Mt 11, 2-11
- Nazareth era una pequeña aldea perdida de las montañas de Galilea. Con una población de cerca de 300 habitantes, la vida transcurría monótona, sin que sucediera nada extraordinario: siempre la misma pobreza, el mismo trabajo, la misma rutina. Pero un buen día algo sorprendente ocurrió en el poblado. Llegaron tres romanos. Los paisanos nunca habían visto esos soldados, pues aunque Roma sostenía una ocupación militar en la región, las legiones se encontraban acuarteladas en Siria o en Cesarea del Mar, dispuestas a intervenir y sofocar rudamente cualquier levantamiento. Uno de los soldados tenía un tambor que repicaba sin cesar, y los niños, curiosos como en cualquier parte, se arremolinaban en torno suyo, no sin temor de sus madres, las cuales se mantenían vigilantes detrás de las ventanas, pues no les estaba permitido hablar con extranjeros (y menos con romanos). Cuando los hombres comenzaron a llegar después del trabajo, el otro soldado sacó una trompeta y dio varios toques (que sonaron como el chillido de algún animal) y entonces todo el pueblo se reunió. Entonces, el que comandaba desenrolló un pergamino, por lo que se supo que se trataba de un “mensajero”.
- ¿Qué es un mensajero? Su función está entre el simple cartero y el embajador. El “correo” se encarga de hacer llegar las noticias lo más pronto posible. Ahora, el cartero llega en su moto hasta la casa y echa en el buzón o por debajo la puerta un sobre con su sello postal. El “servicio postal” se denomina así por la “posta”, es decir, el lugar donde estaban “apostadas” caballerías, a 2 o 3 leguas de distancia una de otra, para que el correo pudiera cambiar de caballo y llegar lo más pronto posible a su destino. En el antiguo Israel la carta se escribía con un punzón sobre dos tablillas enceradas, atadas y lacradas. A diferencia del cartero, el embajador es portador de un mensaje y una consigna a la que debe ser fiel; aunque se le otorga cierto margen de maniobra para negociar o ajustar el tono. El mensajero se asemeja al correo en que también es un portador; pero con una función más personal, por lo que además de leer el mensaje puede explicarlo y responder a preguntas.
- Las noticias que pregona podían ser buenas (“fastas”) o malas (“ne-fastas”). En este último caso la integridad física misma del mensajero peligraba, pues en algunas partes cuando el mensaje era un ultimátum que tenía que entregarse, por ejemplo, en el campamento enemigo, se le mataba, desquitando así la ira que provocara la noticia. En cambio, se recompensaba al mensajero portador de buenas nuevas.
- Un ejemplo de mensajero fue San Juan Bautista, personaje introducido el domingo pasado. Este fue un profeta admirable que sacudió fuertemente la inercia religiosa de sus contemporáneos y que provocaba entusiasmo al punto que se discutía si fuera algún personaje extraordinario, por ejemplo, el Mesías que habría de venir, o el retorno de Elías, quien fue arrebatado en vida por un carro de fuego y del que se decía que habría de volver poco antes del fin del mundo, o quizás algún otro de los grandes profetas… Pero Juan los desengañaba, negando que él fuese algún prócer del pasado –pero el pasado ya pasó y no se repetirá–. Pero tampoco era aquel personaje que en el futuro “habría de venir”, el Mesías, del que él se presentaba como su simple mensajero, enviado para preparar el camino en el desierto y al que el profeta no se consideraba digno ni siquiera de soltarle la correa de su sandalia.
- Pero volviendo a nuestra historia en Nazaret, el pregonero de aquella tarde leyó con fuerte voz su pergamino. No traía una buena noticia, sino un desagradable mandato: “Por orden de Su Majestad, el emperador Tiberio Cesar Augusto, se ordena la realización de un censo”. Un censo no era como ahora, cuando una simpática señorita se presenta en nuestra casa y algo chismosa, nos pregunta ¿cuántos somos? ¿qué comemos? ¿si tenemos regadera en el baño? y demás. La gente lo recibió con indignación: “¿Para qué querrán contarnos los romanos población?, pues obviamente, para mayor control y gravarnos con más tributo”. Este mensajero, más que anunciar la llegada de alguien, prescribía una salida: el censo aquel prescribía a cada habitante empadronarse en su lugar de origen de la familia. Ya que tanto de José como María provenían de pueblitos de Judea, en la región sur. En efecto, ellos eran de esos emigrantes que respondiendo a la política demográfica de las autoridades, que daban facilidades a quienes fueran a repoblar Galilea, la región del Norte bastante abandonada. Por lo tanto, el decreto les obligaba a emprender un viaje hasta la región montañosa de Judea, sin disculpa ni pretexto. José estaba furioso: ¡un viaje justo entonces, cuando habían solicitado tanto trabajo y bien pagado! Trasladarse de Galilea a Judea, atravesando Samaria era siempre bastante molesto; pero en ese momento era mucho más, cuando justo entonces, el embarazo de su esposa María estaba tan avanzado; pero no había alternativa y se tenía que obedecer. De modo que José encargó sus animalitos a los vecinos (“menos el burrito, ese nos lo llevamos”), y cuando supo que se había organizado una caravana con gente de pueblos vecinos, defendió las ventanas con tablas y atrancó la puerta.
