dios, y esto lo sabemos, más que por sus enseñanzas, sobre todo, por su vida.[4]  
  • Mejor todavía si presentáramos una brevísima semblanza de su vida: Jesús, “imagen visible del Dios invisible”, fue inmensamente compasivo con los sufrientes, al punto de que fue esa compasión lo único que justificaría sus milagros (no utilizó su poder divino ni para defenderse Él y ni siquiera para su misión). Cómo no hacer referencia en el Credo a lo que pedimos en el Padre Nuestro: la utopía de Jesús, que Él llamó “Reino de Dios”, una sociedad basada en el amor, la justicia, la paz, la verdad, la libertad y la Gracia, y creer en la esperanza que, contra todo lo previsible, se hará realidad. También un reconocimiento a su admirable su disposición para revisar sus tácticas, como el cambio que decidió, al constatar la lentitud de los apóstoles para comprenderlo, que le hizo decidir a viajar pronto a Jerusalén, y estando allá, apostar por una fuerte denuncia contra el “sistema del sacrificio” del Templo, lo que le costó la muerte.

Detengámonos ahora en cada frase del Credo, tal como lo recitamos:

  1. Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo (…); nacido de Santa María Virgen

Jesús (el Verbo) es un “Dios encarnado”, “hecho carne”, con todas las características y conciencia de cualquier mortal. Pero con una excepción: María, su madre, no lo engendró por concurso de varón. Esto, parecía indispensable, pues entonces se creía que el pecado original se transmitía por el semen del varón, y para la redención era conveniente que este “Hijo único de Dios” no tuviera nada que ver con la dinámica del pecado original –su misión era, justamente, liberarnos de aquella fatal opción-, y por esto, preservó a su madre de la maldición de Eva (un “hijo” que elige y configura a su propia madre).

  • Padeció bajo el poder de Poncio Pilato… crucificado, muerto y sepultado”.

   En algunos lugares se escucha una expresión para denotar que alguien está fuera de lugar: “se coló de refilón, como Pilatos en el Credo”. Según esta, pareciera que Pilatos no tuviera nada que hacer en la formulación de un corpus dogmático; pero en realidad, la mención a Pilato testifica que Jesús fue asesinado, nada menos que  por el Imperio Romano mismo (es decir, Jesús habría sido tenido como enemigo peligroso del -hasta entonces- imperio más poderoso de la historia, y había sido crucificado, como hacían los romanos con aquellos que se rebelaban contra el Imperio. Pilato lo condenó a muerte, sin estar convencido de la acusación de rebelión contra Roma (“no hallo en él culpa alguna”), sino por simples motivos políticos (no dar la impresión en Roma de haber actuado por debilidad). Su muerte tiene la apariencia de ser la de un fracasado, no obstante haber cumplido a cabalidad con su misión (antes de morir, lo reconoció: “todo está consumado”).

La muerte “redentora” de Jesús

    Suele interpretarse la “muerte redentora” desde los sacrificios expiatorios de ovejas y cabras realizados en el antiguo Israel (el “chivo expiatorio”): quién cometía ciertas impurezas “tabú”, tenía que viajar hasta el templo de Jerusalén y entregar el animal a algún levita para que lo matara, con lo cual, el oferente quedaba limpio, y se llevaba una porción de la carne sacrificada (la otra porción era para el levita). La muerte de Jesús era “leída” desde ese ritual. Pero Jesús, ya para entonces había abolido el “sistema del sacrificio” como causa de la profanación del Templo (“cueva de ladrones”) y expulsado a los vendedores de ovejas. El cordero de la Última Cena, no era, por tanto, el cordero del sacrificio levítico, sino el cordero Pascual (esa cena remitía a la cena previa a la salida de Egipto, cuya sangre, marcada en los dinteles de los israelitas, sirvió para identificarles las casas de los hebreos a las bandas de “ángeles exterminadores”. Más que víctima expiatoria, el cordero connotaba “liberación”.

    “Redimir” es liberar a alguien de un cautiverio: Algún allegado o amigo pagaba el precio de rescate, o saldaba una deuda para sacar de un aprieto al pariente o amigo. Durante la guerra contra los árabes, los caballeros Templarios se ofrecían ellos mismos ir a la prisión, a cambio de otro cristiano, débil en su fe y por tanto, tentado a apostatar. En este sentido, Jesús pagaría, mediante su propia muerte, la deuda que tendríamos debido al pecado de Adán y Eva.

