0. LO RELIGIOSO EN LA HISTORIA DE MÉXICO

Introducción

HISTORIA E HISTORIOGRAFÍA

La historia no es otra cosa que el devenir de la humanidad, integrando formaciones sociales diversas y enfrentando de manera conjunta retos, desafíos y posibilidades. Tiene que ver con la memoria colectiva, pues trasciende las generaciones, para heredarla a las nuevas. Decía Gramsci: “Se estudia la historia, no por un vano afán de erudición, sino en, para y por los intereses del presente”. El mejor conocimiento del pasado nos ayuda a situarnos mejor en el presente, aprendiendo de los intentos anteriores; aunque hayan resultado fracasados. Por tal función, los antiguos consideraban a la historia como maestra de la vida (“magistra vitae”).

Es el conjunto de aprendizajes y fracasos lo que genera la Memoria en una colectividad, es decir, su “Tradición”. En la sucesión de las generaciones, ciertos elementos de su memoria logran persistir en alguna región; mientras que otros se pierden. Además, se reconoce que los elementos seleccionados para la transmisión son diversos a los similares de otros pueblos o regiones conocidos, y tales rasgos constituyen la identidad cultural, que perdura, si bien con modificaciones. Esa percepción de lo propio, se verifica en contraposición a lo diverso, que pertenece a “los otros pueblos”. Tener una identidad grupal es indispensable para situarnos frente a grupos distintos o antagónicos, de dentro o de fuera.

Historia y Política

Entroncamos aquí con la diferencia entre “Historia” e “historiografía”. La tradición oral es una forma nada despreciable de conservar el pasado; pero es indudable que lo mejor para este fin es la recopilación de testimonios escritos. Sin embargo, tan pronto como iniciamos esta tarea nos damos cuenta de su complejidad, pues no existe consenso entre los historiadores, y que la narración de los mismos hechos del pasado depende de la diversa perspectiva epistemológica en la que nos coloquemos. Esto, por la finalidad misma que se propone: “se escribe historia –dijo Gramsci- por y para los intereses del presente”. El historiador es también un agente político. Lo que en el pasado fue “política”, en el presente es “historia”, y lo que en el presente es política, en el futuro será historia. Se da, pues, una identidad entre historia y política. En cualquier sociedad existen sectores diversos, con intereses definidos, y el aporte de cada historiador es presentar el pasado como justificación de su grupo, haciendo ver que “desde siempre” las cosas han sido más o menos como son ahora o que siempre se había tendido a realizar “este” presente…, con lo cual se desalientan transformaciones revolucionarias.

Filosofía de la historia

De facto, la historia la escriben los vencedores (aunque suele existir -más o menos solapada- una “versión de los vencidos” (León Portilla). Cada clase o grupo hegemónico repiensa la historia como justificativo de sus intereses propios. Al proyectar sus prospectivas hacia el futuro, otorgan un sentido interesado a la totalidad del devenir humano, en beneficio del grupo por quien esos historiadores hablan. Así, el mundo antiguo tenía una visión circular o cíclica de la historia (la serpiente mordiéndose la cola). Es “el eterno retorno de lo idéntico”: todo lo que ha sido, seguirá siendo así; Los acontecimientos se repiten, quizás variando sólo las formas. La visión lineal de la historia, tendiente hacia un futuro ideal, fue el aporte que dio el judeo-cristianismo en su teología escatológica, retomado posteriormente por las utopías laicas, imaginadas desde su visión de “vencedores”. El futuro, así proyectado, percibido como mejor al momento actual, encarna los sueños, las utopías y los ideales que se han ido forjando y que constituyen las motivaciones que pueden compartirse entre grandes sectores y es lo que mueve a los sacrificios personales, en aras de la sociedad colectiva (los héroes y los mártires). Pero también esta visión ha sido utilizada como justificativo ideológico de grupos o clases dominantes, que quisieran que se perpetuara la situación que les beneficia. Es así que Fukuyama, uno de los primeros ideólogos del neoliberalismo, sentenció que la humanidad ya alcanzó “el fin de la historia”, el nivel culmen al que realistamente podíamos alcanzar. Un “fin del mundo” que no corresponde a lo que nos gustaría o a lo que habíamos imaginado; pero que, de hecho, sería “el mejor de los mundos posibles”.

