B-30 OJOS ATRAPADOS

Mc 10, 46-52

  • La vista es el más privilegiamos entre los sentidos (en mengua de los demás). Nuestro estilo de vida actual estropea nuestra vista (el uso de las computadoras, la TV, etc.). La sociedad ya va cobrando más conciencia de la suerte de los invidentes, quienes privados de esta maravillosa facultad, no pueden bastarse por sí solos, y trata de incorporarlos de alguna manera: p.ej., en el Metro de la CDMX hay señalamientos en Braille y canalitos para guiar los bastones de los invidentes.
  • Pensamos, equivocadamente que los ojos captan la realidad tal cual es; pero en verdad, ésta pasa a través de los filtros de nuestra retina (como los colores, que no están en las cosas, pues ellas sólo nos transmiten ondas luminosas). De la misma manera, sólo vemos lo que queremos ver; lo que más favorece a nuestros objetivos: v.gr., un gato puede ser visto como un mero útil para cazar los ratones de la casa o como una amorosa mascota destinada a nuestro cariño. A veces nuestros ojos tienen mirada de rayo X para penetrar cuerpos deseados debajo de sus ropas, y otras, en cambio, nuestra mirada es atrapada por los espectaculares o los escaparates y no “vemos” a los necesitados de auxilio que yacen a la vera del camino. Pero sobre todo, nuestros ojos están atrapados por mecanismos que nos impiden ver la realidad: la pantalla de la TV nos muestra sólo la perspectiva que los dueños de los media-y los del poder- tienen interés en que veamos; mientras nos ocultan otra seguramente más importante.
  • Como dice el refrán: “ojos que no ven, corazón que no siente”, y como tenemos un coranzoncito demasiado delicado, preferimos no ver a los que sufren y pasamos de largo ante la indiferencia. Y así como para nuestros ojos estropeados usamos de lentes, del mismo modo necesitamos dos pares de lentes: unos para ver de lejos, mirar hacia el futuro tan lejos como podamos, interpretando los “Signos de los Tiempos”, por dónde el Espíritu está conduciendo la historia; y otros lentes para ver de cerca, saliendo a las periferias para descubrir al hermano que sufre marginado, al que debemos “a-projimarnos”, con compasión empática, para apreciar su riqueza herida.
  • En la perícopa del Evangelio de hoy, Jesús cura a un invidente. San Lucas lo menciona por su nombre, Bartimeo, enfatizando así su personalidad. Sucede que cuando un sentido se atrofia otros se desarrollan más. A Bartimeo le falta de vista; pero desarrolla su voz y sus piernas: clama insistentemente implorando compasión, y de un salto se pone de pie cuando le dicen que Jesús lo llama. Se muestra ansioso de vivir y de ser útil a la causa del maestro. Su curación cumple profecías mesiánicas, como la de Jeremías, en la que el cojo, el ciego y la mujer encinta, exiliados, marchan gozosos hacia Jerusalén.
  • Los discípulos de Jesús tenemos algunas tareas ópticas: Primeramente, desarrollar nuestra mirada hacia donde no se quiere que veamos; ver la realidad con los ojos de Dios. En segundo lugar, enseñar a otros a ver esta realidad más profunda, y abrirles a otros los ojos atrapados por las vendas del poder, como hizo Jesús con Bartimeo, es como evangelizaremos y conseguiremos colaboradores para esta tarea.

