A-40 Cuaresma V: MÁS VALIOSO QUE LA VIDA

Jn 11, 1-45

  • La vida es el don más maravilloso de Dios y muestra de su inmensa generosidad y poder. Sin embargo, no es lo más valioso: el amor a nuestros amigos, padres, hermanos o hijos puede motivar a alguien a dar la vida por ellos. Para los cristianos hay algo todavía más valioso que el amor de “filía” (el que se da entre familiares), el Reino de Dios (“si alguien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”), y gracias a nuestra fe en la Resurrección es posible entregar la vida por este ideal supremo. Es el tema que trataremos hoy, a propósito de la narración que hace San Juan de su séptimo signo.
  • En esta ocasión vemos a Jesús enfrascado en una misión evangelizadora, ante un público muy bien dispuesto. En esto llega un mensajero a notificarle que su amigo Lázaro, se encuentra gravemente enfermo. Lázaro, junto con sus hermanas, eran una familia muy entrañable para Jesús; sin embargo, juzgaba que la tarea que entonces le ocupaba era prioritaria, de modo que cuando posteriormente llegó a Betania, Lázaro ya había muerto (recordemos que en otra ocasión tampoco interrumpió su evangelización para atender a su madre y a sus “hermanos”, cuando le avisaron estaban allí fuera).
  • Siempre que Jesús iba a Betania, María se adelantaba a recibirlo, pues entre ellos había una especial afinidad; pero en esa ocasión, ella no quiso ir a su encuentro –-¡estaba resentida!–, por lo que Marta, siendo la hermana mayor, tuvo que encargarse del recibimiento debido. Seguramente que al encontrarse con Jesús se echó a llorar; pero al reponerse, con su genio característico, le hizo un reproche: “si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano; pero yo sé que lo que le pidas, Dios te lo concederá”. Jesús la consuela “tu hermano resucitará”. Ella responde: Eso ya lo sé. Yo soy de quienes creemos en la resurrección del último día”. En efecto, entonces la mayoría de los escribas –filohelénicos- habían dejado de creer en la posibilidad de la vida de ultratumba; pero la familia de Betania seguía creyendo en esto. Jesús le confirma: “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera vivirá… para siempre”.
  • En eso llega también María, y al encontrarse con su llanto, Jesús también lloró. Su sensibilidad exquisita denotaba ese amor solidario, y conoció y compartió también el dolor humano ante la pérdida de un ser querido. Pero su compasión, como siempre, fue más grande que la muerte. Insistió en ir a la sepultura, a pesar de la advertencia de la hediondez del cadáver y ordenó al muerto que saliera de la tumba. Ante la sorpresa de los presentes, el muerto salió trabajosamente. Jesús manda que le quiten las vendas, las que le impedían moverse, y lo entregó a sus amigas.
  • Morir es la forma exclusiva que posee ser humano para terminar sus días. Sólo nosotros morimos; los animales o las plantas simplemente “perecen”; y la diferencia entre “morir” y “perecer” es la conciencia de que todos vamos a morir, es decir, la “posibilidad de nuestra imposibilidad”, y esto va siempre acompañado de la incertidumbre. Esta certeza genera un sentimiento peculiar nuestro: la angustia que notan los filósofos. Por esto, la conciencia de la muerte subyace en todo dolor humano (las enfermedades son antelación de nuestra muerte, lo mismo que las separaciones, las ausencias, los simples desencuentros). La muerte es el la frustración de todos nuestros anhelos, el fracaso de todos nuestros proyectos y la humillación de nuestra autosuficiencia, pues nos coloca ante nuestra vulnerabilidad y nuestra soledad existencial. Por lo mismo, la creencia en la Resurrección final nos alivia y conforta. Sabemos que Jesús es la Vida, y por tanto, fuente de todo consuelo. Fiarnos de Él nos permite superar nuestra condición de mortales y nos da la esperanza de volver a ver a nuestros seres queridos y nos alienta a trabajar. La resurrección de Jesús, que ya se adelanta este domingo, alentará nuestra esperanza pascual, dando a la Cuaresma otro significado.

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