El 11 de septiembre de 2021 fue el 50 Aniversario del magno festival-concierto que tuvo lugar en Avándaro. Los numerosos eventos y publicaciones difundidas con tal motivo, dan cuenta de su importancia, la cual ha crecido en estos cincuenta años. Había una necesidad sentida -al menos, por la generación que lo vivimos- de hacer una conmemoración. En efecto, “con-memorar” (del latín “memorare-cum aliis”= hacer memoria con otros) es algo más que el mero “recordar”: los recuerdos son fragmentados, dispersos, reconstruidos; mientras que la “memoria”, sobre todo cuando es compartida, unifica, interpreta y es fuente de enseñanza para el presente. Así pues, este texto es una aportación para mis contemporáneos -los más jóvenes tenían entonces unos 20 años y hoy son septuagenarios-, para que a distancia comprendamos mejor aquella vivencia inolvidable. Pero, sobre todo, dedico el texto a los jóvenes actuales, que seguramente escucharon algo al respecto; pero que no le prestaron mayor atención.
I ANTECEDENTES.
Los sociólogos concuerdan en que en los años 60’s, la juventud irrumpió como “sujeto histórico”. Antes de aquellos años, los jóvenes eran simple prolongación de las generaciones precedentes y repetían el libreto de sus antecesores. Pero en estos años se dio una ruptura generacional de ideas y de valores. El sector de mayor ruptura lo hizo mediante dos reivindicaciones diferentes, la primera, político-económica, y la segunda, cultural (o mejor, “contracultural”).
- Las dos protestas.
- La protesta política, en Latinoamérica, se dio en el contexto de fines de la “guerra fría”, con su anticomunismo prejuicioso. Se despertaba la conciencia de los abusos y del intervencionismo de los Estados Unidos, y se expresaba como rechazo al “antiimperialismo yankee” (en el viaje realizado por el presidente Nixon por Sudamérica, estando en Panamá, le volcaron su coche). Para tranquilizar los ánimos, Norteamérica propuso una fórmula congraciadora, el “Desarrollismo”. Pensado desde el evolucionismo sociológico lineal, la palabra suponía que todos los países, necesariamente, deben pasar por determinadas etapas económicas: pobreza- subdesarrollo – etapa de “despegue” y, finalmente, el desarrollo. El presidente John F. Kennedy, el 13 de marzo de 1961 propuso la “Alianza para el Progreso”, un programa generoso, de $20,000 mdd de ayudas sociales y políticas para diez años. Sin embargo, un grupo de sociólogos latinoamericanos de muy buen nivel, impulsados por la CEPAL de Raúl Prebisch (Anibal Quijano, Enzo Faletto, Theotonio Dos Santos, André Gunder Frank, Ruy Mauro Marini, Celso Furtado, etc.), evidenciaron el sofisma de dicha propuesta. Para Latinoamérica era imposible salir del subdesarrollo, puesto que las relaciones con Estados Unidos eran de dependencia (apropiación de los recursos naturales, comercio desigual, etc.). DE modo que por cada dólar que entraba al subcontinente como “ayuda”, salían $13 dls como ganancias de sus trasnacionales. Cuba estaba demostrando que era posible implementar una forma de socialismo en el patio trasero del Imperio mismo, y el Che Guevara difundía por los países del sur del Continente los Movimientos de Liberación Nacional, sobre todo, en los medios universitarios.
- En México, el modelo económico implementado después de la Revolución Mexicana -el “desarrollo estabilizador” (crecimiento sin inflación y sin endeudamiento)-, fue exitoso, y entre sus logros estaba la formación de una numerosa clase media, protegida y cuidada (profesionistas, burócratas, maestros). Pero a principios de los años 60’s, dicho modelo se estaba agotando. Esto se agravó con la revolución tecnológica de los electrodomésticos (refrigeradores, estufas de gas, lavadoras, licuadoras, etc.), que juntamente con las compras a crédito (Sears Roebuck), fomentaban el consumismo entre las clases medias, al mismo tiempo en que estas experimentaban la disminución de su poder adquisitivo, lo cual se traducía en frustración, especialmente entre los jóvenes. El Partido en el poder perdía legitimación y consenso, por lo que la represión quedaba como la única alternativa. Esto ya se había visto en el régimen de Adolfo López Mateos, con la contención de los movimientos ferrocarrileros, magisterial y médicos; pero creció más con Gustavo Díaz Ordaz. El descontento clasemediero del medio universitario se desencadenó por un motivo baladí -un pleito callejero entre porristas de escuelas de nivel medio superior (IPN Y UNAM)-, reprimido con violencia excesiva, lo que ocasionó que las partes contendientes se uniesen contra de los granaderos, y el movimiento fue creciendo y extendiéndose entre universitarios de varios Estados, con la participación de maestros y de algunos sectores de la población, sofocado bárbaramente con la masacre en Tlaltelolco, el 2 de octubre de 1968, y su réplica con el “halconazo” del 10 de junio de 1971.
