Entre quienes proclamamos nuestro credo, utilizando, incluso, las mismas palabras, encontramos adoradores que, en realidad, creen en dioses diversos -incluso guerreando entre sí-. Hablando con más precisión, circulan entre creyentes diversas imágenes de Dios. Cada persona -aún entre los mismos católicos- tenemos nuestra propia imagen de Dios. Será, pues, conveniente, “deconstruyamos” nuestra imagen personal de Dios para, una vez detectada, poder “reconstruir” otra imagen más conforme a la revelación. Presento un decálogo con mi “anticredo”, desenmascarando algunas de estas imágenes desfiguradas de Dios que por ahí circulan:
- No creo en un dios titiritero
Un dios algo caprichoso, que moviera a su antojo las piezas de un juego, es decir, que moviera personas y acontecimientos como sus títeres. Un dios así sería un dios cruel y arbitrario: racista, sexista, clasista, insensible a las víctimas de la injusticia. Un dios que se dejaría sobornar… ¿a cambio de qué? ¿De una veladora? ¿De una peregrinación a algún santuario? ¿De sufrimientos infligidos voluntariamente? Ese dios estaría sujeto a las necesidades, caprichos o de intereses mezquinos de sus devotos, según la lógica mercantil “do-ut-des” (te doy, para que me des).
- No creo en un dios relojero
Mirando la armonía del Cosmos, Aristóteles y otros antiguos filósofos dedujeron la existencia de Dios. Según algunos apologetas, negar la existencia de Dios, suponiendo un mundo regido como un reloj -complicado, preciso, exacto-… y que, sin embargo, se hubiera hecho solo, sin relojero. La argumentación aristotélica continúa: siguiendo una concatenación de causalidades, sería impensable prolongar dicha concatenación al infinito, teniendo, por tanto, que concluir en la necesidad una Causa Primera, una causa-incausada. La lógica del Filósofo es inobjetable; pero al dios al que se así se llega, sería simplemente el “motor inmóvil”: un dios abstracto, existencia pura, sin cualificación. Quizás la ciencia llegue algún día a responder sobre el cómo de la creación; pero no habrá respuesta sobre la gratuidad del “por qué” de ella.
- No creo en un dios “genio de la lámpara de Aladino”
El dios de la magia, el de los brujos y chamanes, que mediante ciertos ritos impactantes, se apoderan “indefectiblemente” de las fuerzas naturales actuantes en la realidad, y una vez que lograran hacerlo, podrían obligarlas a producir los efectos demandados, aunque se tratase de meros caprichos de sus clientes, sin atender a la bondad o maldad de los mismos. Hay algunas reminiscencias de esto en ciertas devociones (recitando determinada oración y determinadas repeticiones, cual fórmula mágica), en secuencia de ciertos ritos y ejecutados en ciertos días y horas (p.ej., los martes a las 12 de la noche), se obtiene indefectiblemente lo demandado. Esta concepción de divinidad mágica parece estar retornando en la esoteria y la paraciencia, renombrando aquellas “fuerzas naturales” como “energía magnética”; o regresa también en la milagrería pentecostal de fenómenos supuestamente místicos: la “glosolalia” o el “don de lenguas”.
- No creo en un dios neutral
Dios, es verdad, “hace salir el sol sobre buenos y malos”. Lo cual no quiere decir que no tome partido, ni que sea un simple “referi”. Sería blasfemo considerar que dios legitime el injusto “status quo” imperante, con sus estructuras de violencia y corrupción, o que solapase otros intereses inconfesables. En nuestras sociedades disimétricas, en las que los poderosos se aprovechan de los débiles e indefensos, Dios toma partido. El Abbá de Jesús es el Dios de los pobres, de las víctimas, y no de los poderosos victimarios; aunque presuman sus rosarios o pectorales enjoyados. Esto no quiere decir que Él intervenga directamente en la historia, impidiendo abusos. Dios no es indiferente; pero se arrodilla ante la libertad humana; aunque le pesen las consecuencias. Justamente envió a su Hijo para transformar esta situación; pero operando a través de los esfuerzos de los militantes y desde la condición de una libertad debilitada por el pecado.
- No creo en un dios idolátrico
No creo en esos dioses fabricados por los humanos, a imagen y semejanza de sus arbitrariedades. Precisando: se tratarían de los ídolos, los cuales no son sólo aquellas estatuillas -algunas no carentes de excelsa belleza y otras, simplemente de forma alegórica- en las que muchos pueblos significaron sus valores más preciados, y cuyo fetichismo, por cierto, no era tan burdo como a veces se suponía. Los ídolos a los que ahora me refiero, son los ídolos modernos, a los que sacrificamos nuestra salud, nuestro descanso, nuestra familia, nuestras amistades, nuestra felicidad… e incluso, nuestra conciencia. Son dioses que reclaman de sus devotos la adoración ciega: los ídolos de “el tener, el poder y el placer egoísta”. Estas hechuras humanas se hipostasían (asumen forma humana), se combinan con pequeñas omisiones, indiferencias, egoísmos y ambiciones de unos con otros, dando lugar a las poderosas “estructuras de pecado”.
