Para bien o para mal, la mayoría de la población actual vive en ciudades. Sin embargo, comparada con los 250,000 años de existencia que tiene la especie “sapiens”, los 6,000 años de vida que tiene el modelo urbano, son apenas unos ¡un parpadeo! Cuando unos granos de trigo cayeron inadvertidamente cerca de la choza o cueva de aquellos primeros sapiens, y crecieron las espigas, a alguien se le ocurrió sembrarlos cerca de donde habitaba el clan, y así empezó la domesticación de los cereales, seguida de la domesticación de los animales.[1] ¿Fue esto una ganancia o una pérdida? “Más que domesticar al trigo -dice Yuval Noam Harari-, habría que decir que el trigo nos domesticó a nosotros”. Hasta entonces, a los primeros sapiens, la recolección de gran variedad de nutrientes les llevaba apenas unas cuatro o cinco horas; pero ahora, la demanda de trigo requiere de largas jornadas de trabajo para para abrir zanjas y acueductos, quitar las piedras del terreno, construir graneros, etc. Con este alimento asegurado, la población aumentó, y habiendo mayor mano de obra, se demandaba más alimento. Este circuito requirió de mayor planificación colectiva: construir caminos, acueductos, graneros; organizar el espacio con trazado de calles y lugares comunes, etc.
- La ciudad neolítica.
El Neolítico (“modo de producción despótico-tributario”) es el período en el que aparecen las primeras ciudades y las grandes civilizaciones (“civitas”=ciudad). No fue casual que, con ellas surgiesen las clases sociales: una élite con capacidad organizativa dirigía los trabajos, liderado por un déspota, que terminó por ser consideró como el propietario de todo aquel espacio, y que, a modo de concesión, permitía a cada clan trabajar su parcela, a cambio de prestar ciertos trabajos comunitarios no retribuidos (los oaxaqueños llaman “tequio” a este trabajo). El déspota y sus cercanos (la nobleza) aprovecharon ese trabajo comunitario para que les hicieran sus “palacios”. Ya que estos primeros pobladores “civilizados” eran objeto de asaltos de bandas armadas de vándalos que vaciaban los graneros, la propuesta del grupo dirigente de profesionalizar un grupo armado de defensa, fue visto como necesaria… pero luego, aquel grupo armado se convirtió en grupo de control poblacional al interior de aquella colectividad, y como ejército de conquista hacia el exterior, se utilizó para hacerse de mano de obra esclava, con la cual pudieron tener grandes obras simbólicas del poderío de tales Ciudades-Estado.[2] A las clases dominantes les venía bien aprovechar formas religiosas preexistentes para un sistema religioso dicotómico (natural/sobrenatural; materia/espíritu; cuerpo/alma) justificador del gran dualismo clasista dominadores/dominados. Para sostener el nuevo cuerpo de creencias fue preciso la institución de rituales colectivos, que necesitaron un edificio propio (templos) y un cuerpo de funcionarios especializados para desempeñar el trabajo sagrado.
- La “Polys” griega
Atenas fue la gran ciudad de la cultura helénica. La Grecia antigua estaba formada por una federación de ciudades-Estado, con su casco “político” y un pequeño territorio circundante, que funcionaron hasta la dominación romana. Cada “polys” gozaba de gran nivel de autarquía, libertad y autonomía política. En ella residían los ciudadanos libres, los esclavos y los “metecos” (extranjeros residentes que, si bien eran libres, no tenían los mismos derechos que los demás ciudadanos). Platón, en su “República”, se imagina una Ciudad-Estado ideal: redonda, concéntrica y dividida en tres estamentos, cada uno de los cuales cumpliría una misión específica:
- Los Gobernantes-filósofos, que serían quienes dirigirían a los ciudadanos; serían los únicos conocedores del Saber o Verdad, del Bien y de lo Bello, por tanto, tendrían el conocimiento verdadero.
- Los Guerreros-guardianes, para defensa de los ciudadanos ante ataques enemigos. Su deber era temerle más a la esclavitud que a la muerte.
- Los Agricultores, artesanos y comerciantes, para producir los bienes necesarios para la población.
