A-00 LA NAVIDAD

Mt 1, 18-25

  • Para reflexionar sobre el misterio de la Encarnación es preciso remontarse hasta la Eternidad; a la que la vida íntima de un Dios tripersonal, en comunicación amorosa, satisfaciéndose plenamente a sí mismo. Sin embargo, siendo el amor la esencia misma de la Divinidad, y siendo el amor difusivo por su propia naturaleza, Dios-Trino piensa en otro ser, imagen y semejanza suya, que por su acto creador gratuito y generoso pueda conocerlo y amarlo libremente. Para ello, la Palabra eterna del Padre –Palabra que lo expresa tan totalmente, que tiene existencia propia- pronuncia “palabras”, que no son significantes sino creadoras (“en el principio estaba la Palabra y la Palabra era Dios. Por Ella se creó todo cuanto existe”). Y así, hará unos 15 mil millones de años, creó el Universo con sus cien mil millones de galaxias, entre las cuales, la “Vía Lactea”, con sus cien mil millones de astros y puñados de planetas girando en torno suyo… Y entre tanto derroche de poder generoso, en un minúsculo planeta con condiciones excepcionales, tuvo lugar el prodigio de la vida, prodigio ya que va a contrapelo con la ley general de la “entropía” –esa tendencia de lo organizado a lo desorganizado; tendencia hacia la caótica inmovilidad–, evolucionando de lo simple a lo complejo, y con millones de variantes, se fue dando lugar a los grandes reptiles, a mamíferos y antropoides… y por fin, hace apenas unos 200,000 años, se gesta una nueva especie, el “homo sapiens-sapiens”, corona de la Creación, dotado de inteligencia y libertad.
  • En procesos paulatinos se fueron dando las condiciones de posibilidad para actos libres, hasta que finalmente tuvo que darse un primer acto plenamente libre, y el objeto de aquella primera decisión habría de posicionar a la especie en su totalidad, y siendo originaria esta libre decisión, habría de marcar el ADN de todos los descendientes. Había dos alternativas posibles: que la nueva especie se caracterizara porque cada uno de sus miembros se corresponsabilizara de toda la especie entera, partiendo, obviamente, de los más débiles, o bien, el poder de dominación, de modo que los más fuertes se aprovecharan de los más débiles para condiciones egoístas. Ese fue el “fruto prohibido” del que habla el Génesis, ese relato escrito por los antiguos sabios de Israel por el que trataba de explicar la condición humana: ¿si esa fue la “corona de la Creación”, cómo explicar tanta maldad, crueldad, egoísmo, ambición, que hizo definir al filósofo Hobbs a esta especie como “homo hominis lupus” (el hombre es lobo para el hombre)? Consecuencia de aquella decisión fue la tendencia hacia el poder de dominación, del cual, a la vez, todos somos cómplices y todos somos víctimas.
  • El plan originario de Dios había quedado frustrado. Sin embargo, su inmenso amor había contemplado una “redención” que restaurara el plan primitivo; si bien ahora ya no con una predisposición favorable a ella, sino a contra corriente, es decir, por medio del poder alternativo del amor. Para esta posibilidad, una de las Personas de la Trinidad, la Palabra divina misma, aquel “por quien todo fue hecho”, se habría de “encarnar”, es decir, hacerse uno de nosotros. Abajarse hasta lo humano, incluso en sus condiciones sociales más humillantes y dolorosos, para desde allí, recomponer la primera libre decisión. Fue, incluso, conveniente liberar a una mujer de aquella tendencia fatal, y preservarla para que en otro acto igualmente libre en su radicalidad, diese su consentimiento.
  • Este hombre -el Verbo de Dios-, para “acampar” entre nosotros, tuvo el privilegio único de elegir las circunstancias de su propio nacimiento. De entre toda la familia humana, eligió primeramente un pueblo, Israel, con quien Dios hizo alianza para preservar su Revelación. Escogió también el tiempo adecuado (“al llegar la plenitud de los tiempos”): esperar al neolítico, cuando aparecieron las grandes civilizaciones, cuando el poder de dominación comenzó a desplegar todo su poderío y cuando ya aparece la escritura, para poder heredar a las nuevas generaciones aquellas palabras legadas por la Palabra. Eligió también la condición social: no nacería de la familia real o sacerdotal, con los mejores recursos, sino un nacimiento cuyas condiciones no pudieron ser más difíciles. La principal misión de Jesús es la de ser manifestación visible del amor misericordioso y compasivo del Padre, y darnos a conocer quién es nuestro “Abbá”.
  • Cuando José y María llegaron a la “Ciudad del Pan”, Belén de Efrata, la encontraron demasiado concurrida con motivo al censo. En casa de los parientes de José no había ya lugar, pues se le adelantaron otros parientes. La posada estaba atestada y no era decoroso que María pariera allí, ni tampoco había mucho tiempo para pensar en otras alternativas, pues las primeras contracciones ya habían llegado. El primo de José le ofreció una cueva en el monte, donde guardaba sus animales. Apenas le dio tiempo a José de ir por agua, adecentar un poco el lugar y hacer una fogata, cuando le llegó a María el momento de dar a luz. José todo atolondrado por tener su primer hijo en aquellas condiciones, gritó pidiendo auxilio… y su grito resonó como el canto de ángeles a unos pastores que cuidaban el rebaño, realizando aquellas actitudes de vigilia en espera del Mesías que hablaba la profecía. “Les traigo una buena noticia que causará gran alegría en todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales recostado en un pesebre”
  • No me los imagino como esos asépticos “pastorcillos” de los nacimientos, pastorelas y villancicos. Más bien los imagino como todos los pobres: mal hablados, con algo de vino para soportar el frío, riñendo y a veces hasta hurtando… pero eso sí, como todos los pobres, solidarios y compartidos. Al enterarse de lo que sucedía, fueron a ver al niño de la cueva y compartieron con aquellos peregrinos algo de pan, “requesón, manteca y vino”.
  • La cueva estaba en la periferia de Belén; Belén, en la periferia de Jerusalén; Jerusalén, en la periferia del Imperio Romano (era su frontera frente a los asirios). Y de este modo, en la periferia de la periferia de la periferia fueron a dar los “Santos Peregrinos”. Tiene razón el Papa Francisco cuando aconseja “salir hacia las periferias” para encontrar a Jesús.
  • Fue de este modo como el Verbo irrumpió en la historia. Su nacimiento dignificó todo lo humano: Él conoció perfectamente nuestras dificultades y sufrimientos, conoció lo que es llorar la muerte de un amigo querido, la alegría jubilosa cuando constata que finalmente, los pobres fueron los destinatarios de su esperanza, la decepción por la traición de un amigo, el miedo, la incertidumbre… e incluso, la tentación. Nada de lo humano le fue ajeno (salvo el pecado; pero eso no es propiamente “humano”, sino deshumanizante). El Hijo de Dios es uno de los nuestros; pero incluso, más humano todavía que nosotros: tan humano, tan humano, sólo Dios. Se hizo humano para hacernos tendencialmente divinos. Es por eso que la Navidad trae la felicidad, pues es “Gloria a Dios en el Cielo, y en la Tierra paz a los hombres y mujeres que ama el Señor”

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