B-Cuaresma I: LA TENTACIÓN

Mc 1, 12-15

  • El cambio de color de ornamentos es signo de cambio de un tiempo litúrgico. Los dos ejes: el nacimiento y la muerte de Cristo, ambos dependientes de los ciclos astronómicos: la Navidad, el “sol invictus” (el sol-sticio de Invierno, cuando el sol, que parecía morir, comienza a crecer) y Pascual, la luna, el sábado más cercano al plenilunio próximo al equinoccio de primavera. Las dos fiestas principales en nuestra liturgia son enmarcadas, antes y después, por sendos períodos de 40 días. La apertura del ciclo inició el “miércoles de ceniza”, que este año “cayó” en el pasado 1° de marzo.
  • El sentido de la Cuaresma lo da el Evangelio de hoy. Hay que ubicarlo en el relato evangélico: En el momento de su bautismo por Juan, Jesús cobró conciencia de su misión como Mesías: era el Hijo primogénito de Dios, tenía todo el poder divino en sus manos. ¿Cómo iba a diseñar y realizar su misión de acuerdo a la voluntad de su Padre Dios? Al escuchar esa voz quedó abrumado. Necesitaba poner en orden sus pensamientos, y para ello, quizás su primo le sugirió irse al desierto, el lugar más apropiado: es lugar de penitencia, de silencio, propicio a la búsqueda y la reflexión.
  • Allí habría de pasar 40 días ¿Por qué precisamente 40? Se trata de un número religioso que evoca los 40 años que pasó el naciente pueblo de Israel viajando a través del desierto desde su liberación de Egipto hasta la Tierra Prometida. También los 40 días de Diluvio y los otros 40 de la predicación de Jonás en Nínive. Tiempo, pues, de purificación y discernimiento.
  • “Pasó allí cuarenta días y cuarenta noches sin comer”- Para el tiempo de Cuaresma se aconseja practicar lo que Jesús recomendaba -oración, ayuno y limosna-, realizados con discreción, sin exhibicionismo. Para nosotros, para que este ejercicio tenga sentido cristiano es atender las razones que tuvo el Maestro: La supervivencia en el desierto era trabajosa. Comer significaba ir a buscar alimento -algún roedor y algunas hierbas (cacería y recolección), y luego, encender una fogata para cocer la presa: a nosotros se nos dificulta hacer una fogata en el campo, teniendo gasolina y cerillos, en aquella aridez barrida por el viento, podría resultar toda una proeza. Por tanto, si alimentarse iba a costa del precioso tiempo de su reflexión, parecía más práctico pasarlo en ayuno. Aquellas personas que pasan largo tiempo con poca comida dicen que después de los primeros días -cuando se siente el hambre-, uno se habitúa, y sin los procesos digestivos, la mente queda despejada y serena.
  • Hay, pues, diversas formas de ayuno, algunas más agradables a Dios.
    • El ayuno forzado y crónico de esas casi mil millones de personas que pasan hambre crónica en el mundo. Este ayuno, decididamente, no le agrada a Dios, pues no quiere que sus hijos sufran injustamente el hambre, mientras otros desperdician alimento.
    • El ayuno ascético, que algunos practican para disciplinar el cuerpo, fortalecer la voluntad y remedio de algunas compulsiones (no sólo de comida). Esta es una forma de ayuno cuaresmal que en otro tiempo se practicaba durante este tiempo.
    • El ayuno terapéutico, recomendado por los naturistas. Sus partidarios lo recomiendan para que el cuerpo se purifique, no teniendo trabajo de digestión y que sane de algunas afecciones. Algunos comen únicamente un solo tipo de fruta y otros, algo de limón o potasio para no descompensar.
