Jn 10, 1-10
- En nuestra época carecemos de líderes auténticos. El descrédito del autoritarismo patriarcal ha producido cierto temor de ejercer funciones de conducción, que son tan necesarias, comenzando desde la familia, la empresa, la escuela, el sindicato, la Iglesia misma y sobre todo, en la política. Un poco en todas partes, la clase política pierde legitimidad: el ansia de poder, el utilizar los puestos públicos para fines personales, la corrupción, la ambición, el distanciamiento del pueblo (del que sólo se acuerdan en tiempos de elecciones), etc… son vicios generalizados. En vísperas de elecciones en algunas partes del país no sería aventurado decir que no hay candidatos realmente convincentes. Frente a esto, se necesita encontrar algún modelo iluminador, y cuál mejor que el de Jesús, cuyo ejemplo de liderazgo lo plasma en su alegoría del “buen pastor”.
- Sin embargo, las metáforas nos resultan iluminativa sólo si las ubicamos en el contexto donde se construyeron.
- Jesús la propuso a un pueblo seminómada, y seguramente mientras la exponía, podía verse pasar algún muchacho cuidando sus ovejas. En cambio, en nuestro medio moderno urbanizado no vemos ovejas pastando, y la figura del pastor nos despierta reminiscencias bucólicas, idealizadas –Jesús cargando sobre sus hombros una ovejita, con su blanca túnica porque estamos lejos de los pastores reales y de las ovejas (cada una pesa 50 kgs; su olor es apestoso; al cargarla, el pastor no pude dejar de ensuciarse y contagiarse con su pestilencia). En nuestro medio, lo que más se nos acerca a esta alegoría quizás fuesen los policías que regulan el tránsito.
- La cosa se complica aún más en México, pues el rebaño de ovejas nos connota la “bola de borregos”, las masas acríticas manipulables por cualquier ilusionista, y por tanto, no nos agrada la comparación. Pero podemos hacer un esfuerzo para ponernos en el contexto de Jesús o también, en el del salmo 23, y entonces podemos notar pistas útiles para nuestra formación de líderes:
- Jesús “buen pastor”, guía a su rebaño hacia “verdes praderas” para “hacerlas reposar”. Igualmente un buen guía piensa en el mejor objetivo, no tanto el que se le acomode a él, sino pensando en el conjunto de sus guiados (a lo mejor el pastor preferiría un camino más corto; pero inadecuado para sus borreguitos).
- Los arrieros suelen ir detrás de su recua, arriándola, de modo similar a aquellos líderes que no arriesgan, sino que sólo buscan seguridades; que se conforman con lo que “siempre se ha hecho así y seguirá siendo así”, que frenan iniciativas de sus subordinados. En cambio, el verdadero pastor va siempre delante de su grey, para observar mejor el “camino seguro”, que lleve hacia los buenos pastos y las “fuentes tranquilas” donde puedan “reparar sus fuerzas”. Un guía tal se adelanta a sus “agremiados”: busca nuevas ideas, proyectos creativos, investiga, indaga nuevas rutas.
- Lleva en su mano izquierda su cayado –ese bastón que al golpear en el suelo, marca el paso del rebaño. El guía también es quien marca el paso de su comunidad, atendiendo a las fuerzas o limitaciones de todos (no corre con los más ligeros, sino atiende a los últimos). Lleva en la mano derecha una vara, con la que suavemente hace avanzar más de prisa a las ovejas rezagadas o con la que integra al redil a las descarriadas. El buen líder se preocupa por integrar comunidad (laboral, religiosa, familiar): unas veces tiene que corregir, otras, que impulsar o empujar un poco; pero sabe hacerlo con afecto y no con ira. Es lo que a los hijos, por ejemplo, les da seguridad (“tu vara y tu cayado me dan seguridad”).
- La realidad narrada supera a la metáfora: Sería posible que un pastor defendiera al rebaño de su propiedad ante el ataque de los lobos; pero si ve que no puede afrontarlos con sus perros, seguramente huirá y lo abandonará (con mayor razón si se trata de un asalariado). En cambio, nuestro pastor “da la vida por sus ovejas”, como lo vimos en el Huerto de Getsemaní. Hay algunos líderes que se meten en problemas por su pueblo, o que incluso, corren el riesgo de ser asesinado (como algunos alcaldes a manos del crimen organizado).
- Además, la relación entre rebaño y pastor es totalmente distinta a la que habría entre la “bola de borregos” y el líder manipulador, pues se trata de una relación muy personalizada, entre el pastor, que “conoce a cada oveja por su nombre” y las ovejas, que “reconocen su voz”. Sus ovejas no son “borregos”.
- De regreso al corral, cuando van entrando una a una –o mientras las ovejas “reparan sus fuerzas” en un oasis de “fuentes tranquilas”—las cuenta y nota la ausencia de “Negrita”, su amada “oveja negra”. De inmediato deja el resto del rebaño al cuidado de los perros y sale en su búsqueda. La encuentra en la “cañada oscura” con la patita lastimada. La carga sobre sus hombros y regresa al redil. El buen líder se interesa por los problemas de cada uno de sus empleados (no los considera sólo por el servicio que le prestan), y se adelanta a ofrecerle sus servicios o sanar sus dificultades.
- Por su parte, estas ovejas lo siguen sólo a él: quizás una noche, un salteador brincó la cerca, quitó el cerrojo por dentro, entreabrió la puerta y llamaba a alguna oveja para robarla; pero ella lo rehúye; el redil no hacen caso a la voz del extraño y sólo obedece a la voz del pastor.
- En la versión de San Juan, Jesús no se identifica con el pastor, sino –extrañamente- con la puerta del corral. La traducción distorsiona: no es “redil” sino “atrio”: en el Templo de Jerusalén, donde Jesús la predica, el lugar por excelencia de la presencia de Dios, su atrio tenía 12 puertas (la de las mujeres y niños, la de los paganos… una era la “puerta de las ovejas”. Los borregos que por ella entraban, no salían vivas, pues todas eran sacrificados. El atrio, una carnicería. Jesús es la puerta, y las ovejas, con libertad, pueden entrar y salir.
- Jesús sería la única vía, el único medio para entrar a la vida. Podemos encontrar en nuestro ambiente muchas otras ofertas de liderazgos que nos encandilan prometiéndonos placer, éxito, poder; pero que a la postre nos revelan que simplemente fuimos utilizados para su provecho. Son los salteadores o ladrones de ovejas; son aquellos que sólo utilizan a la borrega como mercancía o para trasquilarla, ordeñarla y hacerse una barbacoa. El líder ha conseguido la confianza de sus subalternos y estos ya no escuchan otras voces extrañas que quieran encandilarlas. Jesús es el pastorcito que encariñado con su rebaño, se pone en su servicio; el guía que ofreciéndonos disfrutar de ese don maravilloso que es la vida, la vida que supera la muerte, y que se pone en servicio del rebaño, pues ha venido “para que tengan vida y la tengan en abundancia”.