- Los galileos estaban bastante entrenados para viajar hasta Jerusalén, pues por lo menos una vez al año iban al templo a purificarse y pagar su diezmo: adelante iban los patriarcas, orando y cantando himnos; después venían los jóvenes con los camellos; al final, las señoras con la comida y los enseres de cocina, y los niños, correteando de un grupo a otro. Procuraban que la tarde les cayese cerca de algún oasis para pasar la noche. Entonces, los jóvenes iban a abrevar los camellos, mientras los señores armaban las tiendas y las mujeres preparaban el alimento. ¿Cuántas noches pasarían así? Jerusalén distaba de Nazaret unos 100 kms; Belén, otros 20 kms. más. Siendo un pueblo de pastores seminómadas, quizás podrían hacer el recorrido en una semana. La tradición hace durar la peregrinación el novenario. Faltaba ahora que en Belén no hubiera lugar para ellos, con tanta gente que marchaba por lo del censo…
- Y esto fue el origen de las tradicionales “posadas” mexicanas, la forma como los primeros evangelizadores, aquellos grandes frailes franciscanos, nos enseñaron a prepararnos para la Navidad, que este año comienzan mañana. De aquí a Navidad acompañaremos a José y María en la caravana por el desierto: los Santos Peregrinos, con burrito, el angelito y su linterna, quizás con velitas y rezando el rosario. Los versitos tradicionales para “pedir posada” nos hablan de la inveterada indiferencia de la gente para acoger a los emigrantes forasteros que no tienen dónde dormir. Por lo menos esta pareja encontró una cueva para guarecerse del frío. Pero los devotos abrirán gozosos las puertas de su casa, para que en el patio los niños puedan romper la piñata. La piñata clásica tiene 7 picos, que son los 7 pecados capitales. Por turno, los niños pasan con los ojos vendados, pues como la fe, damos palos a ciegas para intentar lograr nuestro objetivo: romper la olla de barro, dura como es nuestro caparazón de egoísmo e indiferencia para los peregrinos de hoy. Es ayudado por los demás niños, que impacientes le dan indicaciones, pues en la vida cotidiana, los hermanos de la comunidad nos ayudan con sus consejos. Finalmente, la olla se rompe y cae la fruta y golosinas con que se había rellenado, y que simbolizan los frutos del Espíritu Santo, las bendiciones que nos caen de arriba, del Cielo.
- El proceso de globalización, conducido por el consumismo secularizante, pervierte las tradiciones, las degrada o las comercializa convirtiéndolas en folklore. El imperialismo cultural impone a todo el mundo las pautas culturales propias de los centros hegemónicos. Así, la Navidad, con sus pinos, nieve y trineos, se impone hasta en el hemisferio sur, justo cuando el verano está comenzando. Las “posadas” se convierten en parte de las fiestas de fin de año, pretexto para francachelas o para finalizar ciclos laborales anuales. Quizás haya algunos elementos de nuestras tradicionales posadas mexicanas que ante la mentalidad de los niños actuales ya no les resultan atractivas. No somos costumbristas. La resistencia cultural de las tradiciones no se da tanto por una vana repetición de costumbres petrificadas, cuanto con la innovación creativa a partir de lo tradicional, con formas nuevas; pero igualmente gozosas, por ejemplo, cantando nuestros villancicos y alguna lectura del Evangelio. Aprovechar estas fiestas para recordar a los sin-techo, a los migrantes y a quienes peregrinan por el desierto de la vida, dejando seguridades y saliendo hacia las periferias en busca de nuevas oportunidades. Esto nos puede ayudar a tener una Feliz Navidad.