Cada cultura concibe de modo peculiar la enfermedad. Los israelitas no las vivían como algo biológico, sino religioso, como castigo por Dios. Marcos nos presenta los tres primeros milagros – endemoniado, leproso y paralítico- y tímidamente, da comienzo con la confrontación contra los fariseos.
- Enfermedad y sanación en los márgenes
- La enfermedad no es sólo un hecho biológico. Es una experiencia que el enfermo procesa y sufre según su modelo cultural, vivida diversa en cada cultura. En el siglo I, en la cuenca del Mediterráneo, eran tres las zonas afectadas: el pensamiento y la emoción (ojos, corazón), la comunicación (boca, oídos) y la actividad (manos y pies). Eran las mismas que suele haber en países pobres y subdesarrollados (cojos, ciegos, leprosos, paralíticos). Muchos enfermos incurables deambulaban arrastrando su enfermedad y mendicidad.
- Reacción de la comunidad.- Los enfermos vivían la enfermedad no tanto como dolencia, sino como incapacidad para la convivencia con los demás. Se veía la enfermedad, no desde el punto de vista médico, sino religioso. La causa no estaba en algo orgánico, sino en que Dios le retiraba su espíritu vivificador. Se los veía como pecadores (“¿quién pecó? ¿él o sus padres?”), como poseídos, por lo que no debían entrar en el Templo ni en la ciudad para evitar profanarla; es decir, además de los dolores de la enfermedad, la vivían como estigmatizados y excluidos.
- Medicina.– En Israel no había muchos médicos. En Grecia había algunos notables (Hipócrates y sus humores, Esculapio y sus baños, etc.). Acaso en podrían encontrarse en Séforis, Tiberíades o la Decápolis. En Galilea había pocos curanderos y caros. Recurrir a ellos se veía como una desconfianza de Dios. Para sanar había que arrepentirse y pedir perdón -la curación era una bendición de Dios-.
- La acción sanadora de Jesús. De los 18 milagros que registra Marcos, 15 se narran en esta parte. Los milagros narrados son para ser interpretados: Ante los sufrientes, Jesús se interesaba por su enfermedad, antes que por su pecado o impureza. Antes que como profeta, Jesús fue conocido, como curandero o exorcista de prestigio. Los medios que usaba no eran propios de una terapia; su sanación era integral: no sólo curaba al organismo, sino de su situación de humillación e impotencia, mediante la práctica eficaz en favor del ser humano: Simplemente daba una orden a la enfermedad y esta desaparecía. La sanación era parte de su anuncio del Reino: ir contra el mal que daña al ser humano y contra la Ley que marginaliza.
Su estilo de curar: Jesús habla con el enfermo, toca a los impuros, bendice a los malditos, comunica fuerza a los impotentes, reaviva su fe y da confianza en la bondad salvadora de Dios. Trabaja el corazón del enfermo, lo libera de su culpabilidad, lo reconcilia con la comunidad y lo libera de la marginación.
- Texto del Evangelio
- Expulsa al demonio el sábado en la sinagoga (1, 21-28). La primera manifestación de Jesús fue como exorcista. Los “endemoniados” en aquel tiempo eran, en realidad, enfermos mentales (epilepsia, esquizofrenia, histeria, estados alterados de conciencia). Podría tratarse de una estrategia subconciente que algunas personas oprimidas utilizaban de manera enfermiza para defenderse de una situación insoportable, y para hacer lo que en circunstancias normales no podrían hacer (v.gr., rebelarse contra Roma, como la “legión” de demonios en Gerasa, a quienes Jesús los hizo entrar en los cerdos y arrojarse al mar, de dónde vinieron). Jesús no utiliza los recursos de otros exorcistas (anillos, amuletos, leche materna), ni conjuros, ni oraciones: usa su propia fuerza, da órdenes despiadadas, los malos espíritus gritan y se revuelcan; expulsa al demonio que esclaviza y cura de la Ley (en sábado). La autoridad es suya, no de los escribas.
- Curación de un leproso e inicio del conflicto por la pureza (1, 40-45). La lepra es una enfermedad repugnante –ver cómo la carne se pudre en vida-. Hasta hace poco se la tenía como sumamente contagiosa (hoy ya no parece tanto). Entonces se veía al leproso como una amenaza mortal contra el pueblo y contra la vida, por eso se le condenaba al ostracismo: se le segregaba y condenaba a la soledad, al oprobio y a la excomunión. Algunos parientes o personas de buena voluntad dejaban en una piedra un cántaro con agua y un mendrugo de pan; eran obligados a llevar al cuello una campanilla, y si algún pastorcito escuchaba la fatídica campana, huía despavorido.