     Esta explicación no parece compatible a quienes conocemos la misericordia y la compasión infinitas del Padre.  Dios, es cierto, envió a su hijo; pero no tanto para “pagar la deuda”, sino para recomponer la situación en la que quedó el género humano, debido a la fallida decisión del primer acto de libertad, con el que los primeros ancestros marcarían la evolución de la nueva especie, y quedaríamos todos sujetos a la muerte (no hablamos del mero “perecer” -condición de cualquier ser viviente-, sino de “morir”, que implica la conciencia de nuestra condición de mortales, de la cual carecen los animales). Si es la libertad la condición que nos hace ser “imagen y semejanza” del Dios (y ante la libertad, Dios mismo se arrodilla), aquella primera decisión habría quedado definitivamente inserta en el ADN humano. Pero ahora, Dios envió a su propio Hijo, no para revertir aquella situación tomada para siempre, sino para recomponerla, resucitando a su Hijo de la muerte. Ahora cada uno de nosotros tendrá que comprometerse, libremente, a no caer en la tentación (Dios no nos libra de tentaciones, sino que sólo nos ayuda a no caer en ellas).

¿Jesús “se entregó voluntariamente a la muerte?”

Se suele decir que la de Jesús, fue una entrega “voluntaria” a la muerte, “para cumplir con la profecía” fatal. Esto connotaría a un Dios sádico, que, agraviado, necesitaba de una víctima proporcionada a la falta -tanto más grave, cuanto más grande fuese el ofendido-. En realidad Jesús no buscó ser asesinado; más aún, mostró astucia para evitarlo; pero llegado el momento, _y no sin cierta resistencia (“Padre, si es posible, que se aparte de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”, Mc, 26, 39)-, y con una angustia tal, que hasta sudó sangre; pero asumió morir (quizás con el dolor sicológico de creerse incomprendido por su Abbá): “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, o hasta con el temor de haber caído en alguna imprudencia y hacer fracasar su misión. Pero, finalmente, poco antes de morir, reconoció haber cumplido a cabalidad la misión a Él encomendada (“Todo está consumado”).

  • Descendió a los infiernos.

Muchas culturas tienen un lugar destinado a los muertos. Entre las antiguas cultoras prehispánicas, para los antiguos aztecas o mixtecos, había cuatro “paraísos” a los que se llegaba por elección de determinado Dios, para llevárselo a su lugar propio, no por ciertas faltas cometidas en vida, sino por la forma cómo había acaecido su muerte: Huitzilopochtili se llevaba a los guerreros muertos a machete de obsidiana, y acompañaban al sol del amanecer hasta el zenit, y las mujeres muertas en el parto, desde el zenit hasta el ocaso. Tlaloc se llevaba a los muertos por el rayo o ahogados, y en su paraíso, vivían convertidos en niños, a orillas de un río, entre avecillas y flores, etc . Los muertos “del común” iban al “Inframundo”, un lugar al que se llegaba después de un viaje de ultratumba, guiados por Xolotl, un perro negro (para el camino, les ponían en el petate de sepultura “memelitas”, cacao (dinero) y –en el caso de los niños-, un biberón con leche materna. Para los mixteco-zapotecos, el lugar de los muertos “del común” era el Mictán, -el “Infranundo”- cuya entrada estaba en la actual Mitla (en una construcción en forma de crucero al que ahora los turistas pueden visitar). El crucero se prolongaba en supuestos túneles que daban al Inframundo, ahora ya clausurados (algunos desesperados pedían se les permitiese adentrarse en ellos, estando aún vivos). El Mictlán no era un lugar tenebroso, puesto que el Sol, al ponerse en el ocaso, se hundía en la tierra para iluminar el subsuelo; los muertos realizaban actividades similares a las de la Tierra (aunque el trabajo era más liviano), y cada año, el dos de noviembre, se les permitía salir para visitar a los suyos. Poco a poco (cuando ya los vivos los habrían olvidado), se desintegraban definitivamente.

