El nacionalismo criollo
En las postrimerías del siglo XVIII, como vimos, en la Nueva España la población se agrupaba según el régimen de castas (mezclas raciales). Las dos razas primordiales se encontraron -por la guerra y por el amor- en el mismo territorio: la raza española y la “india”. La primera distinción se dio entre los españoles nacidos en España (“peninsulares” o “gachupines”), y los españoles nacidos en estas tierras (los “criollos”). Estos últimos, habían realizado la conquista, echaron a andar las primeras empresas (obrajes, minería, ingenio), se habían enriquecido -utilizando mano de obra casi gratuita-, se habían arraigado en el territorio y lo amaban ya como propio. Se sentían ser parte de un nuevo país, con recursos suficientes para una autonomía. La política administrativa de los borbones sacaba numerosos recursos para sostener costosas inútiles guerras o para decorar suntuosamente templos y edificios. La abundancia de oro y plata de América colonial fue tal, que provocó una devaluación mundial. Estos metales, extraídos de las colonias de todo el mundo en el siglo XVI, fue de tal magnitud, que constituyó el capital originario que necesitaba la industria capitalista europea para echar a andar la industria.
A los criollos les exasperaba que la Metrópoli tuviera preferencia por los peninsulares -los españoles recién llegados de la Península-, quienes desconocían la realidad novhispana, por lo que aquellos se sentían con más derecho. Les molestaba que todos los principales cargos -tanto civiles como eclesiásticos- los tuvieran los peninsulares; mientras que ellos tenían que contentarse con cargos subordinados. España recelaba de los criollos, pues entre ellos surgían tentaciones autonomistas; se sentían discriminados y humillados.
La confrontación no era sólo cuestión política, sino que existía una discriminación cultural. Los europeos en general despreciaban a la España católica, y estigmatizaron al Continente, con actitudes de desprecio por el territorio, por su fauna, su flora y sus habitantes. Intelectuales, incluso de elevada talla, participaron de estos estereotipos. Buffon, por ejemplo, criticaba la fauna del Nuevo Mundo: los avestruces, que como es sabido, sus patas tienen sólo dos dedos, aquí son enanos y tienen cuatro dedos (los “guajolotes”). Su desprecio llegaba a los habitantes del Nuevo Mundo: Hegel decía que los indios eran tan indolentes, que los misioneros tenían que tocar la campana para recordarles a los esposos sus deberes maritales (!). Ese desprecio alcanzaba también a los criollos. Pensaban que el clima tropical los hacía también sensuales y apáticos. Otro factor a tomar en cuenta es que a América llegaban los hijos “segundones” (los “primogénitos”, quienes recibían en herencia el mayorazgo y el encargo de cuidar de las necesidades de sus hermanos), eran quienes solían quedarse en España. Se les hacía menos, por lo que querían demostrar que eran tan refinados como a quienes se quedaban en la Península, de ahí el barroquismo de Sor Juana Inés de la Cruz o de D Luis de Góngora. A todo esto, se sumaba cierto resentimiento católico ante la expulsión de los jesuitas, cuya expulsión perjudicó la educación y las misiones. Entre los jesuitas expulsados del Reino español, estaban dos criollos intelectuales -Alegre y Clavijero- quienes desde el exilio reivindicaron y dignificaron estas tierras.