La filosofía de la historia de Vico, en el siglo XVIII, conjuga ambas visiones, dando un sentido espiral: de alguna forma es cíclica, pero no cierra el círculo, sino que va ascendiendo hacia un futuro mejor. Hegel, en cambio, añade la dialéctica y el conflicto, pues el progreso no es uniforme y lineal, como pretenderá luego el positivismo, sino que avanza entre conflictos y rupturas, superando las contradicciones: “tesis- antítesis- síntesis”; afirmación, negación y superación de alternativas mediante negociaciones.

Esto plantea interrogantes: ¿es la historia una ciencia?, y si lo fuera, ¿de qué tipo? (ciencias duras, ciencias blandas, arte). Lo que se pretende del historiador ¿es la verdad o simplemente, la veracidad (la honestidad intelectual)? Si lo que se demanda del historiador es la “objetividad” ante el pasado, esto no equivale a la “neutralidad”, pues antes que historiador, se trata de un ciudadano que tiene una postura política.

Un ejemplo es la “objetividad” de las fuentes seleccionadas. Por ejemplo, para conocer la realidad de los antiguos habitantes de lo que hoy llamamos México, contamos con testimonios recogidos durante la época Colonial. Se trata de fuentes escritas, siendo así que los antiguos nativos preferían la tradición oral, en las que las mitificaciones suponían una manera peculiar de narrar. Además, pasaban por los filtros de los frailes evangelizadores, con sus inevitables prejuicios y deformaciones. Supongamos que, dentro de 200 años, un historiador quisiera estudiar el presente sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Si se redujera a revisar las hemerotecas de los diarios de este tiempo (incluyendo, quizás, videotecas de los noticiarios televisivos), tendrían una visión muy sesgada, de no contar con fuentes oficiales alternas.

La historia como disciplina académica, pretende recoger el pasado que, considerándolo de forma total, es obviamente imposible. De ahí que todos los historiadores aporten algo en la frustrante recopilación. La realidad de cualquier colectividad constituye una cultura, en la cual podemos distinguir varios sistemas completos. Por esta razón, algunas disciplinas intentan hacer historia desde el sistema que les corresponde (Historia de la Economía, Historia de las Ideas, Historia de la Filosofía, Historia de la Sexualidad, Historia de la Medicina, Historia de la Educación, etc.). Esto es legítimo; pero una garantía de historicidad sería ubicar el área de interés desde un contexto global histórico.

Nosotros pretendemos en este curso realizar una historia de la religión como se ha dado en México. En la currícula de los seminarios eclesiásticos suele existir una materia que se denomina “Historia de la Iglesia en México”. En este curso pretenderemos, por un lado, dar mayor amplitud, y no reducirnos exclusivamente a la Iglesia Católica, sino incluir de alguna manera la participación de los grupos cristianos no católicos (“evangélicos”, diversos protestantismos, sectas, denominaciones, “nuevos movimientos religiosos”, etc.); pero también poner atención a las religiosidades populares, que son, en sus formas sincréticas, la religión realmente existente en México. Además, el título de los cursos arriba mencionados, suelen estudiar la Iglesia Católica universal, con énfasis a su actuación en México. Esta perspectiva arriesga a un enfoque eclesiocéntrico, centrándose en lo institucional clerical (creación de diócesis, relevo de obispos, vocaciones, etc.). Alguien podría proponer como título para un curso “Historia de la Iglesia Mexicana”, lo cual se prestaría a confundir con una asociación religiosa cismática, aquella fundada por el presidente Elías Calles con el Patriarca Pérez. Evitar estos reduccionismos implica situar la actuación de la Iglesia Católica dentro del contexto nacional, pues la Iglesia habrá de ser juzgada por su real participación en los diferentes momentos de la historia del país, teniendo como criterio evaluativo de referencia, las tareas que se supone deben realizar los cristianos en las diferentes situaciones que les toca vivir, y que, para nosotros, lo adecuado sería desde la perspectiva de los pobres. Por eso, preferimos titular nuestro curso: “Lo Religioso en la Historia de México”