  • Para los israelitas. era el “Sheöl”, lugar de oscuridad, adonde iban  los muertos, sin distinciones morales, que los griegos llaman “Hades” o “Gehena”. Parece que no hay en español una palabra que le corresponda; aunque algunos le llamaban “infierno” (“inferus”, lugar de abajo), lugar situado en alguna parte debajo de la tierra. Su condición no era ni de  dolor de ni placer; ni de recompensa, ni de castigo; quizás de simple inconciencia. Posteriormente ya hubo cierta distinción: el “Seno de Abraham”, de recompensa; y la “Gehena”, de castigo (recordar la parábola de Lázaro y el rico Epulón; donde después de la muerte, intercambiaron su suerte). Si Jesús murió realmente (y no fue una “muerte aparente”), tendría que haber ido al “Sheol”, adonde iban todos los que mueren. Si Jesús “bajó” allí, no puede afirmarse que fue para “consolar” o “prometer” nada (quienes estaban allí eran inconcientes). Sino que denotaba su condición de muerte real.  
  • “Al tercer día resucitó de entre los muertos”.

   Finalmente, el Padre resucitó a Jesús, probando con esto, que Dios “tomó partido” por el crucificado y no por las autoridades religiosas, las cuales quedaron irremisiblemente quedaron derrotadas. “el velo del templo se rasgó”: el Templo y la Ley perdieron su sentido salvífico y dejaron tener sentido; la Alianza fue rota, ya cuando el pueblo mismo había renunciado a ella (“caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”). La resurrección de Jesús vence a la muerte, no sólo para Jesús, sino para cuantos “creen” en Él, y sabemos que nos resucitará a quienes –de alguna manera- vivan como Jesús, no por méritos, sino por un don gratuito.

  • “Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”.

    Tanto los cuatro evangelistas como el libro de los Hechos, de una u otra manera, hablan de esto. El Credo sigue literalmente a Marcos (el más histórico). Lucas los conduce a Betania, allí los bendice y les hace algunas recomendaciones; mientras “se separó de ellos y se fue al Cielo”; Mateo, previamente, los envía por todo el mundo; Juan, de forma indirecta (“Salí del Padre y vine al Mundo, voy al Padre y dejo el mundo”); El Libro de los Hechos, después de enviarlos “hasta el confín del mundo”, los apóstoles lo vieron elevarse, hasta que fue cubierto por una nube”

Precisiones culturales

Cielo: Algunas lenguas, como el inglés, distinguen el cielo, como firmamento (“sky”) y el Cielo como lugar teológico (“heaven”), algo que el español confunde. La cosmología de entonces, como vimos, consideraba la Tierra plana, sostenida por cuatro columnas. Arriba, una cápsula o cúpula, donde estaban prendidos los astros (tamaño como los vemos desde aquí): arriba de dicha bóveda, las aguas superiores; arriba de aquella bóveda, otra bóveda más y final ente, hasta arriba estaría Dios. Para hacer llover, Dios abría una “llave de regadera” y caería algo de las aguas superiores (y por el vapor, a ellas luego volverían). Hoy día, diríamos que, cuando Jesús se fe al Cielo, simplemente “pasó a otra dimensión”.

Subir: El cerebro humano, según Kant, no puede pensar sin las categorías de tiempo y lugar; pero podemos imaginar, en abstracto, realidades carentes de dichos condicionantes espacio-temporales: sin los “arriba” / “abajo”; sin los “derecha” / “izquierda”. Una vez resucitado, Jesús se encuentra en la dimensión incorpórea (“celestial”),  compartiéndola con su querido Abbá, sin “subir al Cielo” ni “sentarse a la derecha” del Padre; sin lugar subordinado, puesto que Padre e Hijo son la “la misma naturaleza” (“omousius”).

