7. JESUCRISTO

Es una pleonasmo decir que “los cristianos somos los seguidores de Cristo”. El Símbolo de los Apóstoles -el más antiguo- se reduce a la presentación histórica de la persona de Jesucristo. En cambio, el Credo Niceno-constantinopolitano estaba respondiendo al ambiente polémico de los siglos II, III y IV, cuando lo que la preocupación estaba en saber ¿quién era realmente Jesucristo? La razón teológica de hurgar en este Misterio, era de vital para los padres conciliares: debían pronunciarse nada menos por lo que habría de ser en adelante la identidad confesional de todos los cristianos.

¿Cristo sería la primera creatura de Dios, que a pesar de no ser divina, tenía mayor rango que lo humano, y a quien Dios le encomendaría la creación (“por quien todo fue hecho”)? es decir, Jesucristo sería una especie del “Demiurgo” platónico (Arrio, siglo IV)? ¿O sería un ser humano, como cualquier otro, que en el momento de su Bautismo, Dios lo habría asumido como su Hijo primogénito, y el Espíritu lo habría ungido como Mesías?[1] ¿O Jesús habría sido ya, desde su nacimiento, el “Dios encarnado”, y que en su bautismo, Dios, simplemente -a Él y al Bautista-, les habría dado a conocer quién era Él en realidad? Siendo Jesús una sola persona con dos naturalezas –la divina y la humana-, ¿cada naturaleza habría tenido su propia conciencia, Jesús, desde su nacimiento, habría mantenido la conciencia de su divinidad, y simplemente “actuaba”, para que no aflorara ante los demás su condición divina, como pensaba Tifano? ¿Sabría Jesús que la Tierra no era plana, que existía el continente americano, las teorías de la relatividad y del genoma humano, conocía todas las lenguas de la Tierra, etc.?) [2]  ¿O por su condición misma de “Dios encarnado”, habría tenido simplemente la misma conciencia que la de cualquiera de sus contemporáneos campesinos?

  • A los cristianos del Siglo XXI, aquel debate ya no nos interesa y nos resulta incomprensible. Hoy ningún cristiano discute si Jesús sea un ser humano como cualquiera de nosotros, y al mismo tiempo, la Palabra (el Verbo) hecho carne. La dogmática sobre Jesús en el “Símbolo de los apóstoles”, se reduce a reconocer su prenacimiento (“Hijo único de Dios”, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nacido de Santa María Virgen”), y su “postmortem” (“padeció bajo el poder de Poncio Pilato, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos. Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”. Pero en el siglo XXI, gracias al conocimiento que tenemos de las ciencias arqueológicas, paleontológicas, lingüísticas, etc. (Pagola), sabemos más del “Jesús histórico” que los cristianos del siglo I, [3] por lo que tenemos, al menos, las siguientes dos razones para insertar en el Credo unas líneas: (1) la necesidad de alguna alusión a la misión de Jesús: por ejemplo, restablecer el desorden producido por el “pecado original”, y (2) la dada por San Juan al finalizar el bello himno de su prólogo: “a Dios, nadie lo ha visto jamás. Es la Palabra quien nos lo dio a conocer” (Jn 1, 18): sería de vital importancia el conocimiento de Jesús, para mejorar nuestro conocimiento de Dios, y esto lo sabemos, más que por sus enseñanzas, sobre todo, por su vida.[4]  
  • Mejor todavía si presentáramos una brevísima semblanza de su vida: Jesús, “imagen visible del Dios invisible”, fue inmensamente compasivo con los sufrientes, al punto de que fue esa compasión lo único que justificaría sus milagros (no utilizó su poder divino ni para defenderse Él y ni siquiera para su misión). Cómo no hacer referencia en el Credo a lo que pedimos en el Padre Nuestro: la utopía de Jesús, que Él llamó “Reino de Dios”, una sociedad basada en el amor, la justicia, la paz, la verdad, la libertad y la Gracia, y creer en la esperanza que, contra todo lo previsible, se hará realidad. También un reconocimiento a su admirable su disposición para revisar sus tácticas, como el cambio que decidió, al constatar la lentitud de los apóstoles para comprenderlo, que le hizo decidir a viajar pronto a Jerusalén, y estando allá, apostar por una fuerte denuncia contra el “sistema del sacrificio” del Templo, lo que le costó la muerte.