- La contracultura fue otra forma de protesta, paralela a la protesta política. La conciencia racista norteamericana había sido sacudida por la exitosa lucha por los derechos civiles de la población negra; pero sufrió un duro golpe con el asesinato del líder pacifista. La frustración mostraba que la “No-Violencia-Activa” había fracasado, por lo que sólo quedaba la vía violenta. Los “Black Panters” negros incendiaban y robaban tiendas; pero esa inconformidad contra el “Stablishment” (en México se le llamaba “El Sistema”) también se daba entre los jóvenes blancos, obligados a reclutarse para la absurda Guerra contra Vietnam. Era difícil aceptar que la Seguridad Nacional de Estados Unidos fuese amenazada por aquel pequeño y pobre país asiático; pero allá. A los jóvenes norteamericanos se les obligaba a morir y a matar. El boxeador Clasius Clay quemó su cartilla militar y la movilización por los derechos humanos prendió entre los jóvenes blancos, pacifistas que se oponían a la Guerra de Vietnam. Donde se manifestó mejor esta expresión fue en la música de “protesta”, popularizándose pronto las canciones “country” de Bob Dylan, Jean Baez y de “Peter, Paul & Mary”. La música de los negros ya valorada en muchos sectores, era hasta entonces la música de los esclavos de los campos algodoneros, que cantaban su sufrimiento (el blues, el soul, el Gospel, Spiritual, jazz); pero ahora se reemplazaba por el ritmo más violento del rock, salido de las rockolas de los guetos negros. Elvis Presley lo entregó a la juventud blanca, y entonces, chicas y chicos se deslindaron de la música de Frank Sinatra y aprendieron a bailar moviendo su pelvis como el cantante, no sin escándalo de sus padres, inconformes con esos contoneos “indecentes”.
Una década atrás, la postguerra había dejado su huella entre en algunos jóvenes que tenían los nervios a flor de piel: era la “beat generation”, ansiosa de una vida intensa. Muchachos que cruzaban su país, de costa a costa, en coches destartalados, para leer sus poemas a los amigos. Escribían una literatura cínica y agresiva, tenían libremente sexo y consumían las drogas más fuertes: Ginsbourg lanzó su “Aullido” (“he visto las mentes más lúcidas de mi generación perdidas en la locura”, Jacques Kerouak hablaba de los “subterráneos”, y narraba lo que sucedía “En el Camino” (“debemos viajar pronto, sin parar” -¿Pero a dónde vamos? -No importa dónde; pero debemos viajar”); William Bourrough describía espantosos testimonios de situaciones de excesos de droga, aprovechando el “interreino” (lagunas donde se permitían estas drogas).
En Europa, la postguerra provocó un trauma en la población. En Alemania, país perdedor, la desilusión pasó a la filosofía como “decadencia de Occidente”: Spengler constaba que la decadencia era el término normal en todas las civilizaciones, y Heidegger la hacía consistir en el olvido del “ser”, cayendo entonces en la pluralidad de los entes, que en la modernidad se manifestaban en la razón lógica, la ciencia y la técnica. Esto mismo propiciaba a mirar hacia Oriente, abierto a la consciencia trascendental, la inteligencia libre, como la llamó Aldous Huxley. La guerra despertó la conciencia de la fragilidad de la existencia. La fenomenología de la enajenación existencial -ya planteada por Heidegger- se plasmaba en las novelas filosóficas de Paul Sartre o Albert Camús, y luego bajó a las cavas parisinas de Saint Germain de Press, por una bohemia filosófica, de pelo largo y fumadora de opio. Poco antes, los “poetas malditos” -Rambeau, Verlain, Boudelaire- también las frecuentaban, bebiendo su “Absynta”, elixir azulado embriagador. La influencia de la “Beat Generation” americana llegó a Europa cuando Rusia lanzaba su primer satélite, Sputnik, de modo que se volvieron “Beatniks”. Se trataba de jóvenes pensantes, vagabundos, también de pelo largo, que viajaban en “aventones”, recorriendo núcleos formados en lugares simbólicos de diversos país –“Trafalgare Square” en Londres, “Trinitá dei Monti” en Roma, “Pont Neuf” en Paris, etc.