    • El ayuno de protesta: la llamada “huelga de hambre”, con el que algunos activistas pretenden atraer la atención del público a una causa que ellos consideran más importante que la vida propia. Efectivamente, para algunos esto ha sido útil, como para Ghandi en su lucha por la Independencia de la India. La Iglesia no lo ve mal, cuando se pone como límite el riesgo de la pérdida de la vida.
    • El ayuno solidario: “partir el pan con el hambriento”, compartir: quedarse con algo de hambre para que algunos de los que ayunan habitualmente puedan comer un poco mejor. Este es un recurso muy recomendable para este tiempo. Se trata de que lo que uno ahorra al abstenerse de comer algunos alimentos lo vaya depositando en una alcancía y que al llegar la fiesta de la Pascua, ese dinero se destine a una buena limosna en beneficio de personas realmente necesitadas (p. ej.: cuando estudiaba en una Universidad católica de Bélgica, el ayuno de los universitarios de ese año se destinó para iniciar una biblioteca en un país africano).
  • Juntamente con el ayuno que tuvimos el miércoles pasado y tendremos el Viernes Santo, la Iglesia manda también la abstinencia de carne los cuatro viernes de Cuaresma. Quizás la razón inicial se haya dirigido a favorecer la oración, ya que para la gente del medievo, hartarse de la carne de alguna presa de cacería entorpecía la mente. En la austeridad medieval, los cristianos se abstenían de comer carne roja durante toda la cuaresma. La carne se guardaba en el sótano bajo tierra, el lugar más fresco, para conservarla algunos días, y la víspera del Miércoles de Ceniza –el Martes de Carnaval- se sacaba toda la carne que quedaba en la bodega para consumirla en un atracón y despedirse de ella. La palabra deriva del italiano “carne-vale” (adiós a la carne), como se ve también con la expresión latina “carnis tollendas” (quitar la carne). La Iglesia prohíbe la carne de animales de la tierra; pero no de las del mar.
  • Por supuesto, si de lo que se tratara era “hacer penitencia”, comer langosta o un coctel de mariscos saldríamos ganando. Ahora, más que “carne” habría que abstenernos de aquellas compulsiones, adicciones o malos hábitos que no nos permiten vivir libres: no comer carne… “de prójimo”, abstenernos del cigarro, el alcohol, los pastelitos, la pereza, la falta de ejercicio, el juego… y lo que nos ahorremos… ¡va para la alcancía! La mejor “penitencia” cuaresmal es trabajar por corregir alguno de nuestros defectos dominantes.
  • “Entonces se acercó el tentador”… En esos momentos de discernimiento radical, cuando nos enfrentamos a alguna decisión importante o cuando planeamos un proyecto de vida, no faltan las tentaciones. La tentación es un componente de la vida humana, por lo cual, incluso Jesús –hombre como nosotros en todo, menos en el pecado- también sufrió. En la oración del Padre nuestro, no dice que pidamos a Dios que no seamos tentados, sino sólo que “no nos deje caer en tentación