    Según San Lucas, Jesús, en el monte de Betania, promete a sus apóstoles la fuerza del Espíritu Santo, para que “sean sus testigos hasta el confín del mundo”, y para que “hagan discípulos entre todos los pueblos”. Hay que evitar el “cristocentrrismo” de creer todos los seres humanos deban entrar a la Iglesia (el dicho de San Agustín: “extra Eclessia nulla salus” = “fuera de la Iglesia no hay salvación”). Además de que esto no sea posible (entonces enviaríamos al infierno a budistas, musulmanes, sintoístas, anglicanos, “evangélicos”; pero también a los mayas, aztecas, etc.), hoy esto resulta indefendible. Todas las religiones proponen, aunque de forma inconciente, las “semillas del Verbo”: los valores del Reino de Dios (justicia, paz, verdad, amor, libertad, etc.). Como propone la misionología actual, no se trata de que los evangelizadores occidentales se tengan que desplazar al Tercer Mundo para convertir y bautizar “páganos” (la gente del “pago”, los lugares en Europa, al margen de la evangelización y que aún mantenían elementos precristianos), sino creer verazmente la fe que cada cual profese.

   La misma cosmovisión que estamos presuponiendo, confirma que se trata de un relato simbólico: mientras Jesús está terminando su última instrucción y les da sus encomiendas (los ha estado instruyendo y enviando todo el tiempo) y lo sigue haciendo mientras se va elevando, ante sus ojos atónitos y una nube se los ocultó. Ellos seguían con los ojos fijos en la nube, cuando dos personas vestidas de blanco se les presentaron y les advirtieron: “Hombres de Galilea, ¿qué hacen allí mirando el cielo? (Hch. 1, 7-11). Ellos están embelesados, con tristeza, nostalgia y estupor. Jesús ya se fue; parece que la vida ya perdió su sentido; pero ahora deben tener en cuenta que es preciso “poner los pies en la tierra”, en esta Tierra con tantos problemas, necesidades e injusticias. Era ya momento de cumplir con la encomienda de Jesús, contando con la promesa de que el Espíritu Santo no habría de faltarles. Esa fe contemplativa (“mirando al cielo”),en un Jesús que ya no estará con ellos para indicarles lo que deben hacer, sino que deberán contar con su iniciativa y sus fuerzas propias; esa fe meramente contemplativa, es “enajenante” (“opio del pueblo”), evasiva de las urgentes tareas, cuya solución dependerá en adelante de su compromiso transformador. Queda tan sólo la esperanza, virtud que proyecta hacia el futuro: “Este Jesús, que les ha sido quitado y elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir”. Mateo termina su Evangelio con la promesa siguiente: Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mt, 28, 19).

    El “Espíritu de Cristo resucitado” sigue hoy actuando en la historia. Para dar cumplimiento a la nueva encomienda, nosotros, sus discípulos actuales, tenemos la tarea de descubrir dónde y cómo sigue actuando el Espíritu en nuestra historia. Para esto, se requerirá de una tarea de “discernimiento” para colocarnos en su misma perspectiva (dis-cernir, es como la “cernidora”, que separa la buena levadura de las pajitas del trigo: “levadura” y no “opio”). Trabajo que exige sumo cuidado, pues como dice San Juan de la Cruz, “el demonio suele revestirse en ángel de la luz para extraviarnos”.

  • Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.

    La última venida de Jesús tendrá lugar cuando perezca el último sobreviviente de la especie “sapiens”. La tradición habla de dos juicios: el “juicio particular” -que sucede al momento de la muerte de cada cual- y el “juicio universal” -que es colectivo-. En este, se nos pedirá cuentas de cómo, en cuanto especie, cumplimos la encomienda original de “custodiar la Tierra”. Antropomórficamente, Jesús les recordaría aquella vieja encomienda, y los dos grupos –“la “derecha” y la “izquierda”-, posiciones usadas (aparte de la injusta discriminación a los zurdos), una connotación política: las “Derechas” bovinas serían los buenos y las “Izquierdas” caprinas, los malos.[5] El motivo del juicio versará sobre lo que más contribuyó a la extinción de la especie: ¿el calentamiento global, la falta de agua, La guerra nuclear, el consumismo irresponsable, etc.?; y aunque la línea de separación entre “víctimas” y “victimarios” pasa por en medio de cada uno de nosotros (sufrimos el mal y colaboramos para reforzarlo, con complicidades múltiples, indiferencias o pequeños egoísmos), la responsabilidad mayor la tiene esa poderosa minoría que controla todos los recursos, ayudados por la Inteligencia Artificial, así como también, todos aquellos que por ambición y egoísmo, deliberadamente la apoyan.

