B-Cuaresma IV: EN LA CLANDESTINIDAD DE LA NOCHE

Jn 3, 14-21

El movimiento de Jesús, sin bien provocaba a la vez recelos y rechazos, en general fue aceptado con entusiasmo por la gente y con hostilidad por los escribas de Jerusalén, quienes ya lo habían condenado por blasfemo, hereje y endemoniado. Sin embargo, dentro de este cuerpo no todos pensaban así. Un reducido número de escribas lo seguían con interés, y si es verdad que no les parecían claros algunos de sus planteamientos, veían congruencias en sus ideas religiosas y en su claro testimonio de vida. Uno de estos era Nicodemo, maestro de la Ley de reconocido prestigio, rico fariseo y miembro del Sanedrín. Tenía interés en hablar con Jesús, y por intermediarios, concertó una entrevista, que habría de realizarse, obviamente, en la clandestinidad de la noche. Dado que la entrevista fue secreta, no sabemos a ciencia cierta cómo haya transcurrido. San Juan hace una narración de ella, quizás por lo que pudiera haber trascendido y quizás aprovechándola para exponer aspectos profundos de su teología. De ella destacan tres ideas.

  • “Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo quien crea en Él tenga vida eterna”.- El “levantamiento” de Jesús alude claramente a su crucifixión, ese horripilante suplicio mortal de los romanos reservado especialmente a los subversivos políticos para disuadir al pueblo a seguir su ejemplo. Un Mesías crucificado era escandaloso, dada la idea que de él se tenía como rey invencible y triunfante. Jesús la justifica mediante la explícita referencia a un conocido episodio veterotestamentario: el pueblo de Israel, durante su larga travesía por el desierto, tuvo numerosas pruebas, desvíos y correcciones, mientras iba madurando en su fe. Después de una de sus prevaricaciones, atravesaron un paraje poblado de serpientes venenosas. Moisés entonces hizo una serpiente de bronce y la clavó en un palo puesto en alto, de modo que quien la veía, quedaba sanado de las picaduras (Num 21). Ese símbolo – quizás inspirado en la vara de del griego Esculapio, símbolo de la medicina, o el “Caduceo de Hermes, dios del Comercio-, sirvió a Jesús para indicar que su muerte en la cruz habría de ser salvación del pueblo.
  • Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por Él”.- Hay sectores de Iglesia que se la pasan condenando. Les gusta hacerlo porque no comprenden los movimientos culturales. Así, un día condenan el rock del “Heavy Metal” (supuestamente satánico), otro día, la homeopatía, la acupuntura, la ouija (por supuesto) varias formas de sexualidad, de estructura familiar, trabajo femenino fuera de casa, Partidos políticos, el celular, etc., etc. En cambio, me parece más conforme a la idea de Jesús de tratar de incorporar a nuestra fe los más posibles elementos de la cultura emergente, justamente para la inculturación del Evangelio. Es verdad que la fe puede ser crítica de las culturas (no todo lo nuevo es “salvable”); pero recordar lo dicho en la Patrística a propósito de la Ascención de Jesús, que sube al Cielo “llevando consigo a la cautividad”. Lo que no ha sido asumido, se pierde. Creo que habría que asumir lo más posible de las realizaciones humanas; aunque por supuesto, oponerse a todas aquellas formas de deshumanización y opresión de débiles.
  • La causa de la condenación es esta: habiendo venido la luz a mundo, los humanos prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas”.- Lo que Jesús condena es el rechazo a la verdad. No se trata del simplismo de identificar la Verdad con nuestra religión o con nuestras interpretaciones de la Escritura; o aquellas mentirillas que llamamos “piadosas”, que no tienen consecuencias, sino que en realidad son convencionalismos sociales para defender nuestra privacía sin pasar por mal educados, y que los demás fingen creer. Creo que el dar la espalda a la luz se refiere sino más bien, como dice Jesús: “el que obra el bien conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas están hechas según Dios”; o como decimos en México, “el que nada debe, nada teme”; el que no tiene cola que le pisen es libre para hablar y para actuar, a diferencia de esa actitud que hoy llamamos “posverdad”, o “verdad histórica”, que tergiversa concientemente las informaciones de la realidad, para acomodarlas a nuestros intereses; o bien, el tenerle miedo a la verdad, por las consecuencias que nos trae y entonces paliarlas o deformarlas un poco para autoengañarnos con una supuesta tranquilidad.

En consecuencia, parece que el contenido central de aquella entrevista en la clandestinidad de la noche, por lo que de ella salió a la luz, versó sobre la condenación y la salvación: Jesús habrá de ser condenado; pero esto no debía ser ningún estigma, ya que esa misma ignominia –la cruz- se habrá de convertir en recurso de salvación. Por tanto, más que preocuparnos por condenar todo aquello que contradice a nuestra verdad, hemos de tratar de “salvar” esos elementos que de momento quedan fuera del impulso salvífico de Jesús, incorporándolos a nuestra síntesis entre fe y cultura, sin temor a que nuestra actitud se vuelva objeto de condena social, sino al contrario, esperando que salga a la luz y quede evidente nuestro esfuerzo.

