Nuestros cinco sentidos son las “ventanas” a través de las cuales percibimos (nuestra mente) la realidad. Son cinco vías maravillosas, prácticamente necesarias para vivir, gozar y evitar las amenazas (cuando algún sentido mengua, con frecuencia otro se potencia). Privilegiamos la vista, con la que percibimos un mundo de colores (los cuales no existen en la realidad), la belleza con que nuestro Padre arregla nuestra Casa Común. El olfato es el sentido más antiguo y se pierde en los orígenes del mundo animal y humano: el cavernícola que llega noche a su cueva, olfatea a su hembra para dar con ella, los perfumes franceses -deliciosamente descritos por Suskind- son empleados para la seducción. Con el oído percibimos el suave murmullo de las hojas, el soplar del viento, el oleaje del mar; y gracias a él podemos escuchar las confidencias o las correcciones de los hermanos. Por eso, la pérdida de audición nos hace suspicaces, pues pensamos que todo mundo está hablando mal de nosotros. El tacto es pulsado con maestría por amantes delicados, a todos nos relaja un buen masaje, disfrutamos el agua tibia de la ducha, la seda de alguna prenda o el fresco de una tarde veraniega. El arte culinario imagina sabores para mezclarlos y para sorprender (se dice que los abigarrados moles prehispánicos tenían como fin ocultar –o acentúa- el sabor prohibido del canibalismo).
En la actualidad los sentidos se nos están atrofiando: abusamos del volumen en los audífonos para escuchar la música electrónica, nos habituamos a los decibeles del tráfico urbano, tenemos atrapados nuestros ojos por las horas de computadora, usamos poco el olfato para comprobar si los alimentos están echados a perder, nos defendemos de las apreturas en el Metro, y el gusto está estragado con saborizantes artificiales estándar.
Lo importante de nuestros sentidos nos lleva a su uso metafórico: a veces, “la falta de tacto” es causa de errores en las relaciones (como quien no percibe el cambio de temperatura lo lleva a resfriarse); el instinto de un buen empresario sabe “olfatear” un buen negocio y percibir que cierta oferta “le huele mal”. Atrofiamos nuestros oídos al prestarlos a los chismes, al cerrarlos a peticiones de ayuda o al rehusarnos escuchar a los demás. Agudizamos nuestra vista para otear el futuro; pero pasamos de largo, indiferentes, sin ver a personas necesitadas de nuestra ayuda.
La realidad suele proyectar señales que algunos sentidos captan directamente (emanaciones olfativas, ondas sonoras, resistencias táctiles). En cambio, la vista y el gusto, aun suponiendo que se encuentren en excelentes condiciones, requieren de algún otro elemento externo (o al menos con este funcionan mejor): Uno puede tener muy buena vista; pero si no hay luz suficiente, no puede ver o percibe deformados los objetos. Por eso la fe es considerada como una luz, gracias a la cual vemos la realidad con los ojos de Dios: en aquel inmigrante sucio y hosco la fe descubre el rostro sufriente de Jesús. En aquel magnate “exitoso”, o en aquella mujer de belleza despampanante que se exhibe enjoyada con vestidos caros, la fe descubre a pobres solitarios, encerrados en su tristeza egoísta, acrecentando vanamente bienes materiales sin nunca encontrar en ellos satisfacción. En las amenazas de un Presidente loco engreído, un creyente sabe ver gérmenes de esperanza…
Por esto, la luz de la fe recibida debe ser comunicada: todavía hoy, una de las artesanías que se venden e Oaxaca es el “celemín” –una olla de barro, con agujeritos, que si se coloca sobre alguna luminaria (una vela o un foco) proyecta una agradable penumbra y juego de sombras. Es muy agradable; pero no sirve cuando lo que uno necesita es ver bien en una habitación. Entonces lo que hay que hacer es poner la luminaria en la parte más elevada, para que la luz se desparrame. Es lo que Jesús pide a sus seguidores: que seamos “luz del mundo”; que nos convirtamos en ejemplo viviente, no por exhibicionismo vanidoso, sino para manifestar el amor misericordioso de nuestro Padre Dios. En nuestro tiempo, cuando las conductas condicionadas van hacia una indiferencia egocéntrica cada vez mayor, los cristianos hemos de mantener los valores de la solidaridad y la compasión, pues ante tanto discurso vacuo que nos embrolla, es el ejemplo lo que sigue arrastrando. Esperamos que nuestra Iglesia sea como aquellas ciudades antiguas construidas sobre los montes, que bien amuralladas, ofrecen seguridad.
El gusto se deleita con la variedad de sabores en los alimentos, con lo cual la búsqueda de los elementos necesarios para nuestra nutrición se hace más agradable. Aunque cada alimento tiene su propio sabor, las papilas gustativas suelen demandar una pizca de sal para que fijar el sabor de cada alimento (no demasiada, pues entonces los sabores se uniformizan y todo nos sabe “salado”). Esto explica la importancia que tiene la sal en muchos pueblos, que la compran a veces a precio considerable. Cerca del Mar Muerto existían las minas de sal, de las que extraía pedruscos de regular tamaño que las familias guardaban en su casa y que iban raspando para usarla. Lo malo es que a veces tales piedras se pudrían y entonces ya dejaba de servir: “se arroja a la calle para que la pise la gente”
Para Jesús, sus discípulos deben ser como la sal: se necesita tan sólo poca cantidad (no le importaban mucho los números), pero destinados a gran influencia social. ¿Sabían ustedes que las palabras “saber” y “sabor” tienen la misma etimología? Se derivan del indoeuropeo “sap”, de la que también se deriva “sapientia” (sabiduría). El “sabio” es aquel que encuentra el sabor real de las cosas, personas o sucesos: en aquellas situaciones de parejas enredadas en conflictos desgastantes que cada vez con más frecuencia terminan en divorcios, la Caridad de los creyentes encuentra oportunidades para superar dichos conflictos hacia relaciones más maduras. En aquellas relaciones laborales, generadoras del “moving” o de la “grilla”, que hacen insoportable las horas de trabajo, la Caridad cristiana descubre dinámicas no ensayadas que redundan en mejora de la productividad y en apoyos solidarios; en algunas manifestaciones de protesta ante las injusticias sociales que pueden derivar en vandalismo desesperado, la Caridad cristiana encuentra recursos más poderosos y efectivos que el odio y el rencor. Es la sal, que da sabor a la vida.
Jesús, pues, nos exhorta a que seamos luz del mundo y sal de la Tierra, en este mundo tan insípido, en el que hay tanta oscuridad y confusión: que nuestra conducta sea ejemplar, para que en los hechos contribuyamos a ver la realidad con los ojos de Dios. Que nuestra vida se conduzca con la sabiduría, para dar “sabor” a la insulsa trivialidad que nos envuelve.
Hace ocho días conocimos la planificación de Jesús sobre su campaña de misión mesiánica. Ahora el evangelio nos aporta un último elemento que faltaba: la normatividad ética que pide para sus discípulos.
También otros grupos proponen a sus integrantes cierto código de honor: Hace apenas algunas décadas, algunos Partidos Políticos exigían a sus militantes una ideología y ciertas actitudes de comportamiento. Ahora pareciera que lo que rige son códigos no escritos, pero sí compartidos, de consejos prácticos: “El que no transa no avanza”, “un político pobre es un pobre político”, “sin obras no hay sobras”, “la moral es un árbol que da moras”, etc.
Eligió cuidadosamente el lugar correcto: un tranquilo monte –“El Sermón del Monte”–, connotando así el Monte Sinaí, donde Moisés recibió el código de ética del antiguo pueblo hebreo: “Los Diez Mandamientos”. El paralelismo era claro -para el nuevo “pueblo de Dios” se requería una nueva legislación o una normatividad. Sin embargo, las diferencias son notorias. El Decálogo obedece a la “ética del deber”: se trata de prohibiciones, cuyo quebrantamiento es pecado que merece castigo: NO matarás, NO hurtarás, NO mentirás, NO fornicarás… En cambio, el código de Jesús obedece a la “ética del placer”, pues se encaminan a adquirir ese estado de felicidad, más estable y profundo que el simple “goce” o “alegría” o “contento” que son menos duraderos y que nombramos “bienaventuranza” (aunque la traducción de la liturgia lo cambie por el de “dicha”, que también es un estado espiritual; aunque quizás menos profundo). Por tanto, más que imperativos obligatorios parecen ciertos “tips” para alcanzar aquel estado.
Un problema para la intelección de los textos bíblicos son las traducciones. Los italianos dicen: “traduttore = traditore” (“todo traductor es un traidor), pues entre las posibles acepciones de un término, el traductor elige, y lo hace conforme a su propia ideología. Por tanto, habrá que buscar palabras equivalentes más cercanas a nuestra propia realidad. Comentemos, pues, estas “Bienaventuranzas”
“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Esto es un ejemplo de lo que acabamos de decir. A veces se le entiende como un desapego interior a los bienes, como una posesión que no se aferre a mantenerse. En ese sentido, el mismo Carlos Slim podría ser uno de ellos… al menos hasta que no se vea un peligro real de perder las fortunas, pues entonces se evidenciaría su grado de dependencia. Algunas Biblias traducen la frase como “Dichosos los que tienen espíritu de pobre”, que me parece más correcto, Hay pobres que tienen “espíritu de ricos”, que cuando pueden, se aprovechan de sus compañeros, iguales de pobres. En cambio, los pobres “con espíritu” suelen ser solidarios con sus hermanos (“hoy por ti, mañana por mí”); son humildes y no pretenciosos; no pretende enseñar e imponerse, sino siempre dispuestos a recibir.
“Dichosos los que lloran [con los que lloran], porque serán consolados”. El dolor –como la alegría- puede llegar a cierto umbral de intensidad que sea imposible de ser llevado solo, y que, por tanto, necesita ser compartido: encontrar alguien que se compadezca (que “padezca-con” mi dolor), un hombro acogedor donde se pueda descargar el llanto, da la posibilidad de consuelo.
“Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra”. Otras Biblias traducen “sufrido” como “manso”. Me parece que el mejor sentido de esa bienaventuranza en la llamada “no-violencia-activa”, elaborada por Ghandi, Martin Luther King, Dorothy Day, etc. Se trata de soportar la agresión, sin responder ni con miedo, ni con violencia, sino haciendo conciente al agresor de su abuso y prepotencia. Curiosamente, Jesús les promete que “heredarán la Tierra”, contra lo que se presupone, que la tierra la heredan los conquistadores, quienes la arrebatan con violencia.
Desde que Jesucristo fundó su Iglesia, ésta ha cambiado
mucho a lo largo de la historia; pero al mismo tiempo, sigue siendo la misma.
Somos mil trescientos millones de católicos en un mundo globalizado ¡Cuántas
teologías, movimientos apostólicos, institutos religiosos, razas y culturas, ritos,
ensayos pastorales…! Sin embargo, continuamos cohesionados en la unidad de
nuestra fe común. ¿Cómo es que la Iglesia haya podido conservar su unidad, en
medio de tanta diversidad? En buena parte de debe a que todos compartimos un
mismo “corpus” doctrinal al que nos remitimos explícita o implícitamente. A ese
“corpus” le denominamos nuestro κήρυγμα
(‘anuncio’, ‘proclamación’). Se trata de un género literario bíblico que
actualmente podría estar representado como el anuncio de una buena noticia. Es
el conjunto doctrinal proclamado por todos cuantos compartimos la misma fe y el
mismo bautismo. Obviamente, el kerygma es suficientemente flexible para que
pueda ser reinterpretado en diferentes tiempos, lugares y teologías; pero con
tal que no pierda la función de ser punto de referencia común. En el Nuevo testamento
ya existen algunas fórmulas kerymáticas iniciales, como las enunciadas en los
Hechos de los Apóstoles:
“Israelitas, oíd estas palabras: A Jesús el Nazareno, hombre acreditado por Dios ante vosotros por
los milagros, signos y prodigios que realizó Dios a través de Él entre vosotros
(como bien sabéis), lo matasteis clavándolo por manos impías, entregado
conforme al designio previsto y aprobado por Dios. Pero Dios lo resucitó
rompiendo las ataduras de la muerte…” (Hechos 2, 22-25).