En cuanto al deslinde entre historiografías, es conocida la polarización ideológica que se tiene de nuestro pasado, en especial, del siglo XIX y los dos primeros tercios del siglo XX. Nos topamos con dos historiografías opuestas, la liberal y la conservadora. Pongamos, por ejemplo, la imagen de Benito Juárez, que para los primeros sería un santo (se celebra la fiesta de aniversario de su nacimiento) y para los segundos, casi un demonio. Igual las leyes de Reforma, hasta la guerra de la Cristiada. Afortunadamente, se ha ido abriendo espacio un nuevo paradigma, que trata de mayor objetividad científica; que evita las ideologizaciones liberal jacobina o el triunfalismo clerical, por lo que su criterio de juicio no es el de los logros o fracasos de la Institución eclesial como tal, sino lo que hace respecto a los pobres (la “opción por los pobres”, declarada en Medellín 68). El ejemplo más claro es el que realiza la Comisión de Estudios de Historia de la Iglesia en Latinoamérica (CEHILA)

Un punto de partida elemental es de la periodización de la historia. Tomamos como una base para ello, la categoría que utiliza el marxismo (si bien ya se había utilizado anteriormente): el concepto de Modo de Producción. Los humanos nos agrupamos en sociedad para producir lo necesario a nuestras necesidades básicas, y para reproducirnos como especie. Se da, por tanto, la primacía a lo económico, pues según se organice la producción general, así se estructurará la organización política y el sistema de ideas y hábitos que lo justifican y aglutinan. Nos damos cuenta que el subcontinente americano fue recibiendo los modelos fundamentales europeos, si bien, desde una impronta peculiar. Esto nos permite un breve esquema a modo de índice:

  1. Los primeros pobladores (MP Comunismoprimitivo)
  2. Las primeras civilizaciones agrícolas (MP Asiático o Despótico-tributario)
  3. El feudalismo español (MP Feudal). El esclavismo (MP Esclavista)
  4. (Des)encuentro de dos mundos
  5. El liberalismo industrial (MP Capitalista embrionario)
  6. La Independencia
  7. El liberalismo político. Las Leyes de la Reforma
  8. El Porfiriato restauracionista
  9. La Revolución Mexicana
  10. El Desarrollo estabilizador (1950-1968)
  11. El neoliberalismo

A-00 Los años y el tiempo

EL TIEMPO Y LOS AÑOS

Para esta eucaristía tres temas ocuparán nuestra atención.

