Decálogo de Consejos
- Comprende el texto. Lo primero que tienes que hacer es comprender lo que lees. Para ello, lee el texto tú primero y trata de entender cada frase. Tal vez haya alguna palabra cuyo significado desconoces. Búscala en el diccionario, escríbela en una libretita y trata de escribir una frase con dicha palabra.
- Observa el género literario del texto: Cada género requiere de una entonación propia: la poesía es declamativa; la información científica, monocorde; los textos políticos, convincente, enardecedor, con interrupciones para los gritos o aplausos; los textos graciosos, con mímica picaresca; los espirituales o sapienciales, con voz pausada y reflexiva; los narrativos, que se perciban los diálogos con cambio de voz y que mantengan cierto suspense, etc..
- Que tus ojos vayan antes de tu boca. Adelántate algunas palabras, para que si vez algún signo de puntuación, que lo vayas preparando.
- Mira a tu público. Cuando tengas práctica, lee mentalmente la frase (o parte de ella), levanta la vista y mirar a tu público. Así te prestarán más atención.
- Cada signo requiere una entonación especial. Coma, una ligera pausa. Punto y coma (;) pausa algo mayor. Punto y seguido, pausa larga. Punto y aparte, cambio de tema (requiere pausa aún mayor y cambio de voz para recomenzar). Punto final: lento, y conclusivo.
- Articula bien cada sílaba, abriendo bien la boca, despacio y sin correr. Si empleas micrófono, cuida su distancia (ni demasiado cerca, ni demasiado lejos), y si no lo tienes, procura hablar alto y fuerte. Aprende a sacar la voz, dirigiéndola hacia la cabeza o hacia el pecho de modo que sirvan de bocina y te canses menos.
- Siente lo que hablas. Al preparar su lectura, cae en la cuenta de los sentimientos que subyacen (ira, contemplación, amor, ternura, sabiduría, etc.). Haz tuyo esos sentimientos; siente lo que dices o lo que sienten los personajes. Si hay un diálogo y te es posible sin teatralizar o caricaturizar, modifica un poco el tono de tu voz.
- Resalta las frases importantes: haz una pequeña pausa antes, di la frase lentamente, quizás aumentando ligeramente el volumen de tu voz y otra breve pausa después.
- Cuida del ritmo. La narración misma te lo indica: si se está narrando un hecho, es posible que implique cierta prisa (cuando suceden rápido los acontecimientos: cuando se enumeran varias acciones de poca importancia) o cierta lentitud (frases de sabiduría). Prepara la última frase conclusiva.
- Atiende a las pausas. Las pausas son tan importantes como las palabras. Pausa para cambiar de tema (punto y aparte), pausas ligeras (comas). Si ves que viene una frase dicha por alguien, te recomiendo que hagas una ligera pausa antes y después, y acaso, modifica el tono. Termina y mira a tu público.
HISTORIA DEL LIBRO Y DE SU LECTURA
- La lectura en voz alta antecedió a la lectura mental: En las universidades medievales, los alumnos (frailes), sentado en el piso de tierra aplanada y bajo la luz de las antorchas, escuchaban la “lectura” (“lectio” o lección). El maestro, colocado sobre el estrado, en un atril, donde descansaba un libro grande, escrito con pluma de pavorreal, con letras capitulares y alegorías de color. Ordinariamente, se trataba del “Libro de las Sentencias” de Pedro Lombardo (un autor plotiniano), pues aunque en tales universidades había gran libertad de cátedra, las distintas teorías filosóficas eran más bien interpretaciones libres de tales “lecciones”. El maestro gozaba de gran autoridad (pues tenía “el libro”), de modo que cuando en una discusión, un antagonista exclamaba “magister dixit” (“lo dijo el maestro”), cesaba la discusión. Por eso, la lectura en voz alta conlleva la autoridad.
- Con la invención de la imprenta, en 1440 por el alemán Johannes Gutemberg, aquella situación cambió: desde entonces, cada alumno tuvo su propio libro y aprendió a leerlo mentalmente. Con esto, la autoridad de quien lee en voz alta (el maestro) disminuyó, pues entonces, cada cual pudo interpretar el libro a su manera propia. La imprenta, pues, abrió la mente al sentido crítico. Ya que el primer libro impreso fue la Biblia, no fue casualidad que esta tecnología coincidiese con el “libre examen” de Lutero, pues desde entonces, cada cual pudo leer la Biblia y entenderla a su manera.
- La gran intuición de Marshall McLuhan es que los “media” condicionan toda una manera de pensar y de sentir, independientemente de su contenido.[1] Los medios visuales burlan la conciencia crítica, ya que la imagen está cerca de la emoción, y esta, sin darnos cuenta, condiciona nuestras ideas, de ahí su frase: “el medio es el mensaje”.[2] Los “mass-media” visuales tuvieron su auge con la popularización de la televisión, a principios del siglo XX (debido a los avances de la fotoelectricidad, el análisis de fotografías y el uso de ondas hertzianas), y con ella, la manipulación masiva.
- Ray Bradbury, en su gran novela “Fahrenheit 451” (la temperatura en que arde el papel), vincula las dictaduras al recelo por los libros. Su obra se sitúa en un futuro distópico, cuando la técnica logró un material de construcción incombustible, a prueba de incendios. El protagonista es, justamente, un bombero, pues dicha institución se conservó; aunque cambiando de función: quemar los libros de bibliotecas clandestinas. Los infractores eran exiliados a una isla, y para preservar el patrimonio impreso, cada uno de ellos se aprendía un libro de memoria y lo recitaba a algún oyente.
- La gran transformación llegó con la Internet en 1969, cuando el Departamento de Defensa de los EEUU desarrolló el ARPANET –una red de computadoras creada durante la Guerra Fría- cuyo objetivo era eliminar la dependencia de un sistema de cómputo central, y así, hacer mucho menos vulnerables las comunicaciones militares norteamericanas. Con las redes sociales (el facebook, instagram, tic-toc, equis, etc.), cualquiera puede intercambiar puntos de vista o imágenes con gran número de interlocutores.
- Con estas tecnologías llegaron sofisticadas formas de manipulación: las “granjas de bots”, las “fakenews”, la manipulación de fotografías o videos… de modo que ahora ya no se puede confiar en la imagen y ni siquiera en la transmisión en voz alta (ya se manipula hasta el movimiento de los labios). Es el momento de la “posverdad”, en la que se trasmiten cínicamente las mentiras, pues aunque se desmientan, al tercer día se olvidan, para dar lugar a la nueva mentira: lo que importa, no es ya la verdad o la mentira, sino el impacto político.
[1][1] MCLUHANN, Marshall: “El Medio es el Mensaje: Los media como extensiones del ser humano”, 1963
[2] Aprovecho una advertencia a los alumnos que pretendan una pastoral a través de los llamados “TICs”: ¡Cuidado con los 250 caracteres! Alejan de los libros y del pensamiento crítico; aunque se trate de mensajes religiosos del tipo “Dios de ama” y una bonita fotografía.