Por aquel entonces, Herbert Marcuse (“Eros y Civilización”) se oponía a la tesis freudiana del libro “Malestar en la Cultura”, según la cual, para hacer posible la Civilización, se requería fuerte dosis de represión sexual; pero Marcuse replicaba que ahora la civilización había alcanzado un nivel tal, que hacía ya innecesaria la represión y el sentido del deber, por lo que -opinaba- había que permitir mayor libertad sexual, dejando definitivamente atrás la era Victoriana.
Finalmente, aparecieron los “hippies”, denominación dada por los “hípsters” de la generación “beat” (el golpe de la batería, recogido por los Beatles), de connotación paternalista y despectiva hacia esos pequeños de clase media, hijos de papá y mamá, que se conformaban con fumar su mariguana. El movimiento cobró fuerza con el auge de los sicotrópicos y la sicodelia en el arte, posters, música de rock electrónico altamente tecnologizado. El contacto con los teósofos “Rosacruces” -grado 17, a la mitad de la gradación masónica-, que, según la astrología, iniciaba una nueva Era zodiacal,[1] Acuario, caracterizada por un sentimiento de unidad universal, la Paz y el Amor, cese de guerras, compenetración con la naturaleza, goce de la libertad y despertar de la conciencia tracendental (que podría lograrse con las drogas sicoactivas). Timothee Leary, sicólogo intelectual gurú del movimiento, lanzó sus tres consignas: “dropp-out” (“desafánate” salte del Sistema), “tune in” (sintonízate, conéctate con algunos amigos afines), “move-on” (muévete, ve a los núcleos importantes); alirse de la casa, juntarse con otros hippies y trasladarse a sedes emblemáticas: San Francisco, Cal., o el Greenwich Village, en Nueva York: grandes concentraciones.
- En México, en la década de los 50’s, la “guerra fría” surgida en la postguerra, con su temor visceral al anticomunismo, ya estaba menguando, y más bien se trasformaba en cierto antiimperialismo, pues ya se sabía mejor del intervencionismo del país del Norte. En lo cultural, se estaba rechazando aquel moralismo, rígido de los tiempos de Adolfo Ruiz Cortínez y en cambio, se veía con esperanza las revueltas que pronosticaban un cambio de modo productivo de tipo socialista. También se resentía el ambiente represivo de los últimos gobiernos priistas y había afinidad con la contracultura que venía del Norte. Inicialmente fue mero mimetismo; pero pronto adquiriría una autonomía propia.
- LOS “XIPITECAS”
En los 60’s, la juventud contestataria (excluyendo a un amplio sector de jóvenes tradicionales) se dividió en las formas de protesta mencionadas al inicio –la revolucionaria y la ondera–, ambas corrientes, por supuesto, con interconexiones.[2] Los “revolucionarios” políticos acusaban a los “onderos” de mero mimetismo de los gringos, con funciones enajenantes. No vieron que también la Onda tenía un potencial importante de protesta. Los símbolos podrían ser los mismos; pero estaban siendo reapropiados:
- El “slang” gabacho tenía su correspondiente en nuestro “caliche”, pues el lenguaje, al decir de Parménides García Saldaña, era a la vez escudo y puñal. Para ocultar lo referente a la droga, ilícita y perseguida, se utilizaban -como los albures- palabras comunes que tenían otro significado: “pito”, yoing, “churro”, “arroz”, “hornazo”, “bacha”, “forjar”, “tira”, etc.
