A-24 “El ‘PADRENUESTRO´: UNA ORACIÓN PELIGROSA”

Mt 18, 21-35

  • Continuamos hoy con el tema de la semana pasada, en torno a cómo desactivar los inevitables conflictos que se dan en las relaciones interpersonales, debidos a agravios de importancia diversa. El domingo pasado nos centramos en la manera conveniente de hacer las correcciones –combinando rigor y afecto– y ahora trataremos del perdón. Para Jesús, esta actitud es necesaria para que los agravios no crezcan y que tampoco nos afecten, convirtiéndose en rencores o resentimientos duraderos.
  • Cuando Jesús habló de la necesidad de perdonar después de realizada la corrección, Pedro preguntó por las veces en que hay que perdonar –“¿Siete veces?”-. Sabemos que para los israelitas el número 7 simbolizaba una totalidad, de modo que se interpretaría como “siempre que sea necesario”. Pero la respuesta de Jesús es de plena generosidad –“Setenta veces siete”-, es decir, mantener siempre la generosidad y disposición para el perdón.
  • Esta recomendación la ilustra con la parábola –irreal- de aquel súbdito que debía a su monarca diez mil monedas de oro (una cantidad impagable), y cuando este le pidió paciencia, el rey le perdonó la deuda; pero que inmediatamente después fue incapaz de condonar la pequeña deuda de cien monedas a un compañero que se lo demandaba con las mismas palabras. Por supuesto, al enterarse el rey, dio marcha atrás a su perdón y mostró para con su súbdito la misma rigidez que él había tenido con su compañero. No es otra cosa que una glosa de la oración de Jesús, el “padrenuestro”, oración peligrosa que le pedimos a Dios que “perdone nuestras ofensas de la misma manera y del mismo modo como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”.
  • Es también el principio expresado en libro Eclesiástico de la primera lectura: “Del vengativo se vengará el Señor (…) Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonará tus pecados cuando lo pidas”. Además, que nuestro perdón sea como el que Dios da: “perdón y olvido”.
  • Hay que advertir que a nivel sociopolítico las ofensas no se dirimen en el confesionario sino en los tribunales. Así por ejemplo, desde 1968, cada año en el aniversario de la matanza de Tlaltelolco, se lee o escucha siempre la frase “¡2 de octubre no se olvida¡”. Y eso está bien, pues para que socialmente haya “perdón y olvido” se requieren las mismas condiciones que nos pide la Iglesia para toda buena confesión:
    1. “Examen de conciencia”.- Cuando en un país ha habido una poca de violación sistemática de derechos humanos se suele instituir una “Comisión de la Verdad”, para que se investigue cómo sucedieron los hechos. Dentro de diez días se cumplirán tres años del secuestro y desaparición de 43 normalistas, y gracias a la presión ejercida por la admirable terquedad de sus padres, apenas se está conociendo lo que realmente pasó, contrariando la llamada “verdad histórica”.
    2. “Dolor de los pecados”.- Asumir la culpa cometida es una responsabilidad indispensable para que haya perdón. El arrepentimiento. La teología moral distingue cuando dicho arrepentimiento es por “atrición” (miedo al castigo) o por “contrición” (por ofensa a Dios). Adaptado a los pecados sociales, comprobar que se reconoce el delito y que solicita perdón por parte de la sociedad, y esto, no para eludir el castigo (atrición), sino reconociendo sinceramente que se actuó en forma poco ética (contrición).
    3. “Propósito de enmienda”.- atender a que se establezcan mecanismos o candados que garanticen en lo posible que hechos similares no puedan volverse a repetir.
    4. “Confesión de los pecados”.- El reconocimiento explícito en que se declara la culpabilidad en la que la persona haya incurrido
    5. “Cumplir la penitencia”.- Un perdón que no solape la impunidad implica someterse judicialmente a la pena a que se hizo acreedor.
    6. “Reparar la ofensa”.- El daño a las víctimas: material, pero también el daño moral (a veces puede ser una señal visible que reivindique a la víctima de la culpabilización de que haya sido objeto
  • Una vez que se hayan cumplido estos requisitos, entonces sí corresponderá a la sociedad “perdón y olvido”; aunque dejando un testimonio histórico veraz y comprensivo. Cuando no hay muchas garantías de no reincidencia, es válido al perdón sin olvido, para aprender y evitar ingenuidades. Por supuesto que estamos hablando de aquellos delitos cometidos por personas que desempeñan algún cargo público en agravio a la sociedad. En los casos de agravios entre personas comunes, el perdón puede ser más generoso, mientras que reparen los daños y se restablezca la concordia, como se trató la semana pasada.