(Se puede leer el texto)
Un leproso es objeto de milagro en la primera gira misionera de Jesús. Se muestra ganoso de sanación y creyente en el poder de Jesús. Esto lo hace vencer los sentimientos de vergüenza y de humillación, y postrado, expone su fe: “si quieres, puedes” (“querer es poder”). No duda del poder de Jesús, ni tampoco de su compasión. Éste, simplemente lo toca (podría haberlo sanado sin tocarlo), la lepra se va, Jesús lo envía al sacerdote (el servicio sanitario de entonces), para que, examinándole, le expida su constancia de sanación y pueda así
reincorporase a la convivencia urbana. Le manda presentar la ofrenda prescrita y le exige enérgicamente no divulgar el milagro. El leproso –quizás sintiéndose, equivocadamente, obligado a cumplir con una deuda de gratitud- desobedece. Se trata de una inversión de situaciones: tocar al leproso implica contaminarse de impureza, y por consiguiente, condenado automáticamente al ostracismo, y ya no puede entrar en ninguna ciudad para no contaminarlas, y tiene que quedarse en despoblado para atender a la gente.
- Curación de un paralítico (2, 1-12). Después de su primera gira, Jesús, regresó a Cafarnaúm. Ya está “de vuelta a casa”, no se hace referencia tanto a la casa de Simón, cuanto de su espacio de intimidad, donde descansa, instruye a los suyos y nutre su espíritu. “Se reunieron tantos, que no quedaba espacio ni siquiera junto a la puerta” (si bien, se les habían reservado asientos un grupo de “letrados”). En eso, llegaron cuatro personas llevando en una litera a un paralítico, y como no hallaban modo de acercarse a Jesús, se treparon al techo, corrieron las hojas de palmera y por el boquete, descolgaron al enfermo, el cual quedó en el portón, justo frente a Jesús. Toda la gente está a la expectativa esperando la sanación; pero Jesús, “viendo la fe del paralítico” le dijo: “hijo, tus pecados te son perdonados”. Quizás muchos que deseaban ser testigos de un milagro portentoso, se hayan decepcionado; pero Jesús, fue a la raíz: hay ciertas actitudes negativas -el miedo, la culpa o la inferioridad- que paralizan. Por lo tanto, lo que Jesús hace es quitar la causa (el sentimiento de culpabilidad) y el enfermo salió curado y alegre, sanado del cuerpo y del alma.
Esta perícopa[1] es importante por ser la primera mención sobre el tema que será central en este capítulo: la confrontación de Jesús con las autoridades religiosas (los “letrados”). Por ahora, no dicen nada y se contentan con tan sólo “discurrir en su interior: ¿Cómo puede éste hablar así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios” Los escribas saben que “sólo Dios perdona”, y lo hace, mediante sacrificios en el Templo: pero Jesús sana mediante la práctica eficaz en favor del hombre. Por eso, para el pensamiento “letrado”, decir “tus pecados te son perdonados” sería una blasfemia merecedora de la muerte. Jesús conoce y recrimina sus pensamientos: “¿Qué es más fácil, decir “tus pecados te son perdonados?”. Atendiendo sólo a lo meramente constatable, cualquiera puede decir eso; pero decir: “levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” únicamente puede hacerlo quien demuestre tener ese poder. Es así que el milagro denota que Jesús lo tiene.
- Llamamiento de Leví
El pasaje se inserta aquí como paréntesis narrativo, según el esquema mencionado “A-B-A”: continuando el tema “integración del equipo interno de colaboradores” y el de “milagros de sanación”, abre al tema siguiente (“B”): “confrontación con el Centro” (escribas y ahora, fariseos).
Los “publicanos”.
- Toda sociedad tiene sus “oficios sucios” -necesarios y legales; pero mal vistos por la ciudadanía- (hoy, serían policías, prostitutas, cantineros, cabareteras, etc.). Los publicanos constituían en el Israel de entonces, un “oficio sucio”: Eran los recaudadores del tributo que los romanos exigían al pueblo de Israel, y que recaía sobre todo en los campesinos. El tributo exigido por Roma era de dos clases: el “tributum solis” (a las tierras cultivadas) y el “tributum capitis” (por cada miembro del clan), y podía entregar en especie o en moneda y negarse a pagarlo se consideraba rebeldía contra Roma. Este tributo representaba una pesada carga (un 12% de la producción); pero su razón era abastecer de grano a Roma o a las legiones ante eventuales crisis de alimentos. A las clases gobernantes de las colonias, se justificaba el tributo por las construcciones, carreteras, acueductos, vigilancia y seguridad. Los reyes vasallos eran los encargados de la recaudación: Herodes Antipas tenía su propio sistema de impuestos y contrataba recaudadores: después de pagarle la cantidad determinaba, se les permitía extraer para ellos lo que pudieran, a modo de comisión, y para facilitar esta tarea, Herodes ponía soldados de apoyo, todo lo cual se prestaba a muchas extorciones. Había publicanos de “primera” -encargados de aduanas, puentes y carreteras importantes (Zaqueo, uno de ellos)- y publicanos de “segunda” (como Leví), encargados de los oficios más “sucios”. La gente los veía como “traidores” (trabajaban para el invasor) y como pecadores públicos; la religión los condenaba, ya que para ser absueltos tenían de devolver lo robado, y como esto difícilmente podían hacerlo (por ejemplo, si su puesto estaba en un camino, donde no verían de nuevo a quienes habían extorsionado), quedaban irremisiblemente condenados.