Oriundos de este suelo, los criollos, trataban ya de conseguir cierta autonomía respecto a la Metrópoli, y aspiraban a constituir un nuevo país soberano. Para ello, necesitaban una identidad nacional, acorde con la gestación de los nacionalismos en Europa. Para ello, se volvieron hacia la población nativa -los “indios”-; aunque se trataba de “indios muertos” -los héroes (Cuauhtemoc, Moctezuma, Tezozomoc), de quienes con orgullo se sentían descender culturalmente -. Parta esto, los elevaban al rango de clásicos. Pero más que esto, encontraron su signo de identidad en un elemento sobrenatural, con el que obtenían una elección cuasidivina: la Virgen de Guadalupe. Desde entonces, podemos ver en la puerta misma que da acceso al atrio de la Basílica de Guadalupe, la inscripción con palabras del salmo 147, 20: “Non fecit taliter omni nationi” (“no hizo cosa igual con ninguna otra nación”)
Fray Servando Teresa de Mier
Un claro ejemplo de este ambiente lo tenemos en un sermón. El predicador fue un criollo dominico, Fray José Servando Teresa de Mier y Noriega y Guerra OP. Nació en Monterrey N.L. el 18 de octubre de 1765 y falleció en diciembre de 1827. Era conservador, del viejo régimen. Había hecho una oración fúnebre por Hernán Cortez y había predicado contra la decapitación del rey Luis XIV, de Francia; pero ya que era joven, inquieto y algo vanidoso, el Ayuntamiento de la Ciudad de México -integrado por criollos-, le pidió que predicara en la Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, nada menos en su magna fiesta, el 12 de diciembre de 1794. Le sugirieron, además, que visitara al Dr. Burundi, que tenía algunas ideas novedosas e interesantes, quien le expuso su tesis sobre Guadalupe.
Esa tarde, Fray Servando visitó algunas familias prominentes, preguntándoles cómo les había aparecido el sermón, y no noto signos de escándalos, por eso se fue a dormir al convento. Pero al día siguiente, al levantarse, notó que el arzobispo Alonso Núñez de Haro le había puesto en su celda un candadote. Le pidió que le entregara su sermón original; pero como él ya lo había roto, le pidieron que lo reescribiera lo más fiel posible, para que fuese examinado por dos censores eclesiásticos. Con el dictamen de los censores, y dado que el predicador había empezado su sermón, diciendo que esperaba que sus ideas ayudaran a la devoción guadalupana; pero que, en caso de haber dicho algo incorrecto, estaba dispuesto a retractarse. Gracias a esto, el obispo sólo de castigó prohibiéndole, predicar, enseñar como profesor y confesar, y lo desterraba a pasar 10 años en España. Lo mandaron a la prisión de San Juan de Ulúa, mientras llegaba un barco que fuera a la Metrópoli.
A estas alturas del relato, seguramente querremos saber lo escandaloso que dijo en su sermón. En él afirmaba que la Virgen de Guadalupe no se le había aparecido a Juan Diego, sino al apóstol Santo Tomás (la tradición decía que había ido hasta la India, y Colón creyó que había llegado allá). Fray Servando dijo que el apóstol fue venerado nada menos que con el nombre de Quetzalcóatl. Por tanto, sería Santo Tomas quien trajo el cristianismo a esta tierra; pero los indios apostataron y trataron de destruir el manto, por lo que los cristianos lo escondieron. Lo que le reveló la Virgen a Juan Diego fue el lugar preciso donde estaba el antiguo manto con su imagen. Fray Servando prueba su tesis con algunas etimologías (San Agustín recomendaba el conocimiento de las lenguas nativas para estudiar las creencias de pueblos desconocidos): por ejemplo Huitzillopochtli es nada menos que Jesucristo (“huitzo” es espina; “llopochtli” es “costado”, o sea, “el Señor de la llaga en el costado”; Tomatlán sería “el lugar de Tomás”; pero los censores lo corrigen: Tomatlán es “el lugar de los tomates”, de modo que el predicador confunde al apóstol en un tomate; “Coatepec = “sierra del Mellizo”, como se conocía a Sto. Tomás). Independientemente de la veracidad de las apariciones guadalupanas (de hecho, el obispo, como los españoles en general, no creían en dichas apariciones), la tesis resultaba políticamente peligrosa, pues la justificación que tenían los españoles para estar en el Nuevo Mundo era que habían traído la fe verdadera. Pero si la fe ya existía, y había sido traída nada menos que por un apóstol, se estaría ablando de una “Iglesia-madre”, fundada por un apóstol, como era España con el apóstol Santiago: La Virgen, en carne mortal, había legado un objeto para ayudar a la evangelización de un territorio, era nada menos que el mismo esquema que la creencia de España, con el pilar de Zaragoza dado a Santiago. Y, por lo tanto, si la fe ya existía en este lugar, los españoles tendrían que retirarse de allí.
