Utopía 3. VISIÓN DE LA MITOLOGÍA BÍBLICA

“Homo Naturalis”, “Homo Cadens”, “Homo Redemptus”

  • La evolución, conducida por una teleología puesta por Dios, llegó a su punto más elevado, en el desarrollo de una nueva especie —género homo, especie sapiens-sapiens”-, caracterizada por la capacidad de pensamiento abstracto y sobre todo, por la LIBERTAD de elección entre proyectos alternos1, don exclusivo del ser humano, ante la cual Dios mismo se arrodilla y lo hace “imagen y semejanza” suya. Estamos ante el primer acto libre de todo el universo, y a esta nueva especie, Dios le encomendó continuar y humanizar su creación entera (“Sean fecundos, multiplíquense, llenen la Tierra y continúenla”)2. En este punto, Dios da por terminado su proceso creador, y delega al ser humano para que, en adelante, sea este quien, humanizándola, se encargue de continuar su Creación, comenzando por decidir su propia ruta evolutiva (infusión del alma), una elección tan tremenda, que habría de quedar incrustada en el ADN mismo de toda su descendencia. Dios les hizo ver la alternativa ante la que se encuentran: la nueva especie se habría de caracterizar por su tendencia, o bien, de que cada miembro de la colectividad se corresponsabilizara de todos y los más fuertes defendieran a los más débiles (opción bonova), o bien, optar por el “Poder de Dominación”, y que los fuertes dominaran sobre los débiles (opción chimpancé). Para ayudarles a tomar la mejor decisión, les señaló la alternativa más conveniente y les prohibió la otra (“comer del fruto prohibido”, es decir, el “poder de dominación”). Les advirtió que, en caso de optar por esta, “morirían” (el saber que van a morir, que es lo que genera la angustia) y no el mero “perecer”, como los demás animales. Pero aquellos primeros humanos cayeron en la tentación de sentir su propia autonomía, no subordinada, ni siquiera a Dios (el pecado original). 

Ahora permítanme continuar con mi “fanta- teología” (aclaro que no hay ninguna prueba científica, ni seguridad teológica. No pasa de una mera hipótesis): una Eva, contra su inclinación bonoba, convenció a un Adán de inclinación chimpancé, a experimentar su libertad, desobedienciendo a su Creador y probar el tentador “fruto prohibido” del “árbol del Bien y del Mal” –el “poder de dominación”– como cualquier chimpancé, lo que desencadenó la serie de dolor, injusticias y sufrimientos que conllevaba su opción. Sin embargo, la tendencia “bonova” (a la solidaridad y la paz) no desapareció por completo. Ya Adán y Eva, los primeros humanos, sufrieron ellos mismos las consecuencias de su elección (Gen. 3, 10-19):  

  • Ruptura con su propio cuerpo: se avergüenzan de su desnudez 7-10 (es decir, de su vulnerabilidad): “Se les abrieron los ojos a los dos, y descubrieron que estaban desnudos: entonces entrelazaron hojas de higuera y se hicieron taparrabos”. 
  • Alejamiento de Dios Se rompió la comunicación directa y familiar con Dios: se esconden de su presencia; la conciencia de su culpa les hace desconfiar de la misericordia divina (“Te oí en el jardín. Tuve miedo de ti, porque estaba desnudo, y me escondí”
  • La discriminación de género. (“multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos, darás a luz hijos con dolor, tendrás ansia de tu marido, y él te dominara”) v16. Además de los sufrimientos físicos del embarazo y del parto ya vistos, hay otros sufrimientos sicológicos mucho mayores: el embarazo no deseado; el que frustra las metas y expectativas de superación; el que obliga a la mujer a casarse sin amor; el que las somete a abortar en las condiciones terribles, cuya responsabilidad muchos varones no asumen…  
  • El ecocidio: Como vimos más arriba, Posiblemente, la misión encomendada al ser humano respecto a la naturaleza sea incorrecta. Se la traduce como “dominen la naturaleza” entendida desde el “poder de dominación”, lo que implica hacer de la naturaleza lo que fuere, explotarla al máximo. Pero si la entendemos como “custódienla”, cuídenla, defiéndanla- En caso de no hacerlo, la naturaleza misma revierte los efectos ecocidas contra su depredador (“maldito el suelo por tu culpa, con fatiga sacarás de él tu alimento mientras vivas, te dará cardos y espinas…”) v.17.  
  • La explotación laboral. El trabajo, de ser la placentera actividad del “jardinero del Edén” (2, v8), se transformó en el amargo destino de “ganarse el pan con el sudor de tu frente” (o como alguien dijo: “con el sudor del de enfrente”).  