  • El Tentador sabe bien qué nos puede tentar y qué no. La tentación de Jesús no fue invitarlo a algo pecaminoso (era obvio que no caería), sino presentar un tipo de Mesías diferente del que Dios quería y que se apartaba del modelo de Mesías prevalente en el medio ambiente (difundido desde el Santuario), es decir, un Mesías espectacular y milagrero (tirarse desde el pináculo del templo en un día de fiesta y esperar a que los ángeles lo depositaran suavemente en el suelo), un Mesías que remediara compasivamente el problema del hambre en el mundo en forma mágica (convertir piedras en panes), sin modificar el corazón egoísta del ser humano –cuando “multiplicó” los panes, lo hizo haciendo que la gente compartiera sus “cinco panes y dos peces”, o sea, lo que se traía para remediar individualmente el hambre del día-, un Mesías que salvara a la humanidad desde el poder, haciendo de Israel la potencia mundial hegemónica, en vez de Roma (“te daré todo esto si te postras y me adoras”). Si Jesús hubiera escuchado al Tentador, no sólo hubiera muerto anciano tranquilamente en la cama, sino que hubiera recibido los apoyos de Anás y Caifás, quizás de Herodes mismo, y Judas hubiera sido su más entusiasta colaborador. Pero por otro lado, Jesús percibía en algunos textos clave de las Escrituras (Moisés y Elías), la figura del “Siervo de Yahvé” iba en la línea de solidaridad con los oprimidos y por tanto, no emplear sus poderes para sí mismo, ni para reforzar la imagen del Poder coercitivo de Dios, sino que siempre trabaja desde el “no-poder”, como María comprendió cuando le ofreció a Dios su virginidad (la fecundidad, único poder retenido por las mujeres).
  • La primera tentación se dio justamente a nuestro inicio como humanidad: si lo que nos caracteriza como tales -“imagen y semejanza de Dios”- es nuestra razón y nuestra libertad, al despuntar la libertad (ante la cual el Creador mismo se arrodilla), primer acto plenamente libre de aquellos homínidos libertad versaría sobre la caracterización de la nueva especie y por tanto, quedaría inscrito en el ADN mismo de todos los descendientes. Se trataba de optar en una alternativa para la especie: o bien que cada uno de sus miembros se corresponsabilizara de todos los demás -y que por tanto, los más fuertes defendieran a los más débiles-, o bien, desde el “poder de dominación”, que los más fuertes se aprovecharan de los débiles. Y así fue que nuestros primeros ancestros, seducidos por aquel fruto, descubriéndolo como bueno para satisfacer el cuerpo y la mente, cayeron en la tentación.
  • Jesús, en cambio, supero la tentación, al menos por esta ocasión. Nunca se supera una tentación para siempre. La Cuaresma, pues, nos coloca en la misma situación de Jesús: la búsqueda de la voluntad del Padre. Para ello, necesitamos retirarnos a nuestro “desierto” (los tradicionales ejercicios espirituales cuaresmales, o algún rato en la tranquilidad del campo, o en nuestra azotea, incluso). Sabemos de antemano que seremos tentados a implementar decisiones más cómodas, menos radicales y menos exigentes; pero con la ayuda de Dios, las venceremos, como Jesús, por más que tengamos que hacerlo una y otra vez. En Getzemaní Jesús recomendó “vigilar y orar para no caer en la tentación” para desenmascararla. Se requiere una actitud constante de alerta, ya que la tentación es ubicua y sutil. Viviremos la Cuaresma en penitencia, no tanto sufrir por sufrir, sino en beneficio de nuestra libertad-de vicios, compulsiones o adicciones- compartiendo lo que tenemos con algunos necesitados, sin recurrir a lo mágico (convertir piedras en panes). Como sea nuestra Cuaresma será nuestra Pascual, por tanto, aprovechemos esta circunstancia para crecer en nuestro compromiso.

