3. DIOS, PADRE TODO PODEROSO

Dios y sus imágenes

  • Buena parte de nuestra conducta, de nuestras acciones y de nuestro quehacer en el mundo, dependen de la imagen que tengamos de Dios. No existe un solo Dios, sino una multitud de dioses, o mejor, de “imágenes” de Dios que circulan, se contraponen y luchan entre sí. Nuestra vida responde a la imagen que tengamos de Dios. Es conveniente, por tanto, que revisemos la imagen que tenemos de Dios, para “deconstruirla” y luego “reconstruirla” sobre bases más concientes.[1]
  • La búsqueda de esta imagen ha sido preocupación de la humanidad durante largos años de su historia, y se cristalizó, posteriormente, en diversas religiones. En cierto sentido, todas las religiones (aceptación del Incomprensible) son “verdaderas”; aunque todas ellas –incluyendo la cristiana- sean simples balbuceos, aproximaciones, que nunca podrán coincidir o adecuarse totalmente con aquella insondable realidad.

Origen de las religiones

  • Las formas más elementales de la vida religiosa no iniciaron con la creencia en Dios. Parece ser que, originalmente, lo que existió fue cierto sentimiento vago y difuso: lo “sagrado”, lo “santo”, el “Mysterium tremendum”, que abruma e intimida; que nos sobrecoge por su poder y grandeza, ante lo cual nos sentimos insignificantes y vulnerables “seres de creatura”. Esa intuición de lo “sacro” se contrapone con lo “profano” (“sacro / profano” es la oposición más radical y más primitiva, anterior a cualquier otra contraposición). Lo “profano” es el extenso ámbito de nuestras realidades cotidianas y utilitarias.
  • La intuición del “Misterio” (lo oculto, lo ignoto, lo trascendente), surge ante experiencias de una realidad inexplicable[2]. Imaginemos como ejemplo, un rayo: hace 200,000 años, en algún clan primitivo, seguramente habrían caído muchos rayos; pero fue determinado rayo -así como los subsecuentes fuego e incendió provocados en la pradera – que impactó a cierto miembro del clan, provocándole un sentimiento de “pavor” (esa forma de temor exclusivo de lo mistérico). Al tratar de comunicar ese sentimiento a sus demás compañeros, lo que único que pudo hacer fue balbucear una expresión onomatopéyica (¡purruuuuum!)[3]. Cuando, posteriormente, ante otro rayo similar, los miembros de aquel clan recordaron a su compañero “apánicado”, ya lo nombraron simplemente “Purrum” (con mayúscula). Una concatenación: partiendo de un evento real, se pasó a una omatopeya para su verbalización, de ahí a una expresión, luego un nombre, luego su conversión en un ser y finalmente, su sacralización. No se trataba, sin embargo, de ningún “númen” personificado, sino de una misteriosa fuerza ominabarcante, que se concretizaría en entidades, sucesos, personalidades, dioses, etc., algo revestido de poder y capaz de realizar efectos maravillosos, cuando algún “actante” (un chamán, un guerrero, un rey) se apoderase de aquella fuerza y la someta a su voluntad, surgiendo así la magia.
  • Los investigadores discuten si en el origen de las religiones estuvo en la divinización de algún fenómeno de la naturaleza (rayo, sol, árbol, montaña), o si dicha experiencia primordial haya sido el “anima”, relacionada con el fenómeno de los sueños: antes de que los primitivos distinguieran entre el sueño y la vigilia, se pensaba que por las noches, algunos viajaban a otros lugares. Muy pronto esa idea tuvo que ser corregida (los compañeros de la cueva se quejarían de que aquel se pasó la noche roncando). Entonces supusieron que cada persona tenía dos componentes: durante el sueño, el cuerpo permanecía roncando en el piso, mientras que su otro componente -el “ánima”- salía por la nariz, para vagabundear. Resulta que en una ocasión, al regresar el ánima al cuerpo, lo encontró muerto, y por tanto, sin poder regresar a aquel cuerpo inerte… y quedó vagando, convertido en “espíritu”. Cuando ya el espacio onírico estaría demasiado poblado de espíritus –algunos de amigos y otros de enemigos- para congraciarse con todo aquel innumerable mundo de entes etéreos, habrían dado comienzo los rituales funerarios, y de allí, a la religión.

