9. CUATRO DOGMAS FINALES

Los dos “credos” concluyen con cuatro dogmas finales, las cuales se hayan en ambos credos y en el mismo orden. Estos son los siguientes:

  1. LA SANTA IGLESIA CATÓLICA
  2. LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS
  3. EL PERDÓN DE LOS PECADOS
  4. LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE Y LA VIDA ETERNA
  1. LA SANTA IGLESIA CATÓLICA

El Credo Niceno-Constantinopolitano añade cuatro atribuciones para la Iglesia: “Una, Santa, Católica, Apostólica y siglos después, la tradición añadió una quinta: “Romana”.

  1. Una.

Quizás los Padres Conciliares se hayan querido “curar en salud” de eventuales cismas, divisiones o teologías antagónicas, lo que podría fragmentar a la Institución o por lo menos, debilitarla. Pero ahora, el riesgo es que el precio de esa cohesión es derivar en una disciplina uniformizadora, que conlleva un modelo eclesial piramidal, jerárquico y por tanto, limitante. En estos momentos, el Papa Francisco pretende devolverle a la Iglesia su carácter sinodal primitivo.

  • Santa.
  • La Iglesia es “santa y pecadora” a la vez. En sus más de dos milenios, la Iglesia ha tenido en su historia, páginas gloriosas, santos ejemplares y sabios teólogos, que la siguen enriqueciendo: pero también, páginas vergonzosas- No me refiero tanto a los actos lujuriosos, como los que se suele pensar cuentan del Papa Alejandro Borgia, sino, sobre todo, de la tentación de poder temporal: A partir del siglo IV, con la convenenciera «conversión” del Emperador Constantino, la Iglesia fue copada por los poderes terrenales y convertida en principal apoyo del antiguo Imperio Romano. A cambio de esto, Constantino, supuestamente, legó a la Iglesia un inmenso territorio, los Estados Pontificios (el Vaticano). 
  • En el siglo VIII, el emperador Carlo “Magno”, rey de los francos, unificó gran parte de Europa central y occidental, con cierto beneplácito de Europa Oriental (con reticencias por haber aceptado la famosa fórmula “filioque”). Formó el Sacro Imperio Romano Germánico y combatió a los musulmanes, los eslavos, los sajones y conquistó Italia. Para obtener mayor legitimidad, se apoyó en el Papa León III, a cambio de que el cristianismo fuera la ideología oficial de su Imperio.
  •   Para ratificar este pacto, hizo que el Papa León III lo coronara emperador, en la Navidad del año 800 y en la Basílica de San Pedro. La aparente subordinación de la Iglesia al poder imperial, no tardó en invertirse. Si el Papa corona al emperador, significa que el Papa da legitimidad; pero también puede revocarla. Esto pudo constatarse en el siglo XVI, cuando el rey de Francia Enrique IV abrazó el galicanismo (teoría política que subordinaba a la Iglesia al poder secular). El Papa lo excomulgó, quitándole al pueblo la obligación de obedecer al monarca, con lo que el rey abjuró del galicanismo, y se le oyó musitar al monarca: “Paris bien vale una misa”. Así continó hasta que Napoleón, al ser coronado por el Papa, le arrebató la corona y se coronó a sí mismo, en nombre del pueblo,
  • Este contubernio dio pie a la llamada “Alianza Trono-Altar”, con la que se configuró el “Estado Confesional”, mantenido, incluso, durante la Reforma protestante, que a pesar de dividir a Europa entre “católicos” y “reformistas”, ambas denominaciones acordaron el principio “cujus regis, ejus religio” (En un Estado Confesional, toda la gente debe tener una única religión, que no es otra que la religión que profese el rey).
  • En la Nueva España, según el Patronato Real, la Iglesia encomienda a los Reyes Católicos la organización de la Iglesia: El Rey –o en su caso, el Virrey, guardadas las proporciones-, es quien envía misioneros, cobra el diezmo, construye templos y monasterios, vela por la conducta del clero y de las religiosas, etc… a condición que para el nombramiento de los obispos, el Papa deba elegir alguno entre una terna que le presente el rey, lo que subordina la Iglesia al poder secular; aunque ésta goce, a cambio, de gran poder terrenal. Así, en la Nueva España, no había lugar para musulmanes, judíos o herejes (estos, o bien eran expulsados, o puestos en brazos de la Inquisición); pero las autoridades virreinales debían obedecer las directrices morales y doctrinales de la Iglesia.
  • La Iglesia, a su vez, se ocupaba también de tareas que ahora son competencia del Estado: el control demográfico (su embrión ya eran los  libros parroquiales), la salud, la asistencia pública, la educación, e incluso, el aparato represivo (la Inquisición). Sin embargo, también, hubo frailes sensibles, que utilizaron su facultad de legitimación religiosa para defender a los indios de la voracidad de los colonos.
  • Católica, Apostólica y Romana.
  • Decimos que la Iglesia es “apostólica”, porque aquella unción consecratoria con la que Jesús comunicó a sus apóstoles la facultad de transmitirla “en memoria suya” (la “sucesión apostólica”), la cual  se ha mantenido sin interrupción: determinado obispo transmite a un nuevo obispo esa consagración, hasta llegar a los obispos de una “Iglesia madre” -fundada por uno de los Doce-. La Iglesia Católica garantiza y tutela esta continuidad ininterrumpida; pero también la han conservado, al menos, la Iglesia Anglicana y las Iglesias “ortodoxas” de Oriente. (en estas últimas sus Patriarcados se remiten a determinados apóstoles).
  • La Iglesia es “católica”, es decir, “universal”. No entendemos esta universalidad en el sentido que el modelo cultural, social o teológico tenga que imponerse a todos los 1,300,000 católicos de todo el mundo. De hecho, se da actualmente un sano pluralismo teológico, cultural, ritual, ideológico, etc., que es, precisamente, lo que ha permitido su unidad a través de tiempos y lugares.

   El adjetivo romana”, únicamente se entiende en el sentido que el obispo de Roma es el sucesor de San Pedro, quien recibió el “primado” (“primum inter pares”= primero entre sus iguales), pues según antigua tradición, en caso de algún conflicto entre iglesias, las partes recurrían al obispo de Roma para dirimir sus diferencias.

  Sin embargo, la historia puede testificar cómo, esa condición, derivó en un papado demasiado protagónico, reforzado, con Pío XI por el dogma de la infalibilidad, y en un modelo piramidal eclesial uniformizadora (que ahora, el Papa Francisco pretende invertir la pirámide y recuperar el modelo “sinodal”). Ante la actual crisis vocacional de Occidente, la dicotomía entre países “misionados” (paganos) y países “misioneros” ya se ha borrado: actualmente, los antiguos países “católicos” están muy secularizados, han disminuido su feligresía y casi no tienen vocaciones, por lo que ahora, sus parroquias son atendidos por sacerdotes asiáticos o africanos, y todo mundo está de acuerdo en la necesidad de un “diálogo de religiones, de culturas y de generaciones”.

  1. LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS

   La Iglesia es la comunidad de los seguidores de todos los que siguen o han seguido a Cristo, a quienes, en los primeros momentos de su historia, eran llamados “santos” (“saludos a los santos de la Iglesia de tal lugar”, es decir, “consagrados”, ungidos por el bautismo de Cristo mismo, justificados y salvados por Él.

      Las “postrimerías”

Los “santos”, decíamos, todos los que vivieron, han vivido o vivirán eternamente, configurados a Cristo, en esta o en  la otra vida. Se trata de la “Iglesia triunfante” (que goza de la salvación celestial), “la Iglesia purgante” (que debe aún purificarse antes de entrar en la Gloria) y la “Iglesia militante” (que aún está decidiendo su suerte eterna “militando” -luchando- en este mundo). Hay mucha imaginería en torno a las “postrimerías” y su suerte, en estos tres estados:

  1. La Iglesia “Triunfante”. En general todos coincidimos en que la salvación completa se da hasta que hayamos resucitado “en cuerpo y alma” y, aunque podría haber, en la Gloria, “grados” de felicidad plena, dado que en aquel estado de Gracia y santidad no hay envidias, ni competencias, ni comparaciones. Se me ocurre un recuerdo personal, de cuando trabajaba en las vecindades de Puebla:

En cierta ocasión, me tocó un tremendo aguacero, estando en una casa de vecindad que carecía de agua. La gente guardaba tambos a la puerta de su vivienda, para recoger al agua de las pipas que comportaban colectivamente, de modo que todos los vecinos, en aquel aguacero, sacaron al patio tinacos, cubetas, ollas, etc…. y una niñita sacó también su tasita. Después del aguacero, todos los cacharros quedaron desbordantes hasta el tope. Me imaginé que algo así podría suceder en la Gloria, pues, como decía el adagio escolástico, “quidquid recipitur, al modum recipiendi recipitur” (“lo que se recibe depende de la capacidad recipiente”). De lo que se trata es que cada cual se llene hasta el tope de Gloria de Dios. Es cierto que hay mucha diferencia entre exponer a la lluvia la tasita de la niña, o aunque sea, un dedalito, a no poner nada.