Estas categorías no deberían ser herméticas. La pertenencia a una de estas clases no sería hereditaria, ni tiene que ver con la riqueza que posea, sino por las capacidades legadas por los dioses y manifestadas desde niño. De modo que cada cual debía ser educado para pertenecer a uno o a otro estamento. Los “republicanos” no deberían poseer propiedades más allá de lo necesario, para evitar que abusen de su poder. No habría ninguna profesión propia del hombre o de la mujer, pues la naturaleza dotó a ambos sexos de las mismas cualidades. Sólo que, en todo, la mujer es inferior al varón. Platón compara el alma de cada individuo a determinado metal, correspondiente a cada clase social (oro para los gobernantes, plata para los guardianes y bronce o hierro para los comerciantes y artesanos.
- La “civitas” romana
- El Imperio Romano fue la mayor civilización hasta entonces. Fueron grandes constructores (carreteras, acueductos); pero conquistadores y esclavistas. En la Roma imperial, los poderosos senadores tenían lujosas casonas de ladrillo cocido y numerosos esclavos (podían ser 3,000, hacia los cuales, sus amos tenían potestad de matarlos impunemente). Los ciudadanos libres (la “plebe”), tenían asegurados “pan y circo”: una ración gratuita de trigo semanal y espectáculos en el colosal circo (el Coloseo), donde los senadores enfrentaban a sus esclavos gladiadores. Aparte de esas dos satisfacciones, la “plebe” vivía pobremente (habitaba edificios en cuartuchos, accesibles con esclareas de mano, que se les retiraba si no pagaban la renta). Obviamente, mantener a tantos esclavos resultaba muy oneroso, las orgías de la nobleza mermaban la fortaleza guerrera, de modo que el Imperio se corrompió y no pudo resistir los embates de los vándalos. Algunos atribuían la caída de Roma al cristianismo; San Agustín refuta esta hipótesis en su obra “La Ciudad de Dios”, y la atribuye a la corrupción y molicie de sus plutócratas. Cayó Roma; la autoridad se trasladó a Constantinopla y la gente huyó al campo a labrar cada cual su propia tierra.
- El “burgo” feudal
- Los nuevos campesinos, ahora libres, cultivaban sus parcelas; pero estaban asediados por huestes de “bárbaros”. Para defender sus cosechas, en sus casas conservaban su arma (campesinos armados). Entonces, nuevos grupos ambiciosos y hábiles para guerrear se ofrecieron entrenarse para la defensa, en caso de invasión, a cambio de alimento (la misma historia del neolítico). Pero cuando estos bribones (“señores feudales”) tuvieron la fuerza y el control, les exigían a los campesinos más tributo, hasta que se dijeron ser los dueños de la tierra y convirtieron a los campesinos en “siervos”: la tierra, supuestamente, era del Señor feudal; pero se les concesionaba para que la sembraran, a cambio de que le pasaran una parte de la cosecha. Luego, estos “defensores” propusieron construir una fortaleza (castillo) para que, en caso de invasión, se metieran todos en ella, guardando allí agua y alimento suficiente. Este mismo modelo llegó a repetirse en toda una vasta región, de modo que tales señores feudales –ahora con títulos nobiliarios jerarquizados: duques, condes, marqueses, barones, etc.- formaron una red de pactos, subordinaciones y convenios de lealtad para defenderse o atacarse unos y otros; pero sometidos al noble más poderoso de toda la región: el «rey”. Finalmente, varios reyes pequeños se subordinaban al “emperador”. Esto fue el “feudalismo”, sistema de se mantuvo casi un milenio.
- Visto desde los “siervos”, la seguridad, en vez de mejorar, se perdía, vivían más pobremente y eran víctimas de constantes abusos impunes, por lo que muchos siervos huían de la gleba. Al inicio, los siervos fugitivos pudieron asentarse junto a los monasterios. La Iglesia había entrado a este nuevo juego: las abadías monásticas eran adecuadas para hijos o hijas bastardos y vivían con holgura. A cambio, los monasterios obtuvieron del emperador el derecho de asilo para el refugio inmune de los prófugos, y en torno y a la sombra de estos poderosos monasterios fueron creciendo las ciudades. Otros siervos se instalaron en las antiguas ciudades romanas, las cuales, al quedar abandonadas, quedaron en ruinas, donde crecía la hierba y anidaban las fieras.