Preguntas:

  1. ¿Crees que nuestro Credo expresó suficientemente la vida del Jesús histórico? ¿O lo que quiso el Concilio Niceno-Constantionopolitano fue remitirnos directamente a los Evangelios?
  2. ¿Qué opinas de la muerte de Jesús leída como “Víctima propiciatoria” o su “muerte necesaria para la redención?
  3. Crees que los debates teológicos de los primeros siglos fueron necesarios? ¿Siguen siéndolos actualmente?
  4. ¿Qué consecuencias tiene para ti que Jesús sea la “Palabra encarnada”, para tu imagen de Dios?
  5. La devoción popular tiene muchas imágenes de Jesús (Cristo Rey, el Santo Niño de Atocha, el Niñito Dios, el Señor de las Misericordias. El Sagrado Corazón de Jesús, el Crucificado, etc.). ¿Podrías presentar tu propia imagen de Jesús?

[1] El adopcionismo​ es la doctrina según la cual Jesús era un ser humano, elevado a categoría divina por designio de Dios por su adopción, o bien al ser concebido, o en algún momento de su vida (el bizantino Teódoto el Curtidor (190), Pablo de Samosata (siglo iii), Elipando, arzobispo de Toledo (finales del siglo VII)

[2] Tifano, concibe la unión hipostática como “mera relación” de dependencia. Las dos naturalezas están “completas en su ser”; pero no son  independientes. La persona divina sólo es el “sujeto último de atribución”, pero no ejerce “ningún influjo” positivo sobre las acciones de la naturaleza humana. Al explicar la unidad psicológica, afirma que teniendo dos inteligencias y dos conciencias, Jesús habría tenido dos “Yo”; que la visión beatífica dada a Cristo desde la Encarnación viene “corregiría” en él su “natural tendencia” a afirmase como un Yo humano autónomo, revelándole su pertenencia al Verbo y por tanto su personalidad divina.

[3] Estoy preparando otro curso sobre “El Evangelio de San Marcos”. Te invitamos estar al pendiente.

[4] Es recomendable al respecto el libro de Michael P. Moore: “Pedro Casaldáliga: Cuando la fe se hace poesía” Ediciones Claretianas, Buenos Aires, 2021.

[5] La Historia de las Religiones recuerda que  Cernnunus, -dios de los pueblos paleolíticos que habitaban las marismas del Norte de Irlanda- tenía patas, cuernos y cola de chivo (los griegos aplicaron estos rasgos a Dionisio). La Iglesia, al no poder “cristianizar” a este Dios, lo satanizó en la figura del diablo. (Murray: “El Dios de los brujos”)

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6. CREACIÓN Y CAÍDA DEL SER HUMANO

“Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza” (Gen. 1, 27).