- No creo en un dios “opio del pueblo”
Un dios celoso, cuya adoración oscurece el compromiso de transformar esta tierra, la cual es vista como un “valle de lágrimas”, por la que no vale la pena que los creyentes pierdan su tiempo en mejorarla, pues las penurias humanas son sólo pasajeras y serán recompensadas en el Cielo -la “verdadera patria” celestial-. No creo en ese dios “corazón de un mundo sin corazón”, quien, a lo más, “se adorna, poniendo florecitas en las cadenas” [2], y que finalmente, colabora a que estas no se rompan. Tampoco creo en un dios que niegue las tendencias biófilas y el gozo del vivir, pidiendo sacrificios ascéticos y que recela siempre de cualquier placer. Ese dios, diría Nietzsche, “ha muerto”.
- No creo en un dios juez severo
No creo en esa deidad que se la pasa examinando con lupa lo que hacen sus creaturas, para detectar cualquier transgresión que merezca enviarlas al infierno. Ese dios controlador “que ve una hormiga negra sobre una piedra negra, en medio de la noche más negra”. No creo en ese dios moralizante, que castiga la satisfacción de fuertes tendencias que él mismo puso en el corazón humano.
- No creo en un dios lejano
Un dios “ocioso”, lejano, indiferente a lo que hagamos los humanos, pues se autocomplace a sí mismo, por lo que ni premiará, ni castigará, pues la conducta moral de los humanos, simplemente no le interesa.
- No creo en un dios antropomórfico
Solemos imaginar a Dios como si fuese una persona humana, es decir, con sentimientos y pasiones. Así decimos que Dios llora, que Dios se entristece, que Dios se arrepiente, que Dios se contenta… Dios es espíritu, y los sentimientos radican en el ámbito cerebral corporal (aunque algunos sentimientos se pueden espiritualizar). Los sentimientos son pasajeros, y por tanto, implicaría que Dios muda de estado anímico, con lo cual ya no sería un “eterno”, ni “inmutable”. A veces, los devotos aconsejan a Dios, le indican las dádivas que más les convienen a ellos y lo tratan de convencer, e incluso, de sobornar (con “mandas”, promesas, ofrendas) o chantajear (exponiéndole sufrimientos o sacrificios voluntarios para moverlo a compasión). Un dios así sería un dios sádico, a quien le gusta ver sufrir a sus hijos y les condiciona el otorgamiento de su benevolencia a esos dolores suplementarios o accesorios a las -de por sí- difíciles condiciones de vivir. No creo, pues, en un dios comprensible para el minúsculo entendimiento humano ya que, si lo fuera, seríamos superiores a Él; siendo el Trascendente, el Misterio insondable, no lo podemos abarcar.
- No creo en un dios meramente trascendente o meramente inmanente
La trascendencia de Dios, enfatizada por el judeocristianismo y el islam, tiene la ventaja de reconocer la plena autonomía de las realidades terrenales, lo cual favoreció a la modernidad secularizada. Dios es “el Otro”, el que está “más allá” de la Creación. Es verdad que, de quedarnos copn este solo atributo, se puede derivar en la idea de un dios lejano, que habitara en un plano supraempírico, del que, incluso, podríamos prescindir. En cambio, la inmanencia de Dios, enfatizada por Oriente y que ahora va incursionando en nuestros ambientes, nos hace sentirnos como parte del Cosmos y vincularnos a la totalidad; pero de quedarnos en este, podríamos identificar a ese Dios con la energía cuántica del Universo. El Dios en quien creo, es al mismo tiempo, el Tú, con quien puedo comunicarme, relacionarme y sentirme amado por Él, el “Otro”, más allá de todo lo creado; pero no indiferente a nuestro ser de creaturas. Al mismo tiempo, es la misma intimidad de nuestra propia esencia. Al comunicarme con esa interioridad, me conecto con todo lo existente; pero siempre es un Dios que se halla más allá…
Preguntas:
¿Podrías añadir otros dioses en los que no crees tú?
[2] Carlos Marx: “Miseria de la Filosofía”, 184
[1] Ideas expuestas en el libro “La Idea de Dios en Guadalajara”, editado por Celina Vázquez Parada y Wolfgang Vogt, Universidad de Guadalajara, 2011, pp 233 a 235.