En España, después de un tiempo de encierro en un convento de Cádiz, los frailes dominicos del convento de Nuestra Señora de las Caldas, en Santander, lo recibieron muy bien, y lo pusieron en contacto con la Academia de Historia de Madrid, que estudió el caso. El dictamen fue que no hallaron nada contrario a la fe y costumbres. Lo que sucedía, era que el obispo no era “ilustrado”, y Fray Servando sí; pero por prudencia, no llegó a cuestionar las apariciones, sino sólo les dio otra interpretación histórica. Pero que, más valía quedarse en España, al menos ocho años, que eran m´s o menos, los años que faltaban para cumplir el castigo.
A Fray Servando no le pareció ese dictamen, por lo que se fugó del convento, incorporándose a una banda de contrabandistas para pasar la frontera a Francia. Allí se encontró con el preceptor de Simón Bolívar y otros libertadores de América y fue radicalizando su pensamiento. Luego, en 1817, se incorporó a la expedición de Javier Mina para apoyar la causa de la independencia en México, desde la frontera norte; pero fue capturado y enviado como prisionero nuevamente a San Juan de Ulúa, donde aprovecho para escribir sus “Memorias”, en las que rectificaba su posición, asumiendo la de la Real Academia de Historia (no creía en las apariciones; pero por prudencia les dio otra interpretación).
Entre tanto, Hidalgo, había iniciado la guerra en favor de la Independencia, tomando como estandarte a la Guadalupana. Cuando, en 1821, terminó la guerra y se integró el Congreso Constituyente, Nuevo León nombró como representante al mismo Fray Servando, sacándolo de la prisión veracruzana. Llegó a la capital de México, y ya le habían metido en la cabeza que lo habían nombrado obispo de Baltimore, así que con dicho atuendo hizo su entrada triunfal en el Congreso, cuya primera sesión estuvo presidida por una imagen de la Virgen de Guadalupe tamaño original, donada por la Real Colegiata de Santa María de Guadalupe. El Congreso lo recibió con un aplauso y le pidió que hablara el “campeón de la guadalupana”. Fray Servando, quien para entonces ya había confesado no creer en la guadalupana, hizo un panegírico protocolario a la Virgen, por las mismas razones políticas que el obispo peninsular Núñez de Haro, quien tampoco creía en ella, le había condenado. La última vez que se vio su cadáver, convertido en momia, fue en una exhibición en un circo.
La abdicación de Fernando VII
Entre tanto, España pasaba por una situación que fue coyuntura favorable a los intereses novhispanos. El espíritu democrático de la Revolución Francesa derivó en la monarquía absolutista de Napoleón Bonaparte. En sus afanes imperiales se malquistó con el Imperio Británico. En el Tratado de Aranjuez (1801), Francia había conseguido la alianza de España, por lo que cuando los británicos decretaron un bloqueo económico al Continente, la Península Ibérica resultó afectada. Napoleón invitó al rey de España, y con argucias, lo retuvo en Francia entre marzo y mayo de 1808, obligándolo a abdicar, en Bayona 1808. España se negó a reconocer la abdicación del rey, ya que se había dado en condiciones de secuestro, por lo que quedaba vacante el trono. Poco antes, el 18 de octubre de 1807, José Napoleón (Napoleón III o “Pepe Botella) había invadido España, en tanto que Fernando VII, desde Francia, ordenó que en su ausencia se colaborara con los generales galos; pero los españoles no acataron su mandato, anunciado desde el cautiverio. El pueblo se insubordinó. Los franceses se encontraron con la heroica defensa de los españoles, quienes el 2 de mayo de 1808, se organizaron en guerrillas, apoyados por el Reino Unido y Portugal. Ante este vacío de poder, en España se constituyó la Junta General de Gobierno… hasta que, finalmente, gracias al Motín de Aranjuez en 1814, España venció sobre los franceses y José Napoleón fue expulsado.
