Presentación del libro «El Padre Enrique Marroquin y la Contracultura en México»

Hace un año, en aquella espléndida conmemoración de 50 años de Avándaro, percibí –como probablemente también mis contemporáneos sobrevivientes- que estábamos en el cierre de una época. Nostalgias aparte, por fortuna, también pudimos constatar que, entre las nuevas generaciones, hay sectores que no son ajenos a nuestros sueños utópicos de antaño, y como me comentó Alberto Rodríguez (Beto Cronopio), el autor del libro que ahora presentamos, es momento de pensar pasar la estafeta a nuestros relevos, y este texto podemos verlo como un legado.

Este libro nos ofrece una recopilación cronológica de varios articulitos o entrevistas, lo que me permitió ver cómo fueron tomando forma testimonios, recuerdos, lecturas y reflexiones de un cura treintañero que, como dice Esteban Cisneros en el prólogo, rehuía actitudes apologéticas, dogmáticas, proselitistas o clericalistas, pues yo, simplemente, acompañaba a aquellos jóvenes “xipitecas”, aprendiendo de ellos. El prólogo también menciona que este movimiento fue para mí como un “signo de los tiempos”, categoría teológica, en referencia al rumbo que marca la dirección por donde el Espíritu va actuando en la historia. Pero como el Espíritu de Cristo no es el único que actúa, sino también el espíritu del Anticristo, se requiere de la vigilancia epistemológica para discernir el trigo de la cizaña. De ahí la observación acuciosa y el espíritu crítico, utilizando mi bagaje conceptual de cura treintañero.

Este “relevo de estafeta” no se imaginaría como mera continuidad de lo que nos tocó vivir. Nuestro contexto es irrepetible: la emergencia de la juventud como sujeto histórico y su protesta contra un moralismo caduco, la ilusión revolucionaria, aquí el movimiento estudiantil del 68 y su represión, en el hipismo gabacho, la injustificable guerra de Vietnam y las luchas no-violentas por los derecho civiles, de Luther King (de ahí el lema “Paz y Amor” hippi); aquí una clase media en su afán consumista de los nuevos electrodomésticos, justo cuando, paradójicamente, disminuían las oportunidades de adquirirlos (de ahí el anticonsumismo xipiteca).

Con esperanza y expectativa, vemos hoy a jóvenes que tienen otros sueños parecidos; en otro contexto: las redes sociales y su fragmentación. Amenaza de distopía realista e inminente.

Con toda humildad, les recomendaría algunas de las propuestas por Peter Bergier, a modo de lecciones aprendidas de nuestro fracaso.

Recomienda que las contradefiniciones impliquen formas de desafiliación y de oposición al Sistema, las cuales habrían de ser más sociales que individuales: aquellos pequeños guetos de apariencia estrafalaria resultaron inocuos al sistema, el cual medró con ellos (el rock como “el mayor negocio del siglo XX”)

Evitar que la rebelión contracultural sea adaptativa al sistema, sino que más bien lo toque en su núcleo central (hay contraculturas inocuas, como los menonitas o los neonazis)

Que ofrezca formas de acción y proyectos de vida que incorporen estructuras alternativas (como fueron las comunas hippies), de modo que en caso de que se acentúe la crisis distópica que se vislumbra, la contracultura podría ser como anticipación embrionaria para nuevos estilos de vida ya en gestación (ecología, new age, no-violencia, anhelos de paz “Arcas de Noé” acuarianas).

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