  • La Iglesia purgante” ya casi nadie concibe el Purgatorio como lugar de tortura y de llamas (sin oxígeno no habría combustión), ni en una condena temporal (tiempo y espacio son sólo categorías de pensamiento y no existen en realidad). Las “indulgencias”, calculadas en días y años, tampoco son ya tomadas en cuenta. Con el desconocimiento de la existencia agustiniana del “limbo” para los recién nacidos, se abrió la puerta a nuevas interpretaciones del “purgatorio”. Desde la eternidad, el tiempo no es duración, sino un sólo instante que, quizás, se pudiera dar al momento mismo de la agonía previa a la muerte: en sólo un instante tremendamente doloroso (como arrancarse una cicatriz).

La participación en el Cristo total

  • Todos los cristianos estamos llamados a configurarnos con Cristo; pero dada la perfecta y multifacética figura de Jesús, nadie -salvo la Virgen María- puede configurarse plenamente con Él. Por lo mismo, el Espíritu Santo dones a diversos “santos” (canonizados o no), para que cada cual imite, preferentemente, cierta faceta determinada de la personalidad de Cristo. De manera especial a algunos santos son llamados a fundar una familia  de cristianos, discípulos de aquel santo, y les comunica su “carisma” espiritual. Algunos ejemplos:

S Antonio M Claret  —-Xto misionero                     S Camilo de Ledlis —Xto sanador

S Pablo de la Cruz ——Xto Doliente                        S Juan Bosco –——–Xto con niños

S Fco de Asis ————Xto Pobre, ecologista        S Benito—————-Xto sacerdote

S Domingo—————Xto maestro                         S Juan de Dios——–Xto exorcista

                Sta Teresa—————Xto orante

    Es así cómo, entre todos los santos, reconstruimos el “Cristo total” (su compleja espiritualidad). Este sería el fundamento de la “comunión de los santos

  • Además del “carisma”, cada santo (o familia religiosa) tiene una “misión” o tarea encomendada, dentro de la compleja comunidad eclesial; un proyecto del Padre a reflejar y encarnar en un momento determinado de la historia; un aspecto del Evangelio (EG, Papa Francisco).
    • Según la concepción platónica, cada “forma” posee una cualidad plena y total, y es “causa formal” de todos aquellos que participan de ella, de modo gradual y limitado.
    • El Espíritu Santo comunica un Carisma y/o una misión al santo fundador en forma plena y total, quien a su vez, lo comunica a su familia espiritual de modo “participativo”, degradado.
    • Sus seguidores, a su vez, enriquecen el Carisma con sus reflexiones teológicas, su testimonio ejemplar, su forma de transmisión, su organización, etc.
    • La tarea histórica de cada familia religiosa es “descontextualizar” la situación social y la sicología del fundador, para “recontextualizarla” después, adaptándola a los nuevos “contextos” o situaciones sociotemporales.
  • Es así como se forma una determinada espiritualidad, con lo que se enriquece a toda la Iglesia.
    • Espiritualidad no es algo que suceda en el interior de la persona (“intimismo”), o que se relacione exclusivamente con el alma o con el más allá
    • Espiritualidad es una fuerza, una pasión, un “espíritu”. Son principios y actitudes que mueven a la acción.
    • Es una vivencia que centra toda la persona en algo esencial, a lo que entregamos plenamente nuestro ser.
    • Produce un gozo desbordante, que se desea compartir y difundir para ese ideal impregne toda realidad.

III EL PERDÓN DE LOS PECADOS

  • El pecado, en abstracto, es un desorden que pervierte nutro ser de creatura;  en concreto, requiere para cometerlo, “pleno conocimiento, libre consentimiento, voluntad de pecar”. Estas características toman en cuenta nuestra naturaleza pervertida por el desorden original, que llega, incluso, a debilitar nuestro consentimiento (por ejemplo, en casos de adicción) o voluntad de pecar (“no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, y en ese caso, ya no soy yo quien peca, es el Pecado quien peca en mí. ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”). Incluso Jesús, fue tentado por el maligno; por eso, en el “Padre Nuestro” no le pedimos al Padre que nos quite las tentaciones, sino que “no nos deje caer en ellas”.
  • Dios nos perdona generosamente; pero nuestro perdón está condicionado a que perdonemos a nuestros hermanos, “del mismo modo” como nosotros perdonemos a quienes nos ofenden (por eso es riesgoso rezar el Padre Nuestro), y cuenta la parábola de aquel siervo, a quien su señor le perdonó una deuda impagable, ante lo cual, lo que procedía en tales casos era venderlo a él, a su familia y a sus bienes, para recuperar algo de la deuda; pero que aquel mismo siervo fue incapaz de perdonarle a un compañero una ridícula deuda, por lo que lo el señor lo entregó a la justicia (Mt. 18, 23-35). Aunque San Lucas matiza en otros casos: “Si tu hermano te ofende, corrígelo, y si se arrepiente, perdónalo” (Lc. 17, 3): El perdón está condicionado al arrepentimiento, y éste, a su vez, se facilitará si se sabe corregir debidamente (corrección hecha con amor, momento oportuno, palabras suaves).
  • Le pedimos a Nuestro Padre Dios nos perdone y Él está dispuesto siempre a perdonar; pero para ello, se nos pide el arrepentimiento; pero dada nuestra voluntad enferma, dicho arrepentimiento a veces nos cuesta, de donde haya delegado a la Iglesia la absolución (“a quienes perdones sus pecados, quedarán perdonados, y a quienes no se los perdonen, quedarán sin perdonar”); se trata del “poder de las llaves”. La Iglesia es signo del amor misericordioso y compasivo de Dios (“aunque tus pecados sean rojos como la grana, quedarán blancos como la nieve”). Pero hay circunstancias en las que la Iglesia tiene el poder de negar la absolución. Para dar la absolución, la Iglesia requiere de siete requisitos: examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, restituir el daño, confesar los pecados, cumplir la penitencia y recibir la absolución. Esto lo podemos constatar más fácilmente en casos de injusticias sociales graves, de dominio público, en las que sacerdotes u obispos valientes (como Pedro Casaldaligas o Oscar Arnulfo Romero) negaron la absolución. En tales casos se pudo mostrar el “poder de las llaves” en defensa del pueblo contra los poderosos. Revisemos las  siete condiciones para dar la absolución pública (como podría ser en el caso de Ayotzinapa, cuando se lesionó a la sociedad:
    • Examen de Conciencia: se requiere de una investigación pública de “crímenes de Estado” que intentaron esconder; pero que ya consta jurídicamente que tales hechos acaecieron. Ej., la comisión de la Verdad de Mons. Gerardi, en Guatemala, investigación que le costó su asesinato.
    • Arrepentimiento: Se tienen que reconocer las faltas y dar muestras de dicho arrepentimiento (no esconder pruebas, por ejemplo). Como hizo el presidente Díaz Ordaz, cuando personalmente asumió la responsabilidad de los crímenes de los estudiantes (aunque él no fuera el que directamente los realizó).
    • Confesión verbal: Que sea pública y clara, sin verdades a medias (no como la “verdad histórica” del Procurador).
    • Propósito de la enmienda: Comprometerse a poner candados y leyes estrictas para que tales hechos no vuelvan a repitirse.
    • Cumplir la penitencia: Para que no haya impunidad, se tiene que cumplir la condena (p.ej., ir a la cárcel).
    • Restituir el daño: el daño moral es irreparable; pero puede darse algún tipo de indemnización a los familiares de las víctimas, reparar el daño moral seguido por el perjurio o calumnia. En algunas partes, esto implica a hacer un monumento que recuerde tales hechos (“las muertas de C. Juárez”, sobre los feminicidios, el monumeto a los normalistas de Ayotzinapa).
    • Dar la absolución: Una vez que se hayan cumplido estos requisitos, la sociedad puede plantearse el perdón: Perdón y olvido como es el perdón que otorga Dios. Perdón; pero no olvido:Custodiar la “memoria peligrosa” es una deuda histórica para con las víctimas, aun cuando no se llegue al perdón (“2 de octubre 68 no se olvida”). Conozco a mujeres casadas que supieron de la infidelidad del marido, y le decían: “te perdono; pero no olvido, para que no me lo vuelvas a repetir”. Algunos más intransigentes, ante graves crímenes sociales y para evitar la impunidad, dicen ni perdón, ni olvido… y hasta hay otros que olvidan y no perdonan, pues ya se olvidaron del agravio; pero les queda el rencor, que terminan sin recordar su causa.