Detengámonos ahora en cada frase del Credo, tal como lo recitamos:

  1. Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo (…); nacido de Santa María Virgen

Jesús (el Verbo) es un “Dios encarnado”, “hecho carne”, con todas las características y conciencia de cualquier mortal. Pero con una excepción: María, su madre, no lo engendró por concurso de varón. Esto, parecía indispensable, pues entonces se creía que el pecado original se transmitía por el semen del varón, y para la redención era conveniente que este “Hijo único de Dios” no tuviera nada que ver con la dinámica del pecado original –su misión era, justamente, liberarnos de aquella fatal opción-, y por esto, preservó a su madre de la maldición de Eva (un “hijo” que elige y configura a su propia madre).

  • Padeció bajo el poder de Poncio Pilato… crucificado, muerto y sepultado”.

   En algunos lugares se escucha una expresión para denotar que alguien está fuera de lugar: “se coló de refilón, como Pilatos en el Credo”. Según esta, pareciera que Pilatos no tuviera nada que hacer en la formulación de un corpus dogmático; pero en realidad, la mención a Pilato testifica que Jesús fue asesinado, nada menos que  por el Imperio Romano mismo (es decir, Jesús habría sido tenido como enemigo peligroso del -hasta entonces- imperio más poderoso de la historia, y había sido crucificado, como hacían los romanos con aquellos que se rebelaban contra el Imperio. Pilato lo condenó a muerte, sin estar convencido de la acusación de rebelión contra Roma (“no hallo en él culpa alguna”), sino por simples motivos políticos (no dar la impresión en Roma de haber actuado por debilidad). Su muerte tiene la apariencia de ser la de un fracasado, no obstante haber cumplido a cabalidad con su misión (antes de morir, lo reconoció: “todo está consumado”).

La muerte “redentora” de Jesús

    Suele interpretarse la “muerte redentora” desde los sacrificios expiatorios de ovejas y cabras realizados en el antiguo Israel (el “chivo expiatorio”): quién cometía ciertas impurezas “tabú”, tenía que viajar hasta el templo de Jerusalén y entregar el animal a algún levita para que lo matara, con lo cual, el oferente quedaba limpio, y se llevaba una porción de la carne sacrificada (la otra porción era para el levita). La muerte de Jesús era “leída” desde ese ritual. Pero Jesús, ya para entonces había abolido el “sistema del sacrificio” como causa de la profanación del Templo (“cueva de ladrones”) y expulsado a los vendedores de ovejas. El cordero de la Última Cena, no era, por tanto, el cordero del sacrificio levítico, sino el cordero Pascual (esa cena remitía a la cena previa a la salida de Egipto, cuya sangre, marcada en los dinteles de los israelitas, sirvió para identificarles las casas de los hebreos a las bandas de “ángeles exterminadores”. Más que víctima expiatoria, el cordero connotaba “liberación”.

    “Redimir” es liberar a alguien de un cautiverio: Algún allegado o amigo pagaba el precio de rescate, o saldaba una deuda para sacar de un aprieto al pariente o amigo. Durante la guerra contra los árabes, los caballeros Templarios se ofrecían ellos mismos ir a la prisión, a cambio de otro cristiano, débil en su fe y por tanto, tentado a apostatar. En este sentido, Jesús pagaría, mediante su propia muerte, la deuda que tendríamos debido al pecado de Adán y Eva.

     Esta explicación no parece compatible a quienes conocemos la misericordia y la compasión infinitas del Padre.  Dios, es cierto, envió a su hijo; pero no tanto para “pagar la deuda”, sino para recomponer la situación en la que quedó el género humano, debido a la fallida decisión del primer acto de libertad, con el que los primeros ancestros marcarían la evolución de la nueva especie, y quedaríamos todos sujetos a la muerte (no hablamos del mero “perecer” -condición de cualquier ser viviente-, sino de “morir”, que implica la conciencia de nuestra condición de mortales, de la cual carecen los animales). Si es la libertad la condición que nos hace ser “imagen y semejanza” del Dios (y ante la libertad, Dios mismo se arrodilla), aquella primera decisión habría quedado definitivamente inserta en el ADN humano. Pero ahora, Dios envió a su propio Hijo, no para revertir aquella situación tomada para siempre, sino para recomponerla, resucitando a su Hijo de la muerte. Ahora cada uno de nosotros tendrá que comprometerse, libremente, a no caer en la tentación (Dios no nos libra de tentaciones, sino que sólo nos ayuda a no caer en ellas).

¿Jesús “se entregó voluntariamente a la muerte?”

