B-31 ÉTICA DEL DEBER VS ÉTICA DEL AMOR

 Mc 12, 28-34

  • El ser humano está dotado de libertad, por lo que, a diferencia de los animales que se guían por su instinto, nosotros continuamente elegimos, entre varias alternativas, las acciones a realizar, sus modalidades y las consecuencias que de ellas se deriven. Los deseos o apetencias no siempre son convenientes, por lo que a veces tenemos que negar nuestras inclinaciones o apetitos. Desde pequeños, aprendemos que hay acciones que desagradan a nuestros padres o a la gente que nos rodean. Posteriormente aprendemos la existencia de límites, normas, valores o leyes, con lo que voluntariamente vamos configurando ciertos principios y conductas aceptables, contra otras que no lo son. Se entiende por “moral” todos los comportamientos que determinada sociedad los tiene por buenos y aceptables, contrapuestos a otros que se reprueban. En cambio, entendemos por ÉTICA al conjunto de valores y principios derivados de cierta filosofía, razonamientos o religiones, con los cuales vamos guiando nuestra conducta. Además, somos conscientes de que detrás de tales opciones se hallan motivaciones.
  • La motivación más evidente es el sentimiento del deber. Debido a la forma en que fuimos educados, nuestra conciencia es una alerta que se activa cuando pensamos realizar algo en contra de las normas o de nuestros principios inculcados. Esta es la “ética del deber”, que aplicada con rigor, nos hace sentirnos reprimidos. Cualquier transgresión nos genera un sentimiento de culpabilidad y nos hace acreedores a un castigo; y en caso de cumplimiento, nos sentimos con derecho a un premio, lo que produce cierta vanidad o satisfacción, así como desprecio a quienes no cumplen.
  • En el pueblo de Israel en tiempos de Jesús, la moral estaba regida por la Ley (o “Torá”). A los preceptos que Dios dio a Moisés se le fueron añadiendo muchas normas, principalmente rituales. Alguien tuvo la curiosidad de contarlas y encontró algo así como 643 preceptos. El quebrantamiento de tales preceptos-“tabú” producirían automáticamente una “mancha” o contaminación. Los pobres, en primer lugar, desconocían todas estas prescripciones y en segundo lugar, muchas de ellas no podían ser cumplidas (ellos comen lo que encuentran y trabajan cuando hay “jale”). Los fariseos, con mejor posición económica, alardeaban de que ellos sí cumplían todos los preceptos al pie de la letra (pagaban el diezmo, hasta de la hierbabuena), y despreciaban a los pobres como “impuros”, a veces prohibiéndoles asistir a la Sinagoga. Ante esta situación, algunos doctores de la Ley argumentaban, que si no fuese posible que la gente cumpliese TODOS los preceptos, habría que procurar, por lo menos, que cumplieran los principales. Pero aún respecto a estos preceptos elementales discutían entre ellos cuáles fuesen estos (si la abstención de trabajar el sábado o si la dieta alimenticia o tocar sangre, etc.). De ahí que un doctor de la Ley, bien intencionado, dándose cuenta la penetración de la Ley que tenía Jesús, le preguntara sobre: ¿cuáles serían los preceptos más importantes de la Ley?
  • Jesús respondió en forma sencilla dándole únicamente dos: el primero y más importante estaba en la fórmula más sagrada, en la bendición que todos los Israelitas recitaban dos veces al día –al amanecer y al anochecer-, el “Shemá, Israel”:

»Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando.  Incúlcaselas continuamente a tus hijos…”

Y el segundo, que también se hallaba en algunos textos sagrados, era: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

  • Con esto, Jesús no sólo priorizó dos mandamientos principales sobre otros secundarios, sino que dio un cambio completo de ética, pasando de la “ética del deber”, a la “ética del amor”, lo cual resultaba mucho más sencillo y placentero. En realidad, toda la Ley revelada puede resumirse en la actitud del amor, pues como dijo San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.
    • Se trata de tres círculos concéntricos de amor, que podríamos iniciar en el círculo
    • Externo, el más amplio, el amor a Dios. ¿Pero cómo sabemos que amamos a Dios sobre todas las cosas? ¿Alabándolo, ofreciéndole primicias y sacrificios, orando? Como dice San Juan: “Si no amas a tu prójimo, a quien ves, ¿Cómo puedes amor a Dios a quien no ves?” Sabemos que amamos a Dios cuando amamos al prójimo. El pobre es como un sacramento de la presencia de Jesús entre nosotros.
    • ¿Y cuál sería el criterio para conocer que amamos al prójimo? Pues bastará que veamos cómo nos amamos a notros mismos.
    • Algo que muchas veces descuidamos y nos maltratamos, no nos cuidamos. Por eso parece que el punto de partida sería el amor a uno mismo. Entonces ese amor a sí mismo es un referente para el segundo círculo: Amar al prójimo: “no hagas a otro lo que no quieras para ti”.
  • Viviendo inmersos en estos círculos amorosos, ya no necesitamos conocer preceptos, ni preocuparnos por cumplirlos, pues todos se resumen en esta actitud, que además es muy satisfactoria. La nueva ley para el cristiano es la Ley del Amor. Por cierto, esta nueva actitud, a la postre, resulta más exigente que la anterior (“habéis oído que se dijo… pero yo os digo…”)

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