- El “dropp-out” (salirse de la casa paterna, siendo aún menores), que en Estados Unidos solía ser relativamente frecuente, e incluso, la familia le daba al hijo o hija algún dinerillo para ayudarlo a establecerse; aquí, en cambio, significaba dejar la cálida familia mexicana: protectora, paternalista, controladora. Salían prácticamente expulsados de la casa, pues para conseguir droga, sustraían algún objeto y además, daban malos ejemplos a los hermanos. Quedaban, por tanto, totalmente desvalidos y, para sobrevivir, tenían que hacinarse en buhardillas, con otros jóvenes en condiciones similares. Haciendo de la pauperización, poesía, si no había dinero para carne, se volvían vegetarianos; si vivían hacinados, hablaban románticamente de la vida en las “comunas”; si no tenían dinero para vestirse, se confeccionaban ellos mismos su ropa y cuestionaban el consumismo burgués de sus familias… Las drogas sicoactivas que allá circulaban, era fundamentalmente el LSD y si para conseguir la mariguana los “beats” gabachos se acercaron a los guetos negros, y descubrieron su cultura vital y fogosa, aquí en México, nuestros jipis prefirieron los alucinógenos naturales – hongos y peyote- y para conseguirlos, tuvieron que irse al desierto o a la sierra y convivir con el México Profundo, las poblaciones huicholes y mazatecas. De allí también trajeron huipiles, jorongos, morrales y huaraches, razón por la cual los denominé “xipitecas”.
- Mi “tune-in”
En 1967, yo estaba en Roma terminando mi tesis sobre el filósofo existencialista Martín Heidegger. Durante las vacaciones, solían permitirnos ir a países europeos cercanos para practicar lenguas extranjeras. Yo sabía que no me sería fácil regresar a Europa y de ella, sólo conocía el seminario, de modo que viajaba en “aventones” (autostop), desviándome un poco de mi destino. Dormía en los albergues de la juventud y pude convivir con los “beatniks”, expertos vagabundos. A mi regreso a México me enviaron a dar clases en nuestro seminario, situado en una exhacienda a las faldas del Volcán de Toluca, donde no escuchábamos radio, ni nos llegaba la prensa, y el teléfono sólo se usaba para emergencias, de modo que prácticamente desconocía lo del movimiento estudiantil. Un amigo de la infancia, que ahora pertenecía a un Comité de Huelga, me visitó y me pidió imprimir un volante en el mimeógrafo de manivela del Seminario… y también me mostró el primer carrujo de mota. Meses después, se cerró el seminario y me enviaron al D.F. (se iba a abrir un seminario interreligioso) y me enviaron a la Colonia del Valle, una parroquia conservadora. No me agradó, y ante de llegar le telefoneé a mi hermano, quien me había hablado de la nueva cultura de la Zona Rosa, y me consoló diciendo que en la ciudad encontraría cosas de interés: “precisamente hoy en la tarde va a haber un happening”, y me dio la dirección. Llegué a mi nueva comunidad, mis compañeros me recibieron bien y me encargaron de los jóvenes: “precisamente –me dijeron– hoy un grupo de jipis que dirige un padre va a dar una funcioncita en el dispensario parroquial, y queremos que vayas”. Ya me imaginaba con que jipís me iba a encontrar, yo, que regresaba de Europa, viajando con los beatnicks. Y para mi sorpresa, al preguntar dónde estaba de auditorio parroquial me dieron la misma dirección del happening. Con asombro, asistí a un performance sobre la vida hippie y, como sabría después, era organizado por el grupo más característico de la ciudad: “El Quinqué”, de la “Esquina Mágica”, con participación del grupo musical “La Semilla del Amor”.
De modo que el día mismo de mi llegada me había conectado con ellos. Algunos vivían en cuartuchos para la servidumbre en las azoteas de edificios vecinos, de modo que yo, después de mis tareas ministeriales, iba a visitarlos: En la penumbra de alguna vela, leían sus textos espirituales. Una frase escrita en la pared: “El silencio es la entrada a la paz del alma” con algún dibujo sicodélico. Yo no daba crédito. Ellos me visitaban en el templo, curiosos del significado de algunos símbolos litúrgicos. -“¡Préstanos tu túnica!”– me pedían en referencia a mi sotana y también mi crucifijo al pecho, Recordaba en Roma, cuando los jóvenes sacerdotes secularizados (el Papa Juan XXIII había dicho al Concilio: “Abramos las ventanas para que entre el aire fresco de la modernidad”) y el Papa Paulo VI nos había permitido que en la calle no usáramos la sotana, sino el traje azul marino con el cuellecillo (“clergeman”), y ahora, estos jóvenes que consideraba vanguardias, resultaban neo sacralizados. Acudían a la Gran Fraternidad Universal, dedicada al gurú Serge Reynauld de La Ferriére, donde aprendían astrología y meditación Zen; eran ecologistas, pacifistas y vegetarianos y una espiritualidad orientalista, ahora conocida como “New Age” (la Era Acuario), que creen en la reencarnación y el “karma” (la nueva Era Acuario). Su libro de cabecera era el libro “Evangelio Espiritual de Jesús el Cristo, escrito por un teósofo esoterista del siglo XVIII Eliphas Levi, que afirmaba que Jesús había estado en la India, y de allá había traído su espiritualidad, y se interesaban por mis comentarios que, gustoso, les hacía.