Entre tanto, durante las “guerras napoleónicas”, España consideraba que, en situaciones similares, la Ley preveía que la autoridad recayera sobre los ayuntamientos provinciales; y considerándose la Nueva España como una Provincia más del reino, lo lógico era que la autoridad suprema recayera sobre el Ayuntamiento de la Ciudad de México. A esto se oponían los peninsulares (“aunque en España quedaran sólo cuatro gatos -decían-, la Nueva España a esos gatos tenía obligación de obedecer”). La situación en la Nueva España era de crispación y exasperación, por lo que el Virrey Iturrigaray empezó a dar los primeros pasos para una transición ordenada hacia la Independencia; pero la Real Audiencia y el poderoso Consulado de Comerciantes de Cádiz se opusieron, destituyeron al virrey y en su lugar nombraron al anciano Pedro Garibay, quien poco después tuvo que renunciar, nombrándose entonces, en su lugar, al arzobispo Lizama y Beaumont.
Aquí El ambiente se caldeaba. Por todos lados se organizaban conspiraciones, juntas y tertulias, para ver qué hacer. En la mayoría de estas no se hablaba de independencia, sino del retorno del rey Fernando VII. Una de ellas, la conjura de Valladolid, en 1809, pedía que la Nueva España fuese gobernada por una Junta; pero, aunque fue descubierta, se les perdonó. Finalmente, España resolvió que, mientras se aclaraba la situación, la Nueva España dependiera directamente de la Junta de Sevilla, pese a lo cual, las exigencias de mayor autogestión criolla seguían avanzando. Una de tantas conspiraciones se descubrió en Querétaro, en la que estaban implicados nada menos que el Regidor mismo, Don Miguel Domínguez y Dña Josefa Ortiz, su esposa. También estaban en ella los generales Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Abasolo; pero, sobre todo, el cura de Dolores, D Miguel Hidalgo, quien en ese día no estaba presente, ya que su parroquia celebraba la fiesta patronal de la Virgen de los Dolores.
Miguel Hidalgo
Por su capacidad de liderazgo y por su amistad con el Gral Riaño y con el obispo Abad y Queipo, la conspiración pensó avisarle al cura con urgencia. La leyenda cuenta que Dña. Josefa, la Corregidora, quien había sido encerrada en su cuarto de arriba para no implicarla, supo lo que sucedía, y escribió una carta con su propia sangre, y con el tacón llamó a un criado de confianza y le deslizó la carta con el encargo de llevarla urgentemente al Gral. Allende, con un caballo que hizo la proeza de entregarla muy pronto.
El Cura de Dolores se llamaba Don Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor. Nació en la hacienda de Corralejo (Penjamo, Gto), el 8 de mayo 1753. Era criollo, hijo de españoles. Era hombre de mundo: había leído a Moliére (puso en escena una de sus dramas), a Virgilio y a Cicerón; buen bailarín y amante de las tertulias. Hablaba el náhuatl y el purépecha. Fue profesor del Colegio de San Nicolás (el seminario de Valladolid, hoy la “Universidad Nicolaíta”) y desarrollaba una teología libertaria, similar a lo que más tarde se conocería como “Teología de Liberación”
En el momento de la Independencia tendría unos 57 años. Tenía capacidad de liderazgo e inquietudes sociales. Se rumora que había tenido una hija, Manuelita; pero según parece, fue más bien una treta de la muchacha para lograr la pensión que se daba a los héroes fallecidos. Como cura de Dolores, echó a andar obras sociales de apoyo a la economía de los vecinos, tales como cajas de ahorro y cooperativas de producción.