  1. El Año Nuevo civil.
  • En primer lugar reflexionaremos sobre el tiempo que transcurre. Según los filósofos, el tiempo no existe; no hay un super-reloj cósmico dentro del cual registrar todos los sucesos históricos. El tiempo es una construcción humana (un “imperativo categórico”, lo llamó Kant), de modo que sin nosotros los humanos no habría tiempo. Lo único que existe es el movimiento: los movimientos de desplazamiento -como los astros del firmamento- y los movimientos del devenir de la vida – del nacimiento y desarrollo hasta el deterioro normal del organismo, la decrepitud y muerte.
  • La conciencia del tiempo que pasa y su medición para fines utilitarios laborales, sólo es posible comparando dos movimientos: el movimiento de rotación de la Tierra (la aparente marcha del sol), dividido en “horas”; o el movimiento de translación del Planeta que completa un círculo en su recorrido alrededor del Sol. No es el único movimiento posible para los fines laborales. Los huicholes, por ejemplo, son seminómadas. Una vez terminada la siembra, dejan en la aldea a las mujeres y ancianos y pasan buenas temporadas sobreviviendo en el desierto por la recolección y la caza. Cuando aparecen los primeros peyotes saben que es momento de regresar a la aldea para recolección de la cosecha. Después de flechar al primer peyote, van a cazar un venado y regresan al pueblo para hacer su fiesta. De ahí la trilogía maíz, peyote y venado. Cuando las sociedades se vuelven más complejas y hay que combinar varios trabajos, lo mejor es guiarse por los astros. La agricultura, en especial, se organiza por las estaciones del año, en base a los equinoccios y solsticios.
  • Junto a este tiempo “cósmico”, tenemos el ciclo del individuo: cada día, cuando me acicalo ante el espejo, me veo exactamente igual que el día anterior; pero cuando miro la foto de mi pasaporte viejito, noto cuánto he cambiado. Gracias a esto, distinguimos distintas etapas de la vida -niñez, adolescencia, juventud, adultez-, importante para señalar las actividades generacionales. Por eso contamos cada recorrido del Planeta teniendo como referencia su posición del día de nuestro nacimiento, cuando cumplimos un ciclo.
  • El año es la unidad cómoda para organizarnos, sea atendiendo hacia el pasado, sea hacia el venidero. Las empresas hacen sus balances (ganancias y pérdidas) y planifican sus presupuestos. Podemos hacer otro tanto en nuestra “empresa” espiritual: contamos como “pérdidas” nuestros pecados, fallas y equivocaciones, no para complacernos en un sentimiento patológico de culpabilidad, sino poniendo simplemente nuestro arrepentimiento en las manos amorosas de Dios. Y contamos como “ganancias”, todo aquello que nos permitió crecer en sabiduría y Gracia, así como todos aquellos beneficios que recibimos en este año, por los que hemos de dar gracias a Dios.
  • Respecto al año venidero, es ocasión para escribir nuestros “buenos propósitos” -unas pocas metas realistas en las diversas áreas de nuestra persona-, pues si nosotros no nos proponemos metas, otros nos imponen las suyas. Esto es lo que nos hace crecer. Así podemos planificar a corto, mediano y largo plazo.
  • Hay muchas personas que viven al día (jornaleros, limosneros): sólo pueden planificarse a sí mismos en una jornada. Otros trabajadores (como los albañiles), planifican una semana para ellos y su familia. Los maestros planifican el curso para su grupo durante un semestre. Las empresas, algunas familias o comunidades, hacen un presupuesto anual. Los Gobernantes (civiles o religiosos) piensan en su pueblo o Provincia religiosa para un sexenio; los economistas visionarios piensan más ampliamente -¿Qué será de América Latina cuando yo ya haya muerto? ¿Qué será del mundo después que los hijos hayan muerto? Entre nuestra planificación sea más amplia –temporal y espacialmente-, tendremos mayores probabilidades de éxito. Para nuestra vida es conveniente plantearnos el momento de morir, y desde allí, planificar nuestra vida conforme a lo que gustaría realizar.
  1. El segundo evento es la fiesta litúrgica de hoy.
  • La necesidad de registrar momentos importantes del pasado dio pie a los calendarios. Diversas sociedades tomaron un hecho histórico importante (v.gr., la fundación de Roma). El calendario que se impuso en todo el mundo fue el cristiano -el nacimiento de Jesús-, y este fue el eje de la historia que dividió la cuenta de los años hacia adelanta o hacia atrás.
  • En la Navidad que celebramos hace ocho días, el Verbo irrumpió en la historia, entró en el tiempo. La eterna divinidad se hizo temporal, al encarnarse en el vientre de una Mujer. Ella fue madre de Jesús, y siendo así que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, de algún modo podría decirse que es la “TEOTOKOS”, la “madre de Dios”, como dijeron los padres conciliares en Éfeso. Por supuesto no se trata de una diosa-madre que engendrara a la Divinidad. Y este es el misterio que hoy celebramos, que tiene que ver con la relación entre tiempo y eternidad.
  • Dios es Eterno, está totalmente en otra dimensión que la temporal, en un continuo presente (nosotros no lo podemos imaginar). El Verbo, “por quien todo fue hecho”, es “el que es, el que fue, el que será”. Al final del Tiempo, vendrá de nuevo a juzgar a la humanidad como tal: ¿Qué hicimos en nuestra aventura Planetaria durante el tiempo que Él nos concedió? Por eso, es a partir del fin de los tiempos como podemos ubicar nuestra misión generacional presente.
  • Estamos en un momento apocalíptico. Por primera vez, la humanidad tiene la tremenda responsabilidad de alargar o de acelerar el momento final. Esta es la primera generación que sufre ya los efectos climáticos –como dijo Obama- y la primera de la que depende poder evitarlo. La tecnología, que podría ser esperanzadora, en estos momentos puede volverse la peor amenaza. Tenemos que pedir para este año, que el Señor nos conceda crear condiciones de posibilidad para una cultura los valores y de la Paz
  1. La Jornada Mundial por la Paz. Hace precisamente 50 años, el beato Papa Pablo VI tomo la iniciativa de convocar al inicio de cada año para un Jornada Mundial por la Paz, convencido de que «que la paz es la línea única y verdadera del progreso humano». El Papa Francisco ha tomado como tema para este año el tema de los migrantes y refugiados
  2. la no violencia como un estilo de política para la paz. Aunque la historia de la humanidad ha estado siempre sacudida por amenazas de guerra, este año vivimos un estado de guerra que el Papa califica “por partes” (…) “en modos y niveles diversos, y que provoca enormes sufrimientos: guerras en diferentes países y continentes; terrorismo, criminalidad y ataques armados impredecibles; abusos contra los emigrantes y las víctimas de la trata; devastación del medio ambiente”, etc. y con posibilidades incluso del retorno a las armas nucleares. Por eso más que nunca es necesario volver a las enseñanzas de Jesús, pues “el verdadero campo de batalla, en el que se enfrentan la violencia y la paz, es el corazón humano”.