B-Cuaresma III: DESCRÉDITO DEL SISTEMA DEL SACRIFICIO

Jn 2, 13-25

  • El texto de hoy hay que ubicarlo en su contexto temporal. En cierta etapa de su misión, Jesús notó que ya era momento para una acción de choque. Decidió dirigirse hasta Jerusalén y hacer allí un gesto profético “poniendo toda la carne en el asador”. Va en camino, calculando llegar en la coyuntura planeada, por lo que se queda cerca de Jericó, en espera de la fiesta de Pascua, cuando llegan muchos judíos y prosélitos para la Gran Fiesta anual. Entra en la Ciudad Santa el Domingo de Ramos (dentro de poco nos centraremos en aquella entrada triunfal), siendo aclamado por muchos peregrinos que lo reconocieron, ya que había estado en su pueblo.
  • Una de las primeras cosas que hizo Jesús –como hacía cualquier peregrino devoto- fue visitar el Santuario. Se detuvo firme y decidido a la puerta, contemplando la escena que siempre que iba a Jerusalén le molestaba –como por otra parte, también a muchos judíos piadosos-: el atrio mismo de templo convertido en un mercado: El principal acto cultual en el santuario era el sacrificio de animales, corderos o novillos. La legislación ritual, en crecimiento, se obsesionaba con cuestiones de “impureza ritual”: (tocar sangre, tocar a enfermos, comer animales prohibidos, hacer actividades en sábado, etc., etc.). Cuando alguien incurría en alguna prohibición se le negaba el acceso a la sinagoga local, de modo que era prácticamente obligado viajar hasta la montaña de Sión para purificarse. Ya que resultaba sumamente gravoso llevar el animal durante grandes distancias, se vendían esas víctimas en el atrio del Santuario. Se compraba y se les llevaba a los levitas, un ejército de sacrificadores que practicaban el sacrificio, devolvían la carne al oferente, quedándose ellos con una parte.
  • Por otro lado, los peregrinos, además, aprovechaban el viaje para pagar su diezmo o su cooperación para la reconstrucción del templo. Pero dado que circulaban dos monedas –la moneda romana y la moneda local hebrea–, los sacerdotes del Templo exigían que en las alcancías se depositase únicamente la moneda judía, pues en la moneda romana estaba grabada la efigie del emperador, con la leyenda “Divus Caesar” (Cesar el Divino), por lo que más bien podía considerarse una “medalla”. Ya que muchos peregrinos llegaban de lejos, fuera del territorio de Israel, tenían que cambiar su dinero, y en el templo había también “cambistas” o “mesas de cambio”. Todo eso se convertía en un verdadero mercado, por el que se tenía que pasar para entrar en el Santuario (con todos los actos que se suelen dar en los mercados).
  • A muchos peregrinos les desagradaba esto, y se quejaban ante los sacerdotes; pero éstos, si bien reconocían que esto no era muy digno, respondían no se podía controlar y que era inevitable (en realidad no había voluntad, pues las malas lenguas rumoraban que era un negocio personal del Sumo Sacerdote Anás, quien cobraba “derecho de piso”). A Jesús también le desagradaba… pero ahora, detrás de él se habían detenido muchos de los peregrinos que durante su entrada lo habían aclamado como Mesías. Los comerciantes (pensemos en unos 3,000 hombres), intuyendo que algo fuerte se preparaba, se les plantaron delante. Ambos grupos quedaban enfrentados. Por lo mismo, tenía que manejar bien la situación, pues de lo contrario, podría fácilmente desencadenar una trifulca. Estamos habituados a ver ciertas imágenes de esta escena: un Jesús furibundo, blandiendo un látigo y golpeando a diestra y siniestra. DE haber sucedido así, era obvio que los comerciantes no se iban a dejar; pero los partidarios de Jesús tampoco lo dejarían solo. Además, los guardias del Santuario a estas horas ya se estarían movilizando… Algunos exégetas partidarios de la “No-Violencia Activa” interpretan esta acción de Jesús desde esta táctica. Quien la práctica se expone a sí mismo a una represalia, sin responder violentamente; pero atacando a la conciencia de los transgresores (que en este caso se trataba también de judíos piadosos): “Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la Casa de mi Padre”. Interiormente le podían dar la razón; pero de eso vivían; el cultualismo se había convertido en su “modus vivendi”. Estaban como paralizados, sin agredir a aquel profeta radical, cierto; pero sin retirarse. Fue entonces cuando Jesús tomó una cuerda y arrió con ella a alguna vaca, que salió derribando una mesa de cambio. Los propietarios del animal salieron tras ella, y esto fue aprovechado por los demás que se pronto retiraron, dejando el atrio limpio (cosa que los sacerdotes afirmaban que no era posible).
  • Probablemente no fue una acción clamorosa ni masiva. Fue simplemente una acción simbólica; pero efectiva. Los escribas más avezados comprendieron la intensión última de Jesús: desacreditar el Sistema del Sacrificio en sí mismo, con sus secuelas de “impureza”, contaminación, culpa, expiación…, por lo que el Sanedrín ese día se reunión para decidir acabar con aquel que ponía en peligro toda su religiosidad. Jesús, con este acto había dado un cierre a su misión. Para ese entonces, ya había dado todo el mensaje que tenía que proclamar. Los días subsiguientes, Jesús predicará abiertamente en el templo, sin que nadie se lo impidiera (los soldados mismos, enviados a detenerlo, creyeron); pero Él ya había sellado su condena. Los sucesos de Semana Santa no serán sino una simple consecuencia.
  • Podemos nosotros también hacer algunas conclusiones:
    • La valentía del evangelizador, que puede acarrear gran riesgo; pero siempre calculando prudentemente las consecuencias.
    • La táctica empleada, de “No-Violencia-Activa”, atacando la conciencia del agresor, y llevada con firmeza y con amor, para comprender su validez
    • Evitar la mercantilización del culto, que pervierte el sentido religioso auténtico, en pro de una religiosidad ritualista, que cultiva sentimientos de culpabilidad para lucrar con ella.
    • Dar otro sentido al sacrificio expiatorio (Dios se complace con los sufrimientos del pecador), enfatizando el amor misericordioso de Dios, dispuesto siempre a perdonar; pero a condición de nuestra conversión solidaria, que es donde radica el verdadero sacrificio agradable a Dios.