IV LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE Y LA VIDA PERDURABLE

  • Las “postrimerías” (muerte, juicio, infierno y Gloria) hablan de un doble juicio después de la muerte: el “juicio particular”, recién acabando de morir, y que es cuando se decide la suerte eterna de la persona, y el “juicio universal”, que es cuando se evalúa la aventura de toda la especie humana, en la encomienda que le dio Dios a los humanos, de “custodiar la Tierra” (Dios la creó bella, y de haber cuidado más la ecología, podríamos haber tenido planeta para mucho tiempo más), y una vida más feliz para todos, mediante una convivencia más fraterna, justa, pacífica, verdadera, libre y –sobre todo- fraterna y amorosa (la “utopía” divina, que Jesús llamó “Reino de Dios”).
  • La humanidad se ha enriquecido, gracias al desarrollo de tantas cualidades personales, laborales y espirituales: santos, científicos, filósofos, artistas, educadores, obreros, madres y padres de familia, trabajadores del campo, juristas… y tantos héroes reconocidos o anónimos, que entregaron su vida por los demás, místicos y mártires, religiosos e inventores, etc. Pero también, se ha empobrecido con gente mala, ambiciosa, mentirosa y manipuladora, cruel y prepotente.
  • El texto de San Mateo (Mt. 25, ) presente que en el juicio final, existe una clara línea divisoria entre ambas clases de personas. Pero lo que, de hecho comprobamos, es que dicha distinción no es tan sencilla en nuestra historia: la línea de separación entre víctimas y victimarios pasa por en medio de cada persona, y no es fácil discernir el trigo y la cizaña en un campo dónde crecen juntas; así como tampoco entre el opio y la levadura. Tantas veces hemos sido partícipes de “responsabilidades compartidas, diluidas en múltiples complicidades”. No valoramos suficientemente que actitudes que creíamos de poca monta, pueden tener graves implicaciones: pecados de indiferencia, omisión, pasividad, miedos o pequeños egoísmos, etc., que estructurados, forman los tremendos “sistemas de opresión”; otras veces, “pasamos de largo”, como el sacerdote o el levita en la historia del Buen Samaritano. Propongo el siguiente ejemplo, de un hecho del que personalmente fui testigo:

En Ciudad Juárez, en una colonia popular en la que muchas viviendas del INFONAVIT quedaron abandonadas por emigrantes, que dejaron sin pagar sus créditos correspondientes, había varias pandillas que desmantelaban esas casas, que luego utilizaban como refugio. Se robaban puertas, ventanas, cables eléctricos, muebles de baño, etc. Allí pude constatar el siguiente caso de “responsabilidades compartidas por múltiples complicidades diluidas”. Fue el caso de un muchacho de la familia donde me hospedaba: ambos padres salían a trabajar a la maquila y él quedaba solo en casa, con su hermana menor acostada en el sillón y con el control de la TV. Se aburría “como una ostra” y salió a reunirse con su “banda”. Le dicen sus amigos: (1) “Ve con Don Vicente y pídele su mazo”. (2) El hombre sabía que no lo iban a utilizar para algo bueno; pero tuvo miedo de negarse. (3) La vecina de enfrente veía desde la ventana cómo desmantelaban la ventana; pero también tuvo miedo de avisar a la policía. (4) Los amigos del joven le dijeron “ya que no trabajaste en esto, llévate esta noche la ventana”. El muchacho llegó a su casa con la ventana. (5) Su madre le preguntó: “¿A dónde llevas esa ventana?”. Y él responde: “eso no te importa; es asunto mío”. La mujer se imaginaba de dónde había salido aquella ventana; pero no supo qué hacer (6) Al día siguiente llevaron la ventana al comprador de metales “de chueco”: no había duda de que era robada; pero no le importó. (7) Finalmente, un comprador se interesó en adquirirla. Era más que probable que la ventana era robada; pero se la dieron barata.

  • Para un juicio, hay que distinguir responsabilidades diferenciadas, y resaltar que hay algunos, cuya participación resulta definitoria, que son los que cargan con las responsabilidades más graves. Pesemos, por ejemplo, en los siguientes estos datos, los cuales, además, se van agravando rápidamente (las fechas no importan tanto, pues cambian rápidamente y para mal:
    • En el mundo, el 0, 05% de la población  (unos cuatro millones de personas) posee el equivalente a la mitad de la economía real mundial, que en 2021 sumó US$463,6 billones dls. Sin contar con la “economía financiera” o “de casino” (la compra y venta de acciones de empresas, los llamados derivados financieros -como las transacciones sobre los precios a futuro- y el intercambio de unas monedas extranjeras por otras).
    • 26 empresarios acumulan más riqueza que la mitad más pobre del mundo  (3,750 millones) (OXFAM, Davos, enero 2019)
    • El 1% más rico de todo el mundo (85 millones) concentra el 99.9% de la riqueza mundial
    • En México, Carlos Slim tiene una riqueza igual a la de 65 millones de personas (50% de población)
    • 350 familias de México tienen igual riqueza que la del 90% de la población
    • Al mismo tiempo, casi 1,000 millones de personas en el mundo padece de hambre crónica.
  • En el futuro, probablemente la desigualdad se acrecentará enormemente con la Inteligencia Artificial (tema elegido por el Papa Francisco en su mensaje para la LVII Jornada Mundial por la Paz). Las publicitadas ventajas de la robótica, por ahora, representan más temores que esperanzas: todos ya estamos supercontrolados, entregando nuestros datos confidenciales al Banco (cuánto dinero tenemos, cuáles son nuestros ingresos y salidas periódicas; el Uber nos dice con quienes nos relacionamos y cada cuando; la tarjeta de puntos del supermercado informa qué comemos y cada cuanto tiempo; el celular (que nunca se apaga ni se borra, almacena todo lo que registramos), etc.
  • Se prevén tres “castas” separadas entre sí:
    • La segunda, (ahora podrían ser unos 60 millones de personas, son quienes se benefician de la I.A. (robot sastre que antes de vestirse, presenta un traje recién planchado y le recuerda su importante cita de las 11 am), luego da “like” a los robots de servicio para las labores del día; el piloto automático de su automóvil le informa que después de haber consulado el tráfico. Todavía puede contar con una hora, de modo que ve las noticias en su pantalla tridimensinal.
    • La primera casta es la que programa los robots, después de subirle los datos demográficos y los recursos disponibles en los próximos 15 años, y le ordena que, para entonces, su grupo de programadores (unas 6,000 personas) tenga las mayores ganancias posibles…, y los robots –que ya piensan (más bien, calculan), aprenden y toman decisiones, y como carecen de moral y de sentimientos, proceden implacablemente; aunque abandonen a la cuarta parte de la humanidad. Pero también, los mismos robots y con los mismos datos; pero con otros dueños, pueden programarlos de modo que dentro de los mismos 15 años, todos los seres humanos puedan satisfacer sus necesidades básicas del mejor modo posible.
  • La tercera casta, la de los parias, vivirán mucho peor que ahora: careciendo de agua, de carne, de ambiente medio sano, etc.
  • El “juicio universal” servirá para  deslindar todo lo que en la historia está mezclado: la “justa transparencia”. Ese deslinde, San Mateo lo presenta, en mala alegoría, como grupos totalmente separados, cosa que en realidad no será posible (sólo en el cuerpo presente hay “espacio” y “tiempo”). La situación espacial (derecha e izquierda) no permite, pues, la separación pastoril entre rebaños de “diestros bovinos” y “siniestros caprinos”.[1]
  • Más arriba hablamos del “Infierno”, cuya situación espacial sería “abajo, en el “Inframundo”, con llamas y demonios sádicos. Pero cuesta imaginar cómo sería la “resurrección de la carne”: Si el cuerpo glorioso es “carne”, como la que tenemos en este mundo (se discutía, incluso, si la edad sería la de los años que cumplió Jesús), cuesta saber las ventajas de dicha resurrección, donde no necesitamos el “aparato reproductivo”, pues no tendremos descendencia; tampoco el “aparato respiratorio” donde no hay oxígeno: ni “aparato digestivo” donde no hay alimento, etc. Quizás sólo necesitamos el cerebro. Sin embargo, todo cerebro necesita un soporte físico ¿Cuál podría ser? Ciertos teólogos imaginan que cada cual tendrá su propio planeta, y la comunicación (sin pulmones ni boca) sería telepática (Santo Tomás de Aquino afirmaba que cada ángel piloteaba un planeta propio).
  • El “Cielo” no es ningún “lugar” sino la “unión con Dios”, incorporándonos a su propio ser, en una unidad interpersonal, plena y amorosa con nuestro creador, redentor y santificador. El “infierno”, su ausencia, de quien nos hizo para Él y de quien nuestro corazón sólo descansa en Él; pero cuya fusión no es forzada, sino libre, en una opción que tuvo que realizarse cuando éramos una corporeidad temporal, pues sin cuerpo, ya no hay cabida para las rectificaciones. Dios seguirá amando a los réprobos, y estos le echarán la culpa de su desgracia; en el infierno no hay rejas; pero los condenados prefieren el tremendo sufrimiento de Aquella ausencia, a rectificar lo que, mediante sus obras, eligieron, y “ante la libertad, Dios se arrodilla”.

Preguntas”

  1. ¿Crees que las características de la Iglesia son las que mejor la identifican? ¿Añadirías alguna más?
  2. ¿Con los carismas de qué santos se identifica más tu espiritualidad?
  3. ¿Qué diferencias entre pecado y culpabilidad distingues?
  4. ¿Cómo concibes la “resurrección de la carne?

AMEN


[1] La metáfora del chivo evoca al antiguo dios “Cernnunus”, la imagen más antigua de un Dios (danzante cornudo pintado en la caverna “Des Trois Fréres” en Ariégie”), de los pueblos paleolíticos, habitantes de las marismas de la zona parte más norteña de Irlanda, cuyo animal que los sustentaba eran los renos (cacería y pastoreo). El dios era representado con cuernos, patas y cola de reno. Los Celtas no pudieron vencer a aquellos pueblos, pese a tener armas de bronce y aquellos, hachas de piedra, pero eran muy fieros y conocedores de las marismas. Cuando los romanos invadieron la región, llevaron a Cernnunus por todo el Imperio, convertido en Dyonisio griego y Baco Romano; pero manteniendo algunos rasgos en el Minotaruro, el Centaruro, el dios Pan, los Sátiros, etc.