- Avándaro
Fue con algunos de estos xipitecas que fui a Avándaro. Llegamos unos tres días antes del festival, disfrutando de la bella naturaleza de aquel valle, sin faltar, como en Huautla, tuvimos nuestro baño, desnudos, en el río. En la tarima para el concierto, algunos grupos rockeros espontáneos nos iban adentrando en este ritmo. Incluso, se representó la rock-ópera “Tommy”, de “The Who”, estrenada en 1960, con interesantes técnicas de composición; por cierto, el actor principal, Héctor, era alumno mío en la Preparatoria Popular de Liverpool. Construimos hasta atrás del valle, con ramas, unas chocitas y pusimos hamacas para ver cómodamente el concierto. Ese día, desde temprano, comenzaron a llegar muchachos de las colonias populares (la Guerrero, Tepito, Ixtapalapa). En la CDMX había un triángulo rockero, rodeado de una mayoría de colonias con música tropical -los “tíbirtis-tábaras”, con cumbias y cabriolas como las del “California Dancing Club”-. Los recientes grupos de rock mexicanos, que ya empezaban a componer en español, hacían muy buena música, pese a no tener la tecnología de muchos grupos norteamericanos; pero topaban con el boicot de las radiodifusoras y casas disqueras de rock. Los únicos espacios que disponían eran los “hoyos funkies”, como los llamó Parménides García Saldaña: locales relativamente pequeños, sin mobiliario ni ventanas y de repente te llegaba algún “hornazo”. En ellos se aglomeraba la chaviza, pues la entrada era barata. De modo que estos grupos eran bastante conocidos en ese medio; aunque las clases medias preferían el sofisticado rock sicodélico “gabacho”. De modo que seguían llegando, más y más. Algunos calculan que asistieron cerca de 300,000. Nadie se imaginaba esto. El festival había sido planeado para la usual carrera de coches de los juniors en aquel selecto valle; pero ese año, sería amenizado con algunos grupos de rock mexicanos, pues Armando Molina, su manager, era uno de los organizadores, por lo que el concierto se llamó “Rock y Ruedas”. Ante la inesperada concurrencia se optó por no cobrar boletaje y se tuvieron que improvisar ajustes a la infraestructura.
II HERMENÉUTICA DEL FESTIVAL
En esta segunda parte intentaré algunas interpretaciones personales sobre este evento
- Un “Signo de los tiempos”
- Uno de los aportes más sugerentes del Concilio Vaticano II fue el concepto de “los signos de los tiempos”, expresión basada en un pasaje del Evangelio de San Lucas (12, 54-56): “Cuando ven levantarse una nube en Oriente, en seguida dicen que lloverá y así sucede. Cuando sopla el viento del sur, dicen que hará calor, y así sucede. ¡Hipócritas! Saben interpretar el aspecto de la tierra y del cielo ¿cómo entonces no saben interpretar el momento presente?” Partiendo del supuesto de que el Espíritu Santo interviene en la historia en favor del “Reino de Dios” (la utopía de Jesús), y que su actuación se manifiesta a través de algunos signos (algunos eventos, fenómenos sociales, el sentido de una época, etc.), por lo que descifrándolos con cuidado, sería posible ver hacia dónde se dirige la historia. Este discernimiento es importante, pues también está actuando en la historia el Anticristo, es decir, las fuerzas que se oponen a la utopía de Jesús. Desde mi acompañamiento a los “xipitecas” -y ahora en este festival-, pensaba que la “Onda” podría ser uno de esos “signos de los tiempos”. ¿Con qué ojos miraría Dios a Avándaro? Imagino que con ojos benevolentes miraría a tantos jóvenes, empobrecidos o perseguidos, que en contacto con la naturaleza y la música, buscaban el necesario goce y placer que les era negado en aquel tiempo.