Se suele decir que la de Jesús, fue una entrega “voluntaria” a la muerte, “para cumplir con la profecía” fatal. Esto connotaría a un Dios sádico, que, agraviado, necesitaba de una víctima proporcionada a la falta -tanto más grave, cuanto más grande fuese el ofendido-. En realidad Jesús no buscó ser asesinado; más aún, mostró astucia para evitarlo; pero llegado el momento, _y no sin cierta resistencia (“Padre, si es posible, que se aparte de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”, Mc, 26, 39)-, y con una angustia tal, que hasta sudó sangre; pero asumió morir (quizás con el dolor sicológico de creerse incomprendido por su Abbá): “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, o hasta con el temor de haber caído en alguna imprudencia y hacer fracasar su misión. Pero, finalmente, poco antes de morir, reconoció haber cumplido a cabalidad la misión a Él encomendada (“Todo está consumado”).

  • Descendió a los infiernos.

Muchas culturas tienen un lugar destinado a los muertos. Entre las antiguas cultoras prehispánicas, para los antiguos aztecas o mixtecos, había cuatro “paraísos” a los que se llegaba por elección de determinado Dios, para llevárselo a su lugar propio, no por ciertas faltas cometidas en vida, sino por la forma cómo había acaecido su muerte: Huitzilopochtili se llevaba a los guerreros muertos a machete de obsidiana, y acompañaban al sol del amanecer hasta el zenit, y las mujeres muertas en el parto, desde el zenit hasta el ocaso. Tlaloc se llevaba a los muertos por el rayo o ahogados, y en su paraíso, vivían convertidos en niños, a orillas de un río, entre avecillas y flores, etc . Los muertos “del común” iban al “Inframundo”, un lugar al que se llegaba después de un viaje de ultratumba, guiados por Xolotl, un perro negro (para el camino, les ponían en el petate de sepultura “memelitas”, cacao (dinero) y –en el caso de los niños-, un biberón con leche materna. Para los mixteco-zapotecos, el lugar de los muertos “del común” era el Mictán, -el “Infranundo”- cuya entrada estaba en la actual Mitla (en una construcción en forma de crucero al que ahora los turistas pueden visitar). El crucero se prolongaba en supuestos túneles que daban al Inframundo, ahora ya clausurados (algunos desesperados pedían se les permitiese adentrarse en ellos, estando aún vivos). El Mictlán no era un lugar tenebroso, puesto que el Sol, al ponerse en el ocaso, se hundía en la tierra para iluminar el subsuelo; los muertos realizaban actividades similares a las de la Tierra (aunque el trabajo era más liviano), y cada año, el dos de noviembre, se les permitía salir para visitar a los suyos. Poco a poco (cuando ya los vivos los habrían olvidado), se desintegraban definitivamente.

  • Para los israelitas. era el “Sheöl”, lugar de oscuridad, adonde iban  los muertos, sin distinciones morales, que los griegos llaman “Hades” o “Gehena”. Parece que no hay en español una palabra que le corresponda; aunque algunos le llamaban “infierno” (“inferus”, lugar de abajo), lugar situado en alguna parte debajo de la tierra. Su condición no era ni de  dolor de ni placer; ni de recompensa, ni de castigo; quizás de simple inconciencia. Posteriormente ya hubo cierta distinción: el “Seno de Abraham”, de recompensa; y la “Gehena”, de castigo (recordar la parábola de Lázaro y el rico Epulón; donde después de la muerte, intercambiaron su suerte). Si Jesús murió realmente (y no fue una “muerte aparente”), tendría que haber ido al “Sheol”, adonde iban todos los que mueren. Si Jesús “bajó” allí, no puede afirmarse que fue para “consolar” o “prometer” nada (quienes estaban allí eran inconcientes). Sino que denotaba su condición de muerte real.  
  • “Al tercer día resucitó de entre los muertos”.

   Finalmente, el Padre resucitó a Jesús, probando con esto, que Dios “tomó partido” por el crucificado y no por las autoridades religiosas, las cuales quedaron irremisiblemente quedaron derrotadas. “el velo del templo se rasgó”: el Templo y la Ley perdieron su sentido salvífico y dejaron tener sentido; la Alianza fue rota, ya cuando el pueblo mismo había renunciado a ella (“caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”). La resurrección de Jesús vence a la muerte, no sólo para Jesús, sino para cuantos “creen” en Él, y sabemos que nos resucitará a quienes –de alguna manera- vivan como Jesús, no por méritos, sino por un don gratuito.

  • “Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”.