A éstas, que resumen la misión de Jesús Hijo de
Dios, se fueron añadiendo otros enunciados que describen los principios básicos
de la fe, los cuales ya no son redactados en forma histórica, sino como dogmas abstractas.
Son los “credos” –como el niceno-constantinopolitano, el más conocido-,
consensuado en los dos Concilios del siglo IV. Hay acuerdo que dichos credos forman
parte de nuestra identidad católica, para cualquier tiempo y lugar (el adagio
de Vicente de Lerinis: “quod semper quod
ubique quod ab ómnibus credatur”). Sin embargo, siempre se podrán hacer
“relecturas” de dicho corpus dogmático desde contextos diversos (culturales, de
época, de teologías, etc.). Ahora les presento una reflexión que podría ser una
de estas relecturas, como una versión del “kerygma” que, me parece, podría ser comprendido
mejor por algunos sectores de nuestra época. He procurado combinar la fidelidad
doctrinal con la audacia interpretativa. Quizás no se logre del todo; pero es
así como entiendo la fe. Ojalá pueda suscitar otras interpretaciones que
complemente o corrijan esta presentación, o que vayan adelante con mayor
audacia, pues es mucho lo que tendríamos que revisar de nuestro “credo” para
hacerlo más “creíble”.
CREO
La fe no es la disposición de aceptar racionalmente enunciados “aunque no
los comprendamos”. Curiosamente, las formas más elementales de la vida
religiosa no iniciaron con la creencia en Dios. Parece ser que originalmente,
lo que existió fue cierto sentimiento vago y difuso: lo “sagrado”, lo “santo”,
el “Mysterium tremendum” que abruma e intimida, que nos sobrecoge por su
poder y grandeza, ante lo cual nos sentimos insignificantes y vulnerables en
nuestro ser de “creatura”. Es todo ese ámbito “sacro”, que contrapuesto a lo
“profano”, está al origen de toda religión.
Pero creer es algo más que un
objeto desafiante al intelecto; es la presencia de alguien que despierta en
nosotros confianza, y que nos invita a seguirle. Nosotros nos confiamos de él,
puesto que su persona nos ha dado muestras de que es “confiable”. Quizás un
médico (“le tengo fe a este doctor”), un líder político (le creo, puedo
confiarle mi adhesión), el cónyuge (tiene defectos, incluso me ha agraviado;
pero sé que en lo fundamental -y a pesar de todo-, lo sigo amando y creyendo en
él.
Por supuesto no se
trata de una “fe ciega”, que nos haga aceptar absurdos o adhesiones
imprudentes. La fe requiere también del intelecto, primeramente, para saber que
al menos no hay repugnancia racional, que es verosímil y que está expuesta por testimonios
creíbles. Posteriormente, una vez supuesta la voluntaria adhesión de fe, se
busca el intelecto para profundizaren lo creído y convertirlo en convicciones
CREO EN DIOS
Buena parte de nuestra
existencia, de nuestras acciones y de nuestro quehacer en el mundo, dependen de
la imagen que tengamos de Dios. La búsqueda de esta imagen ha sido preocupación
de la humanidad a lo largo de su historia, y se cristaliza en las diversas
religiones. Todas ellas son “verdaderas” (aceptación del Incomprensible);
aunque imperfectas. Todas son simples balbuceos –incluyendo nuestra propia fe
cristiana–, ya que los conceptos que de Él tenemos son simples aproximaciones
que nunca podrán adecuarse totalmente a su realidad.
Paralelamente, esa fuerza
ominabarcante puede concretizarse en entidades, sucesos, personalidades…, que
revestidos de poder, son capaces de realizar efectos maravillosos, con tal que
alguien (un chamán, un guerrero, un rey) se apodere de ella y la someta a su
voluntad. Nos encontramos con la magia.
Antes que la creencia en algún
ser personal, para algunos antropólogos la experiencia primordial sería la del
“anima”, relacionada con el fenómeno de los sueños. Antes de que los primitivos
distinguieran el sueño de la vigilia, pensaban que de noche se podía viajar a
otros lugares. Al caer en la cuenta de que mientras soñaban, el cuerpo quedabas
roncando en la cama, supusieron dos componentes de cada persona, uno de los
cuales permanecía y el otro -el “ánima”- salía por la nariz para vagabundear.
Ante la muerte del durmiente, esa “ánima” no pudo regresar al cuerpo inerte, y
quedó por ahí, convertido en “espíritu” intimidante, por lo que para
congraciarse con él y con todo ese innumerable mundo de entes etéreos, se habría
iniciado el culto divino.
Otros investigadores –lingüistas-
pensaron que los fenómenos naturales, por su impacto inexplicable, fueron
divinizados y objeto de culto. Mientras algunos sociólogos atribuyeron a la
organización social más primitiva –la división de la tribu en clanes-, por la
que cada clan se reconoce descendiente de un ancestro común (por lo general un
animal) que sería su tótem, de modo que sería la sociedad divinizada la que
daría origen a la religión.
Como quiera, en el advenimiento de las grandes civilizaciones, el Imperio se divinizó, con sus diversos dioses, divinización de las diversas actividades esenciales de la colectividad o de fenómenos naturales. Estamos en las teogonías del paganismo, siendo los más conocidos los de las culturas grecorromanas, dándoles caracteres humanos (con sus pasiones propias).
Un
dios algo caprichoso, que a su antojo moviera las piezas de un juego, es decir,
acontecimientos. Un dios así sería un dios cruel y arbitrario, racista y
sexista, insensible a las víctimas de la injusticia. Un dios que se dejaría
sobornar… ¿A cambio de qué? ¿de una veladora? ¿de una peregrinación a algún
santuario? ¿de algunos sufrimientos infligidos voluntariamente?. Ese dios
estaría sujeto a necesidades reales de sus devotos; pero también a sus
intereses o caprichos mezquinos
No creo en un dios relojero
Mirando
la armonía del Cosmos, Aristóteles y antiguos filósofos dedujeron la existencia
de Dios. Era, según algunos apologetas, como decir que un reloj se habría hecho
solo. La argumentación puede ser válida: siguiendo una concatenación de
causalidades, dado que sería impensable prolongarla al infinito, se tendría que
concluir en una Causa Primera, incausada; pero el dios al que se llega sería
simplemente el “motor inmóvil”, un dios abstracto, existencia pura, sin
cualificación. Quizás la ciencia llegue algún día a responder sobre el cómo
de la creación; pero no sobre el por qué.
No creo en un dios “genio de la
lámpara de Aladino”
El
dios de la magia, el de los brujos y chamanes que, mediante ciertos ritos
impactantes, se apoderan de las fuerzas naturales actuantes en la realidad, y
si logran hacerlo, las obligarían a producir los efectos demandados; aunque se
tratase de meros caprichos, sin atender a la bondad o maldad de los mismos. Hay
algo de eso en ciertas devociones, que recitando determinada oración (cual
fórmula mágica), ciertos días en secuencia, se obtiene infaliblemente lo
demandado. Esta concepción de divinidad mágica parece estar retornado en la
esoteria o paraciencia, ahora formulada como “energía magnética”, o también en
la milagrería pentecostal de fenómenos supuestamente místicos, tales como la
“glosolalia” o “don de lenguas”
No creo en un dios neutral
Dios “hace salir el sol sobre buenos y
malos”, es verdad. Lo cual no quiere decir que no tome partido, ni que sea
un simple “referi”. Sería blasfemo considerar en un dios que legitime el
injusto “status quo” imperante, con sus estructuras de violencia,
corrupción o que solapase intereses inconfesables. En nuestras sociedades
disimétricas, en las que los poderosos se aprovechan de los débiles e
indefensos, Dios toma partido. El Abbá de Jesús es el Dios de los
pobres, de las víctimas, y no de los poderosos victimarios. Esto no quiere
decir que Él intervenga en la historia impidiendo abusos. A la vez que no es
indiferente, Dios se arrodilla ante la libertad humana; aunque le pesen las
consecuencias. Justamente envió a su Hijo para transformar esta situación; pero
desde la condición de libertad debilitada por el pecado.
No creo en un dios idolátrico
No creo en esos dioses fabricados por los
humanos, a imagen y semejanza de sus arbitrariedades; un dios que reclamase de
sus devotos la adoración ciega. Precisando, los ídolos a los que me
refiero no son aquellas esculturas, a veces no carentes de excelsa belleza, a
veces alegórica, en las que muchos pueblos significaron sus valores más
preciados, y cuyo fetichismo, por cierto, no era tan burdo como a veces se
suponía. Los ídolos a los que ahora me refiero son ídolos modernos, a los que
sacrificamos nuestra salud, nuestro descanso, nuestra familia y amistades,
nuestra felicidad… e incluso nuestra conciencia: los ídolos de el tener, el
poder y el placer egoísta”. Estas hechuras humanas se hipostasían, se
combinan con pequeñas omisiones, indiferencias, egoísmos y ambiciones de unos
con otros, que dan lugar a las poderosas “estructuras de pecado”.
No creo en un dios “opio del pueblo”
Un dios celoso, cuya adoración oscurece el
compromiso por transformar esta tierra, vista como un “valle de lágrimas”, por
la que no vale la pena que los creyentes pierdan su tiempo en mejorarla, pues
las penurias humanas son sólo pasajeras y serán recompensadas en el Cielo, la
“patria verdadera”. No creo en ese dios “corazón de un mundo sin corazón”, quien,
a lo más, adorna con florecitas las cadenas, que finalmente, colabora a que no
se rompan. Tampoco creo en un dios que niegue las tendencias biófilas y el gozo
del vivir, pidiendo sacrificios ascéticos y que recela siempre de cualquier
placer. Ese dios, definitivamente “ha muerto”.
No creo en un dios juez severo
No creo en esa deidad que se la pasa examinando
con lupa lo que hacen sus creaturas, para detectar cualquier transgresión que
merezca enviarlas al infierno. Ese dios controlador “que ve una hormiga
negra sobre una piedra negra, en medio de la noche más negra”; ese dios
moralizante que castiga la satisfacción de fuertes tendencias que él mismo puso
en el corazón humano.
No creo en un dios antropomórfico
Solemos
imaginar a Dios como si fuese una persona humana, es decir, con sentimientos y
pasiones. Así decimos que Dios llora, se entristece, se arrepiente, se
contenta… Dios es espíritu, y los sentimientos radican en el ámbito
cerebral corporal, si bien es posible espiritualizarlos. Los sentimientos son
pasajeros, y por tanto, implicaría que Dios muda de estado anímico, lo cual ya
no sería un Dios eterno, inmutable. A veces, los devotos lo aconsejan, le
indican lo que más les conviene y lo tratan de convencer, Incluso sobornándolo
(mandas, promesas, ofrendas) o chantajeándolo (exponiéndole sufrimientos
voluntarios para moverlo a compasión). Un dios así sería un dios sádico, a
quien le gusta ver sufrir a sus hijos y les condiciona su benevolencia a esos
dolores suplementarios o accesorios a las ya de por sí difíciles condiciones de
vivir. No creo, pues, en un dios comprensible para el minúsculo
entendimiento humano, ya que es el trascendente, el Misterio insondable que no
podemos abarcar.
No creo en un dios meramente
trascendente o meramente inmanente
La
trascendencia de Dios, enfatizada por el judeocristianismo y el islam, tiene la
ventaja de reconocer la plena autonomía de las realidades terrenales, lo cual
favoreció a la modernidad secularizada. Dios es el Otro, el que está más allá
de la Creación; aunque por otro lado pudo derivar en la idea de un dios lejano,
que habitara en un plano supraempírico, del que, incluso, podríamos prescindir.
