Mt 21, 28-32
- Dos hijos a quienes su padre envió a trabajar a su viña. Uno le dio su aceptación gustosa; pero no fue; mientras que el otro, el que se rehusaba, finalmente se arrepintió y fue. Jesús pregunta: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?”
- En esta parábola Jesús nos habla de la congruencia, es decir, de la correspondencia que debe existir entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Alguien no es congruente cuando su discurso no corresponde a lo que en realidad piensa (la mentira); pero también, cuando su conducta no corresponde con su discurso (la demagogia, el embuste).
- La congruencia no abunda, ciertamente, en nuestra sociedad. Podemos aducir innumerables ejemplos de incongruencia, comenzando con los comerciales de la TV: vemos una mujer con una sonrisa de oreja a oreja, feliz por haber encontrado un nuevo detergente, y cuando lo compramos nos damos cuenta que es igual de “chafa” que los demás. Aquel marido “enamorado” de su esposa, que parece destilar miel en sus palabras (“mi reina”, “corazoncito”, “cariño mío”); pero que es incapaz de la mínima molestia por aligerarle su trabajo. Como decía Santa Teresa: “Obras son amores y no buenas razones”. La confiabilidad de una persona o de una institución no estriba en los discursos que proclama, sino en los hechos. No se juzga a una institución por lo que esta dice de sí misma, sino por lo que realiza.
- México tiene fama de contar con discursos políticos que son verdaderas piezas de oratoria, así como consignas por demás motivadoras (“Arriba y adelante”, “La solución somos todos”, “Sí se puede”, “Mover a México”), y los discursos que se pronuncian en las campañas para las gobernaturas casi no podemos dejar rehusar convencernos; pero apenas pasadas las elecciones nos desencantamos. Los mexicanos sabemos hasta el cansancio lo lejos que nuestros políticos se encuentran de la gente.
- En estos días, con el sismo, mucho se ha hablado de los jóvenes “milenials”, cuyo discurso parece indiferente y desinteresado; pero que fueron los primeros rescatistas, mientras que otros personeros, incluso clérigos, nos contentamos con promover oraciones; pero dimos poca ayuda efectiva a los damnificados.
- Igualmente, hay creyentes cuyas oraciones son fervorosas, en las que prometen, se emocionan hasta el llanto: “Señor te ofrezco todos mis pensamientos, obras y palabras. Me entrego y consagro totalmente a ti, hasta dar la vida por mi fe”, y sabemos la envidia y las murmuraciones de muchas devotas saliendo del templo. Andan, como se dice, “con el Jesús en la boca”, invitando a medio mundo a acercarse a Dios pero su conducta no denota una espiritualidad arraigada. Jesús cuestionó frecuentemente a fariseos y escribas por su supuesta observancia de la ley que no pasaba de la materialidad de la letra; que “dicen una cosa y hacen otra”, por lo que no eran dignos de credibilidad.
- Una doctrina o una propuesta religiosa convence cuando va acompañada por el testimonio del predicador. A veces, el solo testimonio basta: San Francisco de Asís, que invitara a un fraile a “predicar” y andando toda la mañana por el poblado conversando con la gente, regresaban al convento, y el fraile le recuerda que no han predicado; pero el santo responde que todo el tiempo lo estuvieron haciendo. A veces, oficios estigmatizados socialmente (como las prostitutas y publicanos que acompañaban a Jesús) son ejercidos por personas con sentimientos y calidad moral que quisieran tener muchos que ejercen oficios prestigiosos. Las palabras, cuando no van acompañadas por los hechos, se vuelven “anti-testimonio” que echa a perder excelentes doctrinas. En cambio, cuando hay congruencia, “la palabra convence, y el ejemplo arrastra”.