A-00 LA NAVIDAD

Mt 1, 18-25

  • Para reflexionar sobre el misterio de la Encarnación es preciso remontarse hasta la Eternidad; a la que la vida íntima de un Dios tripersonal, en comunicación amorosa, satisfaciéndose plenamente a sí mismo. Sin embargo, siendo el amor la esencia misma de la Divinidad, y siendo el amor difusivo por su propia naturaleza, Dios-Trino piensa en otro ser, imagen y semejanza suya, que por su acto creador gratuito y generoso pueda conocerlo y amarlo libremente. Para ello, la Palabra eterna del Padre –Palabra que lo expresa tan totalmente, que tiene existencia propia- pronuncia “palabras”, que no son significantes sino creadoras (“en el principio estaba la Palabra y la Palabra era Dios. Por Ella se creó todo cuanto existe”). Y así, hará unos 15 mil millones de años, creó el Universo con sus cien mil millones de galaxias, entre las cuales, la “Vía Lactea”, con sus cien mil millones de astros y puñados de planetas girando en torno suyo… Y entre tanto derroche de poder generoso, en un minúsculo planeta con condiciones excepcionales, tuvo lugar el prodigio de la vida, prodigio ya que va a contrapelo con la ley general de la “entropía” –esa tendencia de lo organizado a lo desorganizado; tendencia hacia la caótica inmovilidad–, evolucionando de lo simple a lo complejo, y con millones de variantes, se fue dando lugar a los grandes reptiles, a mamíferos y antropoides… y por fin, hace apenas unos 200,000 años, se gesta una nueva especie, el “homo sapiens-sapiens”, corona de la Creación, dotado de inteligencia y libertad.
  • En procesos paulatinos se fueron dando las condiciones de posibilidad para actos libres, hasta que finalmente tuvo que darse un primer acto plenamente libre, y el objeto de aquella primera decisión habría de posicionar a la especie en su totalidad, y siendo originaria esta libre decisión, habría de marcar el ADN de todos los descendientes. Había dos alternativas posibles: que la nueva especie se caracterizara porque cada uno de sus miembros se corresponsabilizara de toda la especie entera, partiendo, obviamente, de los más débiles, o bien, el poder de dominación, de modo que los más fuertes se aprovecharan de los más débiles para condiciones egoístas. Ese fue el “fruto prohibido” del que habla el Génesis, ese relato escrito por los antiguos sabios de Israel por el que trataba de explicar la condición humana: ¿si esa fue la “corona de la Creación”, cómo explicar tanta maldad, crueldad, egoísmo, ambición, que hizo definir al filósofo Hobbs a esta especie como “homo hominis lupus” (el hombre es lobo para el hombre)? Consecuencia de aquella decisión fue la tendencia hacia el poder de dominación, del cual, a la vez, todos somos cómplices y todos somos víctimas.
  • El plan originario de Dios había quedado frustrado. Sin embargo, su inmenso amor había contemplado una “redención” que restaurara el plan primitivo; si bien ahora ya no con una predisposición favorable a ella, sino a contra corriente, es decir, por medio del poder alternativo del amor. Para esta posibilidad, una de las Personas de la Trinidad, la Palabra divina misma, aquel “por quien todo fue hecho”, se habría de “encarnar”, es decir, hacerse uno de nosotros. Abajarse hasta lo humano, incluso en sus condiciones sociales más humillantes y dolorosos, para desde allí, recomponer la primera libre decisión. Fue, incluso, conveniente liberar a una mujer de aquella tendencia fatal, y preservarla para que en otro acto igualmente libre en su radicalidad, diese su consentimiento.
  • Este hombre -el Verbo de Dios-, para “acampar” entre nosotros, tuvo el privilegio único de elegir las circunstancias de su propio nacimiento. De entre toda la familia humana, eligió primeramente un pueblo, Israel, con quien Dios hizo alianza para preservar su Revelación. Escogió también el tiempo adecuado (“al llegar la plenitud de los tiempos”): esperar al neolítico, cuando aparecieron las grandes civilizaciones, cuando el poder de dominación comenzó a desplegar todo su poderío y cuando ya aparece la escritura, para poder heredar a las nuevas generaciones aquellas palabras legadas por la Palabra. Eligió también la condición social: no nacería de la familia real o sacerdotal, con los mejores recursos, sino un nacimiento cuyas condiciones no pudieron ser más difíciles. La principal misión de Jesús es la de ser manifestación visible del amor misericordioso y compasivo del Padre, y darnos a conocer quién es nuestro “Abbá”.
  • Cuando José y María llegaron a la “Ciudad del Pan”, Belén de Efrata, la encontraron demasiado concurrida con motivo al censo. En casa de los parientes de José no había ya lugar, pues se le adelantaron otros parientes. La posada estaba atestada y no era decoroso que María pariera allí, ni tampoco había mucho tiempo para pensar en otras alternativas, pues las primeras contracciones ya habían llegado. El primo de José le ofreció una cueva en el monte, donde guardaba sus animales. Apenas le dio tiempo a José de ir por agua, adecentar un poco el lugar y hacer una fogata, cuando le llegó a María el momento de dar a luz. José todo atolondrado por tener su primer hijo en aquellas condiciones, gritó pidiendo auxilio… y su grito resonó como el canto de ángeles a unos pastores que cuidaban el rebaño, realizando aquellas actitudes de vigilia en espera del Mesías que hablaba la profecía. “Les traigo una buena noticia que causará gran alegría en todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales recostado en un pesebre”
  • No me los imagino como esos asépticos “pastorcillos” de los nacimientos, pastorelas y villancicos. Más bien los imagino como todos los pobres: mal hablados, con algo de vino para soportar el frío, riñendo y a veces hasta hurtando… pero eso sí, como todos los pobres, solidarios y compartidos. Al enterarse de lo que sucedía, fueron a ver al niño de la cueva y compartieron con aquellos peregrinos algo de pan, “requesón, manteca y vino”.
  • La cueva estaba en la periferia de Belén; Belén, en la periferia de Jerusalén; Jerusalén, en la periferia del Imperio Romano (era su frontera frente a los asirios). Y de este modo, en la periferia de la periferia de la periferia fueron a dar los “Santos Peregrinos”. Tiene razón el Papa Francisco cuando aconseja “salir hacia las periferias” para encontrar a Jesús.
  • Fue de este modo como el Verbo irrumpió en la historia. Su nacimiento dignificó todo lo humano: Él conoció perfectamente nuestras dificultades y sufrimientos, conoció lo que es llorar la muerte de un amigo querido, la alegría jubilosa cuando constata que finalmente, los pobres fueron los destinatarios de su esperanza, la decepción por la traición de un amigo, el miedo, la incertidumbre… e incluso, la tentación. Nada de lo humano le fue ajeno (salvo el pecado; pero eso no es propiamente “humano”, sino deshumanizante). El Hijo de Dios es uno de los nuestros; pero incluso, más humano todavía que nosotros: tan humano, tan humano, sólo Dios. Se hizo humano para hacernos tendencialmente divinos. Es por eso que la Navidad trae la felicidad, pues es “Gloria a Dios en el Cielo, y en la Tierra paz a los hombres y mujeres que ama el Señor”