En cambio, la inmanencia de Dios, enfatizada por Oriente y que ahora va
incursionando en nuestros ambientes, nos hace sentirnos como parte del Cosmos y
vincularnos a la totalidad; pero al mismo tiempo, podríamos identificar a ese
Dios con la energía cuántica del Universo. El Dios en quien creo, al mismo
tiempo es el Tú, con quien puedo comunicarme, relacionarme y sentirme amado por
Él. Es el Otro, más allá de todo lo creado; pero no indiferente a nuestro ser
de creaturas. Al mismo tiempo, es la misma intimidad de nuestra propia esencia.
Al comunicarme con esa interioridad, me conecto con todo lo existente; pero
siempre es un Dios que se halla más allá…
[1]
Estas ideas las expuse en el libro “La Idea de Dios en Guadalajara”, editado
por Celina Vázquez Parada y Wolfgang
Vogt, publicado por la Universidad de Guadalajara en noviembre de 2011, pp 233
a 235.
PADRE TODOPODEROSO
Fue así que pronto, al Dios
supremo (supongamos a Zeus) se le tuvo que caracterizar con algunos atributos. La
“teología negativa” sostiene que más que aspirar a conocer lo que Dios es,
humildemente nos tenemos que conformar con atribuirle lo que “no es” (in-finito, in-mortal, in-pecable, etc.).
Otros opinan que siendo Dios un Artista Creador, no pudo menos de dejar su “firma”
en las obras por Él creadas. Por lo tanto, si vemos alguna cualidad repetida en
grado diverso en todos los seres, podemos atribuirle esta cualidad a Dios, pero
en grado absoluto y pleno. Así, si toda creatura tiene cierto grado mayor o
menor de poder –entendido como capacidad de hacer algo–, el dios supremo
sería “todo-poderoso”. En la teología hebrea se le conocerá como el Dios de los
Ejércitos, el Santo, el Fuerte, el Inmortal, su Divina Majestad.
La evolución de la idea de Dios
alcanzó el monoteísmo, en las religiones superiores –al mismo tiempo son
“religiones del libro”—cuyas tres principales son el Judaísmo, el Cristianismo
y el Islam. Las tres concuerdan en su creencia que sólo existe un único Dios y
que es protector de un pueblo concreto. Podría presumirse que siendo único, se
coincidiría en los atributos, y lo es; pero con matices significativos: no es
lo mismo Yahvé distante y justiciero, que Alá belicoso que el Abbá-Padre
predicado por Jesús. Evidentemente que el significante quedaría corto, ya que
esa imagen de paternidad se acuñó nada menos que en una cultura con un fuerte
patriarcado, donde el jefe de familia tenía poder casi absoluto sobre las
mujeres y los niños. Era totalmente impensable que Jesús hubiese dado a su dios
una imagen femenina; pero de hecho, los atributos que privilegia este Padre son
el de ser amoroso, bueno, compasivo y misericordioso, pronto para proteger y
perdonar, que viéndolo bien, suelen ser atributos femeninos. Sería, pues, un
Dios Padre y Madre, teniendo tan sólo cuidado de no dar pie en la antigua
creencia de una Diosa madre, creadora de los dioses mismos.
DIOS TRINO Y UNO
Volviendo al principio de otorgar a Dios el mismo atributo que
reconocemos exista en todos los seres; aunque en grado de perfección diverso,
analizando la escala de los seres percibimos que todos ellos, de una manera o
de otra y analógicamente, muestran cierta predisposición al reconocimiento y a
la atracción, y que entre más perfectos sean los seres (p.ej., los animales
superiores) mostrarán mayor participación de dichas capacidades. Entre los
humanos estas disposiciones se traducen en conocimiento
y amor. En lo referente a nuestro entendimiento, nuestra mente finita no puede
conocer directamente la realidad. Si deseamos conocerla, lo que hacemos es
construir modelos de la realidad, engendrar “palabras mentales” o “conceptos”
(nosotros los concebimos, como un mujer concibe al hijo). Al conocer las cosas,
las nombramos. El “nombre” es traer a las cosas a la existencia, destacándolas
del caos amorfo primigenio; es una forma de re-crearlo; es privilegio humano el
engendrar palabras.
Ningún concepto de adecúa totalmente a la realidad; pero sin ellos
sería imposible conocer nada. Incluso la idea que tenemos de nosotros mismos
tampoco corresponde totalmente a la realidad. Vemos que algunos tienen una
imagen de sí mismos sobrevalorada (los “creídos”, los que “se creen la gran
cosa”), mientras que en otros, el concepto de sí está infravalorado (los “acomplejados”).
Por lo tanto, al atribuirle a Dios el conocimiento total de todo, también el
concepto de tiene de sí mismo total y plenamente corresponde a la realidad, y consecuentemente,
siendo Él “el Existente” (“yo soy El que Soy”), el concepto o Palabra mental
que engendra (que “concibe”) también es “existente”. Es ese Padre-Madre: “Hijo único de Dios, nacido
del Padre antes de todos los siglos: “En
el principio era la Palabra; y la Palabra estaba en Dios, y la Palabra era
Dios… Todas las cosas fueron hechas por Ella, y sin Ella nada existió de cuanto
ahora existe.”
Otro tanto sucede con el amor, la
cualidad más elevada de todo cuanto existe incluyendo a Dios mismo, al punto de
que el Amor es constituir su esencia. Para Jesús, el atributo divino principal
no es la omnipotencia, sino la compasión y misericordia infinitas. Si todas las
creaturas poseen de cierta manera una suerte de atracción amorosa, esta será tanto
más clara cuanto las creaturas más ascienden en la escala de los seres. Por
tanto, en Dios será el Amor que Él se tiene a sí mismo, o mejor dicho, el amor que
se tengan el Pensante engendrador y su Palabra engendrada; el Amante por
esencia y el Amado por existencia. En el amor sucede algo analógico al
conocimiento: no podemos conocer algo directamente, sino a través de “modelos”
o conceptos, así también, del amante y del amado se espira una huella
imborrable –“hasta la muerte”-, que entre el Padre y su Palabra resulta el
Espíritu de Amor. La Palabra engendrada por Dios (“su Concepto concebido”, su
Verbo) expresa la inmensa comunicabilidad divina, y fue así que la Palabra concibe
palabras mentales, las “nombra” y al nombrarlos, llama a las creaturas a la
existencia. Para la comunicación interpersonal, las comunidades acuerdan
ciertos sonidos inconfundibles para asignar a sus respectivos seres, de los que
son sólo símbolos.
Del mismo modo, el amor es
difusivo, tiende a expandirse, y por ello el amor de Dios es generoso, lo
empuja a expandirse y a difundirse. La creación es un don divino gratuito, ya
que Dios no necesita de nada ni de
nadie. Él solo se basta a sí mismo. Por tanto, la esencia íntima de Dios-Amor,
su primera característica, más que su ser “Todo-poderoso”, es su donación de inmensa
ternura, pues su esencia es el Amor.
EL DIOS EN QUIEN NO CREO
CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA
“En el
principio…”
La
Biblia es una colección de libritos, algunos de hace más de 4,000 años. Setenta
sabios israelitas seleccionaron algunos textos de entre los que circulaban y
que eran tenidos por sagrados, y los agruparon de determinada manera como un
“corpus”. Desde inicios del cristianismo, se complementaron con los del Nuevo
Testamento, razón por la cual, a pesar de ser varios libros, pudo tener un
principio (Génesis) y un final (Apocalipsis).
El género literario del Génesis es “mítico”, lo que no quiere decir
–como suele pensarse- que los mitos sean falsedades
(“¡eso es puro mito!”), como si fueran meros cuentos fantasiosos a los que
no hay que otorgar credibilidad. Por el contrario, los mitólogos han
descubierto que estos relatos contienen verdades profundas y son relatos muy
importantes. Algunos de estos son registros históricos de hechos que realmente
ocurrieron (como fundación de ciudades o guerras), y que para ser transmitidos
más fácilmente a las generaciones subsiguientes, se mezclaron con elementos
maravillosos. Otros son justificaciones de leyes o principios morales; otros
más, como inspirados en el remoto inconciente colectivo de una cultura, y finalmente,
hay ocasiones en las que responden a los interrogantes más profundos que se planteaban
en lugar y tiempo remotos, y que no son pensados desde la razón lógica –como
haríamos en nuestro tiempo–, sino que se presentan en forma simbólica, con
construcciones legendarias o imaginativas. Además, los mitos son susceptibles
de ser interpretados de diversas maneras, ya que su intención es la de sugerir,
estimular y transmitir.
Así como los
cuentos tienen siempre un mismo principio introductorio –“había una vez”-, los
mitos suelen remitirse a los orígenes –“en
el principio”-. Se trata de los “tiempos primigenios”, cuando tuvieron
origen todas las cosas (“mitos etiológicos”), cuando todo era maleable (el
cóndor tiene su cuello pelón porque metió la cabeza en un agujero de lava; San
Pedro, bajando en la cárcel Mamertina, se golpeó la cabeza en una roca de la
pared y dejó allí su hueco).
Desde la visión mítico-teológica del Génesis, “en el principio”, la
Tierra era algo “todo revuelto”, un caos primordial: “la Tierra no tenía forma; las tinieblas cubrían el abismo…” La
Creación inició “poniendo orden en el caos”. Según la cosmología veterotestamentaria,
la Tierra era plana; estaba cubierta por una bóveda en la que se fijaban los
astros y las estrellas- Sobre ellas estaban las aguas primordiales, y sobre
dichas aguas, estaba Dios. Para hacer llover simplemente abría la llave de la
“regadera”. Desde esa visión, aquel “principio” fue la separación de las aguas
–las “aguas de arriba” y las “aguas de abajo”–; separación de lo “seco” y lo “mojado”
(emergieron los continentes), y después ya se dedicó a crear las obras “de
ornato” (animales del cielo, del agua y de la tierra).
“Los Cielos narran la Gloria de Dios”
Dios no queda aprisionado por la medición del tiempo, sino
que se mueve en un eterno instante presente. Para nosotros los modernos –a
diferencia de los antiguos-, el pensamiento mítico confunde, más que aclarar. Necesitamos,
por tanto, recurrir a otro tipo de lenguaje, el de la Ciencia (¿realmente más
“verdadero”?).
El tiempo no existe; es una mera construcción humana (un “imperativo
categórico”, dijo Kant). Si no existiera el ser humano no habría tiempo.
Nosotros no podemos pensar sin las categorías espacio-temporales, y nos gusta
medirlo todo. Es así que los astrónomos formularon la teoría del “Big-Bang” (la
Gran Explosión”) -la más aceptable hasta ahora, pues encaja con muchas
observaciones. Con esta teoría se calculó el origen del universo: hace 15,000
millones de años. Esto se deduce por la observación de que el Universo está en
expansión, por lo que supone un principio explosivo, dando inmediatamente
origen a la radiación y la materia. Eran al principio simples átomos; pero
estos se combinaban con otros afines para formar las moléculas. El 80% del
universo lo constituye la “materia oculta”: que no es ni energía oscura, ni materia bariónica (materia ordinaria), ni neutrinos. Su nombre hace referencia a que no emite ningún tipo de
radiación electromagnética (como la luz). Su existencia se puede inferir a
partir de sus efectos gravitacionales en la materia visible, tales como las
estrellas o las galaxias.
“En
el principio era la Palabra; y la Palabra estaba en Dios, y la Palabra era
Dios… Todas las cosas fueron hechas por Ella, y sin Ella nada existió de cuanto
ahora existe”
Se han calculado que existen unos dos billones
de galaxias. La nuestra –la Vía Lactea- contiene a su vez unas 300,000
millones de estrellas. En torno a una de estas estrellas –una “enana”, el Sol-,
desde hace 4,700 millones de años gira un puñado de planetas.
