B-29 EL CRISTIANO ENTRE SISTEMAS DE OPRESIÓN

Mc 10, 35-45

  • Una tendencia humana generalmente observada es que los fuertes se aprovechen de los débiles, o como lo expresó un filósofo (Hobbes): “homo homini lupus” (el hombre es lobo para el hombre). Desde el origen de las civilizaciones, haya ya unos 6,000 años atrás, las colectividades humanas se organizan dicotómicamente: “los de arriba” y “los de abajo”. Por un lado, un grupo minoritario que domina, coordina y controla la producción y la estabilidad social, y por el otro, las grandes mayorías que sufren de la dominación y dependencia. Las modalidades pueden variar: a veces el poder político es ejercido por una sola persona –monarca o dictador- o por un grupo poderoso –las oligarquías o aristocracia- o por el Partido dominante, y las mayorías, en cambio, son explotadas, también de formas muy variadas: la esclavitud, la servidumbre feudal, los obreros mal pagados… La dominación, además, no se reduce a lo meramente económico, es tan amplia que alcanza los géneros sexuales –el patriarca se impone a la mujer-, las razas (los blancos tienen la supremacía sobre los negros), las religiones (persecución a los otros dioses; hinduismo o Islam contra minorías religiosas).
  • Por supuesto, esa dominación requiere de justificaciones ideológicas, y alegarán un supuesto derecho proveniente de la superioridad de la raza o de la sangre (azul) o de ser “elegidos por Dios” (Franco: “caudillo de España por la Gracia de Dios”) o simplemente porque esto siempre ha sido así y que por tanto, no puede cambiarse.
  • Una cosa es clara: esta diferencia de posiciones no viene de Dios. Dios creó al ser humano desde un origen único y lo puso en el paraíso para que disfrutara. En su proyecto original, cada miembro de la especie humana tendría que corresponsabilizarse de todos los demás, y los fuertes debían defender a los débiles. Sin embargo, el pecado de Adán y Eva fue comer del fruto prohibido –que no es otro que el “poder de dominación”- lo que produjo las secuelas de “explotación”, “opresión” y “discriminación”: la mujer tenderá a su varón y éste la dominará; el trabajo, de ser la actividad placentera de cultivar el Paraíso, se volvió una carga, pues el “comerás tu pan con el sudor de tu frente” se revirtió en el “comer el pan con el sudor del de enfrente”; y la naturaleza, degradada por el “ecocidio”, se torna inhóspita (huracanes como respuesta al calentamiento irresponsable).
  • Justamente, para remediar esta situación es que Dios envió a su Hijo para mostrarnos su voluntad de recomponer de alguna manera el plan original. El “Reino de Dios” –como lo llamó Jesús-, será cuando el Planeta vuelva a ser de todos, y cada cual, trabajando lo mejor posible, se beneficie él y beneficie solidariamente a quienes tengan menores capacidades. Con esta organización, la comunidad humana viviría en armonía con la Naturaleza, que le brindaría generosa su sustento, y la fraternidad hará colectividades más seguras y más pacíficas. Realizar este proyecto de Dios fue, justamente, la misión de Jesús, y para ello, pensó en una organización contracultural, en la que todos, siendo hermanos y hermanas, nos sirviéramos unos a otros.
  • Sin embargo, esta utopía no es fácil de comprender, y vemos que ya los apóstoles mismos interpretaban el “Reino de Dios” a semejanza de los poderes mundanos (como el santo Rey David, quien, por cierto, también abusó de su poder), y cómo se disputaban entre sí los primeros lugares en ese Reino –los ministerios de Gobierno y de Hacienda-. Jesús les advierte que es así cómo opera el poder político-económico: “los que gobiernan las naciones, lo hacen como si fueran sus dueños” y los “poderosos” (patrones, empresarios y demás) oprimen a sus subordinados; pero la nueva forma de pensar el poder es justamente, “sirviendo” a los demás, o como decía el “difunto” Subcomandante Marcos (ahora Galeano), “se manda, obedeciendo”.
  • Ahora parece que se va abriendo una nueva concepción de Gobierno –“sujetos a la ley, todos; por encima de la ley, nadie”–, lo que implica que todos nos involucremos más, y no nos conformemos con emitir un voto cada seis años, sino que participemos más en las decisiones colectivas, algo que las tecnologías actuales de comunicación facilitan: la consulta, el plebiscito, el desafuero y demás. Para Jesús, quienes gobiernan deben estar dispuestos “a servir y dar la vida por la redención de todos”; pero toca a los gobernados colaborar críticamente en lo que sea realmente el bien común.

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