Bi-Ascensión: “Para subir al Cielo, se necesita…”

Hch 1, 1-11; Ef 4, 1-13; Mc 16, 15-20

Diez días después de su resurrección, Jesús convoca a sus apóstoles a determinado monte. Allí se les aparece, les hace sus recomendaciones, y ante la mirada atónita de sus apóstoles, poco a poco se va elevando al Cielo. Un bello ícono, que seguramente ha de tener algún significado. Comencemos precisando términos

  • “Subir al Cielo”.- San Pablo, en su carta de hoy, se pregunta “¿Y qué quiere decir ‘subió´?. En la cosmología hebrea se presupone una Tierra plana cubierta por una gran bóveda, sobre la cual estarían las aguas celestiales (para la lluvia), y arriba, Dios. Así tiene sentido eso de “subir”. ¿Pero cómo pensar esto en nuestra cosmología moderna, en una tierra redonda y en un universo en expansión? ¿Hacia dónde subiría? ¿en qué dirección? Para responder la pregunta habrá que preguntarnos por lo que significa “Cielo”
  • “Cielo” se entiende de dos formas: el “firmamento” (Sky) y el “Cielo religioso” (heaven). Quizás modernamente pudiera entenderse como “pasar a otra dimensión” (el Cielo podría estar aquí mismo). Gagarín, primer astronauta que salió de la estratósfera, declaró: “Ahora estoy más convencido que Dios no existe: ¡Estuve en el cielo y no lo ví!” Confundir el empíreo con el Cielo teológico.
  • A veces lo pensamos materialmente: el Cielo sería como este mundo; pero mejor. En realidad no es sino el estar en Dios, quien sacia plenamente todas nuestras aspiraciones.
  • ¿Cómo será el Cielo teologal? Se dice que al morir pasamos por un juicio particular y nuestra alma se sumerge totalmente en Dios. Pero también habrá un juicio universal, cuando perezca el último miembro de la especie humana, y Jesús nos tome cuenta de lo que, como especie, hicimos de nuestra Tierra, y sobre las tareas que tocaron a cada colectividad histórica. Entonces resucitaremos “en la carne”, en cuerpo y alma.
  • Veamos a los apóstoles en el monte a donde Jesús los convocara. Él les da su último encargo: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura”. Para acreditar su mensaje, reciben dos poderes: “hablar lenguas nuevas”, es decir, traducir el Evangelio a cualquier cultura, liberándolo de los condicionamientos culturales semitas; pero también “arrojar demonios” y sanar enfermos: Es decir, toda cultura tiene sus propios demonios y sus respectivas enfermedades. El Evangelio, junto a la antedicha inculturación en cualquier forma de vida social, a la vez habría de ser crítico de las mismas culturas receptoras, de todos aquellos elementos que deshumanicen y enfermen a los pueblos. Además, para estos mensajeros, cierta inmunidad para “beber venenos” sin dañarse, pues en ese afán de adaptación podrían mancharse también los evangelizadores y sucumbir a tentaciones de contemporización.
  • Jesús les está hablando, y poco a poco se va elevando. Ellos miran sorprendidos cómo va subiendo, hasta que una nube se los ocultó. Se quedaron atónitos y contristados, fijos los ojos en la nube…. Hasta que unos ángeles les dijeron: -“¡Ucha, galileos ¿qué hacen allí parados nomás mirando al Cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al Cielo, volverá como lo han visto alejarse”. El camino para ir al Cielo está en la Tierra. No nos podemos conformar nomás con mirar el Cielo (“Un día yo iré, al Cielo, Patria mía…”). Para ir al Cielo tenemos que construir una Tierra más humana. De lo contrario, separarse de la Tierra, desinteresándonos de ella, sólo sería enajenación, y así tampoco habría Cielo, sino “opio”.
  • Pero dejemos de lado toda esa imaginería de “fanta-teología” y bajemos a nuestra prosaica Tierra. En un himno litúrgico de la Patrística dice que “Jesús sube al Cielo, llevando cautiva a la cautividad”. “Subir” evoca “superarse”, “evolucionar”, “crecer”. “Subir al Cielo” evoca todos los esfuerzos humanos vinculados a la Ascensión de Jesús (superación, evolución…): los artistas afanados de poner belleza a la Tierra, los inventores e ingenieros que la humanizan, los campesinos y obreros que la transforman, los buenos políticos que tratan de mecanismos mejores de convivencia, los médicos, las madres educadoras, los maestros…
  • No subimos al Cielo cada cual por su lado. Jesús desea que sea una “subida” colectiva, con hombres y mujeres de toda cultura, raza y condición social. Los cristianos tenemos que ser signos que marquen el camino de la historia, que nuestra especie humana evolucione toda ella pareja, sin “hermanos” y “hermanas” de primera, de segunda y de tercera. Una globalidad en ascenso celestial. Sin embargo, también hemos de preocuparnos por nuestro país y nuestra cultura, y decidir juntos y democráticamente cómo construir un México más justo, más libre, más pacífico y amoroso, con mucho diálogo, evitando prejuicios y con disposición para ciertas renuncias de pequeños privilegios que quizás este ideal nos demande.

