A-12 UNA CAUSA INVENSIBLE

Mt 10, 26-33

  • Cada religión tiene su tipo peculiar de “santo”: el budismo, por ejemplo, muestra el monje en meditación que suprime el deseo y mantiene su impasible serenidad en las adversidades. El santo musulmán es Kamikaze, el militante de la Yihad, dispuesto a morir y a matar por la Gloria de Alá. El tipo de santo que privilegió Israel fue el “profeta”: Salido del pueblo, sin asignación oficial, el profeta testifica las injusticias que sufren los pobres, las denuncia y a la vez anuncia una nueva situación de justicia y de paz. Para Jesús, sus discípulos habrían de ser servidores amorosos de sus hermanos; entregados en cuerpo y alma en la construcción del Reino de Dios, construido desde las víctimas, en favor de un mundo mejor. El santo cristiano es ante todo, un valiente.
  • Ellos saben que la vida más feliz no es las que tiene más seguridades, que evita los problemas sin correr riesgos. Al contrario, las vidas más plenas y felices son aquellas que se entregan en favor de una causa considerada como más importante que la propia existencia. Y esas causas por las que la gente muere (a veces mata) son invencibles.
  • Claro que quien vive su vida comprometida con un ideal noble, habrá que enfrentar adversarios. Pasará momentos de sobresalto, teniendo que sortear un sin fin de dificultades… pero vive feliz sabiendo que su existencia ha tenido sentido y que su paso por el mundo dejará una huella. Es lo que en esta perícopa del Evangelio Jesús conforta a sus seguidores para inflamarlos de pasión por su causa; aunque, como Jeremías, vivan en medio de acechanzas, escuchando cuchicheos por doquier, alerta por posibles denuncias en su contra. Esta será condición inevitable de su compromiso.
  • Jesús alienta a no tener miedo. Un cristiano cobarde es una contradicción y no merece ser tomado en serio. El miedo nos paraliza; nos impide caminar en el Seguimiento. Tenemos que tenerle miedo a nuestros miedos y no acobardarnos ante pequeñas dificultades, como seguidores de aquel Jesús que fuera calumniado y perseguido.
  • A fin de cuentas, ¿qué nos pueden hacer? Lo más que nos pueden hacer es matarnos; pero el cristiano sabe –los mártires lo atestiguan- que la muerte no es definitiva, pues cree en la resurrección. Si estamos dispuestos a entregar la vida por Jesús, Dios cuidará de nosotros más que de los gorriones del campo. A quien debemos temer es a los que pueden matarnos nuestros ideales, nuestra fidelidad al seguimiento de Jesús, a avergonzarnos de nuestra fe. Un discípulo auténtico de Jesús habrá de ser un hombre o una mujer valiente.
  • La valentía, empero, está entre dos defectos: la cobardía y la temeridad. El valiente puede tener miedo; pero lo sabe manejar. Para ello, necesita de la virtud de la prudencia. La prudencia no es esa virtud que retiene y contiene los ímpetus aventureros, sino más bien, que atiende a las circunstancias objetivas y mide lo que se puede o no se puede hacer en determinado momento. Por supuesto que hay que proclamar el ideal del Reino, el mensaje de Jesús, y hay momentos que permiten correr y gritar el Mensaje desde las azoteas; pero hay otros momentos que aconsejan alentar el paso, o dar una pasito atrás, y transmitir el Mensaje cuchicheándolo al oído: la Prudencia es la virtud que mide las posibilidades en cada momento.
  • Hay momentos en que no podemos dejar de pronunciarnos, pues negarnos, equivaldría a renunciar a nuestro ideal: la apostasía. Jesús dice: “a quien me reconozca delante de los hombres, también yo lo reconoceré delante de mi Padre que está en los Cielos; pero quien me niegue delante de los hombres, también yo lo negaré delante de mi Padre que está en los Cielos”. Así pues, pidamos al Señor la valentía en nuestro compromiso de bautizados en el seguimiento del Señor.

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