Mt 25, 14-30
- Todo ser humano, desde su nacimiento, hemos sido dotado de ciertas posibilidades, es decir, un sistema de herramientas o potencialidades con las que podemos organizar nuestra vida. Estas potencialidades puede ser de diversa índole: hay quien posee “don de gentes” o simpatía para el trato, otro tendrá mayor inteligencia especulativa, o tal vez práctica o emotiva; otro tendrá facultades artísticas o deportivas; otros han sido dotados para la mística o para la comunicación, para despertar confianza, o para el liderazgo organizativo… Por tanto, un primer principio de sabiduría es conocer cuál sea nuestra dote de posibilidades, nuestras mejores fuerzas y capacidades para poder explotarlas, o también, cuáles son nuestras limitaciones, nuestras potencias más débiles para ver cómo podremos cultivarlas y reforzarlas. En algunos casos, más que centrarnos en cultivar en exclusiva nuestra mayor potencialidad, lo mejor sea una formación integral, atendiendo al conjunto de la persona. En otros, en cambio, habrá que seleccionar algunas de ellas, para ser más capaces para la vida.
- Si bien muchas de nuestras potencialidades nos fueron legadas en el ADN, otras posibilidades provienen de las circunstancias en las que fuimos educados o del ambiente en que crecimos: una mejor formación, un ambiente sano, una familia integrada un entorno amoroso…
- Con estas reflexiones podremos comprender mejor el sentido de la parábola de hoy, sobre todo si la ubicamos litúrgicamente, ahora cuando dentro de ocho días termina el Año Litúrgico. la reflexión propia de este tiempo se presta para pensar sobre el fin de nuestra existencia, personal o comunitaria; cuando tenga lugar la última venida de Jesús. Esto se expresará a modo de un juicio, cuando finalmente conozcamos el sentido último que haya tenido nuestra vida. El juicio personal, a la hora de la muerte (que será siempre un juicio misericordioso y compasivo), y también el llamado “juicio final, el que tendrá lugar cuando perezca el último sobreviviente de la especie “homo sapiens”.
- La parábola habla de un hombre rico que partió al extranjero y encomendó su fortuna a varios servidores de confianza. La repartió en forma desigual: a uno le dio cinco monedas de oro, a otro dos y al tercero sólo una. Curiosamente, el nombre de la moneda en cuestión era talento, del griego τάλαντον, que significa balanza o peso. Era una unidad de medida monetaria de origen babilónico pero cuyo uso se difundió ampliamente. En el Antiguo Testamento equivalía a cerca de 34 kg de oro, y posteriormente, a 6.000 dracmas (21,6 gr de plata). De ahí, este nombre pasó a significar justamente las capacidades o potencialidades que poseemos los humanos.
- Jesús nos advierte que el secreto de la vida es cultivar mis potencialidades y no permitir que mi comodidad, pereza, miedos o complejos inhiban desarrollar las cualidades con las que Dios, de una forma u otra, me ha favorecido. Además, la finalidad última para el desarrollo de nuestras potencialidades no habrá de ser la construcción de una personalidad admirable, o el aprovechamiento de lo que somos para aprovecharnos más de la vida, sino más bien atender a lo que pueda hacer yo con lo que Dios me haya dado. ¿Cómo podré servir mejor a los demás, ayudar mejor a que mi ambiente y mi entorno pueda mejorar gracias a mi actuación? Un criterio, por ejemplo, para un joven para elegir una profesión para proyectar su vida productiva, que no atienda tanto al enriquecimiento personal sino a lo que en este momento pueda hacer más por la sociedad.
- Observamos que la recompensa del amo hacia sus servidores no se midió por la cantidad de dinero que se haya obtenido: el primero y el segundo aportaron, como es obvio, ganancias desiguales; pero ambas en la misma proporción, el 100% de ganancia. En nuestro mundo productivo se suele diferenciar a los trabajadores por la ganancia que aportan más que por el esfuerzo que realizan. Así un “junio” hijo de papá, que administra simplemente una herencia puede trabajar menos que un empleado industrioso que es su simple gerente. Jesús mira más al esfuerzo que a los resultados. En cambio, conocemos algunas personas discapacitadas que logran con su esfuerzo realizar más que otros (recordemos la escena del pasado cismo en la CDMX, de un discapacitado rescatando vidas). A veces suele ser más fácil cuando nos damos entre ayuda para mejorar nuestras cualidades.
- Lo que no se vale es lo que hizo el tercer servidor, quien si bien es cierto que no perdió el talento, ni lo derrochó irresponsablemente, simplemente lo enterró. Su culpa fue de mera omisión. Por más que el servidor, para justificarse culpa al amo de ser demasiado exigente, no exime la responsabilidad de acrecentar lo que se posee. El no desarrollar nuestras posibilidades es lo que nos hace perderlas (como quien remando contra corriente quiere quedarse en una sombrita). La pereza o la inercia nos hace desperdiciar la vida recibida, como lo son también los miedos de arriesgar, la avaricia y la falta de entrega.