B-Cuaresma II: ¿OPIO O LEVADURA?

Mc 9, 2-10

  • En el desierto Jesús superó la tentación del demonio; sin embargo, aunque se superen las tentaciones, estas no desaparecen, sino que se esconden, agazapadas por ahí,, por los rincones del subconciente, prontas a salir en cualquier momento, cuando bajemos la guardia. Por eso Jesús nos recomienda orar continuamente al Padre para que “no nos deje caer en tentación”. Es justamente esto lo que en este episodio Jesús se dispone a hacer: subir a un monte a orar. Pero además de esto, tiene otro objetivo secundario: está preocupado de que cuando Él ya no se encuentre presente en la Tierra, todo su movimiento decaiga y se olvide. Es necesario preparar al menos a las personas que mejor lo hayan comprendido. Es por eso que llama a sus tres apóstoles más cercanos, Pedro, Santiago y Juan, que lo acompañen a orar. Se aparta unos pasos y entra en oración profunda. Los apóstoles, después de un rato, quizás aburridos, dormitan…. Pero de pronto, cuando voltean a verlo, lo descubren “transfigurado”
  • El género literario de los evangelios recurre mucho al simbolismo. Se requiere cierto conocimiento del Antiguo Testamento para comprender lo que los evangelistas nos quieren decir. Su vestidura inmaculadamente blanca evoca la visión de Daniel; la nube evoca el Éxodo; el rostro resplandeciente evoca al de Moisés; la voz del Cielo —“Este es mi Hijo amado. ¡Escúchenlo!…”– evoca numerosas teofanías y en especial su bautismo… Detrás de estos símbolos, cualquier israelita de aquel tiempo leía que Jesús, transfigurado, dejó traslucir su divinidad. La presencia de Moisés (a él se le atribuía la redacción del Pentateuco, la Ley) y Elías (Los Profetas, de los cuales fue el mayor), significaban las dos partes de la Biblia de entonces. Puede colegirse el tipo de oración: la confrontación con las Escrituras, y consiguientemente, cómo debe ser cualquier oración cristiana. Aquellos personajes hablan con Jesús sobre los hechos que prevén puedan suceder: el rechazo de las autoridades religiosas y su condena a muerte.
  • Lucas y Mateo añaden otro elemento más: los tres apóstoles quedan arrobados por la visión; sienten que una gran paz y tranquilidad los embarga en su interior, y entonces Pedro, a nombre del grupo expresó: “qué a gusto sería quedarnos aquí”, y propuso armar tres carpas o chozas, una para cada uno de las tres personajes de la visión (conste que no pedían una cuarta para ellos, pues estaban dispuestos a quedarse a la intemperie). En efecto, hay en las espiritualidades cierta contemplación que se queda en el goce personal y que enajena del compromiso con el mundo. Es esa religiosidad que Marx llamara “opio del pueblo”, pues nos consuela de los sufrimientos; pero nos aleja de cualquier compromiso por remediar los problemas.
  • De inmediato la visión desapareció. No, Pedro, no se trata de eso. Si Jesús los invitó a subir al monte para una teofanía, ésta sólo fue para que en los momentos críticos no dudaran de que Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías. No para quedarse arriba en una estéril y placentera contemplación. Hay que bajar del monte, allá, donde están los ubicuos fariseos, Herodes, Pilatos, Anás y Caifás. Es allá dónde se tiene que realizar la misión de Jesús, y no separada y alejada de esos ambientes tan injustos y dolorosos. Es necesario, sí, subir al monte de la contemplación; pero sólo para cargar batería para nuestra lucha y luego bajarnos del monte para actuar con mayor entusiasmo y entrega.