A-39 Cuaresma IV: Historia del ciego que veía más que los “videntes”

Jn 9, 1-41

La vida moderna está afectando nuestros sentidos. La vista se debilita con los largos ratos de computadora; nuestra mirada está atrapada por la TV haciéndonos ver el mundo a través de los filtros de los multimillonarios dueños de las televisoras: con la contaminación visual de la publicidad nos sumergimos en la oscuridad del consumismo; estamos enceguecidos al agotamiento de los recursos de nuestro Planeta; no vemos a un desafortunado que tiene necesidad de ayuda y lo ignoramos volteando hacia otra parte… Por eso, es sugerente la historia de un invidente que llegó a mirar más que cualquier otro vidente.

  • Jesús y sus discípulos van de camino y a la vera, ven a un conocido ciego pidiendo limosna. Esto les motiva a una cuestión teológica: si entonces se pensaba que ciertas enfermedades (ceguera, sordera, parálisis, lepra, etc.) eran castigo por algún pecado, siendo aquel un ciego de nacimiento, la causa no podía ser castigo por su pecado. ¿Entonces la culpa habría sido de sus padres? A Jesús no le importaban las causas del dolor, sino el sufrimiento mismo era objeto de su compasión, y también se fijaba en las consecuencias de esta: iluminar con la luz de la fe tanta oscuridad de su época, que impedía ver las realidades con los ojos de Dios. Por eso, dijo: “Yo soy la luz del mundo”.
  • Jesús curó al ciego; pero un hecho tal exigía un discernimiento que evidentemente reclamaba una toma de posición. La primera reacción fue negar la evidencia –“Este no es el ciego, sino alguien que se le parece”–. El clásico “bloqueo” -no hay peor ciego que el que no quiere ver-. El ciego curado tuvo que levantar la voz reclamando “¡Soy yo! ¡Soy yo!” (expresión que connotaba un ámbito divino, las mismas consonantes del impronunciable nombre de Yahvé). Más adelante llevarán al ex-ciego con sus padres para que certificaran si en efecto era su hijo, y en caso afirmativo, si había nacido ciego. Ellos lo certificaron, sin comprometerse, pues sabían que las autoridades religiosas wstaban excomulgando a los seguidores de Jesús.
  • Ya que no se podía negar la evidencia, lo procedente era un “discernimiento de espíritus”: ¿Qué espíritu actuaba a través de Jesús? Y ante un milagro tal, cabían sólo dos alternativas, o el Espíritu de Dios o el espíritu del Mal. Por esto, una segunda resistencia fue encontrar una interpretación que descalificara el milagro: analizar el procedimiento para ver si había alguna práctica reprochable, tal como algún ritual idolátrico o de brujería. El ciego entonces narró simplemente lo que hizo Jesús -hizo lodo con saliva, se la untó en los ojos y lo envió a lavarse en la piscina de Siloé del Templo-: Si bien la curación había sido más compleja que en otros milagros, no aparecía nada reprobable. Sin embargo, el hecho de que la curación se hubiese realizado en sábado, indicaba a los fariseos que no podía venir de Dios, ya que supuestamente habría violado este precepto; aunque Jesús en otro lugar replicara: “el hombre no es para el sábado, sino el sábado para el hombre”: ¡Que mejor manera de honrar el Día del Señor que mostrando compasión a los sufrientes!
  • A este punto es necesario hacer una distinción: el discernimiento propiamente dicho presupone suspender el juicio hasta no verificar los hechos probatorios. En cambio, cuando se ha tomado ya una posición y se recurre a tales hechos solamente para reforzar la interpretación que previamente se ha tomado, entonces no hay un verdadero “discernimiento”, sino un “pre-juicio”, una condena ya tomada de antemano, es decir, el falseamiento de la verdad.
  • Las autoridades religiosas ya habían condenado a Jesús, tachándolo de pecador y endemoniado, ahora trataban de usar su “autoridad” para coaccionar al ahora vidente, para que cometiera perjurio, exigiéndole nada menos que un falso testimonio. El ciego, naturalmente, no se prestó a esa infamia. Insistieron en preguntarle nuevamente la forma cómo fue sanado, pero eso ya no tenía caso —“Ya se los dije a ustedes y no me dan crédito ¿para qué quieren oírlo otra vez?”–. Evidentemente estaban guiados por su prejuicio, y simplemente trataban de descubrir la menor rendijilla que confirmara su sentencia. El ex ciego tampoco se prestó a continuar por esa insensata vía y les preguntó con sorna: “¿Acaso también ustedes quieren convertirse en discípulos suyos?”. Respondieron reconociéndose discípulos de Moisés, de quien sabían que Dios le habló, “en cambio, ese no sabemos de dónde viene”
  • Aquel limosnero ciego e ignorante ahora no sólo ha recobrado la vista, sino también recobró su dignidad, y lo vemos refutando con autoridad a las mismas autoridades religiosas, cuya autoridad quedaba ya desacreditada: “Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Todo mundo sabe que Dios no escucha a los pecadores… Jamás se había oído decir que alguien le abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si este no viniera de Dios no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puto pecado desde que naciste (nació ciego y la ceguera es castigo por pecados), ¿cómo pretendes darnos lecciones?”, y lo excomulgaron…
  • Cuando Jesús lo encontró de nuevo, le manifestó ser el Mesías, y el antiguo ciego creyó en Él. Jesús explicita su misión de definir los campos: que los ciegos vean y los que ven queden ciegos. Un fariseo todavía le arguye: “¿Entonces estás diciendo que nosotros somos ciegos?” Y Jesús entonces les acusa de lo mismo que ellos pretendían condenar al enfermo: “si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado (la ceguera como tal no es signo de pecado); pero como dicen que ven, siguen en su pecado”. En efecto, quienes se aferran a sus racionalizaciones y no las quieren abandonar, no son capaces de conversión.
  • Esto puede ser una lección para nosotros cuando estamos demasiado apegados a nuestros pre-juicios y caemos en falacias para no modificarlos. A esto se le llama “vivir en la mentira y el engaño”. Rectificar nuestros juicios, en cambio, es lo que nos hace ver la realidad en espíritu y verdad, y “¡la verdad nos hará libres!”

Deja un comentario