  • Dyonisio fue un dios muy popular, y todavía en la Edad Media, encontramos ritos en los que, se decía, ciertas noches, Dyonisio convocaba a mujeres para el Sabbath, en los que danzaban desnudas en torno a una fogata y tenían relaciones sexuales con un gran chivo negro. Este rumor dio pie a la “cacería de brujas”, que costó que 50,000 mujeres fueran quemadas en hogueras, acusados de brujería. (Murray, Margaret, “El Dios de los Brujos”, FCE, 1986, México).
  • La alegoría de Jesús se prestó a denotaciones de prestigio o de desprestigio: se discrimina a los zurdos; se “sataniza” a las ideologías de “Izquierda” (“sinistra” en latín: los “siniestros”), que son las que favorecen al pueblo, y se prestigia a las “Derechas” oligárquicas.

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8. EL ESPÍRITU SANTO

Preguntas iniciales:

  1. ¿Cómo es tu devoción al Espíritu Santo? ¿Te diriges a Él en tu oración?
  2. La identidad del E.S. no está muy clara y se describe a través de imágenes simbólicas: ¿Con qué imágenes lo describirías tú?
  3. ¿Cómo conceptualizas tú a la Santísima Trinidad?

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     Sobre nuestra fe en el Espíritu Santo, el “Símbolo de los Apóstoles” se reduce a enunciar su existencia: “Creo en el Espíritu Santo”; mientras que el Credo Niceno-Constantinopolitano avanza en algunas de sus atribuciones:

  • Señor y dador de vida.
    • Procede del Padre y del Hijo
    • Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y Gloria,
    • Habló por los profetas
  •   Un rasgo del Espíritu Santo es su discreción. Dice San Pablo: “El Espíritu lo escudriña todo, incluso las profundidades de Dios (Padre) (…) Nadie conoce lo  propio de Dios, si no es el Espíritu de Dios (…) Él nos hace comprender los dones que Dios nos ha dado” (I Cor., 2, 11-12). También el Espíritu Santo nos hace conocer al Verbo, su Palabra; pero no nos dice nada acerca de Él mismo, sino que prefiere que sean los “profetas” mismos quienes nos lo hagan –es decir, todos aquellos “inspirados”, recogidos por la Sagrada Escritura-, y no mencionan a Él, sino más bien a sus actuaciones, y lo muestran sólo a través de imágenes simbólicas. La primera de ellas es, precisamente, la de “espíritu”, cuyo significado primario del término es el de “soplo” (la Ruha): el que ya soplaba sobre las aguas primordiales, el que animó al muñequito de barro que se convertiría en Adán, el que en Pentecostés se mostró como “viento impetuoso”. También entonces se mostró y como “fuego”, elemento que connota energía; la fuerza incontenible de los tornados o incendios forestales. En el bautismo de Jesús, se posó en su cabeza “algo así como hace una paloma”, que recuerda la unción de aceite (“mesías”), y, curiosamente, fue la paloma el símbolo que prevaleció. Se le llama también “el consolador” y el “Paráclito” (“para”= “junto a”, “de parte de”, “en defensa contra”; kalein= llamar; “tos”=acción). Se “recurre”, se “manda llamar” a un abogado para que nos defienda contra un adversario poderoso.  
  •  
  • “Señor y dador de vida”
  •     No se trata de que el Espíritu Santo haya sido quien creó el milagro de la vida, pues esta forma parte de la creación, obra del Verbo, si bien hay cierta ruptura en el proceso evolutivo: Teilhard de Chardin le supone sendas intervenciones divinas especiales para los distintos hitos (“Geósfera”, “Biósfera”, “Noosfera”, el “Punto Omega” de la vida espiritual y mística y “Cristósfera”)
  •  
  • “Vocación”, “envío” y “misión”
  • Existe cierta dinámica que puede encontrarse en algunas culturas: una autoridad llama a alguien (“vocare”)  y lo “envía” a una encomienda (“missio”) en favor a su pueblo; y para que puedan cumplir satisfactoriamente esta tarea, les proporciona cierta ayuda que seguramente necesitarán, pues encontrarán poderosos adversarios. Esta dinámica, estudiada por algunos semiólogos como Gerimás, se estructura según su “Modelo Actancial Mítico”.[1]
  •  
  • Destinador                   Objeto                         Destinatario
  •  
  •  
  •         Auxiliar                        Sujeto                          Oponente
  •  
  •     Jesús (“destinador”) envía a sus apóstoles (sujeto) para realizar una “misión” (objeto) en favor de su pueblo (destinatario), y para que puedan realizar esta difícil tarea (objeto), les comunica un defensor o “Paráclito” (auxiliar), ya que seguramente tendrán que afrontar las poderosas fuerzas del mal (oponente).
  •  
  •    En este esquema, el “Destinador” sería Jesús –aunque, en otra variante, podría ser el Espíritu Santo mismo-. En la misionología actual, la Iglesia no “envía” a nadie; es mero “cómplice” del Espíritu Santo (en expresión de José Cristo Rey García Paredes).
  • Los apóstoles son aquí el “Sujeto” (en el otro esquema, el “Sujeto” podría ser Jesús). El “Objeto”, no sería otro que el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios, que Jesús ya había comenzado a echar a andar. Según Grimas, el “actante” auxiliar podría ser un objeto mágico o una persona. En nuestro caso, el Espíritu Santo sería el “Paráclito”, el “abogado”, “al lado de” los apóstoles, mediante sus “siete sagrados dones”; mientras que el “oponente”, serían las poderosas fuerzas del mal.
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  • Pentecostés.
  •    Cincuenta años después de Pascua, los judíos celebraban la “Fiesta de las Siete Semanas”, en sus orígenes, de carácter agrícola. Para esa fiesta subían a Jerusalén para dar gracias a Dios y adorarle en el Templo, gran cantidad de israelitas, muchos los cuales vivían en la “Diáspora” (nombre dado al conjunto de todos los lugares a donde emigraban los judíos fuera de Palestina). En la ciudad, pues, había mucha gente de fuera. María pensó que era una buena ocasión para convocar a los asustados apóstoles, aprovechando el anonimato. Fueron llegando todos a la misma casa que les ofrecieron como Cenáculo para celebrar la Pascua (poco a poco, volviendo la cabeza a ambos sentidos y tocando la puerta con la clave convenida). Cuando ya estaban todos, María mandó atrancar la puerta y los invitó a algo así como lo expresan hoy los jóvenes: una ‘encerrona´:[2] “de aquí nadie sale hasta que tomemos una decisión: ¿La gran gesta de Jesús, habrá sido simplemente un bello sueño y nos iremos luego a nuestras casas? ¿o nos decidimos, con valentía, a continuar la misión de Jesús, aún al costo de entregar la propia vida?” Y todos se pusieron en oración. Entonces, la casa se cimbró a causa de un viento impetuoso, y bajó una bola de fuego, que se dispersó en lenguas, posándose sobre cada uno de ellos. Era la fuerza del Espíritu. Todos quedaron “prendidos”, fuera de sí, eufóricos, y sin poder contenerse, Pedro –aun trastabillando- quitó la tranca y abrió la puerta. Se sorprendieron al ver una gran multitud de curiosos procedentes de los más diversos lugares:  “partos, medos, elamitas, habitantes de diversas ciudades de Mesopotamia, Judea, Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y los distritos de Libia, Cirene, romanos residentes, judíos y prosélitos, cretenses y árabes” (Hch. 2, 10-11). Se habían reunido asombrados por el prodigio de aquella casa. Entonces, Pedro, comenzó a pronunciar un discurso “kerymático”, constatando, ante su sorpresa, de que toda aquella multitud, comprendía su discurso, cada cual en su propia lengua.
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  • Para comprender el prodigio, es preciso remontarse unos 2,500 años atrás, durante el exilio en Babilonia. A los hebreos que habían sido llevados a la ciudad de Babel, les había intrigado ver, en el Valle Sinaar, varias torres de base cuadrangular, ”hechas de ladrillos cocidos en vez de piedras y alquitrán en vez de cemento”, formando bloque superpuestos, del boque mayor al menor. Eran los “zigurats”, uno de ellos, el más alto, aun sin terminar. Eran obra de la soberbia Asiria, conciente de su grandeza, pues lo habían lograda por sus propias fuerzas, sin ayuda de ningún Dios, con lo que, divinizarían su Imperio (“que la torre alcance al cielo, para hacernos famosos y para no dispersarnos por la superficie de la Tierra”). Por supuesto, las manos que estaban construyendo la torre no eran manos asirias (los nativos seguían cultivando sus parcelas), sino de los numerosos esclavos, reclutados de todos los pueblos conquistados y luego, sometidos. La estrategia de aquellos esclavos fue rehusarse a aprender la lengua de sus amos, sin la cual aquella empresa no era posible. De modo que se dispersaron, sin demasiada resistencia de sus captores.
