Mt 1, 18-24
- Habiéndonos preparado para la Navidad en este novenario con las posadas, la atención se centra ahora en los Santos Peregrinos, María y José. ¿Con quién mejor preparar un nacimiento que con una mujer embarazada que está esperando el parto? A nosotros los varones esto nos resulta difícil imaginar. Dejemos, pues, la palabra a alguna señora que nos comparta aquellos sentimientos que tuvo durante el embarazo de su hijo primogénito [nerviosismo, ansiedad, temor]… pero también con la esperanza de dar vida a un nuevo ser que hará un buen aporte a la humanidad…
- La liturgia de hoy nos habla del momento en que María quedó embarazada. Una doncella que vivía totalmente abierta a la esperanza en la esperanza que Dios había dado al pueblo, de enviarles un Salvador. Su oración siempre era intensa; pero en aquella tarde cayó en arrobamiento. El ángel le anunció que ya había llegado el momento esperado con impaciencia durante tantos siglos, y le anunciaba que sería madre de un personaje que habría de ser llamado “Hijo del Altísimo, a quien el Señor Dios le daría el trono de David su padre, y que reinaría sobre la Casa de Jacob por siempre, y que su reino no tendría fin”. Ya que la espiritualidad de María era la de total disponibilidad a la voluntad de Dios, sintiéndose como su “esclava”. Tan sólo pedía alguna precisión: ella había renunciado a cualquier forma de poder personal, y por tanto le había ofrecido la renuncia de la maternidad, último reducto de poder que tenían las mujeres (todas albergaban el deseo de engendrar a un hijo ilustre), y sabía que esto agradó a Dios; pero cuando el ángel le precisó que “el Espíritu Santo vendría sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra”, expresó, sin fingida humildad, “cúmplase en mí su palabra”. Y en aquel preciso instante, la Palabra de Dios se encarnó en su seno; el Verbo eterno se hizo carne, fue uno de nuestra especie, irrumpió en nuestra historia.
- A partir de ese momento, María, en una “espera esperanzada” preparaba ansiosa al Salvador de la humanidad. Aquí tendremos que distinguir entre la “espera” y la “esperanza”. La lengua castellana confunde ambos términos; pero esto no se da en otras lenguas -en inglés se distingue “to wait” y “to hope”; en francés, entre “attendre” y “spoir”; en italiano, entre “attendere” y “sperare”-. La espera es pasiva (esperamos que llegue el camión, nuestro turno para el dentista, la cita en el café…); mientras que la esperanza es activa (es una bendición posible que guía en cierta dirección nuestros esfuerzos). Esa “espera esperanzada” es similar a la de una madre que aguarda al nacimiento de su primogénito.
- Pero también el varón suele experimentar sentimientos extraños durante el embarazo de su mujer, al saber que será papá de su primer hijo. También los varones tienen palabras qué compartir… [responsabilidad, sacrificios, protección…]. Cuando José notó el embarazo de María y después de que el ángel, en sueños, le reveló el misterio que guardaba su esposa, recordó que según las profecías que se remontaban hasta David y el famoso oráculo anunciado por el profeta Natán “Estableceré después de ti un descendiente tuyo, nacido de tus entrañas y consolidaré tu reino. Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo”. José cayó en la cuenta de que, en efecto, su familia descendía de David y que provenía nada menos que de la davídica ciudad de Belén, sobre la cual profetizó Miqueas: “tú Belén, en territorio de Judá, no eres ni mucho menos la más pequeña entre las aldeas de Judá, pues de ti saldrá un Jeque, el pastor de mi pueblo Israel”). Comprendió que el embarazo de su esposa era divino, y que la Providencia se había valido de él, descendiente del linaje real de David, para posibilitar que el niño de su mujer pudiera llamarse “rey” con toda legitimidad, puesto que los padres adoptivos también heredaban su estirpe… Pero, justo ahora, cuando superada la crisis, ambos esperaban llenos de amor aquel nacimiento milagroso, llegaba el famoso censo… y así los vemos, en amorosa pareja, viajando hacia Belén.