“Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza” (Gen. 1, 27).
- Dentro de la diversificación de las especies animales, compartiendo el extenso género de los “mamíferos”, hace unos 65 millones de años y cerca de la costa oriental del África Central, se separó la familia de los primates. Se trata de mamíferos placentarios (tienen cinco dedos, un patrón dental común y una adaptación corporal no especializada). Uno de los subórdenes de los primates fueron los haplorrinios (monos, gibones, grandes simios y humanos), que pueden repartir el peso de su cuerpo entre diferentes soportes pequeños, evitando la oscilación del cuerpo. Por lo que sabemos, esto sucedió en el Mioceno superior al Pleistoceno (circa 6.5 a 0.2 millones de años).
- Hace unos 4 millones de años, emergió una gran cordillera en África Central, que impidió que la humedad de la selva pasase hacia la parte oriental. Los grandes monos haplorrinios, al no encontrar frutas suficientes en los árboles, bajaron para buscar otro tipo de alimento en la tierra. Entre estos grandes primates, se deslindaron los australopithecus (especie de primates, antecesores nuestros). Como en la pradera había altos matorrales, comenzaron a enderezarse sobre sus extremidades posteriores, para orientarse y para tener mayor comodidad, adoptando la postura erguida, Así, ensayaron un desplazamiento sobre las extremidades posteriores, hasta que, finalmente, asumieron el bipedismo (“homo sapiens”).
- Al ponerse de pie, sucedieron varios cambios ventajosos: pudieron liberar las manos y con ello, emplear herramientas; se comunicaron cara a cara, y al perder la callosidad posterior del cuello, propia de los cuadrúpedos, su cerebro pudo desarrollarse más, esto, favorecido gracias a un cambio de dieta (la proteína de la carne). Sin embargo tales ventajas tuvieron un precio: si en los cuadrúpedos todas las vértebras de su columna pueden descansar horizontalmente por igual, en la posición erguida, al contrario, las vértebras superiores descansan sobre las inferiores, lo que propiciará la osteoporosis. Las hembras llevaron la peor parte, ya que los embarazos las desequilibraban (sobre todo cuando tenían que huir del león). La estrategia de la especie fue parir antes de tiempo: el bebé humano nació siendo el mamífero más débil, menos capaz que los demás animales, para bastarse a sí mismos, por lo cual, la hembra tuvo que estar más tiempo cerca de su cría (para amamantarla y cuidarla). Fue así que surgió la especie humana.
- Sin embargo, inicialmente, esta especie -el “homo sapiens-sapiens”- fue compartida por ocho subespecies distintas (no razas), las cuales, durante tiempo, llegaron a coexistir. Los principales seres humanos fueron el Cromagnón y el Neanderthal. El primero era más fuerte; pero el segundo, más inteligente, y pudo utilizar armas de largo alcance. El Neanderthal sobrevivió, no tanto debido a la violencia, sino porque fue más capaz de procurarse el alimento, disputándoselo a su hermano.
EL PECADO ORIGINAL
- La filosofía política de los siglos XVII y XVIII discutía si el ser humano era malo por naturaleza (Hobbes: “homo homini lupus” – “el humano es lobo para con sus semejantes”) o si, cuando apareció originalmente, era bueno (Locke), y que la primera sociedad urbana (neolítica) fue la que lo corrompió (Rousseau). Esto nos llevaría a la mitología del Génesis. Los sabios israelitas, de hace 4,500 años, atendiendo a la condición humana, habrían reflexionado más o menos así: Si Dios creó todas las cosas y “vio que todo era bueno”, ¿cómo es posible que el ser humano -“corona de la creación”- sea una especie tan cruel y abusiva? Los tigres o los tiburones matan para comer, esto es parte de su naturaleza; pero el humano mata por su sed de dominio y ambición. ¿Algo habría salido mal en su creación? Y tratando de hallar una respuesta, construyeron un bello relato en forma mítica:
- Al crear al ser humano, Dios quiso que disfrutara de toda la creación: “El Señor Dios plantó un jardín en el Edén, hacia el oriente, y colocó en él al hombre que había modelado (…) Hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos para comer (…) (Gn, 2, 8-9). Creó al varón y a la mujer para que fueran felices; los hizo conscientes, para que reconocieran el bondadoso poder de su Creador, y los hizo libres (a semejanza suya), para que, al ser testigos de la grandeza y gratuidad del amor divino, correspondieran libremente a su inmenso amor, ya que la libertad es la cualidad divina, que por lo mismo, los diferenciara.