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  •     Sin embargo, a las culturas localistas, con sus respectivas lenguas, le resultó después  imposible cooperar juntos para conseguir algo grande. Esto sólo se logrará mediante un “diálogo de culturas”: una unidad sin “uniformismo”, en la que todas las culturas se abran y comprendan, en una nueva unidad pluricultural. Esto fue lo que significó “Pentecostés”: todos entendieron el mismo mensaje; pero no con el monolingüismo del “imperialismo lingüístico cultural, sino “cada cual entendía en su propia lengua”. Eso es lo que quiere decir “Iglesia Católica” y no “Iglesia Romana”. Aclaro que no se trata aquí de negar el primado del “Obispo de Roma”, el Papa, signo de la unidad eclesial, sino de cuestionar el colonialismo occidental -como en el antiguo “Imperio Romano” pagano-.
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  • Actuación del Espíritu en la historia
  •    En su vida, muerte y resurrección, Jesús “entregó su Espíritu”, nos lo dio. Ahora Jesús es el “Destinador” que envía al Espíritu Santo y le encomienda una “misión”: Decíamos que la teología actual de la Misión, entiende que no es la Iglesia la que “envía” a los misioneros, sino que el envío es una obra conjunta del Padre y del Hijo; el ahora “enviado” sería el Espíritu Santo, el actuante de nuestra misión. La Iglesia es “cómplice” del Espíritu, o si se prefiere es tan sólo un Sujeto (la comunidad de discípulos de Jesús), quien recibe la misión de prolongar y completar la obra de Jesús: proseguir la iniciativa del Padre, cuya ejecución es tarea del Hijo y del Espíritu.
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  • Los “signos de los tiempos”
  •    El Espíritu Santo sigue actuando en la historia, y lo hace posibilitando que “venga a nosotros el Reino del Padre” (y De su Hijo: Cristo Rey”). Pero no esperemos una realización de manera mágica (que el Reino nos baje de las nubes), sino a través de nosotros (la Iglesia, en sentido amplio). La misión de los cristianos es colocarnos desde la perspectiva del Espíritu y colaborar con Él en consonancia con su actuación, en los diversos momentos y lugares de la historia. Esto implica, en primer lugar, un trabajo de discernimiento, para saber el rumbo y el ritmo de su actuación, en la situación que nos toca vivir.
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  •    Jesús pone el ejemplo de aquellos sabios campesinos ancianos de su tiempo -y también del nuestro-, a quienes en algún momento hayamos preguntado si crea que vaya a llover, y haya respondido negativamente, aún cuando el cielo esté cubierto de nubarrones y así haya sucedido; o cuando le preguntamos si hará calor por la tarde y nuestro anciano, viendo de nuevo el cielo, responde afirmativamente, y en efecto, así sucede. Jesús increpa a la multitud: “¡Hipócritas! Saben interpretar el aspecto de la tierra y el cielo, ¿cómo no entonces no saben interpretar el momento presente?” (Lc, 12, 54-56; Mt. 16, 2-4).
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  • El Concilio Vaticano II, en la Constitución “Gaudium et Spe”, al hablar de la misión de la Iglesia de estar al servicio del hombre, afirma: “Para cumplir esta misión, es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y de la mutua relación de ambas” (#4). Recuerdo que el Concilio consideró los “signos de los tiempos” como un “lugar teológico” (hasta entonces, se aplicaba esta expresión, como fuentes reconocidas para la reflexión teológica, sólo a la Sagrada Escritura, al magisterio y a la tradición).
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  •    Habría que precisar algunos criterios para que los acontecimientos históricos puedan ser reconocidos como “signos de los tiempos”: que no sean acontecimientos aislados, sino que formen corrientes de hechos convertidos en “fenómenos”, la ecología, los derechos humanos, el feminismo (el Papa Juan XXIII lo reconoció como tal), etc.; que gocen de cierto consenso entre sectores reconocidos y prestigiados; que no vayan contra la Revelación o una Tradición continua, etc.
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  • Sus siete dones
  •    Para facilitar el discernimiento sobre su actuación en la historia, el Espíritu otorga siete virtudes o “dones”, enumerados de acuerdo a quien el profeta Isaías considera  destinatario sobre quien se posará el Espíritu del Señor (“vástago que brotará del tronco de Jesé”) (11, 1-2). Se trata de seis dones, a los cuales, la tradición eclesial añade otro don más -el “Entendimiento”-, para completar el septenario:
    • Sabiduría- La palabra viene de “sabor”: saborear la vida, gustarla, masticarla, pues ayuda a ubicarse en el mundo. No se trata de un conocimiento racional, ni menos de erudición, sino del aprendizaje hecho conciencia y digerida para ser transmitida, a partir de la vida misma (quizás conozcamos alguna anciana analfabeta y sabia). Las religiones suelen ser buena fuente de sabiduría.
    • Entendimiento.– El ansia de conocer de Dios, (no “comprenderlo”, pues necesitaríamos ser dioses). Compaginar “fides et ratio”, al menos, la “no-repugnancia” racional de la fe, la intuición, la “teología negativa” (“apofática”).
    • Ciencia.– el estudio sistemático de la teología o doctrina (no repetir fórmulas dogmáticas): un estímulo para el conocimiento de la fe (con el corazón, más que con la lógica), con audacia y fidelidad (tradición e innovación). Comprender mejor la cultura de Israel S. I y la nuestra -hoy globalizada-, para generar síntesis entre la fe tradicional y vida actual. Comprensión histórico- política para distinguir los que sean realmente “signos de los tiempos”, de los eventos meramente azarosos o de moda. El estudio de la antropología para comprender épocas y culturas. Comprender los mecanismos sociales interpelantes (desafío u oportunidades). Las teorías de la personalidad que ayuden a la maduración de la fe.
    • Consejo.– Nuestra sabiduría creyente no basta para nuestra vida personal, sino hay que compartirla con quienes la soliciten. Con la humildad de la escucha previa, de ponerse en el lugar del otro, de corregirlo y testimoniarlo; pero confiando que él seguirá su propio proceso.
    • Fortaleza.– Valentía, audacia; pero al mismo tiempo, prudencia: hacer lo que las circunstancias permitan hacer; correr, cuando la situación lo permita; alentar el paso, detenerse y dar dos pasos adelante y uno para atrás, si así se requiere. Tan imprudente sería correr cuando no es momento, pero también caminar lento cuando se puede correr (“cuchichear la palabra al oído, o gritarla desde las azoteas”). Vencer los miedos, o todavía mejor, hacérselos aliados. Superar “miedos ancestrales”, comprender lo real de los fantasmas que nos forjamos. Evitar aquellos fanatismos o integrismos, que denotan inseguridad. La paciencia revolucionaria puede no ser producto de nuestra débil voluntad, como tampoco la urgencia histórica, combinar audacia y eficacia. Conocer los ritmos y las circunstancias… todo esto es parte  de este don.
    • Piedad.– Es compasión, misericordia, sensibilidad y amor a Dios y a los que sufren. La necesaria oración para abrirnos al Tú divino y escuchar sus mociones, para configurarnos con Cristo.
    • Temor de Dios.– No es “tenerle miedo” a un Dios lejano e imponente, sino custodiar el “Mysterium Tremendum”, de esa divinidad que suscita el “pavor” de lo que no cae el ámbito de nuestras realidades cotidianas, y que contrasta con nuestra insignificancia (“polvo, ceniza, pura nada, y peor aún que la misma nada a causa de nuestros pecados”).

