Homilía del domingo 26 julio (XVII-B: Jn 6, 1-15)
- En el mundo existen casi 1,000 millones de personas que sufren hambre crónica. Cada 3,6 segundos muere un niño enfermedades vinculadas con la desnutrición (6 millones de niños menores de 5 años).
- Esto, no porque la Tierra no pueda producir alimento suficiente -de hecho, se producen alimentos para 12 mil millones de personas. Sin embargo, se desperdician 1,300 millones de toneladas anualmente en el mundo. La mitad de los alimentos que se desperdician bastaría para alimentar al Planeta entero. El problema es la distribución de alimentos y la falta de voluntad política. De hecho, estas miles de toneladas de alimento destruidas lo fueron para que no bajasen el precio y la ganancia de las grandes agroindustrias y acaparadores. Los gases de estos desperdicios afectan al cambio climático.
- Los alimentos “chatarra”, los transgénicos, refrescos, ocasionan obesidad y diabetes, aún en zonas subalimentadas. No sabemos comer. México ocupa el primer lugar mundial en obesidad infantil. Los animales sufren maltrato, se les considera sólo como un producto efímero; no se cuidan suficientemente de la salud de la población (como las semillas transgénicas), y los trabajadores, también son “desechables” como los migrantes, encarcelados y deportados, despojándolos cruelmente de sus hijos, por el único de alimentar a los policías que los arrestaron.
- Los gobiernos del mundo se comprometieron para el inicio del Milenio (“Millenium Goals”) a reducir a la mitad para el 2015 las personas con hambre (mil millones); pero la meta no se cumplió. Según la FAO, no fue por falta de posibilidades (podría hacerse sin cambios estructurales), sino por falta de voluntad política.
- Hoy vemos nuevamente a Jesús ante una multitud hambrienta de su Palabra; pero también de pan. Da a entender que no puede recibirse el Evangelio con el estómago vacío, pues no se trata de una doctrina abstracta, sino de una buena noticia concreta: la satisfacción de toda carencia, simbolizada por el pan. Muchos de sus interlocutores son pastores nómadas: nunca viajan sin su “itacate”. Pero muchos otros salieron precipitadamente, y el encuentro con Jesús duró más de lo previsto. Se notaba cierta intranquilidad.
- ¿De qué habría estado hablando Jesús? De lo que acostumbraba: hay que amar al prójimo como a sí mismo, hay que compartir, los problemas comunes exigen soluciones comunes… y un muchacho lo comprendió: “Señor: aquí tengo mi pan, es todo lo que traje. Si te sirve, tómalo”… y entonces vino el milagro: en momentos de pánico, lo normal es que cada cual se aferre a lo poco que trae; que cada cual “se rasque con sus propias uñas”… pero ante el ejemplo del chico, cada cual se fue desprendiendo de lo suyo, de su seguridad alimentaria… y alcanzó para todos y sobró todavía.
- El mundo actual está marcado por el individualismo. Cada cual busca sus propias ambiciones, satisfacer sus deseos, aún a costa del “entredevoramiento”; pero esto nos lleva al suicidio colectivo. Los deseos son ilimitados. Satisfacer nuestros caprichos es lo que está conduciendo a agotar los recursos de la Tierra. Necesitamos potenciar una ética social solidaria. Los problemas del Planeta y de la humanidad son los nuestros, y es preocupándonos por estos grandes problemas como mejor podremos solucionar los propios. Decir “pan” es decir techo, salud, vestido, educación, libertad… Sólo restringiendo nuestros apetitos tendremos Mundo para algunos siglos más. Somos corresponsables de los hambrientos en el mundo, y por eso habremos de ser juzgados (“tuve hambre y me diste de comer”). Experimentemos la alegría de compartir el “pan nuestro de cada día”-