“Y los bendijo Dios, diciéndoles: Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla…” (1, 28)
- Quizás, cuando Dios les entregó la Tierra al ser humano –digamos más propiamente: el sistema planetario-, de alguna manera incluiría en esto a la propia “tierra”: les entregó la libre decisión de “cerrar” su propio proceso creativo evolutivo (que esta creatura concluyera las condiciones mismas de su proceso evolutivo de humanización).
- Volvamos a la evolución de los “sapiens”: Hace 2.5 millones de años, dos especies de primates haplorrinios tuvieron un ancestro común. De dicho ancestro se diferenciaron varias subespecies de antropoides, entre las cuales estaban los “chimpancés” y los “bonobos”. No sabemos cuál sería la condición que compartían ambas especies, ni cómo fue que se diferenciaron siguiendo, cada cual, su propia evolución. Es probable que, en determinado momento, el homínido que dio origen al homo sapiens pudo decidir entre cualquiera de los dos caminos para proseguir su humanización: el liderazgo de los chimpancés lo tiene el abusivo macho alfa (se apropia de las hembras, arrebata las mejores porciones de alimento, etc.). Por el contrario, entre los “bonobos”, el liderazgo lo tienen las hembras, las cuales, debido a su género femenino, tienden a cuidar de toda la manada y a proteger a los débiles. ¿La vía evolutiva fue totalmente determinada por la situación ambiental? ¿O acaso, en algún momento del proceso evolutivo, pudo intervenir ya un embrión de libertad? Esa decisión originaria, por ser radical, quedaría incrustada en el ADN de la especie y se heredaría a todos los descendientes. Según la teoría anterior, nuestros primeros ancestros habrían optado -ya libremente- por el modelo “chimpancé” (¿un chimpancé Adán apoyado por una Eva bonoba?), y esta decisión sería justamente el “pecado original”, interpretado como el “poder de dominación”. Lo anterior puede corroborarse por las consecuencias bíblicas del pecado original:
- Ruptura con el propio cuerpo: “Sentí vergüenza porque estaba desnudo”.
- Explotación laboral: Al inicio, cuando Dios puso a Adán en el Edén (la tierra amiga), el trabajo al que lo destino fue “para que fuera su jardinero”: agradable y llevadero. Pero cuando se desfiguró el precepto y se trabajó por explotación de los fuertes, cambió: “comerás el pan con el sudor de tu frente” (que se convirtió en “comerás el pan con el sudor del “de enfrente”): el trabajo coaccionado por la explotación se vuelve insoportable.
- Discriminación de género: La mujer dejó de ser “carne de mi carne y hueso de mis huesos”, para convertirla -en el patriarcado- en una sierva a su dominio: “Tenderás a tu marido y él te dominará”
- Ecocidio: “Trabajarás la tierra y te producirá espinas y abrojos” De “Edén” se pasó al erial: la Tierra “explotada” se revierte contra su perpetrador.
- Ruptura con Dios: Dios dejó de comunicarse cara a cara, y su imagen (su rostro) se les escondió “Se escondieron para que Dios no los viera”
- Violencia entre los humanos mismos: el fratricidio de Caín.
“Crezcan, multiplíquense, llenen la Tierra”
- En un Planeta prácticamente vacío, los sapiens-sapiens emprendieron un proceso migratorio, poblando todos los nichos ecológicos: –costas, selvas, desiertos, montañas, glaciares del Polo Norte, etc.–. Aquellas primeras migraciones, debido a su necesidad de sobrevivencia en ambientes tan diferentes y desafiantes, mutaron el color de su piel y en su proceso de adaptación, generaron diversidad de razas, culturas, lenguas, etc.
- Al incorporar al ser humano en su proceso de creación Dios le encomendó a esta creatura dos tareas: “llenar la Tierra” y “custodiar la Tierra”. A pesar de la distribución geográfica mencionada, el proceso demográfico ha explotado en las últimas décadas, de modo que se puede decir que la primera encomienda, en cierta manera ya se ha cumplido, y que lo que resta para el acabalar su cumplimiento es asumir en nuestras manos la propia potencia reproductiva:
- Cuando yo nací, en 1939, encontré un Planeta con unos 1,500 millones de seres humanos. Treinta años después, en 1969, el Club de Roma -una agrupación de un centenar de científicos de primer nivel, provenientes de 52 países, que contaban con las mejores tecnologías de entonces (menos potentes que nuestras laptops), investigó los mayores problemas que enfrentaba el mundo de entonces, publicando un informe al respecto[1]. Concluyeron que el mundo tenía ya entonces 3,000 millones de humanos. Es decir, se había duplicado la población en esos 30 años; y predijeron que de no haber cambios importantes, dentro de los siguientes 30 años volvería a duplicarse. Y en efecto, sucedió así: el II Milenio terminó, en 1999, con 6,000 millones de seres humanos. Al escribir esto andaremos por los 8,800 millones de humanos. “Llenar la Tierra” es una misión que entra en otra fase: asumir y regular la propia potencia reproductiva de la especie, hasta conseguir un equilibrio entre población y recursos, logrando esta meta mediante la educación y ciertos auxiliares bien utilizados y dentro de la libertad de cada pareja.