| La tarde del día 15 de septiembre, terminado un acto de piedad con motivo de la fiesta, recibió a sus amigos, Miguel Allende y Aldama. Les invitó un chocolate; mientras se paseaba por la sala en silencio. Finalmente, se mandó dar un des usual repique de campana a horas desacostumbradas, y cuando se reunió buen grupo de vecinos, Hidalgo dio su famoso “grito.” La historia popular recompuso las “vivas”, muchas inventadas. |
Las que parecen más reales fueron: ¡Viva la religión! ¡Viva Nuestra Madre Santísima de Guadalupe! ¡Viva Fernando VII!, ¡Viva América!, ¡Muera el mal gobierno! (es probable que no se haya gritado; “Mueran los gachupines”). La muchedumbre lo aclamó, se abrieron las cárceles y se liberó a los prisioneros, los cuales se sumaron a la causa; la gente fue por lo que podía ser utilizado como arma, y se formó una turba desorganizada, ávida de saqueos y de matanzas. Tomaron Acámbaro, Atotonilco y Guadalupe. En Guanajuato, el Gral. Riaño (antiguo amigo de Hidalgo y ahora, su implacable enemigo) se había refugiado en La Alóndiga de Granaditas, donde se guardaba el parque. La leyenda habla de un hombre del pueblo, “el Pipila”, quien, con una antorcha y una losa a la espalda, puso fuego a la puerta. Siguió hacia Valladolid, donde se enfrentó a José María Callejas, exvirrey y ahora su principal enemigo. Los insurgentes llegaron al monte de Las Cruces, no lejos de la ciudad virreinal de México. Hidalgo había decidido tomarla; pero, en ese momento, le entró el temor de no poder controlar a la muchedumbre y la violencia y los saqueos fuesen excesivos, por lo que prefirió dar media vuelta y dirigirse hacia el Norte. Nuevamente se enfrentó a Calleja y el 7 de noviembre de 1810, fue derrotado en Aculco y en Puente Calderón. Intentó huir a Texas; pero el 21 de marzo de 1811, cayó en la trampa que le tendió el traidor Ignacio Elizondo, en Acatita de Baján, donde fue capturado después de casi seis meses de iniciada la revuelta. Fue llevado prisionero a la ciudad de Chihuahua, donde fue juzgado por la Inquisición, la cual, le aplicó la degradación canónica (reducción al estado laical), siendo fusilado el 30 de julio del mismo año.
José María Morelos y Pavón
Era un mulato, arriero, y había sido alumno de Hidalgo. Se ordenó sacerdote y lo nombraron cura de Carácuaro, Mich. Organizó la segunda etapa de la guerra. Se puso a la orden de Hidalgo, quien lo envió a “incendiar el Sur” (Oaxaca). Siempre se consideró como “el Siervo de la Nación”.
Fue mejor militar que Hidalgo; organizó la tropa, convirtiéndola en ejército. Se enfrentó a los realistas en Cuautla, donde después de 72 días de sitio, obtuvo una gran victoria.
Morelos organizó el Congreso de Anáhuac, que fue el primer cuerpo legislativo de la historia mexicana, cuyas sesiones tuvieron lugar en Chilpancingo durante septiembre y noviembre de 1813. El Congreso fue aprobado en Apatzingán, el 22 de octubre de 1814. La conclusión se considera uno de los textos políticos mexicanos más importantes de la historia: «Los Sentimientos de la Nación».
El día 22 de diciembre del año 1815, el general realista Manuel de la Concha capturó a Morelos en las cercanías de Tehuacán. Fue fusilado en San Cristóbal Ecatepec, cuando ya se había dictado la sentencia, por parte del virrey de Nueva España y enemigo número uno del cura, Don Félix María Calleja.
Vicente Guerrero
Desde 1810, Vicente Guerrero se había unido a las tropas de José María Morelos. Cuando murió Morelos, Guerrero continuó luchando en el sur de México. Venció en la batalla de Cerro de Barrabás (1818), pero sufrió una grave derrota en Agua Zarca (1819). Se mantuvo rebelde y fue perseguido por Agustín de Iturbide, quien, al no poder derrotarlo, le ofreció un pacto. El 24 de febrero de 1821 firmaron el «Plan de Iguala», en el cual declararon la independencia mexicana. (abrazo de Acatempan). Iturbide logró atraerse a las diversas tendencias insurgentes, por medio de las tres garantías: “Unión-Religión-Independencia”. De estas, la “unión” era contra los desórdenes y violencia de Hidalgo. Las tropas unidas hicieron su entrada triunfal en la Ciudad de México el 27 de setiembre de 1821.