Entre estos planetas está la Tierra (“Gaia”),
“El Planeta Azul”. Un planeta extraordinario. Con una composición química
totalmente precisa:
BIÓXIDO DE CARBONO: Venus
96%; Marte 98%; Tierra 0,03%.
NITRÓGENO:
Venus 3,5%; Marte 2,7% Tierra: 79%.
OXÍGENO:
Venus y Marte: 0%; Tierra: 21% (si fuese el 26% se incendiarían los bosques)
NIVEL DE
SAL: en los mares es de 3.4%. Si subiese a 6% sería imposible la vida.
TEMPERATURA,
entre 15° y 35°, es la óptima para los seres vivos.
Fue en este Planeta, que disfrutaba de
condiciones excepcionales, en el que hace 4 mil millones de años apareció el
prodigio de la vida. Se dice que dada la inmensidad del universo, según el
cálculo de probabilidades, seguramente tendría que haber también vida en otros
planetas; sin embargo, otros científicos consideran que nuestro planeta puede
bien ser una excepción en todo el universo. En todo caso, si no se encuentra
vida en nuestro “vecindario”, será imposible descubrirla, dadas las distancias
inconmensurables medidas en años luz.
Si el Verbo creó todas las cosas, no las hizo
como un artesano, produciéndolas cosa por cosa, ya bien acabadas. Más bien la
creación es la puesta en marcha de un proceso, dotado de una misteriosa
teleología, que una vez desencadenada, marcha por sí misma.
La vida no es explicable sin las sustancias
orgánicas. Por tanto, la primera etapa del origen de la vida fue la formación
de esas sustancias básicas. En ellas, el elemento fundamental es el carbono:
los seres orgánicos, calentados a altas temperaturas, arden, y si no encuentran
aire, se carbonizan. Esta sustancia puede combinarse con otros elementos: con
el hidrógeno y con el oxígeno (el agua) y también con nitrógeno, azufre,
fósforo, etc. ¿Cómo pudieron formarse las moléculas orgánicas, dado que lo que sabemos
es que estas moléculas se forman a partir de materias orgánicas precedentes y
estas no existían? En algunas estrellas se genera carbono en altísimas
temperaturas (7,000°), lo que genera átomos disgregados; pero en la Tierra
faltaban elementos propios de la vida.
Un descubrimiento importante fue el estudio de la composición química
de los meteoritos que caen en la Tierra. Su composición es similar a lo que se
encuentra en el interior de nuestro Planeta (indica un origen común), y
fácilmente contienen carbono, a veces combinadas con metales. En algunos se
encontraron los hidrocarburos (hidrógeno y carbono) y otros minerales que aquí
no existían. De ellos pudieron derivarse las primeras proteínas, y de allí
surgir la vida, primeramente en el mar.
Aquí hay que advertir de algo totalmente
excepcional: la tendencia que tiene todo el universo es la “entropía”, es
decir, todo concurre a la inercia, el desorden, el caos, el reposo. Pero
únicamente la vida evoluciona hacia formas cada vez más complejas y orgánicas,
a contracorriente de todo lo demás.
La estrategia de la vida, desde su comienzo, es
evolucionar hacia la biodiversidad. Gracias a esto es como ha podido irse
adaptando a las cambiantes condiciones ecológicas y medioambientales (una
especie al reproducirse, genera entre su descendencia, continuas
anomalías genéticas, algunas de las cuales se adaptan mejor a las
nuevas condiciones, y a través de ella es como la especie sobrevive).
Así fueron diversificándose los seres vivos,
adaptándose al aire, al agua y a la tierra, después de procesos milenarios. Los
grandes reptiles (dinosaurios), cuando había mucha vegetación y que fueron
disminuyendo en tamaño conforme el alimento faltaba.
“Hagamos al ser humano a nuestra imagen y
semejanza”
En esta diversificación de especies animales, dentro del gran género
de los mamíferos, hace unos 65 millones de años se separó la familia de los
primates. Se trata de mamíferos placentarios (tienen cinco dedos, un patrón
dental común y una adaptación corporal no especializada). Uno de los subórdenes
de los primates fueron los haplorrinios (monos, gibones, grandes simios y
humanos), que le permite al primate
repartir el peso de su cuerpo entre diferentes soportes pequeños evitando la
oscilación del cuerpo. Algunos de ellos han desarrollado la
braquiación como modo de desplazamiento entre las ramas o utilizan la cola
prensil como quinto miembro.
Entre la multitud de
especies de esta familia haplorrinios, hace unos 4 millones de años se
deslindaron los australopithecus, la especie de primates que fue nuestro
antecesor. Estos ensayaron un desplazamiento sobre las extremidades posteriores
y asumieron la posición del bipedismo (homo sapiens). Al ponerse de pie
sucedieron muchas cosas: pudieron liberar las manos y con ello, emplear
herramientas, comunicarse cara a cara y perder la callosidad posterior del
cuello propia de los cuadrúpedos, lo cual permitió su desarrollo cerebral.
Dicho desarrollo fue favorecido, además, con un cambio de dieta, ingiriendo la
proteína de la carne. Sin embargo tales ventajas tuvieron un precio: si en los
cuadrúpedos pueden descansar horizontalmente por igual todas las vértebras de
su columna vertebral, en la posición erguida las vértebras superiores descansan
sobre las inferiores, lo que facilitará la osteoporosis. En esto las hembras
llevaron la peor parte, ya que los embarazos las desequilibraban. La estrategia
de la especie fue parir antes de tiempo (el bebé humano nació el mamífero más
débil, incapaz de bastarse a sí mismo, como sucede en los demás animales), por
lo que la hembra tendrá que estar cerca de su cría, amamantarla y cuidarla un
buen tiempo.
Fue así que surgió la especie humana. Sin
embargo, inicialmente esta especie la componían ocho subespecies distintas que
durante un tiempo llegaron a coexistir, siendo las principales el Cromagnón y
el Neanderthal. El primero era más fuerte; pero el segundo, más inteligente, y
pudo utilizar armas de largo alcance. El Neanderthal sobrevivió, no tanto
debido a la violencia, sino porque fue más capaz de procurarse el alimento,
disputándoselo a su hermano.
EL PECADO ORIGINAL
Los sabios israelitas de hace 4,000 años, mirando la condición
humana, pudieron reflexionar más o menos así: Si Dios creó todas las cosas y “vio que todo era bueno”, ¿cómo es
posible que el ser humano, “corona de la creación”, sea una especie tan cruel y
abusiva? Los tigres o los tiburones matan para comer, es parte de su
naturaleza; pero el humano mata por dominio y ambición. ¿Algo saldría mal en la
creación? Y tratando de hallar una respuesta construyeron un bello relato, en
forma mítica, tratando de explicar esto. Al crear al ser humano, Dios quiso que
disfrutara de toda la creación:
“Y creó Dios al ser humano a su imagen y
semejanza; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó” (…) “El Señor Dios
plantó un jardín en el Edén, hacia el oriente, y colocó en él al hombre que
había modelado (…), para que lo guardara y lo cultivara”.
Los creó para que fueran felices. Los hizo conscientes para que reconocieran
el bondadoso poder de su Creador. Los creó también para que lo amaran. Los hizo
“a su imagen y semejanza”, es decir, libres, por ser la libertad la cualidad
divina diferenciadora. Quizás esto implicaba que al llegar a las condiciones de
humanización, de alguna manera condujeran su propia evolución. Permítaseme
ahora exponer al respecto una teoría teológica del “pecado original” a partir
del proceso evolutivo, si bien reconozco que su fundamento es endeble.
Parece que dos especies de primates haplorrinios,
hace 2.5 millones de años tuvieron un ancestro común. De dicho ancestro se
diferenciaron pocas subespecies de antropoides, entre las cuales, los “chimpancés”
y los “bonobos”. No sabemos cuál sería la situación compartida por ambas
especies y cómo fue que se diferenciaron siguiendo, cada cual desde su propia evolución,
hacia los antropoides. Es probable que en determinado momento, el homínido que
dio origen al homo sapiens pudo tomar
cualquiera de los dos caminos para proseguir su camino de humanización: El
liderazgo de los chimpancés lo tiene el macho alfa, que es abusivo, se apropia
de las hembras y arrebata las mejore porciones de alimento. Por el contrario, entre
los “bonobos”, el liderazgo lo tienen las hembras, las cuales, por su género
mismo, tienden a cuidar a toda la manada y a proteger a los débiles. ¿La vía
evolutiva fue totalmente determinada por la situación ambiental? ¿O acaso, en algún
momento del proceso evolutivo pudo intervenir ya un embrión de libertad?
En efecto, son las decisiones libres las que caracterizan
al homo sapiens, y que en lenguaje
teológico es lo que nos configura como “imagen y semejanza” de Dios. En este
caso, si se tratara del primer acto plenamente libre, en dicha decisión
comenzaría la nueva especie y además, la posicionaría: ésta podría
caracterizarse, o bien porque cada miembro de la especie se corresponsabilizara
de todos los demás miembros y que los fuertes protegieran a los débiles –que
esa era la opción que Dios quería-; o bien, otra posibilidad podía ser optar
por el poder de dominación, y que los fuertes oprimieran a los más débiles (“el
fruto prohibido”). Esa decisión originaria, por ser radical, quedaría
incrustada en el ADN de la especie y se heredaría a todos los descendientes.
Según la teoría anterior, la descendencia se habría acercado más a la de los
chimpancés que a la de los bonobos (¿apoyada por una Eva bonoba?), y esta
decisión sería justamente el “pecado
original”, mismo que ha sido interpretado como el “poder de dominación”. Lo anterior puede corroborarse por las
consecuencias bíblicas del pecado original:
Ruptura con el propio cuerpo: “Sentí vergüenza porque estaba desnudo”
Explotación laboral: Al inicio, cuando
Dios puso a Adán en el Edén (la tierra amiga), el trabajo al que lo destino fue
“para que fuera su jardinero”, agradable y llevadero. Pero cuando se desfiguró
el precepto y se trabajó por explotación de los fuertes, cambió: “comerás el pan con el sudor de tu frente” (que
se convirtió en “comerás el pan con el sudor del “de enfrente”): el trabajo coaccionado por la explotación se vuelve insoportable.
Discriminación
de género: La mujer dejó de ser “carne de mi carne y hueso de mis huesos”,
para convertirla, en el patriarcado, en una sierva a su dominio: “Tenderás a tu marido y él te dominará”
Ecocidio: “Trabajarás la tierra y te
producirá espinas y abrojos”
Del Edén se pasó al erial: el ecocidio se revierte contra su perpetrador.
Ruptura con Dios: Dios dejó de comunicarse cara a cara, y su
imagen (rostro) se les escondió “Se
escondieron para que Dios no lo viera”
Violencia con el hermano: el fratricidio
de Caín.
“Crezcan,
multiplíquense, llenen la Tierra”
En un Planeta prácticamente
vacío, los sapiens sapiens emprendieron un proceso migratorio, poblando todos
los nichos ecológicos –las costas, las selvas, los desiertos, las montañas,
los glaciares del Polo Norte, etc.–. Aquellas primeras migraciones, debido a su
necesidad de sobrevivencia en nichos ecológicos tan diferentes y desafiantes,
mutaron el color de su piel y en su proceso de adaptación, generaron diversidad
de culturas, comenzando por la diferenciación lingüística.