- Además de este resurgir de la –otrora- gloriosa “civitas”, los numerosos siervos prófugos prefirieron construir nuevas ciudades: los “burgos”. Se trataba de ciudades redondas, amuralladas, con calles concéntricas, en torno a un “centro” (la catedral y el centro administrativo). Allí se formaron los primeros talleres artesanales, que reclutaban a nuevos moradores: eran los gremios: el recién llegado, se ponía al servicio del “maestro” en calidad de aprendiz, y si tenía cualidades, podía ser reconocido como “maestro” y trabajar por su cuenta.
- También en esas ciudades se instalaron prestamistas y prósperos comerciantes, embriones de los “burgueses” (los que vivían en los “burgos”). Los señores feudales, ya casi sin siervos, tuvieron un descenso económico; pero mantenían su prestigio social, plasmado en lujosos atuendos y joyas. Despreciaban a los “villanos” (los que vivían en las “villas” o ciudades (“juegos de manos son de villanos”) y se distanciaban del “vulgo” (palabras vulgares). Para hacerse de una prenda -irrepetible, confeccionada expresamente para él- iban al comerciante y éste les hacía un presupuesto. El comerciante le llevaba su proyecto al artesano y le pagaba a este por su trabajo. El capitalismo inició, pues, en su modalidad comercial, antes que artesanal.[3]
La Ciudad Capitalista
- En la historia de la ciudad, cada modo de producción fue configurándola a sus exigencias. Marino Follin (1976: 27) resume en una breve frase su definición: “la utilización capitalista del espacio urbano”. La frase dice todo y no dice nada. Lo que nos interesa es el cómo el capitalismo utiliza es espacio urbano y para qué. Pero para comprender esto requeriremos de un paradigma.
EL NEOLÍTICO MESOAMERICANO:
EL CENTRO Y LAS TIERRAS COMUNALES PERIFÉRICAS
- En la fundación de la ciudad de Tenochtitlán fue cuándo se acuñaron la modalidad y las contradicciones de nuestras megápolis mesoamericanas actuales. Como en todo el neolítico, La tierra mexica pertenecía al Tlatoani, quien acobijado por la nobleza (“pilli”), acondicionaba la ciudad lacustre como centro administrativo, religioso y militar. A los campesinos se les asignan “chinampas” o bloques flotantes de tierra, formando ordenadamente calles y calzadas. El suelo tiene excelente humedad, muy apto para plantar su maíz y sus verduras.
- Después de la conquista, los españoles se quedaron en los palacios de la ciudad. Los frailes franciscanos, apoyados por la dinastía de los Habsburgo, separaron la “República de Indios” de la “República de Españoles”, para que estos no dieran malos ejemplos a los indios, y a ambas “repúblicas”, la Corona las dotó de tierras. Siguiendo la tradición azteca, exigían su tributo en especie, de los mismos bienes productos que producían, simplemente exigiéndoles un plus cuantitativo para el tributo. Se prohibía la relación entre ambas clases; pero cuando las ciudades fueron más estables en toda la región, los españoles habitaron el Centro, dividido en zonas para productos especializados y los indios habitaban en la periferia, entrando al Centro sólo para desempeñar servicios a las élites criollas. La Corona dotaba a las comunidades indias de tierras, mediante títulos primordiales, a veces traslapados para mantener artificialmente la división de los campesinos, en aras de mayor control.
- La Iglesia fue la corporación más poderosa, y como tal, en el centro estaban los templos, las catedrales y las sedes de las Casas de Gobierno de las órdenes religiosas. En el Virreinato, gracias al Patronato Real, se le asignaron al clero importantes tareas administrativas: el control demográfico, la beneficencia pública, la salud, la educación, el monopolio ideológico e incluso (al menos para la República de Españoles), la represión (Inquisición). Mediante herencias, dotes de religiosas, donativos, cofradías, obras pías, etc. la Iglesia fue concentrando la tierra, al punto de acumular una gran porción de ella (los historiadores divergen, entre 1/2, 1/3 (Mariano Otero) o 1/5 (Jan Basant). Aparte de la aberración que esto implicaba, la Iglesia, además, no trabajaba sus tierras (fundando agroindustrias), sino que las tenía como “manos muertas”, usadas para préstamos hipotecarios o para la especulación, etc.
- Al consumarse la Independencia de México, las clases y sectores más identificados con el régimen virreinal (el consulado de comerciantes de Veracruz, los terratenientes del Bajío, el ejército pretoriano, etc.) se fueron agolpando en torno a la institución más estable y consolidada: la Iglesia, y así quedó conformado el “bloque clerical-terrateniente”. Por eso, cuando los liberales llegaron al poder, detectaron que la contradicción principal de esta situación eran los bienes del clero, por lo que había que expropiarlos (Leyes de Reforma, del 25 de junio de 1856).