  •    Dentro de la diversificación de las especies animales, compartiendo el extenso género de los “mamíferos”, hace unos 65 millones de años y cerca de la costa oriental del África Central, se separó la familia de los primates. Se trata de mamíferos placentarios (tienen cinco dedos, un patrón dental común y una adaptación corporal no especializada). Uno de los subórdenes de los primates fueron los haplorrinios (monos, gibones, grandes simios y humanos), que pueden repartir el peso de su cuerpo entre diferentes soportes pequeños, evitando la oscilación del cuerpo. Por lo que sabemos, esto sucedió en el Mioceno superior al Pleistoceno (circa 6.5 a 0.2 millones de años).
  •    Hace unos 4 millones de años, emergió una gran cordillera en África Central, que impidió que la humedad de la selva pasase hacia la parte oriental. Los grandes monos haplorrinios, al no encontrar frutas suficientes en los árboles, bajaron para buscar otro tipo de alimento en la tierra. Entre estos grandes primates, se deslindaron los australopithecus (especie de primates, antecesores nuestros). Como en la pradera había altos matorrales, comenzaron a enderezarse sobre sus extremidades posteriores, para orientarse y para tener mayor comodidad, adoptando la postura erguida, Así, ensayaron un desplazamiento sobre las extremidades posteriores, hasta que, finalmente, asumieron el bipedismo (“homo sapiens”).
  • Al ponerse de pie, sucedieron varios cambios ventajosos: pudieron liberar las manos y con ello, emplear herramientas; se comunicaron cara a cara, y al perder la callosidad posterior del cuello, propia de los cuadrúpedos, su cerebro pudo desarrollarse más, esto, favorecido gracias a un cambio de dieta (la proteína de la carne). Sin embargo tales ventajas tuvieron un precio: si en los cuadrúpedos todas las vértebras de su columna pueden descansar horizontalmente por igual, en la posición erguida, al contrario, las vértebras superiores descansan sobre las inferiores, lo que propiciará la osteoporosis. Las hembras llevaron la peor parte, ya que los embarazos las desequilibraban (sobre todo cuando tenían que huir del león). La estrategia de la especie fue parir antes de tiempo: el bebé humano nació siendo el mamífero más débil, menos capaz que los demás animales, para bastarse a sí mismos, por lo cual, la hembra tuvo que estar más tiempo cerca de su cría (para amamantarla y cuidarla). Fue así que surgió la especie humana.
  • Sin embargo, inicialmente, esta especie -el “homo sapiens-sapiens”- fue compartida por ocho subespecies distintas (no razas), las cuales, durante tiempo, llegaron a coexistir. Los principales seres humanos fueron el Cromagnón y el Neanderthal. El primero era más fuerte; pero el segundo, más inteligente, y pudo utilizar armas de largo alcance. El Neanderthal sobrevivió, no tanto debido a la violencia, sino porque fue más capaz de procurarse el alimento, disputándoselo a su hermano.

EL PECADO ORIGINAL

  •    La filosofía política de los siglos XVII y XVIII discutía si el ser humano era malo por naturaleza (Hobbes: “homo homini lupus” – “el humano es lobo para con sus semejantes”) o si, cuando apareció originalmente, era bueno (Locke), y que la primera sociedad urbana (neolítica) fue la que lo corrompió (Rousseau). Esto nos llevaría a la mitología del Génesis. Los sabios israelitas, de hace 4,500 años, atendiendo a la condición humana, habrían reflexionado más o menos así: Si Dios creó todas las cosas y “vio que todo era bueno”, ¿cómo es posible que el ser humano -“corona de la creación”- sea una especie tan cruel y abusiva? Los tigres o los tiburones matan para comer, esto es parte de su naturaleza; pero el humano mata por su sed de dominio y ambición. ¿Algo habría salido mal en su creación? Y tratando de hallar una respuesta, construyeron un bello relato en forma mítica:
  •    Al crear al ser humano, Dios quiso que disfrutara de toda la creación: “El Señor Dios plantó un jardín en el Edén, hacia el oriente, y colocó en él al hombre que había modelado (…) Hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos para comer (…)  (Gn, 2, 8-9). Creó al varón y a la mujer para que fueran felices; los hizo conscientes, para que reconocieran el bondadoso poder de su Creador, y los hizo libres (a semejanza suya), para que, al ser testigos de la grandeza y gratuidad del amor divino, correspondieran libremente a su inmenso amor, ya que la libertad es la cualidad divina, que por lo mismo, los diferenciara.

“Y los bendijo Dios, diciéndoles: Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla…” (1, 28)