CONFLICTOS CULTURALES
Según la mitología del
Génesis, la primera víctima se perpetró por fratricidio. Si interpretamos
simbólicamente aquel crimen, el mito daría cuenta de una tremenda guerra habida
hace unos 10,000 años atrás, cuando los sapiens
sapiens dieron uno de los saltos más trascendentales de su historia. Ese
saltó dejó atrás unos 2.5 millones de años dedicados a la recolección y
cacería, para ensayar otros modos de producción más seguros y capaces de satisfacer
a mayor número de comensales. Por el Medio Oriente, por lo que hoy es Turquía
se cocieron los primeros panes; pero más arriba, allá por el actual Irak, hacia
9,000 años A.C., se domesticaron al mismo tiempo el trigo y las cabras,
enfrentándose así tribus con formas de producción y de organización antagónicas
–pastores nómadas y agricultores sedentarios-, que todavía hoy se enredan en
conflictos (aunque hoy sean los ganaderos los “ricos” mestizos y los milperos,
los indígenas pobres). Así, por la vasta y árida extensión del desierto, Abel,
ancestro de los pueblos de pastores nómadas, ante cierta sequía, llevando su
rebaño en busca de pastos hacia el Gran Río, se encontró con que Caín (ancestro
de los agricultores sedentarios) ya se había asentado allí y no permitía que nadie
lo invadiera, y de esta manera Caín (pueblos agricultores) mató a Abel (pueblos
pastores nómadas), sin necesidad de la quijada.
Algunos se preguntan si valió
la pena la opción civilizadora. Durante la recolección, la dieta era más rica
(raíces, frutos, insectos, animalitos, setas, cacería…), en lugar de manipular
la vida para favorecer unas pocas especies de animales y de plantas (cereal
generalizado: trigo, arroz o maíz). Se habla de que los humanos “domesticaron”
a las plantas; pero más bien sucedió al revés, fueron las plantas las que
domesticaron a los humanos (hicieron que les llevaran agua, les quitaran
abrojos y piedras, etc.), abonaran la tierra, etc. Con la civilización nacieron
los imperios y con ellos, la diferenciación social, la esclavitud y el crecimiento
demográfico. Lo que se consiguió fue disminuir mucho el tiempo de ocio y
aumentar el trabajo monótono, fatigoso y explotado. Israel, ya desde los
orígenes de su historia tuvo malas experiencias con las primeras civilizaciones
agrícolas: estuvo como esclavo en Egipto y fue cautivo en Asiria y Caldea.
Conoció las civilizaciones desde el polo de los dominados por los grandes
imperios situados a los márgenes de gigantescos ríos (el Nilo y el Eufrates).
Estando en su exilio en Babilonia, seguramente a los hebreos les llamaron la
atención unos grandes monumentos, los zigurats,
tan altos que parecían alcanzar el Cielo, y que sin embargo se habían quedado
sin concluir. Ya sus ancestros habían conocido algo similar, las pirámides de
Egipto, en cuya construcción ellos también colaboraron haciendo ladrillos. Es
propio del llamado “Modo de Producción Asiático” emprender grandes monumentos,
símbolos de la grandeza del Imperio (También México conoció este mismo modo de
producción y construyó pirámides). Por supuesto, aquellos babilonios no fueron
directamente quienes construyeron los zigurats,
sino que quienes realmente lo hicieron fueron los pueblos derrotados y
convertidos en esclavos. Ahora bien, para dirigir una empresa digna de una Imperio
divinizado se requiere de una política lingüística, para poder dirigir y
aprovechar la fuerza de trabajo extranjera –la “lengua imperial”-. Los esclavos
constructores de aquellas torres resistieron a la dominación negándose a
aprender la lengua de sus amos, con lo que aquellas torres se quedaron sin
terminar. Es lo que les permitió su liberación; pero con ello vino la
dispersión. Desde los localismos (lingüísticos o tecnológicos) no se puede
construir nada notable. La solución a esta alternativa llegará mucho más tarde,
en Pentecostés, cuando Pedro abrió la casa donde se habían encerrado y predicó
a una multitud llegada de todas partes, y “cada
uno oía a los apóstoles hablando en su propio idioma”
A pesar de la
distribución geográfica de los humanos, el proceso demográfico ha explotado en
las últimas décadas, de modo que se puede decir que la primera encomienda que
hizo Dios al humano, en cierta manera ya se ha cumplido, y que lo que resta
para el acabalar el cumplimiento de dicha encomienda es asumir en nuestras
manos la propia potencia reproductiva. Cuando yo nací, en 1939, encontré un
Planeta con unos 1,500 millones de seres humanos. Treinta años después, en
1969, se organizó el Club de Roma, agrupación de un centenar de científicos de
todo el mundo y de primer nivel, para estudiar los más grandes problemas
mundiales. Contaron para ello unas grandes computadoras muy sofisticadas (por
cierto, con menor capacidad que mi laptop)
y conocieron que el mundo
tenía ya entonces 3,000 millones de humanos. Es decir, se había duplicado en 30
años, y predijeron que de no haber cambios importantes, dentro de los
siguientes 30 años volvería a duplicarse. Y así fue: el milenio terminó con
6,000 millones de seres humanos. Al escribir esto andaremos por los 7,500
millones. “Llenar la Tierra” es una misión que ahora entra en otra fase. Se
tratará de asumir y regular la propia potencia reproductiva de la especie,
hacia un equilibrio entre población y recursos, mediante educación y auxiliares
bien utilizados y dentro de la libertad de cada pareja
“Custodien la Tierra”
Dios incorporó a su creatura
humana a su proceso de Creación, encomendándoles dos tareas. La primera –“Llenad
la Tierra”- la vimos ya cumplida. Recientemente hemos cobrado conciencia de
que el Planeta que Dios nos legó no tiene recursos infinitos, por lo que
tenemos que cuidarlos… y esta fue la segunda encomienda para poder participar
en el proceso creador de Dios. Como dicen los italianos, “traduttore,
tradittore” (“todo traductor es un traidor”), ya que muchas veces, del
diccionario de la lengua a traducir se selecciona determinado significado de
una palabra, excluyendo otros significados quizás más apropiados, sin atender
al contexto histórico cultural del texto. Esto viene a cuento por la traducción
que circula del Génesis en este pasaje, donde comúnmente se escribe la consigna
de Dios a los humanos, “cultiven la tierra y domínenla”; pero queatendiendo a los procesos
actuales, parece que la traducción correcta debiera ser “cultiven la tierra y custódienla”. En efecto,
“dominar” fue el pecado original: el poder de dominación, causa de todas
las desgracias. En cambio, “custodiar” evoca al jardinero anterior al pecado,
que ama su trabajo y cuida de su Paraíso. Pero hoy, el cumplimiento de esta
misión creadora debe cumplirse de otro modo.
Desde que la humanidad
decidió utilizar la energía fósil, efecto del entierro de toda la exuberancia
del Pleistoceno, empezamos a depender del petróleo, del carbón y del gas
natural. Frívolamente, sacamos de las entrañas millones de barriles a ritmo
vertiginoso (desde la II Guerra mundial, el aumento de los
motores de combustión interna pasó de 40 a 680 millones). Las reservas petroleras se hallan en el
hemisferio Sur del Planeta, pero se consumen en el hemisferio Norte, acentuando
así la diferencia (el Sur se empobrece y el Norte se enriquece). Esto gestó la
revolución industrial, cuyas consecuencias ya se resienten. Pero ya que no se
utiliza toda esta sustancia extraída, los sobrantes (“desechos”) se arrojan a
la atmósfera. Cada año seis mil millones de toneladas de CO2 pasan al aire,
ocasionado el 10% del total de las defunciones. El ritmo de extracción es
creciente: los residuos fósiles aumentaron 400% respecto a 1850. Esos gases
(bióxido de carbono, metano, clorofluorocarbonos, etc.) se
acumulan en el aire, captan y conservan el calor solar. De modo que así estamos
cambiando la composición química de la atmósfera y la temperatura ambiental.
Desde la mitad del siglo XIX, el bióxido de carbono ha aumentado en la
atmósfera en un 30% y se prevé que para el año 2040 su incremento llegará al
60%. Si se comprimiera toda la historia humana en un año, este tiempo
representaría tan sólo un segundo. La capa de gases contaminantes no permiten
que el calor salga del Planeta, sino que fungen como un invernadero al refractar
el calor, aumentando así su temperatura promedio. Si desde 1850 al año 2,000 la
temperatura promedio del Planeta aumentó 1.5°, de continuar como vamos a
finales del siglo XXI habrá aumentado 5° (las “Cumbres” internacionales para tomar
medidas cautelares lograrían, en el mejor de los casos, 2°), lo que sería
desastroso. Ya ahora, la capa de hielo de los Polos se ha adelgazado 42%.
Al derretirse los icebergs, se prevé que este siglo el nivel del mar subirá 88
cms., sepultando varias islas y ciudades costeras; aparecerán enfermedades
tropicales en nuevos lugares, siendo los países pobres quienes más lo sufran.
Hoy, el cumplimiento de nuestra encomienda resulta más apremiante que nunca
“La descendencia de la Mujer te quebrantará la
cabeza”
Las consecuencias de aquella opción “original” –orientar el rumbo
evolutivo de la especie humana- fueron tremendas. Si bien la herencia del ADN
teológico es ya irreversible (la tendencia al poder de dominación),
inmediatamente después del pecado, Dios, compasivo y misericordioso, nos dio una
segunda oportunidad, que esta vez habría de depender de la libertad de cada
cual. A la “serpiente”, advirtió Dios que de la descendencia de Eva vendría un
Salvador a “quebrantar su cabeza”.
Para preparar el cumplimiento
de esta promesa, Dios inició la preparación de ese cumplimento eligiendo un
pueblo del que habría de nacer el Redentor. Eligió al pueblo de Israel desde
antes de que existiera como tal, sacando a Abraham de la seguridad de la gran
civilización asiria y su Imperio divinizado (los zigurats “que llegarían al
Cielo” por la fuerza de la dominación). Lo condujo al inclemente desierto, para
probar su confianza total en este dios, único existente, cuya elección fue rubricada
con un ritual de alianza. Una crisis puso en peligro su supervivencia –una
sequía y hambruna- y hubiera sucumbido a no ser porque las circunstancias lo
radicaron en Egipto, la otra gran civilización de entonces-donde se
multiplicaron. Ante el cambio de la situación política, los emigrados fueron
convertidos en esclavos. Aun así, a pesar de la explotación de Egipto, la otra
gran civilización de entonces–, el pueblo se multiplicó. De aquella situación
opresiva los liberó Dios con mano poderosa, anduvieron errantes por el desierto
durante 40 años, donde adquirieron su identidad como pueblo (gracias a su Ley y
al liderazgo de Moisés), y después de una larga peregrinación, conquistaron
finalmente la Tierra Prometida. En Israel se consolidaron como gran potencia,
gracias a un gran rey, David, quien venció a todos los pueblos comarcanos.
Al consolidarse como pueblo,
juntamente con aquella grandeza, la idea original de elección se pervirtió,
llegaron a creerse con “derecho” a la salvación, a cambio ofrecer un solemne
culto a Yahvé su Dios. Con el culto creció el cuerpo sacerdotal, en número y en
importancia. Durante su largo pasado tuvieron contacto con otros pueblos, y es
posible que por su influencia adoptaron lo que podría ser las restricciones “tabú”: las impurezas, la “Mancha”. Se
refiere a contaminaciones contraídas por el contacto –voluntario o no- con
ciertos objetos (instrumentos de culto, sangre, etc.), personas (enfermos,
mujer en período de “regla”), alimentos (rumiantes de pezuña dividida), tiempos
(sábado). Al quedar contaminada una persona, quedaba ella misma “impura”, y con
ello, no podía ya participar de la asamblea de la sinagoga, y en algunos casos,
tenía que ir hasta el Templo de Jerusalén y ofrecer un sacrificio de expiación:
el oferente transfería sus “manchas” al animal, y al ser sacrificada la ofrenda,
el oferente quedaba limpio (sin cambiar su corazón, pues no se trataba de “pecados”
propiamente tales). Al Decálogo de Moisés se fueron añadiendo multitud de
preceptos, prohibiciones y tradiciones (algún curioso contó 647). La religión
devino legalista, obsesiva y formalista, en la que el culto se sobrepuso a la
ética de solidaridad y la compasión (“atender al huérfano, a la viuda y al
forastero”).
