Lc 18, 1-8
- Hace unos 20 días, más de mil huicholes de Jalisco se trasladaron a unos predios en Nayarit que les fueron arrebatados en la primera mitad del siglo pasado. Desde hace 10 años han venido sosteniendo un pleito legal, y por fin obtuvieron un fallo favorable para una parte de lo reclamado. Este hecho es una muestra de cómo funciona la justicia legal en nuestro país: la prepotencia del dinero y de las influencias consiguen despojar de manera violenta bienes de los pobres (las tierras comunales indígenas) o los bienes comunes, pues la justicia es lentísima e ineficaz. Otro caso es el de esos gobernadores que ven el dinero del erario como bien patrimonial personal, y los subterfugios y vericuetos legales empantanan la causa en procesos larguísimos o que a lo más tengan que pasar por un rato de vergüenza pública que pronto se olvida.
- Ante esto, la estrategia de resistencia mostrada por los indígenas es su terca paciencia, insistiendo sin fatiga la reclamación de sus derechos. Esta actitud de los indígenas la podemos ver en Juan Diego mismo, quien supo esperar pacientemente en la antesala del obispo para que le diera audiencia y cumplir así la voluntad de la Virgen. Signo de madurez cívica de los movimientos sociales es la perseverancia en la exigencia de justicia, que no se cansan exigiendo verdad y justicia (“2 de octubre no se olvida”, los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa).
- Jesús nos presenta hoy uno de estos casos emblemáticos, el de una viuda (condición de máxima vulnerabilidad en aquel rígido patriarcado), víctima de un agravio, sumado a la venalidad de una justicia –ya desde entonces- que no se mueve si no es “aceitada” por la corrupción. Pero la insistencia de aquella mujer logró que el juez -ya para quitársela de encima y que no estuviera fastidiando- accedió a darle curso a su justa petición.
- En las parábolas, hay que tener cuidado para distinguir el objeto de la enseñanza, de aquellos elementos parabólicos con que se la ilustra: Jesús toma curiosamente este ejemplo para ilustrar la “necesidad de orar siempre y sin desfallecer”. Solemos nosotros construirnos imágenes antropomórficas de Dios (hacer a Dios “a nuestra imagen y semejanza”). Sería horrible confundir la necesidad de constancia y perseverancia que debe tener nuestra oración, de la presuposición de un Dios que se hace el sordo a nuestras peticiones, que se requiere estarlo moliendo para convencerlo de que nos escuche, al menos para que no lo fastidiemos.
- Dios es bueno y compasivo y sabe de antemano lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos. Justamente por ello, su Providencia se manifiesta en la Creación misma, que se rige por lo que llamamos “leyes de la naturaleza”, por medio de las cuales guía y posibilita admirablemente los procesos de la vida. Por tanto, no va a quebrantar tales leyes a las demandas caprichosas de sus devotos que le piden “excepciones”, pues esto equivaldría al caos total. A veces incluso pretendemos sobornarlo, por ejemplo, prometiéndole encender cada día una veladora durante un mes, para que acceda a concedernos tal o cual favor. Peor aún, a veces lo agraviamos, creyendo que si nos ve sufrir, nos tendrá compasión, y así, nos vamos descalzos o de rodillas a su santuario, suponiendo que si nos infligimos sufrimientos suplementarios se compadecería más (como aquellos limosneros que ponen vidrios en el piso del metro y sin camisa, se azotan contra ellos, para que la gente les pague por verlos sufrir).
- Tampoco se va a atar, en actitudes mágicas, a oraciones “eficacísimas”, que bastaría leerla todos los días de un novenario, en ayunas, para obtener indefectiblemente nuestros deseos. O como los hebreos ante la oración de Moisés en la guerra contra los amalecitas, que viendo que perdían cuando su líder bajaba los brazos, recurrieron a sostenérselos en alto.
- La insistencia en la oración no es para Dios (Él no necesita de nuestras oraciones), sino para nosotros A lo que Jesús nos invita es a mantener esa actitud que los místicos llamaban “la presencia de Dios”; custodiar permanentemente el sentido del Misterio, atentos a Dios a lo largo de nuestras actividades cotidianas, pues nuestra vida se volverá más conciente.