      Con estos dones, continuaremos el proyecto del Padre, vinculándonos a la Misión de Jesús y de su Espíritu, enviado para propagarlo por todas las naciones, culturas y religiones.

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

  1. Las Trinidades Indoeuropeas
  2. El lingüista G. Dumezil[3], después de un minucioso estudio sobre las teogonías de los pueblos indoeuropeos (antiguos habitantes de un área tan vasta, como la que fue desde la India, Asiria, pasando por los pueblos eslavos, germanos, Asia Menor, griegos, romanos y celtas; que tuvieron rasgos culturales afines, una lengua común –el sánscrito-, teogonías semejantes), pudo probar que las teogonías de todos aquellos pueblos eran trinitarias, los cuales, invariablemente, cumplían tres funciones:
    1. Un creador, quien tenía la soberanía mágica y jurídica
    1. Un héroe cultural, guerrero, salvador, de quien era propio el vigor.
    1. Un santificador, de quien es propio el éxtasis, la sexualidad, la salud, la danza, el vino
  3.    Cada una de estas tres funciones pueden también ser ejecutadas por una pareja, unos gemelos, etc.
  4. A partir de los pueblos indoeuropeos, el número 3 fue el número clasificatorio de todo el continente europeo, a diferencia del continente americano, cuyo número clasificatorio es el 4. Concretamente, en Mesoamérica, gracias a los aztecas -cuyo calendario es más perfecto que el de los europeos de entonces-, correspondía tanto a las cuatro estaciones (tiempo) como a los cuatro puntos cardinales (espacio), cuyo símbolo es el “Ollin”: el señalamiento espacial, que no se trata de un punto preciso (señalando al Polo Norte, como la brújula), sino que se conforma por sendos “ámbitos” parabólicos, formando una especie de trébol de cuatro hojas, alrededor de un centro, que además, señala otras dos direcciones: el “arriba” y el “abajo”
  5.  
  6. Debates sobre la Trinidad Cristiana
  7. Cuando el cristianismo evangelizó a Europa, se topó con el esquema trinitario indoeuropeo. Tuvo que procurar hacer compatible aquella cosmovisión con el Evangelio. En el debate, confrontaron algunas posibilidades interpretativas y optaron por la que parecía más conforme: ¿El Hijo y el Espíritu Santo compartían la misma y única naturaleza que el Padre (homousius), o eran dos personas algo inferiores y subordinados a una superior? ¿El Espíritu Santo procedería del Padre y del Hijo (“filioque”), o más bien el Padre engendraría al Hijo y éste, a su vez, espiraría al Espíritu Santo (a manera de una fuente de tres platones), como pensaban las Iglesias de Oriente, actualmente “ortodoxas”? ¿Sería real la distinción entre las tres Personas divinas, o el Hijo y el Espíritu Santo serían simples “modos” como el Padre se manifestaba (“monarquismo modalista”)? ¿El hijo sería un ser humano que, en su bautismo, el Padre lo asumió a la dignidad de Hijo primogénito, y el Espíritu Santo lo habría consagró como Mesías? ¿El Verbo divino era una criatura (atentando a la misma esencia del Misterio Trinitario y al sentido mismo de la salvación cristiana? En tal caso, las hypostasis serían caracterizaciones de la única “ousía” divina, que si bien no la dividen, sí establecen distinciones (por el origen o por el modo de existir)? ¿el Verbo no tendría origen, o bien, sería engendrado por el Padre o “procedería” de Él?
  8.  
  9. Las grandes síntesis teológicas
  10.  
  11. San Agustín de Hipona (354-430)
  12.   San Agustín (Augustus) nació en Tagaste, ciudad al Norte de Africa (actual Argel). En el siglo IV esa región era bastante adelantada, más que muchas ciudades europeas. Agustín estaba adentrado en ciertas corrientes de la filosofía griega, en especial el “neoplatonismo” (algunas variantesde Plotino), lo que hay que tener en cuenta para sus reflexiones teológicas. Las teologías de los siglos II y III que hemos visto, tenían aquel mismo “background”, y ya habían llegado a aceptar –contra Arrio- la “consubstancialidad” entre Padre, Hijo y Espíritu Santo (“homousius”). En el platonismo, las “Ideas” abstractas (Eneadas) existían desde siempre y en grado infinito y total, mientras que los seres creados (o sus cualidades) “participaban” de ellas en forma degradada. Si el Padre fuese una Esencia semejante, o bien el Hijo y el Espíritu participaban de aquella en grado menor, o se trataba de esencias distintas.
  13. La cuestión por resolverse eran las “Personas divinas” (“hypostasis”), que sólo podrían ser de esencia específica y numérica, sin que esto alterase la unidad esencial. Clarificar el concepto de “Persona” era un desafío para la filosofía agustiniana. Continuando con su argumentación: Para que un nombre sea común a distintas cosas (a n o ser y que se tratase de un nombre propio), es preciso que estas pertenezcan al mismo género o a la misma especie. Es decir, un nombre común indica una posesión unívoca de la realidad; pero esto no sucede en el caso de la Trinidad: si se les da a los Tres el nombre de “Persona”, en Dios habría tres esencias.  Entonces: ¿qué es lo común al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo para poder llamarlos “personas”, no siendo este término un nombre propio? Dios es un nombre absoluto, y “persona” también es un nombre absoluto: ¿por qué Dios no es una sola persona, o al revés, por qué no son tres dioses? Según el lenguaje tradicional, Padre, Hijo y Espíritu Santo son distintos; pero ¿en qué lo son? en que son tres personas o “hyposatasis”. Pero entonces, si “persona” es lo absoluto de Dios, entonces, en Dios ser, y ser persona sería lo mismo. Pero entonces: ¿por qué no decir que hay una sola Persona? Agustín aquí se atora.
  14. Sin embargo, avanza al introducir la categoría de “relación”. No es substancial lo distintivo del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; pero los nombres de las Personas sí son relativos… y eso “relativo” de Dios es algo “ad alium”: una referencia al Otro. Lo relativo no añade nada al sujeto, sino simplemente indica la alteridad. 

  15. Santo Tomás de Aquino (1225-1274).
  16. Partiendo de que Cristo es la “Palabra”, el “Verbo”, el “Concepto” del Padre, este teólogo parte de su epistemología: la mente del sujeto humano no puede conocer los objetos tal cual estos son en la realidad, por lo que tiene que construirse “modelos” (ideas, conceptos) de dichos objetos, los cuales son sólo aproximaciones de las cosas en sí. Ni siquiera somos capaces de conocernos a nosotros mismos tal cual somos (algunos tienen una autoimagen “sobrevaluada” de ellos mismos, decimos que “se creen mucho”); mientras que otros tienen una autoimagen devaluada de sí (los acomplejados). Se recomienda atender a alguna “heteroimagen” confiable para equilibrar nuestra desconfiable “autoimagen”.  
  17. Siendo el Padre un perfecto conocedor, sus conceptos (verba) no podían ser meros “modelos” de la realidad, como los nuestros, sino que en Él, el “significado” era exactamente idéntico a su “significante”; y siendo así que el Padre existe realmente, su concepto también existe realmente; aunque distinto a Él como cognoscente. El Padre “concibe” (conoce) al Hijo, como la madre “concibe” (engendra) al suyo. Entonces, el Padre y el Hijo establecen una relación amorosa entre ellos. En el amor sucede también algo semejante: deja una huella ambos amantes, que en el caso de que sean divinos e infinitos, esa huella es también idéntica a quienes la marcaron, es decir, Padre e Hijo, conjuntamente “espiran” al Espíritu Santo; este provendría del amor del Padre y del Hijo (“filioquae procedit”).

[1] Greimas A.J., 1966 “Modelo Actancial Mítico”, en su “Semiótica Estructural”. Grimas lo ejemplifica con “los cuentos maravillosos rusos” (Propp): El rey (Dr) envía a Iván (S) a que mate al dragón (O) y libere a la princesa (Do). Una mendiga (en realidad una hada) a quien Iván da limosna, le da un anillo mágico (A); pero hay un falso héroe (Op) que se atribuye a ser él quien libró a la princesa; pero finalmente Iván se casa con ella.

[2] Así llaman en algunos lugares a una borrachera en la que se echa la llave de la puerta a una sopera el vino caliente, para que nadie salga hasta que el vino se termine.

[3] Dumezil, George: “Los Dioses Indoeuropeos”. Seis Barral, Barcelona, 1970

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7. JESUCRISTO

Es una pleonasmo decir que “los cristianos somos los seguidores de Cristo”. El Símbolo de los Apóstoles -el más antiguo- se reduce a la presentación histórica de la persona de Jesucristo. En cambio, el Credo Niceno-constantinopolitano estaba respondiendo al ambiente polémico de los siglos II, III y IV, cuando lo que la preocupación estaba en saber ¿quién era realmente Jesucristo? La razón teológica de hurgar en este Misterio, era de vital para los padres conciliares: debían pronunciarse nada menos por lo que habría de ser en adelante la identidad confesional de todos los cristianos.

¿Cristo sería la primera creatura de Dios, que a pesar de no ser divina, tenía mayor rango que lo humano, y a quien Dios le encomendaría la creación (“por quien todo fue hecho”)? es decir, Jesucristo sería una especie del “Demiurgo” platónico (Arrio, siglo IV)? ¿O sería un ser humano, como cualquier otro, que en el momento de su Bautismo, Dios lo habría asumido como su Hijo primogénito, y el Espíritu lo habría ungido como Mesías?[1] ¿O Jesús habría sido ya, desde su nacimiento, el “Dios encarnado”, y que en su bautismo, Dios, simplemente -a Él y al Bautista-, les habría dado a conocer quién era Él en realidad? Siendo Jesús una sola persona con dos naturalezas –la divina y la humana-, ¿cada naturaleza habría tenido su propia conciencia, Jesús, desde su nacimiento, habría mantenido la conciencia de su divinidad, y simplemente “actuaba”, para que no aflorara ante los demás su condición divina, como pensaba Tifano? ¿Sabría Jesús que la Tierra no era plana, que existía el continente americano, las teorías de la relatividad y del genoma humano, conocía todas las lenguas de la Tierra, etc.?) [2]  ¿O por su condición misma de “Dios encarnado”, habría tenido simplemente la misma conciencia que la de cualquiera de sus contemporáneos campesinos?

  • A los cristianos del Siglo XXI, aquel debate ya no nos interesa y nos resulta incomprensible. Hoy ningún cristiano discute si Jesús sea un ser humano como cualquiera de nosotros, y al mismo tiempo, la Palabra (el Verbo) hecho carne. La dogmática sobre Jesús en el “Símbolo de los apóstoles”, se reduce a reconocer su prenacimiento (“Hijo único de Dios”, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nacido de Santa María Virgen”), y su “postmortem” (“padeció bajo el poder de Poncio Pilato, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos. Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”. Pero en el siglo XXI, gracias al conocimiento que tenemos de las ciencias arqueológicas, paleontológicas, lingüísticas, etc. (Pagola), sabemos más del “Jesús histórico” que los cristianos del siglo I, [3] por lo que tenemos, al menos, las siguientes dos razones para insertar en el Credo unas líneas: (1) la necesidad de alguna alusión a la misión de Jesús: por ejemplo, restablecer el desorden producido por el “pecado original”, y (2) la dada por San Juan al finalizar el bello himno de su prólogo: “a Dios, nadie lo ha visto jamás. Es la Palabra quien nos lo dio a conocer” (Jn 1, 18): sería de vital importancia el conocimiento de Jesús, para mejorar nuestro conocimiento de Dios, y esto lo sabemos, más que por sus enseñanzas, sobre todo, por su vida.[4]  
  • Mejor todavía si presentáramos una brevísima semblanza de su vida: Jesús, “imagen visible del Dios invisible”, fue inmensamente compasivo con los sufrientes, al punto de que fue esa compasión lo único que justificaría sus milagros (no utilizó su poder divino ni para defenderse Él y ni siquiera para su misión). Cómo no hacer referencia en el Credo a lo que pedimos en el Padre Nuestro: la utopía de Jesús, que Él llamó “Reino de Dios”, una sociedad basada en el amor, la justicia, la paz, la verdad, la libertad y la Gracia, y creer en la esperanza que, contra todo lo previsible, se hará realidad. También un reconocimiento a su admirable su disposición para revisar sus tácticas, como el cambio que decidió, al constatar la lentitud de los apóstoles para comprenderlo, que le hizo decidir a viajar pronto a Jerusalén, y estando allá, apostar por una fuerte denuncia contra el “sistema del sacrificio” del Templo, lo que le costó la muerte.