Vicente Guerrero apoyó a Iturbide como primer Emperador de México, pero al poco tiempo se rebeló contra él para unirse al general Santa Anna que luchaba por implantar la República. Cuando cayó Iturbide, Guerrero apoyó al primer Presidente de México, Guadalupe Victoria. En abril de 1829, llegó al Gobierno, pero su mandato solo duró ocho meses, ya que el mismo año se le sublevó su vicepresidente Anastasio Bustamante. Durante su breve gobierno abolió la esclavitud del 15 de setiembre de 1829. En enero de 1831, Vicente Guerrero cayó en manos de sus enemigos y fue fusilado el 14 de febrero de 1831, en Cuilapam, Oaxaca.
Consumación de la Independencia
En España se había promulgado la Constitución de Cádiz de 1812, de cuño liberal; aunque reconocía el monopolio religioso de la Iglesia Católica (ya desde Morelos en “Los Sentimientos de la Nación”). Entre 1814 y 1820 se removió y se volvió a promulgar tres veces. El rey Fernando VII regresó a España en 1814 y abolió la Constitución liberal; pero fue presionado y, al recuperar el trono, la firmó en 1820. En ella se reconocía la autonomía del país. Todavía el rey alcanzó a proveer de obispos a algunas diócesis vacantes. En Michoacán gobernó el obispo Abad y Queipo y en la Ciudad de México, el obispo de Oaxaca, Antonio Bergoza. Puso, además, en manos criollas las diócesis de Durango y de Puebla.
Constitución liberal; pero fue presionado y, al recuperar el trono, la firmó en 1820. En ella se reconocía la autonomía del país. Todavía el rey alcanzó a proveer de obispos a algunas diócesis vacantes. En Michoacán gobernó el obispo Abad y Queipo y en la Ciudad de México, el obispo de Oaxaca, Antonio Bergoza. Puso, además, en manos criollas las diócesis de Durango y de Puebla.
La Independencia de México sí se había logrado; pero sobre bases insanas. En aquel “abrazo” final triunfó el oportunismo. Las élites novhispanas apoyaron la independencia, no por convicción, sino para conservar sus intereses, de modo que el nuevo Gobierno fue constituido como régimen imperial, según la ideología conservadora. La Iglesia católica no fue puesta en tela de juicio, de modo que los liberales quedaron con poca fuerza. En Europa, el Imperio Napoleónico se desmoronaba y ante su decadencia, algunas potencias europeas conservadoras abolieron la Constitución de 1812 y lograron restaurar nuevamente la monarquía. En un Congreso en Viena (que duró 10 meses), los reyes de Rusia (ortodoxa), Prusia (luterana) y Austria (católica), formaron la “Santa Alianza”. Se proponían restaurar el Antiguo Régimen monárquico, contra los principios revolucionarios y se repartieron su influencia en varios territorios (España, Italia y Austria).

La Iglesia durante la Guerra de Independencia
Al consumarse la Independencia, todas las instituciones coloniales quedaron acéfalas, puesto que todas las decisiones las tomaba directamente la Metrópoli. Con Iturbide, la religión católica no fue puesta en tela de juicio (desde Molrelos, en “los Sentimientos de la Nación). El Vaticano no vio con buenos ojos la Independencia, y se publicaron dos encíclicas en su contra: el Papa León XII, la encíclica “Etsi iam diu”,en 1824. Esto hizo declarar al célebre intelectual Luis Espino: “…lance el Vaticano anatemas, expida breves conminatorios, fulmine censuras y alcance hasta nuestra quinta generación el furor del antiguo capitolio. Nuestra independencia es tan justa que razones bien poderosas la convencen”. (Spes in Livo, 1825). Sólo hasta 1836 la reconoció. La principal resistencia estaba en el reconocimiento del Real Patronato colonial, pues no estaba claro si el acuerdo se había concertado con el Rey o con España, pues de esto dependía su vigencia. Los independentistas exigían la continuación del Patronato.