El reacomodo se prestó a abusos, por ejemplo, se expropiaron las tierras de las Cofradías que, en realidad, no pertenecían al clero, sino a los pueblos (eran una reserva para tiempos de crisis o de una calamidad climática: el mayordomo cuidaba el predio de la cofradía de algún santo y de su patrimonio: para la organización de la fiesta, mataba un par de reses y ponía el “castillo”. Se consideraba buen desempeño de su cargo si al terminar su tiempo, entregaba acrecentado el tesoro del santo). Ya que la correlación de fuerzas no favorecía a los liberales (el nuevo sujeto histórico), estos gobiernos ofrecieron a los terratenientes del Norte y a los nuevos empresarios, las tierras expropiadas al clero.
- Con Porfirio Díaz, se despojó a los campesinos de sus tierras comunales, para formar haciendas para los oligarcas (ellos, por supuesto, vivían en la ciudad), provocando su empobrecimiento, hasta el límite de la esclavitud. La Revolución Mexicana contra el insoportable dictador, vio en Emiliano Zapata y su Plan de Ayutla, el des entrampamiento del Congreso Constituyente de 1917. En ella, el artículo 27 constitucional inició el proceso de devolución de tierras. El proceso fue frenado por Calles; pero Cárdenas impulsó una generosa repartición de tierra. Los constituyentes de 1917 prefirieron los ejidos a las tierras comunales, no sólo por presiones de los propietarios de haciendas y ranchos afectados, sino porque a los legisladores carrancistas, la forma «ejidal” les permitía el usufructo familiar privado de las parcelas agrícolas, y porque daba al Estado mayor poder de decisión sobre la localización y extensión de las tierras afectadas.
CUESTIONARIO
- Con la ciudad -producto de la domesticación del trigo-, ¿te parece que la especie “sapiens” mejoró o empeoró?
- ¿Cómo te parece la hipótesis de que en el “neolítico” la religión se volvió dicotómica (cuerpo/alma, natural/sobrenatural) como consecuencia de la aparición de la clase dominante?
- La primera ciudad fue muy demasiado onerosa para las mayorías; sin embargo, la aceptaron ¿A qué crees que se deba esa aceptación?
- ¿Ves a la antigua Tenochtitlán como una ciudad neolítica?
- ¿Qué te parece más maravilloso de la antigua Tenochtitlán?
- El esclavismo pareció ayudar a las antiguas ciudades; pero en realidad, más bien las perjudicó. ¿Por qué?
- ¿A qué se debió la caída del feudalismo?
- ¿Qué características tiene la ciudad capitalista?
[1] La ancestral lucha entre agricultores y ganaderos lo ejemplifica la Biblia, en la simbólica lucha entre Caín y Abel: cuando en alguna sequía, el pastorcito Abel dirigió su rebaño hacia el Río Éufrates, encontró con que el fuerte y “civilizado” agricultor Caín (y su gente) ya se había apoderado del río, y de esta forma, el Caín mató a su hermano Abel. Al principio, los agricultores eran más poderosos que los ganaderos; hoy es al revés.
[2] Recordemos el mito bíblico de la Torre de Babel. Algunos grupos de israelitas fueron llevados cautivos a Asiria y se establecieron en varias de esas Ciudades-Estado. Los que fueron instalados en Babel, se encontraron con los “zigurats”, es decir, torres de pisos sobrepuestos de ladrillos cocidos, y les llamó la atención el edificio más grande sin terminar, lo que dio origen al mito sobre el origen de la variedad lingüística: Aquella obra no fue construida por manos asirias, sino por manos esclavas de varios pueblos comarcanos. La estrategia de resistencia de tales pueblos esclavos fue negarse a aprender la lengua de sus opresores, con lo cual, por falta de comunicación, no pudieron ser controlados y terminaron por escapar… aunque ellos, a pesar de ser libres de nuevo, tampoco fueron capaces de un proyecto colectivo de envergadura.
[3] El padre de San Francisco de Asís, tenía una gran tienda, y como su hijo no quiso heredarla, su padre lo desheredó, y allí mismo se quitó la ropa y consiguió que alguien le facilitara un hábito de siervo: el hábito franciscano.