Origen de la palabra “Dios”

  • Con el advenimiento de las grandes civilizaciones, entró en escena la palabra “dios”. Para entender su origen, los lingüistas recurrieron a las etimologías: el sanscrito es uno de los lenguajes más antiguos, que fue hablado por los pueblos indoeuropeos (una pluralidad de sociedades desplazadas en una extensa área geográfica extendida, de la India, los pueblos germánicos, eslavos, grecorromanos, hasta los francos y los celtas). La palabra original “dios” habría sido, según dichos investigadores, “Dyaus” o Thíaus” (el empíreo diurno), que se convirtió en el latino “Deus” y en el griego “Theus” (Zeus, dios del trueno, padre de los dioses); pasa a  “Theo” o “Teo” (teología), “Tío” (germánico), Dio, Dya, Día (el empíreo diurno).[4] Como quiera que fuese el proceso, fue deviniendo en el “politeísmo”, con sus teogonías, producto de Imperios divinizados, pueblos confrontados, divinización de actividades esenciales de la colectividad o de fenómenos naturales… Todas aquellas deidades fueron creadas por los humanos, “a su imagen y semejanza” (con sus mismos vicios, pasiones, crimines, adulterios, etc.)

El Dios judeo-cristiano

  • En la región semita, nuestro Dios llamó a Abram, un habitante de Ur de los caldeos, revelándole por primera vez, su existencia como “único Dios verdadero”, revelación que transmitió a su descendencia, Jacob e Isaac, pactando con él, que si se comprometía a “creer”, (confiar) en Él, lo haría padre de un gran pueblo y además, le prometió una tierra fértil para su descendencia. Abram le transmitió esa alianza y esa promesa a sus descendientes Jacob e Isaac. Cuando por azares del destino, ese “pueblo de Dios” se instaló en Egipto y más tardé quedó fue objeto de dura esclavitud en Egipto, se comunicó con Moisés, en el anuncio de liberación para los esclavos hebreos, con el nombre de Yahvé -“Yo soy el que soy”-, es decir, el Existente, de quien ni siquiera era lícito pronunciar su nombre: un dios sin nombre y sin imagen, que se “revela” como presente, en la invitación a un proceso libertario.[5] Sin embargo, Yahvé sigue siendo incognoscible; presente, tan sólo, en la historia; es Dios de quien –según la teología negativa- sólo podríamos afirmar lo que no es (incognoscible, infinito, inmortal, impecable, inefable, etc.).
  • Para saber quién sea nuestro Dios, el evangelista Juan nos dejó una frase clave: “A Dios nadie lo ha visto jamás. Es la Palabra (el “Verbum”), quien nos lo dio a conocer” (Jn, 1, 18). Jesús es la manifestación visible del Dios invisible”, de modo quesolamente a través de Jesús es como conocemos a Dios… y no tanto por sus enseñanzas, cuánto por sus obras. De ahí que sea tan importante saber con quiénes se juntaba, de qué hablaba, qué le molestaba, etc.).[6]
  • Nuestro “Credo” reconoce en Dios dos atributos aparentemente contrarios: “Padre” y “Todopoderoso.” Por ahora quedémonos con el primer atributo –Padre-: el Dios en quien creo, es un Dios infinitamente bueno, compasivo y misericordioso, siempre dispuesto a perdonar, de quien sabemos nos comprende y nos ama incondicionalmente (San Juan lo llamó el “Amor”).
  • Un padre que cree en nosotros, que respeta nuestra libertad, y quien para enmendar aquella primera elección fallida de nuestros primeros ancestros, nos envía a su Hijo mismo, encomendándole remediar las consecuencias de aquel error; aún al precio de su muerte: pero que nos resucita en el Hijo para comunicarnos su vida eterna misma.

