Mt 18, 15-20
- El humano es un animal gregario, social. No podríamos subsistir, desarrollarnos o construirnos si no es en sociedad. Sin embargo, la mayor parte de nuestros problemas y amenazas provienen justamente de la convivencia. Nada más difícil que las relaciones interpersonales.
- En todo ambiente humano se dan abusos y agravios, lucha por el poder y predominio del fuerte sobre el débil. Ante esto, dos son las actitudes espontáneas: la primera es el sometimiento por miedo, que permite al agresor continuar aprovechándose y darle otra vuelta al torniquete. La segunda es la defensa, que cuando se tiene suficiente fuerza de reacción suele ser excesiva y violenta, convirtiéndose así en venganza –el agraviado, de víctima se vuelve victimario–, de donde la “espiral” de violencia (como la denominara el obispo brasileño Dom Helder Cámara). En cambio, la actitud aconsejada por Jesús es el perdón, lo único que puede desactivar la violencia.
- Pero antes del perdón, Jesús recomienda (de ser posible) la corrección fraterna: “Si tu hermano te ofende, ve y corrígelo, tú y él a solas. Si te escucha, haz ganado un hermano”. Corregir al hermano agresor puede ser un acto de misericordia, y el no hacerlo, fomenta la impunidad, como se ve por la advertencia que hace Dios por boca de Ezequiel: “Si yo digo al malvado, ‘¡eres reo de muerte!´, y tú no hablas poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti pediré cuenta de tu sangre…”
- ¿Pero cómo será dicha corrección de modo que sea efectiva, que el agresor escuche, reconozca su culpa y se corrija? Hay ciertas condiciones: hacerlo con ira provocaría simplemente bloqueos; pero no hacer nada, hace el juego al agresor. Lo que procede es combinar una actitud firme y rígida con sentimientos afectuosos y amor comprensivo; y también, hacerlo con serenidad. Hacerlo con el cerebro y con el corazón (no con el hígado). Es decir, con ideas claras (no dejándose llevar de los impulsos instintivos) y hacerlo en el momento oportuno (no en el momento de iracundia).
- Pero muchas veces esto no basta. Puede ser que el agresor no esté dispuesto a la relación y que no se preste al diálogo (escucha y habla). Entonces Jesús aconseja buscar una mediación: “Si –el agresor- no te hace caso, hazte acompañar de uno o dos, para que el asunto se resuelva por dos o tres testigos”: Se trataría de buscar una mediación, de preferencia aceptada por ambas partes. El servicio de los mediadores (los “peace-makers”) es muy apreciable. Cuando seamos requeridos para ello, procuremos aceptar. El mediador es una especie de traductor: escucha las quejas de uno de los contendientes y se las comunica al otro; pero de manera “potable”, en una forma aceptable y comprensible, sin la carga de emotividad herida. Escucha la respuesta o justificaciones y hace otro tanto con la otra parte; además, adelanta una posible solución de compromiso que satisfaga a ambos sin provocar sentimientos de humillación y derrota.
- “Si no les hace caso, informa a la comunidad”. Las primeras comunidades eclesiales eran comunidades primarias, en las que todos los integrantes se conocían y se apoyaban. Por tanto, era una instancia muy valiosa, que lamentablemente se ha perdido en nuestras comunidades eclesiales altamente institucionales y anónimas. Tal vez aún pueda encontrarse cierto equivalente en algunos ambientes colectivos (laboral o vecindario). Pero si tampoco esto resulta, “considéralo como un pagano o un recaudador de impuestos”, es decir, un forastero, que no pertenece al pueblo elegido. En nuestros casos diríamos que hay que llevar el conflicto a la autoridad civil. Cuando funcionan bien los “tribunales de lo contencioso”, se da una amonestación al agresor y se ofrece protección a la víctima. Por doloroso que esto sea, no es desdeñable este recurso. Sería el caso de mujeres golpeadas frecuentemente por la pareja, o el caso de vecinos conflictivos. Como se ve, Jesús no es partidario de dejar impunes los agravios. La defensa del débil contra los abusos de perpetradores es un recurso necesario, incluso para salvaguardar la dignidad de las víctimas.
- Cuando la corrección tuvo buen resultado, entonces habrá que trabajar nuestros resentimientos o susceptibilidades, con actitudes de perdón y olvido. Pero en los casos en que se dejó pasar demasiado tiempo, o cuando se agotó el proceso sin resultados y ya no se pueda hacer nada, no conviene que la víctima se trague la ofensa y la cultive en resentimientos que derivan hacia el rencor o el odio. Por salud mental, el perdón evita seguir viviendo carcomiéndonos por actitudes negativas. En este caso conviene el perdón; más no el olvido: hay que aprender de la experiencia, para estar más atento para otras ocasiones.
- Aún entre las comunidades eclesiales, entre cristianos que quieran seguir a Jesús, las relaciones interpersonales derivan hacia posturas diversas que no están exentas de tensión. Los conflictos religiosos no son infrecuentes, ni necesariamente negativos: ayudan a dinamizar hábitos y estructuras, que a veces parecen fijarse en la inmovilidad de lo eterno. A nadie debe escandalizar que haya embrollos y aprietos entre los discípulos mismos de Jesús. En estos casos, Jesús aconseja: “si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, mi Padre del cielo se lo concederá. Porque dónde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos”. No hay que sacar de contexto la frase y pretender aplicarla en cualquier caso o para cualquier petición (esos acuerdos fáciles para satisfacer deseos). Jesús está hablando a discípulos (“reunidos en mi nombre”) y por tanto, el objeto de la petición tiene que ver sobre los medios más adecuados para llevar a cabo los objetivos del Reino. Buscar entonces consensuar un acuerdo entre posturas divergentes –o incluso, antagónicas-, garantiza la apertura hacia la voz del Espíritu, lo que redundará en mayores garantías de cumplir la voluntad del Padre. Esto sería la base para el diálogo comunitario. Y entonces sí: “lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo”, es decir, la misma frase que Jesús había dirigido a Pedro-sucesor, la dirige ahora a la Comunidad eclesial.