Detengámonos ahora en cada frase del Credo, tal como lo recitamos:

  1. Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo (…); nacido de Santa María Virgen

Jesús (el Verbo) es un “Dios encarnado”, “hecho carne”, con todas las características y conciencia de cualquier mortal. Pero con una excepción: María, su madre, no lo engendró por concurso de varón. Esto, parecía indispensable, pues entonces se creía que el pecado original se transmitía por el semen del varón, y para la redención era conveniente que este “Hijo único de Dios” no tuviera nada que ver con la dinámica del pecado original –su misión era, justamente, liberarnos de aquella fatal opción-, y por esto, preservó a su madre de la maldición de Eva (un “hijo” que elige y configura a su propia madre).

  • Padeció bajo el poder de Poncio Pilato… crucificado, muerto y sepultado”.

   En algunos lugares se escucha una expresión para denotar que alguien está fuera de lugar: “se coló de refilón, como Pilatos en el Credo”. Según esta, pareciera que Pilatos no tuviera nada que hacer en la formulación de un corpus dogmático; pero en realidad, la mención a Pilato testifica que Jesús fue asesinado, nada menos que  por el Imperio Romano mismo (es decir, Jesús habría sido tenido como enemigo peligroso del -hasta entonces- imperio más poderoso de la historia, y había sido crucificado, como hacían los romanos con aquellos que se rebelaban contra el Imperio. Pilato lo condenó a muerte, sin estar convencido de la acusación de rebelión contra Roma (“no hallo en él culpa alguna”), sino por simples motivos políticos (no dar la impresión en Roma de haber actuado por debilidad). Su muerte tiene la apariencia de ser la de un fracasado, no obstante haber cumplido a cabalidad con su misión (antes de morir, lo reconoció: “todo está consumado”).

La muerte “redentora” de Jesús

    Suele interpretarse la “muerte redentora” desde los sacrificios expiatorios de ovejas y cabras realizados en el antiguo Israel (el “chivo expiatorio”): quién cometía ciertas impurezas “tabú”, tenía que viajar hasta el templo de Jerusalén y entregar el animal a algún levita para que lo matara, con lo cual, el oferente quedaba limpio, y se llevaba una porción de la carne sacrificada (la otra porción era para el levita). La muerte de Jesús era “leída” desde ese ritual. Pero Jesús, ya para entonces había abolido el “sistema del sacrificio” como causa de la profanación del Templo (“cueva de ladrones”) y expulsado a los vendedores de ovejas. El cordero de la Última Cena, no era, por tanto, el cordero del sacrificio levítico, sino el cordero Pascual (esa cena remitía a la cena previa a la salida de Egipto, cuya sangre, marcada en los dinteles de los israelitas, sirvió para identificarles las casas de los hebreos a las bandas de “ángeles exterminadores”. Más que víctima expiatoria, el cordero connotaba “liberación”.

    “Redimir” es liberar a alguien de un cautiverio: Algún allegado o amigo pagaba el precio de rescate, o saldaba una deuda para sacar de un aprieto al pariente o amigo. Durante la guerra contra los árabes, los caballeros Templarios se ofrecían ellos mismos ir a la prisión, a cambio de otro cristiano, débil en su fe y por tanto, tentado a apostatar. En este sentido, Jesús pagaría, mediante su propia muerte, la deuda que tendríamos debido al pecado de Adán y Eva.

     Esta explicación no parece compatible a quienes conocemos la misericordia y la compasión infinitas del Padre.  Dios, es cierto, envió a su hijo; pero no tanto para “pagar la deuda”, sino para recomponer la situación en la que quedó el género humano, debido a la fallida decisión del primer acto de libertad, con el que los primeros ancestros marcarían la evolución de la nueva especie, y quedaríamos todos sujetos a la muerte (no hablamos del mero “perecer” -condición de cualquier ser viviente-, sino de “morir”, que implica la conciencia de nuestra condición de mortales, de la cual carecen los animales). Si es la libertad la condición que nos hace ser “imagen y semejanza” del Dios (y ante la libertad, Dios mismo se arrodilla), aquella primera decisión habría quedado definitivamente inserta en el ADN humano. Pero ahora, Dios envió a su propio Hijo, no para revertir aquella situación tomada para siempre, sino para recomponerla, resucitando a su Hijo de la muerte. Ahora cada uno de nosotros tendrá que comprometerse, libremente, a no caer en la tentación (Dios no nos libra de tentaciones, sino que sólo nos ayuda a no caer en ellas).

¿Jesús “se entregó voluntariamente a la muerte?”

Se suele decir que la de Jesús, fue una entrega “voluntaria” a la muerte, “para cumplir con la profecía” fatal. Esto connotaría a un Dios sádico, que, agraviado, necesitaba de una víctima proporcionada a la falta -tanto más grave, cuanto más grande fuese el ofendido-. En realidad Jesús no buscó ser asesinado; más aún, mostró astucia para evitarlo; pero llegado el momento, _y no sin cierta resistencia (“Padre, si es posible, que se aparte de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”, Mc, 26, 39)-, y con una angustia tal, que hasta sudó sangre; pero asumió morir (quizás con el dolor sicológico de creerse incomprendido por su Abbá): “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, o hasta con el temor de haber caído en alguna imprudencia y hacer fracasar su misión. Pero, finalmente, poco antes de morir, reconoció haber cumplido a cabalidad la misión a Él encomendada (“Todo está consumado”).

  • Descendió a los infiernos.

Muchas culturas tienen un lugar destinado a los muertos. Entre las antiguas cultoras prehispánicas, para los antiguos aztecas o mixtecos, había cuatro “paraísos” a los que se llegaba por elección de determinado Dios, para llevárselo a su lugar propio, no por ciertas faltas cometidas en vida, sino por la forma cómo había acaecido su muerte: Huitzilopochtili se llevaba a los guerreros muertos a machete de obsidiana, y acompañaban al sol del amanecer hasta el zenit, y las mujeres muertas en el parto, desde el zenit hasta el ocaso. Tlaloc se llevaba a los muertos por el rayo o ahogados, y en su paraíso, vivían convertidos en niños, a orillas de un río, entre avecillas y flores, etc . Los muertos “del común” iban al “Inframundo”, un lugar al que se llegaba después de un viaje de ultratumba, guiados por Xolotl, un perro negro (para el camino, les ponían en el petate de sepultura “memelitas”, cacao (dinero) y –en el caso de los niños-, un biberón con leche materna. Para los mixteco-zapotecos, el lugar de los muertos “del común” era el Mictán, -el “Infranundo”- cuya entrada estaba en la actual Mitla (en una construcción en forma de crucero al que ahora los turistas pueden visitar). El crucero se prolongaba en supuestos túneles que daban al Inframundo, ahora ya clausurados (algunos desesperados pedían se les permitiese adentrarse en ellos, estando aún vivos). El Mictlán no era un lugar tenebroso, puesto que el Sol, al ponerse en el ocaso, se hundía en la tierra para iluminar el subsuelo; los muertos realizaban actividades similares a las de la Tierra (aunque el trabajo era más liviano), y cada año, el dos de noviembre, se les permitía salir para visitar a los suyos. Poco a poco (cuando ya los vivos los habrían olvidado), se desintegraban definitivamente.

  • Para los israelitas. era el “Sheöl”, lugar de oscuridad, adonde iban  los muertos, sin distinciones morales, que los griegos llaman “Hades” o “Gehena”. Parece que no hay en español una palabra que le corresponda; aunque algunos le llamaban “infierno” (“inferus”, lugar de abajo), lugar situado en alguna parte debajo de la tierra. Su condición no era ni de  dolor de ni placer; ni de recompensa, ni de castigo; quizás de simple inconciencia. Posteriormente ya hubo cierta distinción: el “Seno de Abraham”, de recompensa; y la “Gehena”, de castigo (recordar la parábola de Lázaro y el rico Epulón; donde después de la muerte, intercambiaron su suerte). Si Jesús murió realmente (y no fue una “muerte aparente”), tendría que haber ido al “Sheol”, adonde iban todos los que mueren. Si Jesús “bajó” allí, no puede afirmarse que fue para “consolar” o “prometer” nada (quienes estaban allí eran inconcientes). Sino que denotaba su condición de muerte real.  
  • “Al tercer día resucitó de entre los muertos”.

   Finalmente, el Padre resucitó a Jesús, probando con esto, que Dios “tomó partido” por el crucificado y no por las autoridades religiosas, las cuales quedaron irremisiblemente quedaron derrotadas. “el velo del templo se rasgó”: el Templo y la Ley perdieron su sentido salvífico y dejaron tener sentido; la Alianza fue rota, ya cuando el pueblo mismo había renunciado a ella (“caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”). La resurrección de Jesús vence a la muerte, no sólo para Jesús, sino para cuantos “creen” en Él, y sabemos que nos resucitará a quienes –de alguna manera- vivan como Jesús, no por méritos, sino por un don gratuito.