    Tanto los cuatro evangelistas como el libro de los Hechos, de una u otra manera, hablan de esto. El Credo sigue literalmente a Marcos (el más histórico). Lucas los conduce a Betania, allí los bendice y les hace algunas recomendaciones; mientras “se separó de ellos y se fue al Cielo”; Mateo, previamente, los envía por todo el mundo; Juan, de forma indirecta (“Salí del Padre y vine al Mundo, voy al Padre y dejo el mundo”); El Libro de los Hechos, después de enviarlos “hasta el confín del mundo”, los apóstoles lo vieron elevarse, hasta que fue cubierto por una nube”

Precisiones culturales

Cielo: Algunas lenguas, como el inglés, distinguen el cielo, como firmamento (“sky”) y el Cielo como lugar teológico (“heaven”), algo que el español confunde. La cosmología de entonces, como vimos, consideraba la Tierra plana, sostenida por cuatro columnas. Arriba, una cápsula o cúpula, donde estaban prendidos los astros (tamaño como los vemos desde aquí): arriba de dicha bóveda, las aguas superiores; arriba de aquella bóveda, otra bóveda más y final ente, hasta arriba estaría Dios. Para hacer llover, Dios abría una “llave de regadera” y caería algo de las aguas superiores (y por el vapor, a ellas luego volverían). Hoy día, diríamos que, cuando Jesús se fe al Cielo, simplemente “pasó a otra dimensión”.

Subir: El cerebro humano, según Kant, no puede pensar sin las categorías de tiempo y lugar; pero podemos imaginar, en abstracto, realidades carentes de dichos condicionantes espacio-temporales: sin los “arriba” / “abajo”; sin los “derecha” / “izquierda”. Una vez resucitado, Jesús se encuentra en la dimensión incorpórea (“celestial”),  compartiéndola con su querido Abbá, sin “subir al Cielo” ni “sentarse a la derecha” del Padre; sin lugar subordinado, puesto que Padre e Hijo son la “la misma naturaleza” (“omousius”).

    Según San Lucas, Jesús, en el monte de Betania, promete a sus apóstoles la fuerza del Espíritu Santo, para que “sean sus testigos hasta el confín del mundo”, y para que “hagan discípulos entre todos los pueblos”. Hay que evitar el “cristocentrrismo” de creer todos los seres humanos deban entrar a la Iglesia (el dicho de San Agustín: “extra Eclessia nulla salus” = “fuera de la Iglesia no hay salvación”). Además de que esto no sea posible (entonces enviaríamos al infierno a budistas, musulmanes, sintoístas, anglicanos, “evangélicos”; pero también a los mayas, aztecas, etc.), hoy esto resulta indefendible. Todas las religiones proponen, aunque de forma inconciente, las “semillas del Verbo”: los valores del Reino de Dios (justicia, paz, verdad, amor, libertad, etc.). Como propone la misionología actual, no se trata de que los evangelizadores occidentales se tengan que desplazar al Tercer Mundo para convertir y bautizar “páganos” (la gente del “pago”, los lugares en Europa, al margen de la evangelización y que aún mantenían elementos precristianos), sino creer verazmente la fe que cada cual profese.

   La misma cosmovisión que estamos presuponiendo, confirma que se trata de un relato simbólico: mientras Jesús está terminando su última instrucción y les da sus encomiendas (los ha estado instruyendo y enviando todo el tiempo) y lo sigue haciendo mientras se va elevando, ante sus ojos atónitos y una nube se los ocultó. Ellos seguían con los ojos fijos en la nube, cuando dos personas vestidas de blanco se les presentaron y les advirtieron: “Hombres de Galilea, ¿qué hacen allí mirando el cielo? (Hch. 1, 7-11). Ellos están embelesados, con tristeza, nostalgia y estupor. Jesús ya se fue; parece que la vida ya perdió su sentido; pero ahora deben tener en cuenta que es preciso “poner los pies en la tierra”, en esta Tierra con tantos problemas, necesidades e injusticias. Era ya momento de cumplir con la encomienda de Jesús, contando con la promesa de que el Espíritu Santo no habría de faltarles. Esa fe contemplativa (“mirando al cielo”),en un Jesús que ya no estará con ellos para indicarles lo que deben hacer, sino que deberán contar con su iniciativa y sus fuerzas propias; esa fe meramente contemplativa, es “enajenante” (“opio del pueblo”), evasiva de las urgentes tareas, cuya solución dependerá en adelante de su compromiso transformador. Queda tan sólo la esperanza, virtud que proyecta hacia el futuro: “Este Jesús, que les ha sido quitado y elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir”. Mateo termina su Evangelio con la promesa siguiente: Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mt, 28, 19).

