(Mc 6, 30-34)
- La acción es lo que nos permite remediar nuestras necesidades, crecer, expandirnos, transformar nuestro entorno, construimos a nosotros mismos y ayudar a los demás.
- Para ello, es necesario que las actividades: los actos derivados de la reflexión, para que estén planificadas. El “activismo”, en cambio, es su degradación en actividades compulsivas, a lo espontáneo, que nos dan sólo ilusión de eficacia.
- Para los antiguos griegos, el objetivo último al que había que aspirar era la “ataraxia” o el otium, el ocio creativo del artista, el ocio contemplativo del monje. Para obtener ese estado, eran inevitables las actividades utilitarias, vistas como negación de “ocio” –el “nec-otium”, el “no-ocio”, convertido en “negocio”. En el momento actual, mientras los desempleados tiene tiempo de tedio, muchas personas se sobrecargan de actividades. A veces, estas son ineludibles (mujeres que trabajan fuera del hogar, se transportan, cuidan los hijos, hacen el quehacer doméstico, etc); pero otras veces se trata de un activismo frenético para ganar más y comprar más bienes de consumo; aunque luego no haya tiempo para disfrutar lo adquirido. El ocio entonces está en función del negocio.
- En momentos de actividad intensa se requiere más de tiempos de descanso y reflexión. Pero un trabajo enajenado conlleva un descanso igualmente enajenado y pasivo, “estar de ocioso” (la tv, futbol, internet). Se requiere recuperar otro tipo de re-creación, para que nuestras actividades se realicen con goce y eficacia. Necesitamos del reposo (hasta las máquinas lo necesitan), de actividades lúdicas, de la contemplación, de estar con quienes queremos… para conservar nuestra salud mental. Tenemos que recuperar el domingo como día de descanso, como Día del Señor, y aprovecharlo para la creatividad artística, para el contacto con la naturaleza, para convivir con la familia y los amigos…
- Jesús era un poeta contemplativo, no un espontáneo improvisador. Sin embargo, tuvo realizaciones sorprendentes, debido a la planificación (no fue un “espontáneo improvisador”) y a su pasión evangelizadora caritativa. Cuando envió a sus apóstoles lo hizo definiendo claramente los fines de su misión: preparar el ambiente en los poblados que pensaba visitar y entrenar a sus futuros sucesores para que continuasen con eficacia su obra. También puso en claro los medios con que habrían de contar: no recursos materiales, sino la Palabra y el testimonio.
- En continuidad con el domingo anterior, ahora sus apóstoles regresaban, asombrados ellos mismos de los resultados de su acción planificada. Llegaban cansados, cargados de experiencias, necesitados de comentar sus aventuras y sus dudas, y hablaban todos al mismo tiempo. Jesús comprendió que era necesario hacer una evaluación, propiciar una comunicación, tener unos momentos de intimidad, de oración y de un merecido descanso. Les un retiro en una playita tranquila y solitaria…
- La gente advirtió hacia dónde se dirigían Jesús y sus amigos y se les adelantó. Los apóstoles seguramente se habrán sentido algo contrariados. Jesús miró con atención a la multitud. La primera imagen que le vino de inmediato fue la de un rebaño sin pastor: sin el callado y sin la vara, las ovejas se extravían, se pelean, se desbalagan, quedan indefensas. Era preciso congregarlas y responder a sus demandas. Una programación debe siempre ser flexible y un pastor planificador tiene que priorizar sus decisiones y no sujetarse a un esquema inamovible. El descanso tendrá que esperar ante el apremio caritativo del evangelizador… de modo que “se puso a enseñarles muchas cosas”