  • “Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”.

    Tanto los cuatro evangelistas como el libro de los Hechos, de una u otra manera, hablan de esto. El Credo sigue literalmente a Marcos (el más histórico). Lucas los conduce a Betania, allí los bendice y les hace algunas recomendaciones; mientras “se separó de ellos y se fue al Cielo”; Mateo, previamente, los envía por todo el mundo; Juan, de forma indirecta (“Salí del Padre y vine al Mundo, voy al Padre y dejo el mundo”); El Libro de los Hechos, después de enviarlos “hasta el confín del mundo”, los apóstoles lo vieron elevarse, hasta que fue cubierto por una nube”

Precisiones culturales

Cielo: Algunas lenguas, como el inglés, distinguen el cielo, como firmamento (“sky”) y el Cielo como lugar teológico (“heaven”), algo que el español confunde. La cosmología de entonces, como vimos, consideraba la Tierra plana, sostenida por cuatro columnas. Arriba, una cápsula o cúpula, donde estaban prendidos los astros (tamaño como los vemos desde aquí): arriba de dicha bóveda, las aguas superiores; arriba de aquella bóveda, otra bóveda más y final ente, hasta arriba estaría Dios. Para hacer llover, Dios abría una “llave de regadera” y caería algo de las aguas superiores (y por el vapor, a ellas luego volverían). Hoy día, diríamos que, cuando Jesús se fe al Cielo, simplemente “pasó a otra dimensión”.

Subir: El cerebro humano, según Kant, no puede pensar sin las categorías de tiempo y lugar; pero podemos imaginar, en abstracto, realidades carentes de dichos condicionantes espacio-temporales: sin los “arriba” / “abajo”; sin los “derecha” / “izquierda”. Una vez resucitado, Jesús se encuentra en la dimensión incorpórea (“celestial”),  compartiéndola con su querido Abbá, sin “subir al Cielo” ni “sentarse a la derecha” del Padre; sin lugar subordinado, puesto que Padre e Hijo son la “la misma naturaleza” (“omousius”).

    Según San Lucas, Jesús, en el monte de Betania, promete a sus apóstoles la fuerza del Espíritu Santo, para que “sean sus testigos hasta el confín del mundo”, y para que “hagan discípulos entre todos los pueblos”. Hay que evitar el “cristocentrrismo” de creer todos los seres humanos deban entrar a la Iglesia (el dicho de San Agustín: “extra Eclessia nulla salus” = “fuera de la Iglesia no hay salvación”). Además de que esto no sea posible (entonces enviaríamos al infierno a budistas, musulmanes, sintoístas, anglicanos, “evangélicos”; pero también a los mayas, aztecas, etc.), hoy esto resulta indefendible. Todas las religiones proponen, aunque de forma inconciente, las “semillas del Verbo”: los valores del Reino de Dios (justicia, paz, verdad, amor, libertad, etc.). Como propone la misionología actual, no se trata de que los evangelizadores occidentales se tengan que desplazar al Tercer Mundo para convertir y bautizar “páganos” (la gente del “pago”, los lugares en Europa, al margen de la evangelización y que aún mantenían elementos precristianos), sino creer verazmente la fe que cada cual profese.

   La misma cosmovisión que estamos presuponiendo, confirma que se trata de un relato simbólico: mientras Jesús está terminando su última instrucción y les da sus encomiendas (los ha estado instruyendo y enviando todo el tiempo) y lo sigue haciendo mientras se va elevando, ante sus ojos atónitos y una nube se los ocultó. Ellos seguían con los ojos fijos en la nube, cuando dos personas vestidas de blanco se les presentaron y les advirtieron: “Hombres de Galilea, ¿qué hacen allí mirando el cielo? (Hch. 1, 7-11). Ellos están embelesados, con tristeza, nostalgia y estupor. Jesús ya se fue; parece que la vida ya perdió su sentido; pero ahora deben tener en cuenta que es preciso “poner los pies en la tierra”, en esta Tierra con tantos problemas, necesidades e injusticias. Era ya momento de cumplir con la encomienda de Jesús, contando con la promesa de que el Espíritu Santo no habría de faltarles. Esa fe contemplativa (“mirando al cielo”),en un Jesús que ya no estará con ellos para indicarles lo que deben hacer, sino que deberán contar con su iniciativa y sus fuerzas propias; esa fe meramente contemplativa, es “enajenante” (“opio del pueblo”), evasiva de las urgentes tareas, cuya solución dependerá en adelante de su compromiso transformador. Queda tan sólo la esperanza, virtud que proyecta hacia el futuro: “Este Jesús, que les ha sido quitado y elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir”. Mateo termina su Evangelio con la promesa siguiente: Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mt, 28, 19).

    El “Espíritu de Cristo resucitado” sigue hoy actuando en la historia. Para dar cumplimiento a la nueva encomienda, nosotros, sus discípulos actuales, tenemos la tarea de descubrir dónde y cómo sigue actuando el Espíritu en nuestra historia. Para esto, se requerirá de una tarea de “discernimiento” para colocarnos en su misma perspectiva (dis-cernir, es como la “cernidora”, que separa la buena levadura de las pajitas del trigo: “levadura” y no “opio”). Trabajo que exige sumo cuidado, pues como dice San Juan de la Cruz, “el demonio suele revestirse en ángel de la luz para extraviarnos”.

  • Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.

    La última venida de Jesús tendrá lugar cuando perezca el último sobreviviente de la especie “sapiens”. La tradición habla de dos juicios: el “juicio particular” -que sucede al momento de la muerte de cada cual- y el “juicio universal” -que es colectivo-. En este, se nos pedirá cuentas de cómo, en cuanto especie, cumplimos la encomienda original de “custodiar la Tierra”. Antropomórficamente, Jesús les recordaría aquella vieja encomienda, y los dos grupos –“la “derecha” y la “izquierda”-, posiciones usadas (aparte de la injusta discriminación a los zurdos), una connotación política: las “Derechas” bovinas serían los buenos y las “Izquierdas” caprinas, los malos.[5] El motivo del juicio versará sobre lo que más contribuyó a la extinción de la especie: ¿el calentamiento global, la falta de agua, La guerra nuclear, el consumismo irresponsable, etc.?; y aunque la línea de separación entre “víctimas” y “victimarios” pasa por en medio de cada uno de nosotros (sufrimos el mal y colaboramos para reforzarlo, con complicidades múltiples, indiferencias o pequeños egoísmos), la responsabilidad mayor la tiene esa poderosa minoría que controla todos los recursos, ayudados por la Inteligencia Artificial, así como también, todos aquellos que por ambición y egoísmo, deliberadamente la apoyan.

Preguntas:

  1. ¿Crees que nuestro Credo expresó suficientemente la vida del Jesús histórico? ¿O lo que quiso el Concilio Niceno-Constantionopolitano fue remitirnos directamente a los Evangelios?
  2. ¿Qué opinas de la muerte de Jesús leída como “Víctima propiciatoria” o su “muerte necesaria para la redención?
  3. Crees que los debates teológicos de los primeros siglos fueron necesarios? ¿Siguen siéndolos actualmente?
  4. ¿Qué consecuencias tiene para ti que Jesús sea la “Palabra encarnada”, para tu imagen de Dios?
  5. La devoción popular tiene muchas imágenes de Jesús (Cristo Rey, el Santo Niño de Atocha, el Niñito Dios, el Señor de las Misericordias. El Sagrado Corazón de Jesús, el Crucificado, etc.). ¿Podrías presentar tu propia imagen de Jesús?

[1] El adopcionismo​ es la doctrina según la cual Jesús era un ser humano, elevado a categoría divina por designio de Dios por su adopción, o bien al ser concebido, o en algún momento de su vida (el bizantino Teódoto el Curtidor (190), Pablo de Samosata (siglo iii), Elipando, arzobispo de Toledo (finales del siglo VII)

[2] Tifano, concibe la unión hipostática como “mera relación” de dependencia. Las dos naturalezas están “completas en su ser”; pero no son  independientes. La persona divina sólo es el “sujeto último de atribución”, pero no ejerce “ningún influjo” positivo sobre las acciones de la naturaleza humana. Al explicar la unidad psicológica, afirma que teniendo dos inteligencias y dos conciencias, Jesús habría tenido dos “Yo”; que la visión beatífica dada a Cristo desde la Encarnación viene “corregiría” en él su “natural tendencia” a afirmase como un Yo humano autónomo, revelándole su pertenencia al Verbo y por tanto su personalidad divina.

[3] Estoy preparando otro curso sobre “El Evangelio de San Marcos”. Te invitamos estar al pendiente.

[4] Es recomendable al respecto el libro de Michael P. Moore: “Pedro Casaldáliga: Cuando la fe se hace poesía” Ediciones Claretianas, Buenos Aires, 2021.

[5] La Historia de las Religiones recuerda que  Cernnunus, -dios de los pueblos paleolíticos que habitaban las marismas del Norte de Irlanda- tenía patas, cuernos y cola de chivo (los griegos aplicaron estos rasgos a Dionisio). La Iglesia, al no poder “cristianizar” a este Dios, lo satanizó en la figura del diablo. (Murray: “El Dios de los brujos”)

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