- (“A”) Leví (Mateo) tenía su banco de recaudación junto al lago. Jesús, pasando por ahí, lo vio y lo invitó a seguirlo, y Leví, renunciando a su banco, “se levantó inmediatamente (pasó de la muerte a la vida) y lo siguió” (es decir, se convirtió en su discípulo). Para celebrar su conversión, Leví ofreció a sus colegas (los que estaban “del otro lado” de la sociedad judía, no los israelitas “buenos” y “puros”) una cena de despedida, a la que asistieron Jesús y sus discípulos.
- (“B”) Aparece en escena un grupo de fariseos, y como adversarios que serán, increpan a Jesús -a través de sus discípulos- sobre lo que “no se puede hacer”: -“¿Por qué su maestro come con recaudadores de impuestos y pecadores?”- (compartir la mesa significaba comunión de ideales). Jesús recoge la crítica: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores”
La Ley contra la Compasión: “Lo que se puede y lo que no se puede hacer” (2,13 a 3,6)
Los fariseos
- Fueron los principales adversarios de Jesús. Eran burócratas y administradores, una secta rigorista y observante, que difundía por todo el país la religiosidad del Templo: la observancia estricta de la Ley (Torah). Su principal preocupación era asegurar la respuesta fiel de Israel al Dios Santo, que les había dado la ley y los había distinguido como pueblo escogido. De ahí su desvelo por observar u exigir el cumplimiento de todas las prescripciones (olvidando su espíritu). Representaban al Templo; pero sólo estaban en las ciudades. Se desconoce cómo era su organización interna. Les gustaban, ciertos aspectos de Jesús (como su interés en recuperar la Alianza); pero les irritaba que hablase directamente en nombre de Dios, y no en nombre de las tradiciones, o que fuese amigo de perdidos y pecadores.
- La Ley (la Torá) era el orgullo de Israel; lo mejor que habían recibido de Dios (en las sinagogas se guardaban los rollos en un cofre, en un lugar espacial). No sentían la Ley como carga fastidiosa, sino que lo hacían con alegría, como un tesoro imperecedero. Especialmente apreciaban los aspectos que les deban identidad de pueblo (el abstenerse de carne de cerdo, la circuncisión, el reposo sabático); pero con el tiempo, la Ley se fue degradando y cayendo en legalismo.
En cambio, para Jesús, la verdadera identidad de Israel no era excluir a paganos o impuros, ni a vivir “separados” (Qumrám), sino acoger a todos, preferentemente a los marginados. Jesús no vive pendiente de leyes, sino apasionado por el Reino. Es verdad que, en principio, en la Ley estaba la voluntad de Dios; pero no era un lugar central (su aplicación dependía de cada caso): Jesús iba más allá de la Ley; no le importaba la casuística moral, sino que buscaba el bien de las personas, especialmente, los débiles; respetaba la libertad ante los “impuros” (come con ellos), y no cuida de “lo que entra del exterior”.
- Las “impurezas” no eran pecado, sino “tabú”; pero para los fariseos, éstas apartaban de Dios, impedían entrar en el Templo y tomar parte en el culto en la sinagoga. El reposo sabático, por ejemplo, para los monjes del Qumram, ni siquiera se podía salvar a una persona o a un animal; los fariseos eran menos extremistas: sí se podía, en sábaso, participar en guerras defensivas o salvar una oveja.
- El ayuno (2, 18-22) -privarse de alimento- suele ser un obsequio a Dios (en tiempos de barbarie, cuando los cuerpos son fuertes y las pasiones también, puede ayudar a fortificar la voluntad y ayudar a pensar mejor); pero también hay ciertas formas de ayuno que no agradan a Dios (v.gr. el ayuno forzado de los que tienen hambre crónica); el ayuno naturista como forma de purificación del cuerpo; el ayuno de “protesta” (la “huelga de hambre”), en público, para llamar la atención de la gente sobre una causa justa, estando dispuestos a dejarse morir por la misma (la Iglesia la permite, pero sin arriesgar la vida). El ayuno que Dios quiere (“romper las cadenas injustas”) es el ayuno solidario: privarse de algo, para que quienes ayunan habitualmente, puedan comer al menos ese día.