- Ciértamente que Dios no vería al Festival con los ojos de la prensa “chayotera”. A las 3 de la mañana, cuando tocaba “Three Souls in my Mind”, buscaba a mis amigos de quienes me había separado, cuando pasó un coche ofreciendo un lugar para ir a México, y gracias a ello, pude regresar a mi casa temprano. Después de un sueñito, le hablé a Manuel Acévez, director de Piedra Rodante, para hablarle del festival, quien me dijo: –“Maestro: ¡Vente de volada, para comentar! Pero antes, escribe pronto tus impresiones del Concierto”-. Por más que le objeté mi cansancio, me insistió, pues al día siguiente quería sacar una primicia. Se lo llevé, y después vi la prensa: un escándalo asqueroso (sexo, droga, “degenere”), quizás por consigna (se hablaba de cierta rivalidad entre el presidente Echeverría y el Gobernador del Estado de México, Carlos Hank González). No salió Piedra Rodante, ni ese día, ni en días sucesivos, sino hasta mediados de octubre, cuando el escándalo ya había amainado. Entonces, en medio de tanta vociferación insultante, salió mi artículo: “Dios quiso que lloviera para unirnos más.”
- Es probable que Dios tampoco viera el festival con los ojos de la izquierda sesentayochera. Para este sector, el jipismo mexicano era “un epifenómeno evasivo y efímero de la burguesía; mero mimetismo que propiciaba la enajenación imperialista para neutralizar la toma de conciencia revolucionaria.” Es verdad que Marx casi no tematizó la cultura. La veía simplemente como la ideología que llegaría de forma fatal después de la toma revolucionaria del poder proletario. Mao Tse Tung ya había discrepado de Stalin al respecto, pues estaba adelantando su Revolución Cultural; pero, sobre todo, el intelectual marxista Antonio Gramsci, desde la cárcel de Mussolini reflexionaba sobre el ¿por qué del fracaso de la Revolución socialista en Occidente?, y revisando la forma cómo la burguesía había accedido al poder, a partir del feudalismo, notó que, salvo el caso francés de la toma de la Bastilla, en todas partes no utilizó la vía armada, sino la “revolución pasiva” (“revolución sin revolución; pero finalmente, revolución”). En situaciones en que el grupo hegemónico es muy poderoso y la vía armada está bloqueada, se puede avanzar -en adelantos y retrocesos, en componendas y negociaciones- por la vía de la contracultura. Si el grupo hegemónico ejerce su poder por dominación y dirigencia (coerción y consenso), es posible quitarle la dirigencia y dejarle a ese grupo sólo la dominación, lo cual ya sería signo de debilitamiento. De modo que existe una lucha en el terreno de la conciencia y la cultura, que es ya política. En nuestro caso, la legitimación de la libertad y del placer, en situación de represión y control, podía deslegitimar al Gobierno, y de este modo, debilitarlo.
- La difusión de la droga, hasta cierto punto, pudo ser lo que diera pie a la crítica. Pero, partiendo del supuesto de que toda droga tiene efectos nocivos para la salud (incluyendo también las drogas legales, como el tabaco, el alcohol y los somníferos), la clasificación entre drogas legales e ilegales no depende tanto del grado de peligro que sus efectos impliquen, sino de cuestiones económicas y políticas. La mariguana fue proscrita a partir de aquellas campañas “desfanatisadoras y antialcohólicas” de fundamentalistas evangélicos, en tiempos del prohibicionismo y Alcapone y sus gangsters, cuando se bebía alcohol en tasas de café. Fiorello La Guardia, alcalde de Nueva York, realizó entonces una exhaustiva investigación y concluyó que la mariguana era menos peligrosa que el alcohol. La persecución legal no parece que fuera la medida adecuada. Fui testigo de algunos jóvenes amigos que estuvieron encarcelados por habérseles encontrado un guato de mota que habían traído de Oaxaca para vendérselas a sus cuates, y allí, en prisión, se topaban con los verdaderos traficantes, que trataron de cooptarlos para sus actividades. Dos meses después de Avándaro escribí en Piedra Rodante un artículo sobre droga y represión, propugnando, ya entonces, su despenalización, y tratarla, en cambio, como un problema de salud pública (como era el tabaco), difundiendo información confiable, no amarillista. En todo caso, se precisa un deslinde las nuevas drogas “heroicas”, como ahora el “cristal”, que ocasionan daños graves irreversibles, de drogas relativamente benignas, lo que no quiere decir inocuas. He sido testigo de varios amigos cuya adicción a la mota les ocasionó graves trastornos de su personalidad y abulía con disminución de su voluntad. No viene mal recordar el consejo del Papa Pablo VI: las drogas y el alcohol “ponen en peligro la debilísima sensibilidad ante el misterioso influjo interior del Espíritu Santo a la que están destinados los Carismas, los Dones y los Frutos de la Gracia.”