   Es el padre, que sale al encuentro del hijo pródigo, quien le había exigido su herencia (como si lo considerase ya muerto) y tan pronto su padre le entregó lo que podría corresponderle, se fue de la casa paterna, casi sin despedirse; pero que las desventuras, a distancia, le hicieron ver quién era realmente su padre, mejor que su hermano, “bien cumplidito”, que nunca se separó de él.  Aquel hombre, que cada tarde subía a la azotea para otear el camino para ver si regresaba su hijo, en quien nunca dejó de “esperar” (en espera y esperanza), y que al reconocerlo, sale a su encuentro, lo abraza, lo colma de cariño y lo comprende, sin siquiera permitirle disculparse.

  • Personalmente, me parece que quien expresa mejor la inmensa comprensión y misericordia de Dios es San Juan. Poniendo el ejemplo del amor que Jesús nos dio -de entregarnos su vida-, y recomendando que también para nosotros, el amor a los hermanos es entregarles vida, compartiendo lo poco que tengamos con quienes tienen más carencias, dice que esto es “amar de verdad y no sólo de palabras”, y en ese contexto desarrolla esta idea tranquilizadora:

“En eso conoceremos que somos de la verdad, y delante de Dios tranquilizaremos nuestra conciencia de cualquier cosa que ella nos reprochare, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y lo conoce todo. Si nuestra conciencia no nos remuerda, entonces, hermanos míos, nuestra confianza en Dios es total” (I Jn, 3, 19-20)

Preguntas:

  1. Detecta algunas imágenes de Dios que circulan en tu ambiente. ¿Podrías explicitar la imagen de Dios que tienes tú?  
  2. Los pueblos indoeuroperos, para nombrar esa realidad trascendente y absoluta, utilizaron la palabra “Dios”; San Juan Evangelista lo llamó el “Amor”, R Otto lo llama el “Misterio”; Jesús lo llamaba “Abbá”, San Juan de la Cruz lo llamaba “Esposo”, a Moisés Él mismo lo llamó Yahavé (“el que existe”),etc  ¿Cómo lo llamarías tú a Dios”? ¿Qué nombre utilizas para relacionarte en tu oración con Él –o con “ella”-?
  3. Al revisar con cuidado la vida de Jesús, ¿Qué cualidades o actitudes de Dios-encarnado te parece que la vida de Jesús nos reveló?
  4. ¿Recuerdas alguna ocasión en la que el Padre te manifestó su rasgo amoroso?

[1] Michael P. Moore: “Pedro Casaldáliga: Cuando la fe se hace poesía” Ediciones Claretianas, Buenos Aires, 2021.

[2] Se podría calificar de “sobre-natural”; pero esto es inexacto, pues supondría ya el dualismo, propio de las religiones del Neolítico.

[3] Cassirer, Ernst: “Filosofía de las formas simbólicas” (1925)

[4] Durkheim: “Las formas elementales de la vida religiosa” (o. c.). Otro ejemplo del sanscrito: “Ingni”= fuego. “Agni”= dios del fuego

[5] La escritura hebrea sólo cuenta con las consonantes; las vocales se escriben como puntitos en determinadas alturas. Ya que la Y y la J son el mismo sonido, y que la H es aspirada, YaHaVe y JeHoVa es lo mismo. Posteriormente, se prohibió pronunciar el nombre de Dios, y cuandoera necesario, lo hacían al revés: (“Adonay”).

[6] En las traducciones de la frase de San Juan, se menciona al Verbo como “Hijo”, diferente a “Dios”, en alusión al misterio de la Santísima Trinidad, del que volveremos hacia el final del “Credo”.

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