Lc 17, 11-19
- Según la OMS, la salud no es la simple ausencia de enfermedad, sino un equilibrio bio-sico-socio-espiritual. No se puede hablar de alguien totalmente sano, sino que existe un continuum entre dos abstractos, salud y enfermedad. Siendo los humanos una unidad, cualquier trastorno en la salud tendrá consecuencias en todos estos componentes. Ante una situación depresiva, somatizamos en malestares biológicos, o a su vez, alguna enfermedad nos deprime, y al mismo tiempo, en lo social, demandamos atención, y en lo espiritual, oramos, etc.
- Entre tales componentes, lo social importa mucho: el enfermo se siente humillado o bien exige atención y condolencia. Hay ciertas enfermedades que aparte de los dolores y molestias propias de la biología, en determinadas épocas se vuelven estigmas. Así, por ejemplo, en el siglo XX el Sida connotaba homosexualidad (con el estigma ya de por sí discriminatorio hacia dicha orientación sexual), en el siglo XIX fue la tuberculosis, que si bien podía asumir cierto toque aristocratizante, era también enfermedad de cortesanas (recordamos a Naná de Zolá o Violeta, “La Traviata”, en la ópera de Verdi). En el siglo XVIII la sífilis era enfermedad de libertinos y en el siglo XVI, la peste bubónica provocaba el abandono total (se pensaba sumamente contagiosa y mortal) (vid imágenes).
- En el antiguo Israel, el principal estigma lo tenía la lepra (aunque parece que no se trataba propiamente de tal enfermedad, sino de otras manchas blancas en la piel): Algo terrible el ver cómo en vida se va pudriendo la carne, y que además de pensarse como sumamente contagiosa, se creía castigo por una vida de pecado y producto de la posesión de algún mal espíritu. Había, por lo mismo, muchas restricciones para los leprosos, comenzando con el ostracismo (expulsión de la comunidad social), y se les obligaba a colgarse al cuello alguna campanilla, para que los pastores al escucharla huyeran despavoridos. Como es de imaginarse, fuera de los poblados los leprosos la pasaban mal. Alguna persona compadecida les dejaba en los cruces de caminos, sobre una piedra, algún mendrugo de pan o un cántaro de agua. Para protegerse, solían agruparse en bandas.
- Por tales discriminaciones fue que aquella banda de leprosos, al ver a Jesús le imploraron compasión “desde lejos”, evitando su proximidad. En otra ocasión, Jesús tocó a un leproso, acción que lo volvía impuro; pero que entonces purificó al enfermo. Ahora, desde lejos, simplemente los envía al sacerdote. Los sacerdotes de entonces tenían, entre sus funciones, la del encargo sanitario, y en un caso poco probable de curación, el certificado que ellos expedían les daba derecho de reincorporarse a la sociedad.
- La sanación que Jesús daba, no era tanto consecuencia de su poder cuanto de su inmensa compasión (“se le removían las entrañas” ante el dolor del enfermo). Su sanación, por tanto, era integral: además de la cura biológica de la lepra, dignifica la sicología del enfermo, quien se sentía liberado del mal espíritu y por tanto, limpio ante sus ojos antes que ante los del sacerdote. En lo social, reintegra al leproso a la convivencia de su pueblo, con derecho de participar en la Sinagoga. En lo espiritual, le restablece una relación agradecida, mutando su fe en aquel Padre compasivo y misericordioso, digno de alabanza.
- Los seguidores de Jesús no tenemos -como Él- poder de sanación biológica de tales enfermedades; pero podemos atender a los otros elementos: potenciar su autoestima, liberarlos de sentimientos de autodenigración y culpa para que pueda verse a sí mismos con otros ojos, mitigar esa parte sicológica del dolor al compartirlo (“com-pasión”), reinsertarlo en la convivencia, combatir los estigmas sociales (aunque corramos el riesgo de soportar nosotros mismos dicho estigma) y hacer ver la enfermedad como la ve Dios, que sufre con el enfermo (aunque no suela hacer “milagros” individuales a encargo), pues la enfermedad, padecida con fe, se vuelve un medio corredentor para la humanidad. Actuando en estos componentes sico-socio-espirituales, muy probablemente el enfermo mejorará en lo biológico.
- La consecuencia final de este proceso es “santificar el nombre de Dios” y provocar una alabanza agradecida, como aquel enfermo, doblemente discriminado -por ser leproso y por ser samaritano-, o como Naamán, el sirio, quien al ser curado simplemente con el baño en las aguas del Jordán, por recomendación de Eliseo, le levantó en su tierra un altar al Dios de Israel.