A-TODOS LOS SANTOS. LAS BIENAVENTURANZAS

1° de noviembre: Mt, 5, 1-12

  • ¿Quiénes son los “santos”? Son cristianos que trataron de imitar a Jesús y vivir congruentemente su fe. A algunos de ellos, después de estudiar minuciosamente si su vida comprueba dicha congruencia, la Iglesia los “canoniza”, es decir, los propone como ejemplo a los demás (lo que no excluye que podido haber tenido algunos defectos). Sin embargo, la mayoría de los “santos” no están canonizados, y seguramente que nosotros conocemos a algunos.
  • Por el misterio de “la comunión de los santos”, todos los frutos de nuestro Bautismo se vinculan a los méritos de Jesús y constituyen el “tesoro” de la Iglesia. En este sentido, son nuestros “intercesores”.
  • La congruencia cristiana de vida no se regula tanto por los 10 mandamientos, cuanto por las “Bienaventuranzas”. Hay paralelismos y divergencias entre ambos códigos de conducta:
    • Ambos son normativos y se dieron en sendos “montes”, al antiguo pueblo y al nuevo.
    • El decálogo obedece al código del deber, y por tanto, se expresa en forma de prohibiciones (“NO”); mientras que las Bienaventuranzas obedece al código del placer” (“bienaventurados”, dichosos, felices). No se norma como impositivos, sino como “tips” voluntarios para conseguir felicidad.
    • Éstos se refieren a la relación con nuestros semejantes, más que en una relación directa para con Dios.
  • Analicemos la versión de San Mateo:

