A-25 LA POSTRER OPORTUNIDAD DEL OCASO

Mt 20, 1-16

  • Un viñador que en cierta ocasión tuvo una formidable cosecha de uva, viendo lo apremiante de cosecharla para evitar que se echase a perder, va en diferentes horas a la plaza donde se concentran los jornaleros buscadores de trabajo y los va reclutando. Ajustó con los primeros en un denario como salario de la jornada. Al terminar el día, su capataz les pagó a todos su labor, un denario parejo.
  • Esta es la parábola de Jesús advierte que no somos merecedores de recompensa alguna por servir al Señor, sino que ésta es simplemente producto de la gratuidad divina. Sin embargo, es posible que nos quede un poco de desazón: en efecto, nos parece justo el reclamo de quienes llegaron primero y “soportaron la fatiga y el calor de todo el día” y que sin embargo, recibieron lo mismo de los que llegaron prácticamente a la puesta del sol.
  • Hace algunos años yo trataba de justificar esto cuestionando la llamada “justicia legal”, la que otorga pagos diferenciados a trabajos diferenciados, y que, sin embargo, esto no toma en cuenta las diferentes condiciones laborales. Ahora, cuando en nuestro país el desempleo es tan extenso –el 3.5% de la población económicamente activa está desempleada y el 56% en empleo informal–, es comprensible que estas personas se sientan en la responsabilidad de llevarles a su familia, a como sea, el sustento necesario. Hay una justicia social que reconoce como un derecho, por el hecho de ser humano en cuanto tal, el sustento de cada día, y que este derecho es anterior a cualquier regulación laboral. En este sentido, la sensibilidad y las posibilidades del propietario le permitieron atender primero a la justicia social antes que a la justicia legal laboral.
  • Sí. ¡Parece claro!; pero no acababa de convencerme, hasta que caí en la cuenta de que el trabajo del que Jesús está hablando se refiere a la colaboración en el plan de Dios, la construcción de su Reino en el mundo. La parábola se comprende desde la metáfora de los profetas veterotestamentarios que veían a Israel como “la Viña del Señor”. Participar en esta tarea es ya en sí misma una gran recompensa, como saben los que son llamados a ello; es una fortuna que llena de gozo y felicidad. En este sentido, nos llenamos de envidia (“de la buena”) al ver que algunos afortunados tuvieron a dicha de dedicarse a esta vocación desde niños, desde las primeras horas de la jornada, y que por tanto toda su vida fue plena y feliz; pero a quienes nos encontramos en el ocaso de la vida, nos queda el consuelo que todavía ahora podremos cobrar conciencia y finalizar nuestros días satisfechos por haber descubierto ese secreto de vida que le da significado a la existencia.
  • El sabio secreto de la vida puede irse descubriendo según las posibilidades propias de cada edad; pero cuando no se descubrió en la edad adecuada –porque no se pudo o no se supo– se dejan tareas pendientes para más adelante, con el inconveniente de que quizás ya no tengamos entonces las mismas posibilidades. Por ejemplo, es importante que los niños antes de los 7 años se den cuenta de lo conveniente de la obediencia y disciplina. De los 7 a los 12 años; la de cultivar el esfuerzo, la voluntad y el dominio de sí mismo; de los 13 a los 18, el cultivo del sentido común y los valores de la justicia, la generosidad y la autoestima. Entre los 18 y la joven adultez en torno a los 35 años, es conveniente cultivar la autenticidad, la sinceridad, la libertad, la inconformidad y las relaciones con los demás, principalmente con el otro sexo. La adultez está preparada para aprender la compasión dirigida hacia la solidaridad, lo que sería mejor cuando está abierta a la universalidad y tolerancia (especialmente aplicada a la vida en pareja); también se puede lograr mayor madurez emocional, conocimiento de la propia individuación, explorar la paternidad en todas sus formas y la capacidad laboral con orientaciones de liderazgo. La tercera edad se enfrenta con la conciencia de la propia involución y soledad; sin embargo, se puede cultivar la sabiduría y aprovechar la experiencia y el conocimiento propio.
  • En cualquier edad, nuestra tarea principal es aprender a amar, dentro de los condicionantes que nos toca vivir. Lo peor es darse por derrotado y pensar que se ha perdido la vida antes de tiempo. Ahora yo, que me encuentro ya en el ocaso de mi vida, me da consuelo y esperanza saber que en los pocos años que me quedan, puedo aún trabajar con ahínco (aunque con vitalidad y fuerzas menguadas) en lo que es nuestra tarea fundamental cristiana, para todas las edades, con sus condicionamientos propios de cada una: aprender a amar y a servir a Dios y a los hermanos. Para esto es que se nos ha dado la vida. El pago del jornal es nada menos que el trabajo mismo de la viña.

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