El relato de la caída no termina en una maldición fatal. De haber concluido el relato de esta manera, sólo nos hubieran restado dos posibilidades: la primera sería la inútil nostalgia por la “Edad de Oro”, irremisiblemente perdida. Volver atrás -como señala el sicoanalisis-, significaría pretender el retorno al protegido útero materno. Pero esto es imposible: un arcángel con una espada flamígera impide el imposible retorno al Paraíso perdido (3, v24). Sólo queda mirar hacia adelante. La segunda posibilidad sería resignarnos a un futuro sin esperanza; pero esto no puede menos que generar egoísmo y “entre-devoramiento”: si no hay futuro, queda sólo un tremendo presente, al que habría de extraerle todo su jugo posible, aún a costa de los demás… si es ellos se dejan: “homo, hominis lupus” de Hobbes.3  

Pero Dios, compasivo, legó a la nueva especie humana una promesa, es decir, se comprometió con ellos a no abandonarlos al pesimismo fatal, y fue así que les dio una segunda oportunidad: Dios dijo a la serpiente: “la descendencia [de la mujer] te quebrantará la cabeza, cuando tu hieras su talón” (3, v15). Para ello, les prometió enviarles un Redentor, que será nada menos que su Palabra, su Hijo primogénito. Sólo que, ya entonces, su actuación en la vida ya no seguirá, simplemente, una tendencia natural e instintiva hacia el Bien solidario -aunque ésta no desaparecerá del todo–. La tendencia hacia ese seductor “poder de dominación” ha quedado irremisiblemente fijado en el ADN de toda la especie. Sin embargo, aquel demoníaco “Poder de Dominación”, para defenderse, decidió acabar con el Ungido y frustrar su misión redentora: por medio de juicios amañados, quien viniera a salvarnos fue torturado y condenado al patíbulo, y cuando aquella gran piedra cerró la tumba, la esperanza pareció terminar frustrada… pero al tercer día, esa tumba se exhibió vacía, y algunos de los discípulos testimoniaron que lo habían visto resucitado. La esperanza resurgía en la promesa de un nuevo retorno de Cristo, cuando la especie humana se extinguiera, para realizar el juicio global a la especie “sapiens sapiens” completa a lo largo de toda su historia.  

El Neolítico de Caín y Abel 

¿Qué sucedió con “Adán y Eva” después de haber sido expulsados del Paraíso? La mitología bíblica no nos dice mucho acerca de cómo vivió la humanidad su tiempo de nomadismo recolector y cazador, que va desde cuando terminó aquella “Edad de Oro” (con la expulsión del Paraíso, hará unos 250,000 años, hasta el “Neolítico”, hace unos 6.000 años), cuando la especie aprendió a domesticar el trigo y los animales. Entonces, uno de los dos descendientes simbólicos de Adán y Eva4 –el pastor nómada Abel–, durante una sequía, llevó su rebaño ya domesticado a las fértiles riveras del Gran Río Eufrates; pero encontró que Caín, su hermano, ya allí había domesticado el trigo y se había posesionado de esas tierras como “propiedad privada”, a las que defendía con su gente, de modo que, indiferente a su hermano Abel, lo empujó a morir de sed juntamente con su rebaño. Fue así que, por aquel “fratricidio”, la domesticación de rebaños sucumbió ante la domesticación de los cereales, y así comenzó el Neolítico o “modo de producción despótico tributario”, como veremos más adelante.5  

El Génesis no vió con simpatía la opresiva civilización tecnológica urbana: de los dos hijos de la Pareja primigenia – Caín y Set-, la “civilización” (“civis” = ciudad) llegó por la descendencia del primero. Caín mismo construyó la primera ciudad y Tubalcaín fue forjador de herramientas de bronce y de hierro. En cambio, la rama alterna, la de Set, no se interesó por el “desarrollo”: Henoc fue el primero en invocar a Dios por su nombre, de Matusalem sólo conocemos su longevidad (vivió 782 años, según la numerología simbólica del Génesis). Esta genealogía termina con el constructor naviero Noé, cuando la gran inundación de aquella región permitió la renovación de la especie.  

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