Antes, nos detendremos para advertir acerca de las traducciones: “traduttore, traditores”, dicen los italianos (“todo traductor es un traidor”): Al elegir sinónimos, sintaxis, se introduce involuntariamente su propia subjetividad. Igual sucede con las traducciones bíblicas.

  1. “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. La expresión “Pobres de espíritu” (o “de corazón”) da pie a interpretaciones en el sentido de quienes se hallan dentro del sistema de la riqueza; pero que alegan que podrían prescindir de ellas, pues no tienen “apego” (al menos mientras no se les requiera). La Biblia Latinoamericana prefiere “felices los que tienen el espíritu del pobre”, pues hay pobres con “espíritu de ricos”, que se dejan llevar por el “entre-devoramiento”. De la misma manera, puede haber cristianos pertenecientes a clases sociales “pudientes” que opten por el proyecto de los pobres y asuman su espíritu. Serán valiosos en el Reino de los Cielos.
  2. “Dichosos los que lloran [con los que lloran], porque ellos serán consolados. Cuando los sentimientos son demasiado intensos, parece que no se pueden sobrellevar si no se comparten con alguien empático. La “com-pasión” (“patere-cum”, padecer-con otro, padecer en sentido pasivo) igual puede ser de tristeza o de alegría, un sentimiento necesitado de compartir, como el júbilo de María con su prima. Se ofrece el consuelo, pues compartidos tales sentimientos se hacen más soportables.
  3. “Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra”. Otras traducciones optan por los “pacientes”, “desposeídos”, “mansos”, más cercano al espíritu de la “no-violencia activa” de Gandhi, Doris Day o Luther King, es decir, quienes no resisten a la violencia con violencia defensiva; pero que tampoco se acobardan o se someten, sino que atacan, con amor, la conciencia del opresor (ponen la otra mejilla). Pareciera que la tierra es poseída por los conquistadores, los violentos. Pero Jesús la promete a estos “mansos” no-violentos.
  4. “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”. Si buscáramos la Justicia, como el hambriento busca el pan o (sobre todo) el sediento, el agua, seguramente que seríamos saciados. Son dichosos quienes se entregan así por esta forma de relación.
  5. “Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia”. Hay otra palabra más moderna que equivaldría a “misericordia”, y es “solidaridad”: comprometerse con alguna víctima y apoyarla. Un cuento de Bertold Brecht en forma de diario durante el nazismo: “ayer vinieron por los comunistas. Como yo no era comunista, me quedé tranquilo. Hoy vinieron por los sindicalistas… (y sigue por los periodistas… por los defensores, etc.). Ante todos “me quedé tranquilo…” y termina el diario con una frase inconclusa: “hoy vinieron por mí…” nadie le dio solidaridad, pues nunca fue solidario.
  6. “Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios”. ¿Quiénes son los “limpios de corazón”? los entendemos desde su contrario, los calculadores (quienes no dan los buenos días, sin calcular los réditos que producirá su saludo). Como anteponen siempre sus intereses, estos se vuelven una pantalla que les impide ver más allá. Por eso no pueden ver a Dios, como quienes están limpios de tales intereses egoístas.
  7. “Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. Los “peacemakers”, los constructores de puentes, los mediadores, los “traductores” (traducen la posición de unos para hacerla “potable” a los otros, y viceversa). Son hijos del Padre celestial, que hace salir el sol sobre los justos y los pecadores; que reconcilia y sabe perdonar.
  8. “Dichosos los perseguidos por causa de la justicia (por causa del bien), porque de ellos es el Reino de los Cielos”. No dice “los perseguidos por imprudentes” –hemos de ser cautelosos-, sino aquellos que sufren represalias tan sólo por su compromiso de justicia y solidaridad.
  • Estos son ahora los “santos”. Más que pensar en una conducta moral, se reconoce a quienes se preocupan y compadecen de las víctimas. “Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los Cielos.