El pueblo fue educado por “profetas”, o líderes
espirituales espontáneos, que surgían del pueblo mismo, en momentos en que éste
se desviaba de la Alianza pactada con Abraham. La visión futura que tenían
aquellos visionarios no provenía de alguna especie de revelación interior, sino
al don de discernimiento sobre los “Signos de los Tiempos”, descubriendo en los
acontecimientos indicadores de cómo actuar ante determinada situación; veían la
realidad, pues, con los ojos de Dios. Aparte de VER la realidad, ESCUCHABAN y
prestaban atención al clamor de los pobres, a su llanto y a su dolor.
DENUNCIABAN también las desviaciones de las autoridades civiles y religiosas,
así como también las del pueblo mismo, y finalmente, ANUNCIABAN un futuro
mejor, siempre y cuando enmendaran su conducta y volvieran a confiar únicamente
en el Dios que salva, en su religión que proporcionaba signos de identidad. Iluminados
por el Espíritu, vislumbraron la venida de un misterioso personaje ungido de
sacralidad (“ungido” latino, “cristo” griego, “mesías” arameo), que haría
recuperar el sentido original de la Alianza, salvaría a su pueblo y –a través
de él– al mundo entero.
FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO
Y fue así que “al llegar la plenitud de los tiempos” (cuando
ya se había inventado la escritura para que la palabra se comunicara a futuras
generaciones), La Palabra (Verbum)
–la Segunda Persona de la Trinidad-, tomó carne mortal en el vientre de una
doncella israelita, haciéndose un ser humano, igual que a cualquier otro de
nosotros, en todo menos en el pecado (pues el pecado es antihumano). Siendo la única persona
humana que pudo elegir las condiciones de su nacimiento: hijo de emigrados,
Jesús nació durante un penoso viaje en la cueva cercana a un poblado (Belén),
cercano a la capital Jerusalén, durante la invasión romana. Es decir, nació en
la periferia (cueva), de la periferia (Belén), de la periferia (Jerusalén), de
la periferia (Imperio Romano), y fue desde allí, en la casita de Nazareth, que
aprendió a ver el mundo, desde los marginados de aquella región.
Creció en Nazareth (pueblo de
unos 350 habitantes), trabajando con su padre como tecné o “artesano”, que arreglaba prácticamente cualquier cosa,
desde un arado, un lagar o las hojas de palma de un techo. Después de la muerte
de José, su padre, un buen día dejó la casa solariega de su clan -con todo y tíos
y primos- y como buscador, se fue a encontrarse con aquel que le representaba el
nivel espiritual más elevado de su época: su primo Juan. Este, renunciando a la
profesión de sacerdote como su padre, instauró un ritual de bautismo en un
recodo del Río Jordán, exhortando a la penitencia. Jesús, humildemente, pidió
ser bautizado por su primo, y en ese preciso momento, algo bajó del cielo como
lo hace una paloma y se posó sobre su cabeza, a guisa de unción, y una voz del
Cielo proclamaba que era el Hijo de Dios. Salió del agua consternado: como Hijo
tenía todo el poder de Dios en sus manos, y gracias a la unción del Espíritu,
era también el Mesías esperado para desempeñar una misión trascendental.
Aconsejado por su primo, se fue al desierto a poner en orden sus pensamientos,
y como suele suceder en tales ocasiones, pasó por una tentación o
discernimiento sobre el tipo de “mesías” que su Padre-Dios requería de él. Todo
dependía de la imagen o atributo de Dios que se privilegiara: A un Dios
omnipotente, de Divina Majestad, correspondería un “mesías” glorioso, milagrero
y guerrero invencible que convirtiera a Israel en la gran potencia mundial. Su
“lanzamiento” de campaña podría ser un verdadero lanzamiento desde la torre del
Templo esperando que los ángeles con la punta de sus alas lo depositaran en el
suelo. Pero si optaba por el atributo devino del inmenso amor misericordioso y
compasivo, siendo Él imagen visible del Dios invisible, le correspondería un
mesianismo solidario con los vulnerables y proscritos de la Tierra, y por
tanto, habría que correr su misma suerte, sin usar de sus poderes en provecho
propio o de su misión, sino únicamente por compasión con los sufrientes.
Su misión por Galilea tuvo
gran éxito: lo seguían multitudes, muchos de tales seguidores, simplemente, por
solicitar sanación. En misión itinerante, recorría todos los pueblitos,
predicaba en las sinagogas, denunciaba la religiosidad formalista y acartonada
de los omnipresentes fariseos -simples cumplidores de leyes de pureza y
contaminación-, y por el camino, aprovechaba cualquier escenario para relatar
sus famosas parábolas que describían el Reino de Dios. Ese era su ideal y su
pasión –primer proyecto de globalización-: hacer de todo el Mundo una única
familia que tenga como Padre a Dios, y por tanto, anunciar que todos somos
hermanos y que hay que amarnos unos a otros como Él nos ama, en la fraternidad,
la justicia, la vedad y la paz. Obviamente, muy pronto se topó con el rechazo
del Centro religioso de Jerusalén, representado por escribas enviados desde la
Ciudad Santa. Jesús veía ese rechazo y notaba lo lento que era su
reconocimiento por parte de los discípulos, por lo que decidió que habría que
adelantar el desenlace y trasladarse hasta la ciudad Capital para dar un fuerte
testimonio; aunque de eso le costase la vida.
LA PASCUA
Entró en Jerusalén cerca de la Pascua (el “Pesaj”), fiesta que
conmemoraba la salida de la esclavitud del pueblo en Egipto. La Noche de
Liberación, Moisés prescribió que cada clan mataría un cordero, y con la sangre
del animal debía marcar el dintel de la puerta, esa noche pasarían los “ángeles
exterminadores” matando al primogénito de cada familia; pero respetando las
casas que tuvieran la señal de la sangre. Por lo mismo, en la fiesta de Pascua
(el Paso del Señor), en conmemoración cenarían el cordero pascual. Era muy
concurrida esa fiesta. Se calcula la asistencia de unos 200,000 peregrinos,
muchos de ellos de la Diáspora. Jesús también asistió ese año y preparó una
entrada muy cuidada a la Ciudad Santa, desde una población distante poco más de
un kilómetro de la ciudad. Muchos peregrinos lo reconocieron (pues había estado
en su pueblo), y lo reconocieron como el Mesías esperado, a pesar de que su
práctica no correspondía a la imagen de mesías difundida en todo el país por
los omnipresentes fariseos. La gente cantó el hosanna y el salmo 118 (salmo mesiánico) y fue así que Jesús entro
entre aclamaciones como un anti-rey (entra montado en un burrito, y no en el
brioso corcel del emperador victorioso). En el Templo tiene una acción
significativa: arrojar a los vendedores para ofrendas y a cambistas de moneda
romana. Con ese signo, Jesús rechazaba todo el sistema del Sacrificio, la
Mancha, la expiación, que era precisamente la raíz última de la profanación
mercantil en que se había degradado el Templo.
La Cena Pascual de aquel año se convierte en memorial de despedida,
dejando el pan y el vino como cuerpo y sangre suyos. En la intimidad de la
Cena, Jesús les anunció –como lo había hecho antes- su entrega y su muerte en
la cruz. Esa muerte –y su posterior resurrección- era ni más ni menos que el
cumplimiento de la redención del pecado original. El memorial suele ser leído,
todavía hoy, desde el sistema del sacrificio (Jesús sería el “cordero que quita el pecado del mundo”),
desplazando a su persona todos los sacrificios de animales que en la
antevíspera había desaprobado. Así lo piensa el autor de la Carta a los
Hebreos, que en el altar de la cruz, rememoraba el antiguo culto, ejecutado
cada año por el Sumo Sacerdote mismo, entrando él solo, rociado en sangre de
animales, en lo más íntimo del Santuario. Ahora en cambio, Jesús, en sola su
muerte, se ofrece como víctima de expiación por todos nuestros pecados. Sin
embargo, me parece que el cordero comido en la Pascua no era el cordero
levítico, de los sacrificios en el Templo, sino el Cordero Pascual, memorial de
Liberación. Lo que nos redime fue su entrega total, plena a la construcción del
Reino de Dios, que es a lo que en nuestro bautismo nos comprometemos. No fue
tanto la sangre derramada sino esa intensa pasión, fiel a la imagen de Dios,
que no es la del Rey, sino más cercada al Profeta de compasión y misericordia
infinitas: nada menos que el estilo de Mesías que le encomendó a su Hijo.
Aunque Jesús no haya buscado
el martirio, sino que más bien lo trataba de evitar, para adelantar lo más
posible su proyecto, llegado el momento lo asumió, y entre la angustia del
sudor de sangre en Getsemaní, aceptó el sacrificio que evidenciaría la religión
del Templo como homicida. Las autoridades religiosas lograron –mediante la
traición de uno de los suyos- aprehenderlo, someterlo a un juicio amañado,
torturado y entregado a los romanos, después de haberle fabricado un delito de
insurrección.
Murió crucificado –como
todos los rebeldes en contra del Imperio–; pero al tercer día resucitó de
entre los muertos, signo de que el Padre-Dios, que había permanecido en
silencio durante todo el proceso, se pronunciaba finalmente de estar de parte
del ajusticiado y no de parte de las autoridades del Santuario. Después de
haberse mostrado fugazmente en algunas pocas ocasiones, Jesús se aparece por
última vez, ya en Galilea, y envía a sus apóstoles por todo el mundo anunciando
su mensaje del Reino y su resurrección, para finalmente pasar a otra dimensión
(“asciende al Cielo”) y promete regresar al final de los tiempos, a recoger la
abundante cosecha de su Reino.
“Creo en la Iglesia, que es
una, santa, católica, apostólica y romana”
Con la intervención que tuvo Jesús durante la
Pascua y sus fuertes y explícitas enseñanzas en el Templo, éste había quedado bajo
su autoridad. La ejecución, perpetrada pocos días más tarde, no fue óbice para
que su propuesta religiosa quedara ya prácticamente cimentada: había devuelto a
la Ley y a las tradiciones a su sentido original, había enfatizado como lo
verdaderamente importante las obras de consuelo en favor de aquel pueblo
sometido a tremenda opresión económica, política y religiosa. Su asesinato (el
juicio había sido ilegal) fue la mejor denuncia de un proyecto religioso de
muerte a los inocentes. La traición, la negación y el abandono de sus apóstoles
fueron quizás más lejos de lo previsible, a pesar de que Él, en varias
ocasiones, lo había predicho como inevitable. Cuando las cosas parecían
calmarse, convocados por María, volvieron a reunirse, oraron, discutieron y
resolvieron seguir adelante. Fue el momento en que nacía “La Asamblea” (etimológicamente
es lo que significaba ἐκκλησία, una asamblea de ciudadanos para discutir asuntos
políticos). ¿Dónde quedaron
aquellos hombres cobardes y bloqueados a la comprensión de la propuesta de su
maestro? Fue el Espíritu de Jesús resucitado quien les infundía sus dones para
continuarla. Obviamente, en la medida en que iban haciendo suya la enseñanza de
Jesús, estarían corriendo la misma suerte, y la persecución selló el origen
mismo de la Iglesia. Pero paradójicamente, fue también la persecución misma la
que ocasionó la difusión de la nueva fe.
