A-45 Pascua V: LAS DESPEDIDAS

Jn 14, 1-12

  • Las despedidas son el ritual concertado antes de la separación –temporal o definitiva- de alguna persona querida. La distancia nos duele, y “extrañaremos” su presencia. Las despedidas son también ocasiones para una comunicación sincera que la familiaridad cotidiana suele dificultarla; pero dado que esta familiaridad pronto habrá de romperse, nos sentimos necesitados de expresar algo que siempre quisimos decir.
  • El tiempo litúrgico ya comienza a prepararnos para la fiesta de la Ascensión del Señor, que debido a la estructura simétrica con otros ciclos, habría de ser de 40 días. En realidad no sabemos cuántos días, pues sólo se considera la simetría de los ciclos litúrgicos. Pero de cualquier modo, Jesús pronto marchará de regreso al Padre, de dónde salió. Si bien la presencia del Resucitado fue fugaz, en personas y momentos muy puntuales, de todos modos los apóstoles sabían que seguía encontrándose entre ellos. Pero llega el momento en que parará a otra dimensión y sus amigos no lo verán más. Ya no escucharán esas palabras llenas de sabiduría; ya no se reflejarán en aquellos ojos transparentes, que escrutaban hasta lo más profundo del alma de sus interlocutores. Jesús se irá y ahora hace su despedida. La liturgia, con acierto, pone en este contexto la que hizo en su Ultima Cena.
  • La partida de un ser querido (quizás se trate del jefe de familia al que le ofrecieron un buen trabajo en el país vecino, y que de momento no puede llevarse a los suyos). La tendencia normal de sus allegados es de tristeza, e incluso el tratar de retenerlo y tratar de que cambie su decisión, pues su partida los deja en una especie de orfandad. Jesús argumenta: “si me amaran realmente, se alegrarían de que me vaya, pues voy con mi Padre” (Jn 14, 28). El que parte consuela a su familia con sus planes de reintegrarla en su lugar de destino. Así, Jesús “ahora voy a prepararles un lugar”. Y especifica: donde va a ir –la casa del Padre- será un lugar apropiado y diversificado para todos y a cada uno de sus seguidores, pues en ella, “hay muchas habitaciones”, caben todos; aunque de manera diferenciada, según la capacidad de amor que hayamos logrado alcanzar (aunque cualquier grado nos llenará plenamente, y no nos vamos a comparar con los demás).
  • Quien va a partir consuela a los suyos con la promesa del reencuentro: una vez que ya haya preparado el lugar, promete Jesús, “volveré”: se trata de la última venida del Señor, cuando regrese a dar un cierre final a la historia y a la aventura humana sobre el Planeta. Recuerdo aquel grito que retumbó hace 232 años –“¡Yo moriré pero volveré y seré millones!”-, del famoso líder boliviano Julián Apaza – más conocido como Túpac Katari –, en su rebelión contra las autoridades españolas. La promesa de Jesús –“Volveré y los llevaré conmigo para que donde yo esté también estén ustedes”-, la esperanza del Cielo, nuestro hogar definitivo, nuestro descanso con el Señor.
  • En las despedidas, nunca falta algún encargo o consejo. Jesús recomienda. “no pierdan la paz”. Es conciente de que para sus seguidores, la vida no será sencilla sin su presencia, y que esto produce miedo, incertidumbre, estrés, doblarse ante los obstáculos… Así ha sido la vida de los cristianos a lo largo de la historia. Jesús no evita estos sentimientos; pero nos ha preparado para que llevemos las adversidades sin perder la paz interior. Si somos concientes de la presencia del Espíritu Santo como acompañante para las situaciones de orfandad, confiar en el Señor nos da la paz.
  • Esperar la compañía de Jesús en el Cielo, nuestra morada celestial, podría dar pie a interpretarse como un escapismo de los problemas de la vida “mundana”. Por eso, Jesús nos insta a irnos adelantando para encontrarnos con Él en el camino. Ante la pregunta ingenua de Felipe: “No sabemos adónde vas, ¿Cómo vamos a saber el camino?”, responde con lo que supone deberíamos saber en la teología de San Juan: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. El camino para el Cielo se inicia y transcurre en el “mundo”. Para reunirnos con Jesús se precisa interesarnos por la Tierra, por sus problemas y aflicciones; se precisa trabajar y transformar. No hay otro camino para alcanzar la Vida de la Verdad que el Evangelio del Reino (sea o no conocido explícitamente): la búsqueda continua de la verdad y su defensa; la defensa de la vida en todas sus formas y en todos los seres de nuestro Planeta. No en el sentido de una religión que monopolice el camino; pero sí mediante la vivencia de estos valores que Jesús defendió con tanta pasión y sufrimiento. Quien marche por el Camino hacia la Vida de la Verdad podrá reunirse y habitar con Jesús en la Casa del Padre.

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