- Mi mirada personal respecto al festival fue la mirada de un cura que, a la vez, es especialista en Antropología de la Religión. Avándaro para mí fue, ante todo, un festival, cercano a la Fiesta patronal de nuestros pueblos. A diferencia de las fiestas sajonas, como la de Woodstock, donde las multitudes se componen de pequeños grupos de dos a cuatro personas, sin comunicación con los demás[3], nuestras fiestas mexicanas unifican a toda la colectividad local (el Santo Patrono funge como un “totem” de clan; es el emblema del poblado, en cuya fiesta, la comunidad se celebra ella a sí misma). Más que un mero “concierto”, el evento tuvo cierta sacralidad: la penosa peregrinación al lugar sagrado, el sacrificio expiatorio (¿introyección de cierto sentimiento de culpabilidad?). Lo inesperado de la asistencia masiva implicó precariedad (falta de alimento, de agua, de sanitarios; la intensa lluvia de toda la noche, el agotamiento de estar 50 horas de pie, etc.). En situaciones como esta, el desabasto, normalmente, propicia el egoísmo individualista (“esto que traje es mío; que cada cual se rasque con sus propias uñas, y el que tenga más saliva, que trague más pinole”). Pero en Avándaro parecía haber un pacto implícito por el que todo mundo estaba dispuesto a que todos la pasáramos lo mejor posible: se compartía el escaso alimento, el “toque”, el agua… Flotaba en el ambiente el espíritu de la comunidad ritual de un santuraio, la fraternidad universal propia de la utopía acuariana de los xipitecas: “Paz y Amor”, comunalidad, convivencia por encima de las razas -Piedra Rodante publicó la foto de un muchacho proletario, de tórax desnudo, moreno y de pelo largo suelto, montado a caballo, como indio apache. La mayoría llegada de ambientes de barriada, eran descendientes del “México Profundo”, por lo que los xipitecas, admiradores de pueblos originarios, los recibieron bien. Se superaban también las clases sociales. La prensa chayotera no envió reporteros con conocimiento de sicología social o de sociología. No se dio cuenta del prodigio que representaba una multitud de 300,000 jóvenes, sin alimento, empapados y consumidores de droga, conviviendo felices 50 horas. El reporte de seguridad del Festival fue “saldo blanco” (dicen que dos muchachos se ahogaron al regreso, en el lago de Valle de Bravo). Esto sería algo impensable, si en lugar de mota hubiera circulado el alcohol. Cualquier connato de riña era controlado por los muchachos cercanos.
Era un ambiente de libertad total, acotada solamente por el respeto a la libertad de los demás. Paseando la mirada, uno podía ver, allá, un grupo que danzaba exorcizando la lluvia; acá, una pareja acariciándose; acullá, algunos desnudos (además de la célebre “encueratriz de Avándaro”, que atrajo los reflectores) que más que provocar, expresaban una catarsis general. Este momento libertario fue, lamentablemente, efímero y catártico; un paréntesis en el ambiente represivo que entonces padecían los jóvenes. Ya mencioné que apenas 90 días atrás había tenido lugar el “halconazo” del Jueves de Corpus, y tres años atrás, la masacre de Tlaltelolco 68. Y fue así que antes de que terminara el Concierto, cuando el grupo musical “Peace and Love” tocaba su rola “We got the power”, alentando al público a corear este estribillo -primero en inglés y luego en español- y cuando cientos de miles de jóvenes reunidos en total libertad, en un lejano valle, alardeaban “tenemos el poder”… un telefonema de Gobernación dio la orden a Radio Educación de suspender de inmediato la transmisión radial. Así que Avándaro marcó, a la vez, el punto culminante ondero, y al mismo tiempo, el inicio de su debacle: la represión total al rock mexicano, a la droga y a todo lo relacionado con la Onda. “The dream is over”
- ¿Qué nos dejó Avándaro?