“Custodien la Tierra”
- Dicen los italianos: “traduttore, tradittore” (“todo traductor es un traidor”), ya que cualquier traductor selecciona, del diccionario de la lengua a traducir, determinado significado de una palabra o expresión, excluyendo otras que posee dicha lengua, cuyo contexto histórico-cultural sólo los “nativos” saben utilizar. Es lo que sucede con algunas traducciones de la Biblia: A propósito, la encomienda divina que estudiamos, suele traducirse como “cultiven la tierra y domínenla”. Desconozco los matices que tenga la lengua hebrea original del texto; las más traducciones más frecuentes emplean: “dominar”, “poseer”, “someter” la Tierra, que connota como permitirle a los humanos utilizarla como ellos quieran, a su voluntad o capricho. Sin embargo, hay quienes traducen ese verbo como “custódienla”, más acorde con nuestra sensibilidad ecológica actual. En efecto, el pecado original fue “el poder de dominación”, causa de todas las desgracias (“dominar”). En cambio, “custodiar” evoca al “jardinero”, anterior al pecado, que ama su trabajo y cuida de su Paraíso.
- Hoy, es preciso que el cumplimiento de esta misión creadora sea de otro modo. Desde que la humanidad decidió utilizar la energía fósil –producto del entierro de toda la exuberancia del Pleistoceno-, empezamos a depender del petróleo, del carbón y del gas natural. Frívolamente, sacamos de las entrañas millones de barriles a ritmo vertiginoso (desde la II Guerra mundial, el aumento de los motores de combustión interna pasó de 40 a 680 millones). Las reservas petroleras se hallan en el hemisferio Sur del Planeta, pero se consumen en el hemisferio Norte, acentuando así la diferencia (el Sur se empobrece y el Norte se enriquece). Esto gestó la revolución industrial, cuyas consecuencias ya se resienten. Hay algo peor: puesto que no se utiliza toda esta sustancia extraída, los sobrantes (“desechos”) se arrojan a la atmósfera: Cada año seis mil millones de toneladas de CO2 pasan al aire, ocasionado el 10% del total de las defunciones. El ritmo de extracción es creciente: los residuos fósiles aumentaron 400% respecto a 1850. Esos gases (bióxido de carbono, metano, clorofluorocarbonos, etc.) se acumulan en el aire, captan y conservan el calor solar. De modo que así estamos cambiando la composición química de la atmósfera y la temperatura ambiental.
- Desde la mitad del siglo XIX, el bióxido de carbono ha aumentado en la atmósfera en un 30% y se prevé que para el año 2040 su incremento llegará al 60%. Si se comprimiera toda la historia humana en un año, este tiempo representaría, tan sólo… ¡un segundo! La capa de gases contaminantes no permiten que el calor salga del Planeta, sino que fungen como un invernadero: al refractar el calor, regresa, aumentando su temperatura promedio. Si desde 1850 al año 2,000 la temperatura promedio del Planeta aumentó 1.5°, de continuar como vamos a finales del siglo XXI habrá aumentado 5° (las “Cumbres” internacionales para tomar medidas cautelares lograrían, en el mejor de los casos, un aumento de 2°, lo que sería desastroso). Ya ahora, la capa de hielo de los Polos se ha adelgazado 42%: al derretirse los icebergs, se prevé que este siglo el nivel del mar subirá 88 cms., sepultando varias islas y ciudades costeras; aparecerán enfermedades tropicales en nuevos lugares, siendo los países pobres quienes más lo sufran. Hoy, el cumplimiento de nuestra encomienda –“Custodien la Tierra– resulta más apremiante que nunca.
Preguntas
- ¿Cómo entiendes que “el hombre vino del mono”?
- Para ti, ¿el ser humano, es bueno o es malo por naturaleza?
- ¿En qué los humanos somos “imagen y semejanza” de Dios?
- ¿Cómo entiendes el “pecado original?
- ¿Qué consecuencias sociales del pecado están afectando actualmente la Tierra?
- ¿Qué puedes hacer tú para remediarlo?
[1] “Los límites del crecimiento”, MIT, 1972. “Un laboratorio de ideas”, que agrupo a científicos, economistas, expolíticos e industriales. Correlacionaron datos de la demografía mundial, los recursos naturales principales, los problemas ecológicos, sociales, etc.