Mt 21, 33-43
- Hasta apenas unos 5,000 años, el “homo sapiens” era cazador-recolector nómada: tenía toda la Tierra a su disposición y su propiedad se reducía a su atuendo y a sus instrumentos de caza. Cuando empezó la domesticación del trigo (¿o fue el trigo quien nos domesticó a los humanos?), el trabajo empleado sobre la tierra para su cultivo le dio derecho a ella (la tierra era de quien la trabajaba). Una tribu o pueblo se posicionaba de un territorio suficiente para alimentar a su población. Cada clan o familia cultivaban su parcela y destinaban parte de su tiempo libre para construcciones comunitarias (acueductos, represas, etc.)
- Las diferentes modalidades de regulación de la tierra ha sido en la historia fuente de numerosos conflictos. En Europa, campesinos que con trabajo comunitario habían ido acondicionando sus campos y los cultivaban eran despojados por tribus de bárbaros que les arrebataban la cosecha. Cuando tales invasiones fueron más frecuentes decidieron especializar algunas personas armadas para la guerra y construyeron castillos para refugiarse; pero esos jefes armados –convertidos en duques, barones, condes o marqueses- se apropiaron de toda la tierra cediéndola a los “siervos” a condición de que les pasaran alguna proporción, cada vez mayor. Otras veces grandes extensiones de tierra eran acaparadas por terratenientes, que las dejaban ociosas, para ganado o para vender, dejando a mucha gente dispuesta a trabajar sin tierra, a la que contrataban como simples jornaleros. En México se despojó a los indígenas de sus “tierras comunales” para formar las grandes haciendas, justificando el grito de Emiliano Zapata: “¡La Tierra es de quien la Trabaja!”. En nuestros días, todavía empresarios de agroempresas, ganaderos o compañías mineras despojan a los pueblos originarios de sus tierras, quienes muchas veces tienen que resistir, enfrentando barreras leguleyas o burocráticas, por lo que a veces se llega a situaciones violentas. Otras veces, en cambio, vivales organizan invaciones de predios y despojan a sus legítimos propietarios que habían invertido esfuerzo en mejorar los terrenos.
- En Israel, la lucha por la tierra se dio entre los agricultores que se apropiaron de los terrenos más fértiles junto a los ríos y los pastores nómadas, que recorrían el desierto en busca de pastos. Y un buen año, en el que Abel llevaba sus corderitos a pastar hacia un lugar de buenos pastos, encontró que Caín ya se los había apropiado, y como tenía la quijada de burro, Caín mató a Abel, es decir, el pastoreo sucumbió ante la agricultura.
- Podemos aprovechar la parábola para recordar la doctrina social cristiana sobre la propiedad. Dios dio la Tierra (toda entera) a la humanidad (en su conjunto). Pero la regulación de su propiedad ha tocado a los humanos. Dice la Iglesia que toda propiedad privada está grabada de una hipoteca social: la regulación jurídica de cualquier propiedad llega después de la realidad primera, el Bien Común. Esas inmensas fortunas, apenas imaginables, que destruyen el Planeta y empobrecen a sus habitantes, tienen límites éticos. En sentido estricto, nadie es “propietario”, en el sentido que podamos hacer con las fortunas lo que nos plazca. Somos simples administradores de los bienes para su “destino universal”.
- La parábola de hoy trata de un propietario que acondicionó su terreno para una viña: cavó un lagar, la rodeó con una tapia, construyó una torre de vigilancia… Después la arrendó a unos medieros y se fue; pero los viñadores se apropiaron violentamente de la viña: al llegar el tiempo de cosecha envió a sendos criados a recoger el producto acordado; no sólo se rehusaron a entregar la renta, sino que les infligieron actos de provocación, desde los golpes hasta el asesinato, y terminaron matando a su heredero, su propio hijo.
- Para comprender las parábolas de Jesús ayuda saber quiénes eran los destinatarios de ellas. Mateo no habla de ellos; pero Marcos la ubica estando Jesús en el templo, ante “los sumos sacerdotes, los letrados y los ancianos” (sabemos que tales “ancianos” eran los patriarcas oligarcas, que en ese tiempo ya se había gestado un acaparamiento de grandes extensiones de tierra. Por tanto, cuando Jesús pregunta ¿qué haría el dueño de la viña?, en la versión de Marcos, aquellos “ancianos” terratenientes cayeron en la trampa, y pensando en eventuales invasores de tierras, respondieron: “dará muerte terrible a esos desalmados” (para Lucas, en donde Jesús se dirige a pueblo, cuando da su determinación “terminará con esos viñadores y entregará su viña a otros”, la gente se conformó simplemente con comentar “¡Dios nos libre!”).
- Para la comprensión del símbolo de la viña necesitamos saber lo que significaba la viña. Isaías en la primera lectura, narra un juicio entablado entre un propietario y su viña: aquel había consentido a su amada viña; pero ella, a pesar de tales cuidados, sólo dio frutos agrios, por lo que el Señor quitó la valla y permitió entrar a los jabalíes que la destruyeron, y explica: “la viña del Señor es la Casa de Israel”, de un pueblo ingrato que no respondió a los cuidados de Yahvé. Ahora comprendemos la indignación de los ancianos y autoridades religiosas, quienes pretendieron en ese instante mismo detener a Jesús, pues se dieron cuenta que la decía por ellos. Las autoridades religiosas se sintieron propietarias del pueblo elegido, y no meras administradoras o guías para conducirlo a la misión a que comprometía la Alianza. Al fallar con su misión, quebrantaban la Alianza y Jesús anuncia la formación de un nuevo pueblo –nuevos viñadores que entregarían los frutos a su debido tiempo.
- La Iglesia es este nuevo pueblo; pero debíamos aprender la lección. Los cristianos somos esos nuevos viñadores, los que tenemos el alegre privilegio de trabajar de la viña del Señor. Nos toca ahora producir los frutos que Dios espera, manteniendo en nuestra época –en cada época- esta noble misión de hacer un mundo más conforme al plan original de Dios. No valernos de esta situación administrativa para privilegios, sino ponernos todos en actitud de servicio al mundo.