Un hecho imprevisto fue la conversión de
Saulo de Tarso, hombre muy preparado, conocedor tanto de la filosofía griega (era
ciudadano romano) como de la hebrea, pues había sido fariseo, hijo de fariseo y
educado a los pies del célebre escriba Gamaliel. Además de su genial síntesis
teológica con incorporación de algunos elementos helénicos, fue un apasionado
propulsor de la nueva fe dentro de los ambientes paganos del Imperio. Su
intuición fue organizar esta doctrina a partir de comunidades locales dentro de
mayoría pagana, y de alguna manera interrelacionarlas, reconociendo como núcleo
la comunidad de Jerusalén. Tanto Pablo como Pedro llegaron a Roma y formaron
aquella comunidad; aunque por razones políticas de Nerón, que encontró en los
cristianos un chivo expiatorio ideal, se desencadenó nuevamente la persecución,
contando con numerosos mártires.
Uno de los últimos
emperadores romanos, Constantino, allá por el siglo IV, también por razones de
legitimidad religiosa, se convirtió al cristianismo –entonces religión de
esclavos– y oficializó a la Iglesia como religión de Estado, es decir,
fundamento y legitimidad de la autoridad imperial. Probablemente las
persecuciones religiosas hicieron menor daño a la primitiva Iglesia que esta
oficialización. Ahora el emperador mismo garantizaba la recolección del diezmo,
nombraba obispos y financiaba Concilios. Numerosos cristianos vieron mal este
contubernio y huyeron a las cuevas, empezando con las de Egipto, y se volvieron
“anacoretas” o “eremitas” (eremo=desierto), embrión del monacato.
La Edad Media, con su régimen
feudal y su jerarquía de nobles, se apoderó de la institución eclesial.
Ciertamente, con esto se lograron conversiones masivas; pero la fe cristiana
pasó a ser parte de la cultura dominante, llegando a excesos de perseguir a los
herejes con la Inquisición. Fue esa Iglesia europea, de modalidad hispana, la
que trajo la fe cristiana al continente americano. El Patronato Real siguió
nombrando obispos y al Rey de España mismo se le encomendó el cuidado pastoral
de la nueva Cristiandad de Indias. Por supuesto, hay que darle merecido
reconocimiento a aquella pléyade de religiosos, franciscanos, dominicos y
agustinos (posteriormente los jesuitas y otros), que además de interesantes
iniciativas pastorales, contribuyeron a la formación de la ciencia moderna
europea.
La modernidad europea fue cuna del
liberalismo y la visión secular de la vida. Con indudables aportes de los
derechos humanos, la democracia y una racionalidad liberada de dogmatismos y
“maravillosismos”, de la organización política como Estado Confesional se pasó
al Estado Laico, con los consiguientes conflictos entre el poder religioso y el
poder político. Fue el clima que favoreció la independencia de los países
latinoamericanos. Al conseguirla, el Estado en México quedaba totalmente desinstitucionalizado,
ya que durante la época colonial todo estaba centralizado en la Metrópoli. Fue
así como todos los grupos más identificados con el viejo régimen colonial se
fueron agrupando en torno a la institución más estable, la Iglesia Católica. Pero
al mismo tiempo, nuevos grupos de profesionistas (abogados, periodistas, burócratas,
cuadros bajos del ejército y miembros del bajo clero.) formaron el Partido
Liberal, el cual, al acceder al poder decretó las Leyes de Reforma, despojando
al clero de sus bienes y sus privilegios.
Si bien durante el Porfiriato la Iglesia en
México tuvo ligera recuperación, la Revolución Mexicana cobijó grupos
anarquistas inspirados en el “ateísmo militante” soviético, que promovieron la
persecución religiosa de 1925 a 1929. Desde entonces, al mismo tiempo en que el
jacobinismo oficial proclamaba el anticlericalismo, en la práctica había
discretos entendimientos, casi clandestinos, que permitían una relativa
libertad religiosa. El Catolicismo Social, inspirado en la Doctrina Social
Cristiana, abrió nuevos horizontes, hasta que en 1994 se promulgó la Ley de
Cultos y Asociaciones Religiosas. El Partido Comunista se abrió a la inclusión
de cristianos y en el campo de la Iglesia, la Teología latinoamericana de
Liberación tendió los puentes necesarios para que el ejemplo del Jesús
histórico acercara a militantes de las dos fuerzas más importantes -no en
sendas versiones dogmáticas- para un nuevo tratamiento de acción social: los
católicos progresistas y los socialistas dialogantes.
Esa es nuestra Iglesia, a la que amamos y con
quien a veces nos peleamos. Es unapese a contar más de un 1,3 millones de católicos en todo el mundo, con su
multiplicidad de teologías, apostolados, ideologías, rituales, razas y
tradiciones. Es católica, es
decir “universal”, y por lo mismo, inculturada en todas las culturas y todas
las etapas de la historia habidas y por haber, pues al mismo tiempo en que se
deja evangelizar por lo más sano de las tradiciones de los pueblos y de los
tiempos, también ejerce la función de ser crítica de las culturas, al
confrontarse con los valores más profundos del Evangelio. Es apostólica, pues se remonta a las
enseñanzas de los apóstoles, privilegiados testigos de la gesta de Jesús, y es romana, por reconocer el primado del
descendiente de San Pedro, a quien Jesús le encomendó la misión de ser vínculo
de unidad eclesial. También es santa;
aunque a la vez sea pecadora. Institucionalmente muchas veces se ha apartado de
la enseñanza del Evangelio, es verdad; pero también lo es el que la Iglesia guarda
celosamente un tesoro de espiritualidad, de heroísmo martirial, de enseñanzas y
de preocupación por los más vulnerables de cada situación. Hay que reconocer
que los pecados de los hijos de la Iglesia le han dañado más que las persecuciones,
como es el caso de la pederastia clerical; pero ha sabido mantener su
profetismo en la tremenda situación de nuestro mundo que nos espera.
“Desde allí ha de venir a
juzgar a los vivos y a los muertos, y su Reino no tendrá fin”
El “fin del mundo”, supuestamente anunciado
por Jesús, no es el final del Planeta (la Tierra tiene aún muchos recursos para
continuar girando en torno al Sol por muchos milenios más). La expresión
connota más bien el fin de la especie humana (de los “sapiens sapiens”). Jesús mismo reconoció su ignorancia de cuándo
sucedería esto. Sabemos que ningún planeta es eterno, y que la Tierra tiene
todavía capacidad de absorber todo el estropicio de nuestro hábitat, que hemos
venido haciendo al menos desde hace unos 200 años. Nuestro Planeta tiene
recursos limitados. Frívolamente derrochamos los recursos no renovables, en un
consumismo sin sentido, como si los recursos fuesen inagotables… Y cuando
perezca el último espécimen de nuestra raza, entonces sí será el “fin de la
historia”.
“Entonces verán llegar al Hijo del Hombre entre nubes,
con gran poder y gloria”. Sólo entonces Jesús podrá juzgar a la especie sapiens-sapiens en su conjunto total. En
los primeros milenios, los habitantes del Planeta eran una cantidad
insignificante y tenían demasiado terreno como para pensar que llegaría un día
en que los recursos se terminarían, consumidos por una minoría ávida e
indiferente a respecto a los más vulnerables. De continuar como vamos, no queda
ya mucho tiempo: el agua potable ya no alcanzará para todos, el aire será
cuidado o sustituido por mascarillas de oxígeno, la ganadería intensiva
evidenciará una alternativa impensable –las vacas o los humanos-. Muchas
ciudades colapsarán y habrá desastrosas epidemias de enfermedades hoy día exclusivas
del maldito Sur y que debido al calentamiento global hoy ya se contraen también
en el privilegiado Norte, y tampoco se excluye la guerra atómica, destinada,
quizás, para exterminar a la llamada “población sobrante”. El criterio del
juicio no será el Decálogo de Moisés, sino más bien las “Obras de
Misericordia”, es decir, la contradicción entre la indiferente ambición de los
menos o la solidaridad global. El combate escatológico se dará entre el
“proyecto de vida” –el Reino de Dios, anunciado por Jesús–, o el “proyecto de
muerte” del Anticristo. Quizás los campos no se den tan claros como la alegoría
pastoril –corderos blancos diestros vs chivos negros zurdos–, pues la mayoría
somos a la vez víctimas y perpetradores; oprimidos y cómplices.
“Creo
en el perdón de los pecados”
Ante el misterio insondable de la bondad de Dios, no es menos
incomprensible el “Misterio de la Iniquidad”. Si Dios es lo único que calma
nuestra sed existencial; si sólo Dios puede colmar el vacío y otorgar la
felicidad plena; si su proyecto es lo único que puede salvar nuestro Planeta,
el de todos, ¿cómo entender que haya una creatura lo niegue y rehúse su
aceptación? El pecado, pues, es oponerse concientemente al proyecto de amor de
Dios; es preferir otro bien creado, cualquiera, que si bien, mientras tenemos
cuerpo, ilusoriamente nos podría satisfacer, al desaparecer las alucinaciones nos
queda un vacío inmenso de soledad.
Antes de
conceptualizar el pecado, será conveniente distinguirlo de otras realidades con
las que se suele confundir:
Distinguir la conciencia de pecado del
sentimiento patológico de “culpabilidad”. La conciencia de pecado se obtiene mediante la argumentación racional.
Nuestros principios ético- morales están fundamentados y sabemos que cuando
actuamos en contra de estos, nos apartamos del bien y damos cabida al mal. En
cambio, la culpabilidad es un sentimiento difuso, no fundamentado, que nos hace
sentirnos mal ante ciertas acciones, sin que podamos dar cuenta clara del
porqué o de la desproporción de dicho malestar. Ese sentimiento de culpa puede
ser más o menos fuerte y coincidir o no con los principios morales, pues
depende de un continuum que va desde la laxitud extrema (amoralismo) al rigor extremo
(escrúpulo), y suele provenir desde nuestra educación familiar durante la
infancia. Su efecto es esclavizante, ya que, al no tener fundamento racional,
no podemos liberarnos fácilmente de él, mientras no nos reeduquemos.
Distinguir el pecado de las neurosis. Las neurosis son enfermedades que se
caracterizan por la presencia de trastornos nerviosos y alteraciones
emocionales sin que haya ninguna lesión física en el sistema nervioso. Para que haya pecado se
requiere de la libre voluntad, es decir, que tengamos capacidad de elección;
mientras que las neurosis se nos imponen, a veces compulsivamente (como en el
caso de las adicciones) y muchas veces no podemos salir de ellas sin la ayuda
exterior de una terapia.
Distinguir el significado del Mal con alguno de sus significantes. Antiguamente, en varias culturas El Mal se
hipostasiaba en figuras míticas; en el antiguo Israel era Satanás (“el
adversario”) o Lucifer, el ángel caído; pero en el mundo helénico fue
identificado como el Diábolo (Diablo). Si un “sím-bolo” es lo que une a las
colectividades, el “diá-bolo” es el que las separa. En todo símbolo hay que
distinguir el significado y e significante. La figura más antigua que fungió
como significante del Mal es un actante que suele representarse en figura
caprina (cuernos, patas y cola de chivo), cuyo antecedente más remoto llega a
los pueblos del paleolítico, que subsistieron refugiados en las marismas al
Norte de Escocia. Los celtas trataron infructuosamente de conquistarlos, pues,
aunque poseían armas de hierro, desconocían aquellos peligrosos terrenos y sus
habitantes eran protegidos por una deidad muy poderosa, Cernunnus, un dios
cornudo y caprino. Cuando los romanos los conquistaron, difundieron
exitosamente esa deidad, a veces convertido en Baco/Dionisio.
El
pecado existe. Es una
realidad distinta de sus deformaciones que hemos visto. El humano es el animal
más peligroso de todos, pues a diferencia de los carnívoros, que matan por su naturaleza,
para comer, aquel, mata por odio o ambición. Tendemos al mal, como consecuencia
del desorden original, y con ello nos colocamos de parte del “Anti-cristo” y su
proyecto de Muerte, oponiéndonos al proyecto de vida, el “Reino de Dios”.