  • Quizás, cuando Dios les entregó la Tierra al ser humano –digamos más propiamente: el sistema planetario-, de alguna manera incluiría en esto a la propia “tierra”: les entregó la libre decisión de “cerrar” su propio proceso creativo evolutivo (que esta creatura concluyera las condiciones mismas de su proceso evolutivo de humanización).
  • Volvamos a la evolución de los “sapiens”: Hace 2.5 millones de años, dos especies de primates haplorrinios tuvieron un ancestro común. De dicho ancestro se diferenciaron varias subespecies de antropoides, entre las cuales estaban los “chimpancés” y los “bonobos”. No sabemos cuál sería la condición que compartían ambas especies,  ni cómo fue que se diferenciaron siguiendo, cada cual, su propia evolución. Es probable que, en determinado momento, el homínido que dio origen al homo sapiens pudo decidir entre cualquiera de los dos caminos para proseguir su humanización: el liderazgo de los chimpancés lo tiene el abusivo macho alfa (se apropia de las hembras, arrebata las mejores porciones de alimento, etc.). Por el contrario, entre los “bonobos”, el liderazgo lo tienen las hembras, las cuales, debido a su género femenino, tienden a cuidar de toda la manada y a proteger a los débiles. ¿La vía evolutiva fue totalmente determinada por la situación ambiental? ¿O acaso, en algún momento del proceso evolutivo, pudo intervenir ya un embrión de libertad? Esa decisión originaria, por ser radical, quedaría incrustada en el ADN de la especie y se heredaría a todos los descendientes. Según la teoría anterior, nuestros primeros ancestros habrían optado -ya libremente- por el modelo “chimpancé” (¿un chimpancé Adán apoyado por una Eva bonoba?), y esta decisión sería justamente el “pecado original”, interpretado como el “poder de dominación”. Lo anterior puede corroborarse por las consecuencias bíblicas del pecado original:
  • Ruptura con el propio cuerpo: “Sentí vergüenza porque estaba desnudo”.
  • Explotación laboral: Al inicio, cuando Dios puso a Adán en el Edén (la tierra amiga), el trabajo al que lo destino fue “para que fuera su jardinero”: agradable y llevadero. Pero cuando se desfiguró el precepto y se trabajó por explotación de los fuertes, cambió: “comerás el pan con el sudor de tu frente” (que se convirtió en “comerás el pan con el sudor del “de enfrente”): el trabajo coaccionado por la explotación se vuelve insoportable.
  • Discriminación de género: La mujer dejó de ser “carne de mi carne y hueso de mis huesos”, para convertirla -en el patriarcado- en una sierva a su dominio: “Tenderás a tu marido y él te dominará”
  • Ecocidio: “Trabajarás la tierra y te producirá espinas y abrojos” De “Edén” se pasó al erial: la Tierra “explotada” se revierte contra su perpetrador.
  • Ruptura con Dios: Dios dejó de comunicarse cara a cara, y su imagen (su rostro) se les escondió “Se escondieron para que Dios no los viera”
  • Violencia entre los humanos mismos: el fratricidio de Caín.

“Crezcan, multiplíquense, llenen la Tierra”

  • En un Planeta prácticamente vacío, los sapiens-sapiens emprendieron un proceso migratorio, poblando todos los nichos ecológicos: –costas, selvas, desiertos, montañas, glaciares del Polo Norte, etc.–. Aquellas primeras migraciones, debido a su necesidad de sobrevivencia en ambientes tan diferentes y desafiantes, mutaron el color de su piel y en su proceso de adaptación, generaron diversidad de razas, culturas, lenguas, etc.
  • Al incorporar al ser humano en su proceso de creación Dios le encomendó a esta creatura dos tareas: “llenar la Tierra” y “custodiar la Tierra”. A pesar de la distribución geográfica mencionada, el proceso demográfico ha explotado en las últimas décadas, de modo que se puede decir que la primera encomienda, en cierta manera ya se ha cumplido, y que lo que resta para el acabalar su cumplimiento es asumir en nuestras manos la propia potencia reproductiva:
  • Cuando yo nací, en 1939, encontré un Planeta con unos 1,500 millones de seres humanos. Treinta años después, en 1969, el Club de Roma -una agrupación de un centenar de científicos de primer nivel, provenientes de 52 países, que contaban con las mejores tecnologías de entonces (menos potentes que nuestras laptops), investigó los mayores problemas que enfrentaba el mundo de entonces, publicando un informe al respecto[1]. Concluyeron  que el mundo tenía ya entonces 3,000 millones de humanos. Es decir, se había duplicado la población en esos 30 años; y predijeron que de no haber cambios importantes, dentro de los siguientes 30 años volvería a duplicarse. Y en efecto, sucedió así: el II Milenio terminó, en 1999, con 6,000 millones de seres humanos. Al escribir esto andaremos por los 8,800 millones de humanos. “Llenar la Tierra” es una misión que entra en otra fase: asumir y regular la propia potencia reproductiva de la especie, hasta conseguir un equilibrio entre población y recursos, logrando esta meta mediante la educación y ciertos auxiliares bien utilizados y dentro de la libertad de cada pareja.

