B-24 ¿DÁNDOLE CLASES AL MAESTRO?

Mc 8, 27-35

  • Conócete a ti mismo”, se leía en el Oráculo de Delfos… ¡y pasó a la historia! En efecto, este consejo es elemental para manejarnos en la vida. Pero no es nada fácil: todos tenemos una imagen de nosotros mismos; pero algunos la tienen sobrevaluada (“esa mujer se creen mucho, se cree la abuelita de Batman”), Otros, en cambio, tienen una imagen muy devaluada, y acomplejados, se creen que nada valen. Por tanto no se animan a intervenir en nada. Conocemos nuestra imagen corporal viéndonos en un espejo. De la misma manera, conoceremos mejor nuestra imagen sicológica con el espejo que son “los otros”. Combinando nuestra autoimagen con la heteroimagen es cómo nos conocemos mejor.
  • Cuando Jesús lanzó a sus apóstoles una interesante pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Al hacerlo se proponía dos objetivos. El primero era un sondeo, para ver si la gente ya había empezado a descubrir su mesianismo. No era fácil, pues su estilo venía a contrapelo de la imagen difundida desde el Santuario (un Mesías glorioso, milagrero, de poderío), y por otra parte, preveía que más temprano que tarde lo habrían de matar, por lo que había que darse prisa. Las respuestas llegaron desde el imaginario “maravillosista” colectivo: Juan Bautista resucitado, Elías arrebatado por un torbellino de fuego, Jeremías de quien se decía que volvería al fin del mundo… También en nuestros días, “la gente” se fabrica curiosas imágenes de Jesús: un extraterrestre, un loco que se decía Dios, el primer hippie, el primer comunista, un iluminado de los Grandes Iniciados…
  • “La gente” es una abstracción, el impersonal “se dice”. No todos los que hablan de nosotros son igualmente confiables. Para los aduladores, soy “lo máximo”, “superbuena onda”. Para mis adversarios, soy lo peor…
  • De ahí la suerte de tener un amigo que me diga cómo me ve, con aprecio; pero sin adularme. Quien encuentra un amigo así halla un gran tesoro. Por eso Jesús interroga ahora sus apóstoles: “y para ustedes ¿quién soy yo?”.
  • El segundo objetivo propuesto por Jesús con esa pregunta había sido ponerles a sus apóstoles un test: el primero de entre ellos que lo reconociera como Mesías, habría de ser su sucesor, es decir, el que se encargaría de continuar su obra cuando ya no estuviese presente (que presentía que no tardaría mucho en suceder). Reconocerlo querría decir que tenía el don de discernimiento, necesario para presidir su Iglesia.
  • Y fue Pedro el primero en percibirlo: “¡tú eres el Mesías!”, el anunciado por muchos profetas. Este descubrimiento no se debía a perspicacia natural, pue iba a contracorriente, sino que el Espíritu lo habría revelado.
  • Pero no bastaba con reconocer a Jesús como Mesías, sino reconocerlo como el tipo específico de mesías querido por Dios. Por eso Jesús les anuncia el rechazo que sufrirá por parte de las autoridades religiosas, su entrega a los romanos y su muerte cruenta: el Mesías-Siervo de las profecías.
  • Pedro, muy orondo porque Jesús lo había felicitado por su discernimiento, lo llamó aparte y se propuso disuadir al maestro: “Esto no lo puedes permitir. Tú eres el Mesías, ponte en tu lugar. Tienes el poder de Dios en tus manos”. Pero Jesús, al que puso en su en su lugar fue a Pedro, reprendiéndole por una falta de discernimiento: “Tú no estás juzgando según Dios, sino sigues un modo meramente humano de ver las cosas”. “Apártate de mi camino”, “ponte detrás de mí como un humilde discípulo, y no delante de mí, pretendiendo enseñarme cómo ser mesías”. Lo llamó “Satanás”, porque fue justamente esta la tentación que Jesús sufrió en el desierto: presentarse como el mesías imaginado por las autoridades: un Mesías que actuara desde el poder y el maravillosismo, y no siendo fiel a su humanidad, sin poderes extraordinarios en su beneficio, sino sólo para la compasión.
  • Seguir a Jesús significa no actuar desde el poder -ni siquiera el poder religioso-, sino en solidaridad con los más vulnerables, llevando, como ellos, su cruz. Se trata de entregar la propia vida (“perderla”), y será así como encontremos una vida con pleno sentido, la que se entrega por amor.
  • Tampoco basta con reconocer a Jesús como Mesías, sino ver cual imagen tenemos actualmente de Jesús, que tal vez hayamos cambiado ya, para no construir un ídolo: ¿El Verbo encarnado, Segunda Persona de la Trinidad? ¿El Niñito Jesús, todo dulzura que me hace derramar lagrimitas de miel? ¿El Sagrado Corazón de los Primeros Viernes? ¿el dominador Cristo Rey? ¿el maestro que nos deja una doctrina que hay que aprender para creer en ella? ¿el taumaturgo milagroso que nos concederá lo que le pidamos y que nos exige muy poco? ¿El Dios majestuoso que adoramos en la Sagrada Eucaristía? ¿El Justo Juez que nos castigará nuestros pecados?
  • Aceptemos al Jesús de los Evangelios, tal cual es, sin desfigurarlo. Él nos conoce con el corazón y que nos puede decir más que nadie “quién soy yo”. Manifestando su amor por mí nos hace aumentar nuestra autoestima; aunque es exigente en su seguimiento y nos insta a cargar nuestra cruz.

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