B-004 Adviento IV: ENTRE LA ESPERA Y LA ESPERANZA

Mt 1, 18-24

  • Habiéndonos preparado para la Navidad en este novenario con las posadas, la atención se centra ahora en los Santos Peregrinos, María y José. ¿Con quién mejor preparar un nacimiento que con una mujer embarazada que está esperando el parto? A nosotros los varones esto nos resulta difícil imaginar. Dejemos, pues, la palabra a alguna señora que nos comparta aquellos sentimientos que tuvo durante el embarazo de su hijo primogénito [nerviosismo, ansiedad, temor]… pero también con la esperanza de dar vida a un nuevo ser que hará un buen aporte a la humanidad…
  • La liturgia de hoy nos habla del momento en que María quedó embarazada. Una doncella que vivía totalmente abierta a la esperanza en la esperanza que Dios había dado al pueblo, de enviarles un Salvador. Su oración siempre era intensa; pero en aquella tarde cayó en arrobamiento. El ángel le anunció que ya había llegado el momento esperado con impaciencia durante tantos siglos, y le anunciaba que sería madre de un personaje que habría de ser llamado “Hijo del Altísimo, a quien el Señor Dios le daría el trono de David su padre, y que reinaría sobre la Casa de Jacob por siempre, y que su reino no tendría fin”. Ya que la espiritualidad de María era la de total disponibilidad a la voluntad de Dios, sintiéndose como su “esclava”. Tan sólo pedía alguna precisión: ella había renunciado a cualquier forma de poder personal, y por tanto le había ofrecido la renuncia de la maternidad, último reducto de poder que tenían las mujeres (todas albergaban el deseo de engendrar a un hijo ilustre), y sabía que esto agradó a Dios; pero cuando el ángel le precisó que “el Espíritu Santo vendría sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra”, expresó, sin fingida humildad, “cúmplase en mí su palabra”. Y en aquel preciso instante, la Palabra de Dios se encarnó en su seno; el Verbo eterno se hizo carne, fue uno de nuestra especie, irrumpió en nuestra historia.
  • A partir de ese momento, María, en una “espera esperanzada” preparaba ansiosa al Salvador de la humanidad. Aquí tendremos que distinguir entre la “espera” y la “esperanza”. La lengua castellana confunde ambos términos; pero esto no se da en otras lenguas -en inglés se distingue “to wait” y “to hope”; en francés, entre “attendre” y “spoir”; en italiano, entre “attendere” y “sperare”-. La espera es pasiva (esperamos que llegue el camión, nuestro turno para el dentista, la cita en el café…); mientras que la esperanza es activa (es una bendición posible que guía en cierta dirección nuestros esfuerzos). Esa “espera esperanzada” es similar a la de una madre que aguarda al nacimiento de su primogénito.
  • Pero también el varón suele experimentar sentimientos extraños durante el embarazo de su mujer, al saber que será papá de su primer hijo. También los varones tienen palabras qué compartir… [responsabilidad, sacrificios, protección…]. Cuando José notó el embarazo de María y después de que el ángel, en sueños, le reveló el misterio que guardaba su esposa, recordó que según las profecías que se remontaban hasta David y el famoso oráculo anunciado por el profeta Natán “Estableceré después de ti un descendiente tuyo, nacido de tus entrañas y consolidaré tu reino. Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo”. José cayó en la cuenta de que, en efecto, su familia descendía de David y que provenía nada menos que de la davídica ciudad de Belén, sobre la cual profetizó Miqueas: “tú Belén, en territorio de Judá, no eres ni mucho menos la más pequeña entre las aldeas de Judá, pues de ti saldrá un Jeque, el pastor de mi pueblo Israel”). Comprendió que el embarazo de su esposa era divino, y que la Providencia se había valido de él, descendiente del linaje real de David, para posibilitar que el niño de su mujer pudiera llamarse “rey” con toda legitimidad, puesto que los padres adoptivos también heredaban su estirpe… Pero, justo ahora, cuando superada la crisis, ambos esperaban llenos de amor aquel nacimiento milagroso, llegaba el famoso censo… y así los vemos, en amorosa pareja, viajando hacia Belén.