Custodien la Tierra”

  • Dicen los italianos: “traduttore, tradittore” (“todo traductor es un traidor”), ya que cualquier traductor selecciona, del diccionario de la lengua a traducir, determinado significado de una palabra o expresión, excluyendo otras que posee dicha lengua, cuyo contexto histórico-cultural sólo los “nativos” saben utilizar. Es lo que sucede con algunas traducciones de la Biblia: A propósito, la encomienda divina que estudiamos, suele traducirse como “cultiven la tierra y domínenla”. Desconozco los matices que tenga la lengua hebrea original del texto; las más traducciones más frecuentes emplean: “dominar”, “poseer”, “someter” la Tierra, que connota como permitirle a los humanos utilizarla como ellos quieran, a su voluntad o capricho. Sin embargo, hay quienes traducen ese verbo como “custódienla”, más acorde con nuestra sensibilidad ecológica actual. En efecto, el pecado original fue “el poder de dominación”, causa de todas las desgracias (“dominar”). En cambio, “custodiar” evoca al “jardinero”, anterior al pecado, que ama su trabajo y cuida de su Paraíso.
  • Hoy, es preciso que el cumplimiento de esta misión creadora sea de otro modo. Desde que la humanidad decidió utilizar la energía fósil –producto del entierro de toda la exuberancia del Pleistoceno-, empezamos a depender del petróleo, del carbón y del gas natural. Frívolamente, sacamos de las entrañas millones de barriles a ritmo vertiginoso (desde la II Guerra mundial, el aumento de los motores de combustión interna pasó de 40 a 680 millones). Las reservas petroleras se hallan en el hemisferio Sur del Planeta, pero se consumen en el hemisferio Norte, acentuando así la diferencia (el Sur se empobrece y el Norte se enriquece). Esto gestó la revolución industrial, cuyas consecuencias ya se resienten. Hay algo peor: puesto que no se utiliza toda esta sustancia extraída, los sobrantes (“desechos”) se arrojan a la atmósfera: Cada año seis mil millones de toneladas de CO2 pasan al aire, ocasionado el 10% del total de las defunciones. El ritmo de extracción es creciente: los residuos fósiles aumentaron 400% respecto a 1850. Esos gases (bióxido de carbono, metano, clorofluorocarbonos, etc.) se acumulan en el aire, captan y conservan el calor solar. De modo que así estamos cambiando la composición química de la atmósfera y la temperatura ambiental.
  • Desde la mitad del siglo XIX, el bióxido de carbono ha aumentado en la atmósfera en un 30% y se prevé que para el año 2040 su incremento llegará al 60%. Si se comprimiera toda la historia humana en un año, este tiempo representaría, tan sólo… ¡un segundo! La capa de gases contaminantes no permiten que el calor salga del Planeta, sino que fungen como un invernadero: al refractar el calor, regresa, aumentando su temperatura promedio. Si desde 1850 al año 2,000 la temperatura promedio del Planeta aumentó 1.5°, de continuar como vamos a finales del siglo XXI habrá aumentado 5° (las “Cumbres” internacionales para tomar medidas cautelares lograrían, en el mejor de los casos, un aumento de 2°, lo que sería desastroso). Ya ahora, la capa de hielo de los Polos se ha adelgazado 42%: al derretirse los icebergs, se prevé que este siglo el nivel del mar subirá 88 cms., sepultando varias islas y ciudades costeras; aparecerán enfermedades tropicales en nuevos lugares, siendo los países pobres quienes más lo sufran. Hoy, el cumplimiento de nuestra encomienda –“Custodien la Tierra– resulta más apremiante que nunca.

Preguntas

  1. ¿Cómo entiendes que “el hombre vino del mono”?
  2. Para ti, ¿el ser humano, es bueno o es malo por naturaleza?
  3. ¿En qué los humanos somos “imagen y semejanza” de Dios?
  4. ¿Cómo entiendes el “pecado original?
  5. ¿Qué consecuencias sociales del pecado están afectando actualmente la Tierra?
  6. ¿Qué puedes hacer tú para remediarlo?

[1] “Los límites del crecimiento”, MIT, 1972. “Un laboratorio de ideas”, que agrupo a científicos, economistas, expolíticos e industriales. Correlacionaron datos de la demografía mundial, los recursos naturales principales, los problemas ecológicos, sociales, etc. ​

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