El tiempo pasa de prisa; se acelera con los años; se nos cuela entre las manos. El tiempo de vida que Dios nos ha dado es, sobre todo, para aprender a amar. Esperamos que con la resurrección de la carne, nos dejemos absorber en la eternidad de Dios; pero entre tanto, con María Madre de Dios esperamos la gestación de una novedad impredecible, para lo cual, aprendiendo de nuestro pasado, custodiemos la esperanza de un mejor futuro. Podemos terminar con la bendición de Dios que Moisés transmitió a Aarón y a todos los israelitas: “El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz” ¡FELIZ AÑO NUEVO!

«tanto emigrantes como poblaciones locales que los acogen, forman parte de una sola familia, y todos tienen el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuya destinación es universal, como enseña la doctrina social de la Iglesia. Aquí encuentran fundamento la solidaridad y el compartir»[9]. Benedicto XVI

Estas palabras nos remiten a la imagen de la nueva Jerusalén. El libro del profeta Isaías (cap. 60) y el Apocalipsis (cap. 21) la describen como una ciudad con las puertas siempre abiertas, para dejar entrar a personas de todas las naciones, que la admiran y la colman de riquezas. La paz es el gobernante que la guía y la justicia el principio que rige la convivencia entre todos dentro de ella.

Observando a los migrantes y a los refugiados, esta mirada sabe descubrir que no llegan con las manos vacías: traen consigo la riqueza de su valentía, su capacidad, sus energías y sus aspiraciones, y por supuesto los tesoros de su propia cultura, enriqueciendo así la vida de las naciones que los acogen. Esta mirada sabe también descubrir la creatividad, la tenacidad y el espíritu de sacrificio de incontables personas, familias y comunidades que, en todos los rincones del mundo, abren sus puertas y sus corazones a los migrantes y refugiados, incluso cuando los recursos no son abundantes.