El
pecado daña; perjudica a otros
hombres o mujeres, a la naturaleza y a nosotros mismos; deforma tendencias
sanas y los bienes dados por Dios (fuerza libidinal, drogas, bienes de consumo…),
cuya posesión se necesita educar y saber utilizar sin que dañen.
Existen
pecados personales y sociales. Hemos de distinguir a quienes daña la acción pecaminosa, si sólo nos
dañen a cada persona, si daña a los demás y en especial, al “bien público” como
son los “pecados sociales”: ese tinglado de relaciones, que combinan pequeñas
ambiciones, indiferencias, antipatías, egoísmos… y se convierten en las
“estructuras de pecado”, de las que cada uno de nosotros somos a la vez
víctimas y victimarios.
Ante
el pecado: arrepentimiento y perdón. El pecado cometido no es algo irreparable, que nos persiga hasta la
muerte. Existe una forma de acabar con él y con algunas de sus consecuencias;
el perdón. Jesús conoció la condición humana, pues participó plenamente de ella:
en todo, menos en el pecado (pues más que “humano” es “anti-humano”).
Comprendiendo nuestra debilidad, insistió mucho en la confianza que podemos
tener en nuestro Padre-Abbá, bueno, compasivo y misericordioso, siempre
dispuesto a perdonar. Lo único que nos pide es el arrepentimiento, y como signo
de nuestro arrepentimiento es que a imitación suya, sepamos nosotros perdonar a
quienes nos ofenden, pues de la misma manera como nosotros perdonamos, será el
perdón que Dios nos conceda (“con la
misma medida que midamos seremos medidos”).
Actitudes
en el perpetrador. Jesús
dice: “Si tu hermano peca, corrígelo, y
si se arrepiente, perdónalo” (Lc 17,3). Es decir, el perdón –especialmente por parte de la víctima hacia su
victimario, pero también vale para cualquier pecado- está condicionado al arrepentimiento de quien comete el
agravio. Ni Dios perdona a quien no está arrepentido, pues simplemente permanece
fuera del espacio de la misericordia mientras no haga su parte que le
corresponde. Sin embargo, el
arrepentimiento, a su vez, queda condicionado a la corrección. Hay ciertas actitudes de quien corrige que debe tener
su acción correctora:
Que
se haga con amor- Las
actitudes vindicativas o de recriminación, únicamente dan cabida a
autojustificaciones y a bloqueos. En vez de restregarle la corrección al rostro
de quien peca, hay que mirarlo con amor.
Justificar
al menos la intensión, cuando no se pueda justificar la conducta en sí misma- Como Jesús en la cruz, ante sus verdugos: “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que
hacen”. Ciertamente las torturas y burlas nunca son justificables, y de
algún modo esto debe siempre tenerse en cuenta; pero esa soldadera, alentada
por las autoridades, no conocía quién era verdaderamente el supuesto reo, y
menos que era el Hijo de Dios. Se puede –y a veces, se debe- hacer juicios
críticos sobre conductas, pues de otro modo es difícil elaborar principios
éticos propios; pero con tal de que dicha crítica verse sólo sobre las acciones
conductuales, pues las motivaciones no
las conocemos, y por eso se las dejamos a Dios
Humildad- La corrección no se hace desde las alturas
prepotentes de quien se siente superior. Requiere también de parte de quien
corrija, el autoexamen; el reconocer la parte de culpa que toca al agraviado
mismo, pues de lo contrario, se corre el riesgo de “mirar la paja en el ojo
ajeno y no ver la viga que se lleva en el propio”. Junto con esto, hay que
saber hacerlo con mansedumbre y dulzura, sin altisonancias
Oportunidad
y prudencia- Buscando el
momento oportuno. Por lo general, no cuando quien ofende se encuentra furioso,
para no dar pie a actitudes defensivas.
Con
firmeza y valentía.- la
corrección pide ser realizada con tres órganos: mente, corazón e hígado.
Combinar el afecto y la firmeza y con claridad de lenguaje para no dejar
malentendidos.
Condiciones
para un “perdón y olvido” del
agravio. En los reclamos en
los que la colectividad como tal haya resultado agraviada, sería de utilidad
recordar las condiciones que la Iglesia exige al pecador individual para una
buena confesión:
Examen de conciencia. Antes de acercarse al Sacramento de la
Reconciliación, la Iglesia pide que el penitente analice objetivamente la
situación: la falta, las condiciones agraviantes o mitigantes, el grado de
conciencia o de vigilia, as presiones sociales, la ignorancia, las consecuencias,
etc.
De igual manera, para los
agravios sociales a la comunidad, para obtener un perdón comunitario se
requiere que se conozca realmente lo que pasó: todos los responsables, sus autores
intelectuales, las presiones, las deformaciones de información, etc. Por eso
suelen pedirse “Comisiones de la Verdad” que reconstruyan el hecho lo mejor
posible, ya que ahora, cuando se habla de “posverdad”
y hay medios de comunicación que mal informando, ocultan o desinforman; cuando
hay “chivos expiatorios” o indolencia en investigar, la sociedad tiene derecho
a conocer lo que realmente pasó y todos los implicados.
Arrepentimiento (dolor de los pecados).– El confesor debe darse cuenta si el
penitente se haya realmente arrepentido. Sería deseable que hubiera verdadera contrición, es decir, dolor honesto por
haber ofendido a Dios, por oponerse al proyecto del Padre y por haberle hecho el
juego a las fuerzas del Mal. Pero por lo menos se pide atrición, o sea, deseo de no haber realizado la acción, no tanto
por arrepentimiento real, sino por las consecuencias que se deriven, especialmente,
el miedo a la condenación eterna. En el caso social, los perpetradores sienten
arrepentimiento por las consecuencias que se sigan: si se investiga y se conoce
la culpa, puede recibir una condena social o en el caso de un delito, un
castigo penal. También para los pecados sociales hace falta algún signo de
arrepentimiento real
Propósito de la enmienda. Mientras no exista este propósito no se
puede hablar de arrepentimiento. Debe haber disposición para “evitar las
ocasiones próximas de pecado” (v.gr., ponerse en situaciones peligrosas que
faciliten la recurrencia). Se pide, por tanto, romper con ciertas relaciones o
situaciones que resulten tentadoras. En lo social, se pedirá que las
autoridades implementen ciertos “candados” normativos que garanticen que tales
conductas no habrán de repetirse -como, por ejemplo, prohibirle al transgresor
visitar a quien fue su víctima-. En lo social también se pueden pedir estas
medidas de garantía
Confesar la falta. Para las faltas mayores, la Iglesia pide la
confesión oral hacia la Comunidad. Al inicio se hacía delante de toda ella;
ahora, cuando se perdió la viveza comunitaria, se reduce a confesarla
humildemente con su “representante” (el sacerdote, antes que ser “representante
de Dios”, es “representante de la Comunidad”). En las faltas sociales, el
perpetrador, para obtener “perdón y olvido” debe reconocer su responsabilidad o
la parte del agravio que le haya tocado, y expresar su arrepentimiento.
Cumplir la penitencia. Antiguamente, las penitencias puestas por los
confesores eran muy pesadas. Podían ser meses de renuncias o abstenciones.
Aunque es verdad que en esos tiempos primitivos los pecados que eran materia de
confesión oral eran muy pocos (la apostasía, el homicidio y algún otro). Ahora
ya se perdió ese sentido de expiación y suele quedar reducido a alguna
oracioncilla. Socialmente, cumplir la penitencia es más grave, y necesario para
evitar la nefasta impunidad. Se trata de no eludir la pena jurídica que haya
merecido su acción, que incluso significa la cárcel, y renunciar a trapisondas o
sobornos para abreviar o mitigar la condena.
Reparar el daño. No puede haber perdón si no se hace lo
posible por reparar el daño: si hubo robo o fraude, hay que restituir lo
robado. Para cuidar el sigilo sacramental, en la confesión individual esto
puede realizarse sin necesidad de exhibirse, de manera oculta (v.gr., si hubo robo
en una tienda, volviéndose cliente asiduo de la misma). Más difícil es la
restitución de la honra, cuando hubo, por ejemplo, calumnia o maledicencia. En
los pecados sociales, toca al Estado la indemnización de las víctimas o sus
familiares. A veces, a nombre de las víctimas –en especial cuando éstas hayan
sido “criminalizadas” o vituperadas, al Gobierno toca construir algún monumento
simbólico para reconocer la afrenta social (como es el caso del monumento a los
feminicidios de Ciudad Juárez, el “anti-monumento” con motivo a los 43
desaparecidos de Ayotzinapa, o la corrección de libros de texto (aun no lograda
del todo) para narrar la matanza del 2 de octubre de 1968.
Recibir
la absolución. Es la
declaración alegre, misericordiosa y esperanzadora de un Dios que perdona y
olvida, cuando hubo arrepentimiento. En lo social, una vez realizado esto, sí
es posible hablar de “Perdón y Olvido”, pues entonces, si ya se
realizaron todas las condiciones mencionadas, insistir en el “2 de octubre no
se olvida” sería simple venganza, pues es ya la historia quien juzgó y condenó.
“Creo en la resurrección de la
carne y la vida perdurable”
Pensada con categorías
espacio-temporales, la “postmortem” se podría imaginar como un “stand-by”
atemporal; pero contemplado lo escatológico desde la eternidad, el sueño durará
apenas un segundo, justo lo que necesita el “alma” para separarse del cuerpo
(para los indígenas de Oaxaca, esa separación se da después del novenario). Si
nos salimos del marco dicotómico griego (materia y forma, cuerpo/alma) y
volvemos a la unicidad hebrea, después de la muerte estaremos en Dios, en
contemplación activa y plena. Hablar de “resurrección de la carne” supone la
materia, y esta supone el espacio y el tiempo. Pero si ya estamos en el ámbito
de la eternidad… ¿cómo será? ¿Cuáles funciones somáticas permanecerán? Si ya no
necesitaremos comer, no necesitaremos el aparato digestivo, y si no respiraremos,
obteniendo oxígeno, sobraría el aparato pulmonar; otro tanto. si ya no
necesitamos reproducirnos, ni copular, sucedería con el sistema reproductorio…
Quizás la única materia indispensable sea el cerebro (suponiendo una
comunicación telepática); pero ese órgano requerirá de un soporte material:
¿Por qué no, al resucitar, Dios no nos podría colocar a cada uno en un planeta
diferente (como Santo Tomás pensaba que los ángeles pilotearían cada cual su
Planeta)? Así se justificaría tanto derroche del universo (seguramente sobrarán
planetas, previendo todos los años de historia que aún faltan para acabalar la
totalidad de los sapiens). Yo imagino como una apertura total hacia un Dios
infinito, con amplificaciones por la eternidad ilimitada. Es Dios mismo que
penetra y fecunda nuestra pequeñez de creatura. Sin embargo, dice un adagio
escolástico: “Quid quid recipitur, ad
modum recipientis recipitur” (“todo lo que es receptible, es recibido según el
tamaño del receptor): Supongamos que cae un tormentón en alguna población
que antes hubo sufrido de sequía: la gente saca al patio todos sus recipientes
(un vaso, una cubeta, una olla, un tambo, un tinaco). Todos quedan igualmente
llenos; pero la cantidad de agua recogida varía según el tamaño del recipiente.
Así también. Dios es el destino de toda creatura, y todos seremos llenos de
Dios hasta el tope; pero según haya sido nuestro trabajo de crecimiento
espiritual, de configuración con Cristo y de seguir las mociones del Espíritu
para trabajar por el Reino de Dios, así será la dicha eterna. Unos reciben más
que otros; pero como ya no habrá lugar para la envidia o las comparaciones,
todos quedamos plenamente satisfechos.
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