Aparte de la incuestionable consagración del rock mexicano -que conquistó carta de ciudadanía a pesar del boicot y la persecución-, ¿qué memorial legó este Festival, de utilidad para nuestro tiempo? Creo que lo más valioso fue el sueño xipiteca, la Utopía Acuariana, que flotaba en el trasfondo. Esta afirmación seguramente provocará en muchos jóvenes una sonrisa burlona. En efecto, cuando miramos al futuro, más que vaticinar una “utopía”, vislumbramos una verdadera “distopía”: el calentamiento global, el agotamiento de los recursos naturales (petróleo, agua potable, aire puro), el cercano cambio de dieta: abstenernos de la “fast food” y del consumo de carne,[4] la increíble desigualdad en la distribución de la riqueza; mientras existen 2,200 millones de personas en situación de pobreza. [5] Estamos bajo control total: los celulares y los televisores tienen micrófono incluido, los localizadores saben con quienes nos relacionamos, las tarjetas de crédito, etc. Nos vigilan drones capaces de ver la hora del reloj de un hombre en la playa y pueden lanzar una bomba “inteligente”, dirigida a determinado número de algún móvil. Los “bots” en las redes sociales y en los media controlados, propagan fake news con la visión de la realidad que ellos condicionan, al punto de hablarse de la “postverdad”, pues ya no importa lo que sucede, sino el efecto al ser consumidas esas noticias, etc, etc. Estamos ante un futuro que supera a los grandes novelistas “distópicos” (Ray Bradbury y su “Farenheit 451; Aldous Huxley y su “Mundo Feliz”; George Orwell y su “1984”). Algunos piensan que se avecina una crisis que pondría en riesgo la supervivencia misma de la especie. Y ante esa mortandad, quizás la vida humana sólo podrá subsistir en pequeñas “comunas” -como “arcas de Noé”- donde se viva un estilo de vida sencillo: sembrando las propias verduras, trabajando la tierra, aprovechando el agua de lluvia, consumiendo sólo lo necesario y con bastante tiempo de ocio (quizás conectados con otras comunas). Esto ya lo habían previsto algunos intelectuales visionarios, como Iván Illich y su propuesta de “convivialidad”. Entonces podremos aprender mucho de los pueblos originarios, con su cultura tradicional vigorosa de respeto a la Naturaleza; y, quizás, nos resultará útil recordar el sueño xipiteca, a la Utopía Acuariana. Ciertamente, esto no nos vendrá del cielo (la influencia de las estrellas y de las constelaciones zodiacales no llega a tanto), sino que habremos de construirlo entre todos, adelantándonos ya, lo antes posible. Quizás sea sólo un sueño, una utopía; pero sin sueños y ni utopías no podemos proyectar un futuro posible.
[1] Según la astrología, los signos del zodiaco forman un ciclo, permitiendo qu,e más o menos cada mes, una constelación domine el punto visual dominante del círculo, en cuyo centro está un signo aparentemente fijo; pero que, en realidad, gira también en dentro de otro ciclo más amplio, cuya posición cambia aproximadamente cada 2,000 años., en sentido inverso a ciclo zodiacal anual. Así se distinguen las “eras” cósmicas, en cada una de ellas hay un personaje mesiánico. Justamente en este tiempo, la constelación dominante había sido Piscis, la Era del Pez, símbolo de Jesucristo, de modo semejante a cuando, 2,000 años atrás había cambiado Aries, el Cordero (Abraham). Ahora, casi empezando el nuevo mileno, estaba entrando la Era de Acuario, con un mesías colectivo (los hippies) y la nueva era (“new Age)..
[2] Yo estaba dando clases, de forma gratuita, en la Preparatoria Popular de Liverpool, donde el director conseguía un tambo de chapopote para que los alumnos hicieran sus pintas en las marchas. En el mismo lugar, en la casa de junto, había una casa de grabación de discos de Rock, llamada ATOM, cuya propaganda era una calcomanía transparente para ponerla en el parabrisas del coche, la cual podía leerse de dentro hacia afuera o de afuera hacia dentro, ¡con significados distintos ¡¡¡.
[3] Woodstock estuvo muy bien organizado. A él asistieron muchachos de la clase media norteamericana, alrededor de 30 años. El boleto incluía un espacio para dos “sleeping-bags” y traían dinero en el bolsillo para comprar las chucherías indias de los campamentos de atrás
[4] Los infames encierros de las empresas ganaderas, donde el ganado se halla hacinado entre excremento y lodo, siendo inyectado con antibióticos para engordarlos, que luego pasaran al cuerpo humano para afrontar bacterias cada vez más agresivas.
[5] El 1% de la población mundial (7.5 millones de personas) acumulan el 99% de la riqueza mundial, y de entre ellos, 62 empresarios poseen tanta riqueza como la mitad pobre de la población mundial (en México, 4 empresarios poseen el 9% del PIB)