Los fariseos –y los discípulos de Juan- al ayunar, cumplían con ciertas tradiciones (que, en realidad, no obligaban a nadie más que a los sacerdotes, durante “los tiempos sagrados” y sólo mientras estaban en servicio ministerial del Templo). Jesús relativiza esos principios idolatrados, propios de piadosos bien comidos –“No pueden ayunar los invitados a una boda, mientras el esposo está con ellos”–, pues cumple con las profecías, que comparaban los tiempos mesiánicos a “un festín con manjares exquisitos y vinos de solera”. Quienes estaban con Jesús no solían pasar hambre, pues vivían el “tiempo de fiesta”; aunque lo más probable era que “les fuera quitado el esposo y tuvieran que ayunar.”
El ayuno ascético, aunque originalmente haya tenido justificación, desde la novedad festiva del Evangelio, se evidencia como tradición obsoleta. Jesús da un criterio para el discernimiento: tomar en cuenta el contexto temporal, juzgar lo “viejo” (la tradición del ayuno) con categorías “nuevas” (la práctica festiva de Jesús), aquella resulta “vetusta”; al pretender mantenerla en el nuevo contexto, con algunas aparentes innovaciones (el parche nuevo rasga el vestido viejo); pero si se rescata el sentido original de la tradición desde su contexto original (parche viejo para vestido viejo), se podría reconocer su propio valor. Algo así sucedería si pretendemos traer una “Buena Nueva”, simplemente “camuflajeando”, con algunos parches, las estructuras antiguas (el carácter alegre del discipulado), entonces Jesús sería un “bebedor, amigo de publicanos y pecadores”, –el vino nuevo echa a perder el odre y con él, el vino-; pero al juzgar la tradición desde su contexto original, quizás se compruebe que “el vino añejo es mejor”
- El sábado. La confrontación prosigue con una de las interpretaciones más rígidas del intocable reposo sabático:
- Los discípulos restriegan semillas en sábado (2, 23-27). Jesús iba caminando por un sembradío. Sus discípulos tenían hambre, cortan algunas espigas del trigal y las restriegan entre sus manos para comérselas. Hasta aquí no habría problema: era costumbre muy extendida que los campesinos reservasen los primeros surcos para que los viandantes comiesen granos de trigo para saciar su hambre. El problema era que sábado estaba totalmente prohibido cualquier “trabajo”. Los fariseos denuncian a los discípulos ante Jesús, presionándolo para que los corrija. En lugar de esto, Él los defiende, aludiendo una anécdota del santo Rey David: cuando sus compañeros pasaron hambre, entró en la casa de Dios y tomó unos panes benditos para alimentarlos, y concluye: “el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado, y el Hijo del Hombre también es duelo del sábado”. Jesús no se propuso abolir la ley del sábado, sino recuperar su sentido original: un regalo para descansar de trabajos y penalidades, y así experimentar la bondad del Padre; de ahí la importancia de curar en sábado (aun cuando no hubiera peligro de muerte). Ninguna ley que proviniera de Dios impediría aliviar las necesidades vitales de los sufrientes.
- Curación de la mano paralizada en sábado (3. 1-6) Jesús entra en la sinagoga y ve un hombre con la mano paralizada. Todos saben que puede curarlo… ¡pero es sábado! Lo están espiando. Jesús pone al enfermo en medio: “¿Qué se puede y qué no se puede hacer en sábado? ¿salvar la vida o dar muerte?” sus adversarios callan; Jesús se indigna ante su hipocresía… y cura al tullido. Los fariseos salen y deliberan matar a Jesús.
Esta clase trató de contraponer la Ley y la compasión; el legalismo formalista y la imagen compasiva y misericordiosa del Abbá de Jesús.
Preguntas:
- Trata de hacer una crítica de la enfermedad y de la medicina científico-técnica, de la industria farmacológica y de la mercantilización de la salud, en la cultura consumista actual.
- ¿Qué enfermedades actualmente son objeto de estigma?
- ¿Tuviste oportunidad, durante el COVID de acompañar a algunos enfermos, aun corriendo algunos riesgos moderados?
- Revisa cómo es tu compasión para con los sufrientes.
- ¿Puedes detectar en tu alrededor algún legalismo que sientas limitarla?
- [1] “Perícopa”, según el diccionario de la Real Academia Española, es “un pasaje de la Biblia que se lee en determinadas ocasiones del culto religioso”.