    El “Espíritu de Cristo resucitado” sigue hoy actuando en la historia. Para dar cumplimiento a la nueva encomienda, nosotros, sus discípulos actuales, tenemos la tarea de descubrir dónde y cómo sigue actuando el Espíritu en nuestra historia. Para esto, se requerirá de una tarea de “discernimiento” para colocarnos en su misma perspectiva (dis-cernir, es como la “cernidora”, que separa la buena levadura de las pajitas del trigo: “levadura” y no “opio”). Trabajo que exige sumo cuidado, pues como dice San Juan de la Cruz, “el demonio suele revestirse en ángel de la luz para extraviarnos”.

  • Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.

    La última venida de Jesús tendrá lugar cuando perezca el último sobreviviente de la especie “sapiens”. La tradición habla de dos juicios: el “juicio particular” -que sucede al momento de la muerte de cada cual- y el “juicio universal” -que es colectivo-. En este, se nos pedirá cuentas de cómo, en cuanto especie, cumplimos la encomienda original de “custodiar la Tierra”. Antropomórficamente, Jesús les recordaría aquella vieja encomienda, y los dos grupos –“la “derecha” y la “izquierda”-, posiciones usadas (aparte de la injusta discriminación a los zurdos), una connotación política: las “Derechas” bovinas serían los buenos y las “Izquierdas” caprinas, los malos.[5] El motivo del juicio versará sobre lo que más contribuyó a la extinción de la especie: ¿el calentamiento global, la falta de agua, La guerra nuclear, el consumismo irresponsable, etc.?; y aunque la línea de separación entre “víctimas” y “victimarios” pasa por en medio de cada uno de nosotros (sufrimos el mal y colaboramos para reforzarlo, con complicidades múltiples, indiferencias o pequeños egoísmos), la responsabilidad mayor la tiene esa poderosa minoría que controla todos los recursos, ayudados por la Inteligencia Artificial, así como también, todos aquellos que por ambición y egoísmo, deliberadamente la apoyan.

Preguntas:

  1. ¿Crees que nuestro Credo expresó suficientemente la vida del Jesús histórico? ¿O lo que quiso el Concilio Niceno-Constantionopolitano fue remitirnos directamente a los Evangelios?
  2. ¿Qué opinas de la muerte de Jesús leída como “Víctima propiciatoria” o su “muerte necesaria para la redención?
  3. Crees que los debates teológicos de los primeros siglos fueron necesarios? ¿Siguen siéndolos actualmente?
  4. ¿Qué consecuencias tiene para ti que Jesús sea la “Palabra encarnada”, para tu imagen de Dios?
  5. La devoción popular tiene muchas imágenes de Jesús (Cristo Rey, el Santo Niño de Atocha, el Niñito Dios, el Señor de las Misericordias. El Sagrado Corazón de Jesús, el Crucificado, etc.). ¿Podrías presentar tu propia imagen de Jesús?

[1] El adopcionismo​ es la doctrina según la cual Jesús era un ser humano, elevado a categoría divina por designio de Dios por su adopción, o bien al ser concebido, o en algún momento de su vida (el bizantino Teódoto el Curtidor (190), Pablo de Samosata (siglo iii), Elipando, arzobispo de Toledo (finales del siglo VII)

[2] Tifano, concibe la unión hipostática como “mera relación” de dependencia. Las dos naturalezas están “completas en su ser”; pero no son  independientes. La persona divina sólo es el “sujeto último de atribución”, pero no ejerce “ningún influjo” positivo sobre las acciones de la naturaleza humana. Al explicar la unidad psicológica, afirma que teniendo dos inteligencias y dos conciencias, Jesús habría tenido dos “Yo”; que la visión beatífica dada a Cristo desde la Encarnación viene “corregiría” en él su “natural tendencia” a afirmase como un Yo humano autónomo, revelándole su pertenencia al Verbo y por tanto su personalidad divina.

[3] Estoy preparando otro curso sobre “El Evangelio de San Marcos”. Te invitamos estar al pendiente.

[4] Es recomendable al respecto el libro de Michael P. Moore: “Pedro Casaldáliga: Cuando la fe se hace poesía” Ediciones Claretianas, Buenos Aires, 2021.

[5] La Historia de las Religiones recuerda que  Cernnunus, -dios de los pueblos paleolíticos que habitaban las marismas del Norte de Irlanda- tenía patas, cuernos y cola de chivo (los griegos aplicaron estos rasgos a Dionisio). La Iglesia, al no poder “cristianizar” a este Dios, lo satanizó en la figura del diablo. (Murray: “El Dios de los brujos”)

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