B-29 EL CRISTIANO ENTRE SISTEMAS DE OPRESIÓN

Mc 10, 35-45

  • Una tendencia humana generalmente observada es que los fuertes se aprovechen de los débiles, o como lo expresó un filósofo (Hobbes): “homo homini lupus” (el hombre es lobo para el hombre). Desde el origen de las civilizaciones, haya ya unos 6,000 años atrás, las colectividades humanas se organizan dicotómicamente: “los de arriba” y “los de abajo”. Por un lado, un grupo minoritario que domina, coordina y controla la producción y la estabilidad social, y por el otro, las grandes mayorías que sufren de la dominación y dependencia. Las modalidades pueden variar: a veces el poder político es ejercido por una sola persona –monarca o dictador- o por un grupo poderoso –las oligarquías o aristocracia- o por el Partido dominante, y las mayorías, en cambio, son explotadas, también de formas muy variadas: la esclavitud, la servidumbre feudal, los obreros mal pagados… La dominación, además, no se reduce a lo meramente económico, es tan amplia que alcanza los géneros sexuales –el patriarca se impone a la mujer-, las razas (los blancos tienen la supremacía sobre los negros), las religiones (persecución a los otros dioses; hinduismo o Islam contra minorías religiosas).
  • Por supuesto, esa dominación requiere de justificaciones ideológicas, y alegarán un supuesto derecho proveniente de la superioridad de la raza o de la sangre (azul) o de ser “elegidos por Dios” (Franco: “caudillo de España por la Gracia de Dios”) o simplemente porque esto siempre ha sido así y que por tanto, no puede cambiarse.
  • Una cosa es clara: esta diferencia de posiciones no viene de Dios. Dios creó al ser humano desde un origen único y lo puso en el paraíso para que disfrutara. En su proyecto original, cada miembro de la especie humana tendría que corresponsabilizarse de todos los demás, y los fuertes debían defender a los débiles. Sin embargo, el pecado de Adán y Eva fue comer del fruto prohibido –que no es otro que el “poder de dominación”- lo que produjo las secuelas de “explotación”, “opresión” y “discriminación”: la mujer tenderá a su varón y éste la dominará; el trabajo, de ser la actividad placentera de cultivar el Paraíso, se volvió una carga, pues el “comerás tu pan con el sudor de tu frente” se revirtió en el “comer el pan con el sudor del de enfrente”; y la naturaleza, degradada por el “ecocidio”, se torna inhóspita (huracanes como respuesta al calentamiento irresponsable).
  • Justamente, para remediar esta situación es que Dios envió a su Hijo para mostrarnos su voluntad de recomponer de alguna manera el plan original. El “Reino de Dios” –como lo llamó Jesús-, será cuando el Planeta vuelva a ser de todos, y cada cual, trabajando lo mejor posible, se beneficie él y beneficie solidariamente a quienes tengan menores capacidades. Con esta organización, la comunidad humana viviría en armonía con la Naturaleza, que le brindaría generosa su sustento, y la fraternidad hará colectividades más seguras y más pacíficas. Realizar este proyecto de Dios fue, justamente, la misión de Jesús, y para ello, pensó en una organización contracultural, en la que todos, siendo hermanos y hermanas, nos sirviéramos unos a otros.
  • Sin embargo, esta utopía no es fácil de comprender, y vemos que ya los apóstoles mismos interpretaban el “Reino de Dios” a semejanza de los poderes mundanos (como el santo Rey David, quien, por cierto, también abusó de su poder), y cómo se disputaban entre sí los primeros lugares en ese Reino –los ministerios de Gobierno y de Hacienda-. Jesús les advierte que es así cómo opera el poder político-económico: “los que gobiernan las naciones, lo hacen como si fueran sus dueños” y los “poderosos” (patrones, empresarios y demás) oprimen a sus subordinados; pero la nueva forma de pensar el poder es justamente, “sirviendo” a los demás, o como decía el “difunto” Subcomandante Marcos (ahora Galeano), “se manda, obedeciendo”.
  • Ahora parece que se va abriendo una nueva concepción de Gobierno –“sujetos a la ley, todos; por encima de la ley, nadie”–, lo que implica que todos nos involucremos más, y no nos conformemos con emitir un voto cada seis años, sino que participemos más en las decisiones colectivas, algo que las tecnologías actuales de comunicación facilitan: la consulta, el plebiscito, el desafuero y demás. Para Jesús, quienes gobiernan deben estar dispuestos “a servir y dar la vida por la redención de todos”; pero toca a los gobernados colaborar críticamente en lo que sea realmente el bien común.

B-27 ANTÍDOTO CONTRA EL DIVORCIO: LOS HIJOS QUE LLEGAN

  • La familia es la institución social más importante, sea para nuestro propio desarrollo, sea para la educación de los niños. Desde luego, en los diversos tiempos y culturas las familias han asumido formas diversas. Actualmente, la forma tradicional de nuestra familia está sufriendo una fuerte crisis. Motivos aducidos, entre otros: mayor libertad en sus miembros, la promoción de la mujer y el alejamiento del varón de la esfera familiar, la mayor autonomía de los hijos, el individualismo consumista… Estos, provocan transformaciones aceleradas que no hemos sido capaces de asimilar del todo. Esto se manifiesta sobre todo en la desintegración familiar y el gran número de separaciones y divorcios de parejas. En México, alrededor del 24% de los matrimonios se divorcian, y este recurso ha crecido el 136% en los últimos 15 años
  • En tiempos de Jesús le estaba permitido al varón el repudio a la mujer. En aquella sociedad misógina, sin un varón protector, la mujer quedaba totalmente expuesta, por lo que la autoridad exigía, al menos, un escrito de repudio para garantizar una mínima protección; aunque esto no sirviera de gran cosa.
  • Ante esto, Jesús presenta un antídoto contra el divorcio, tomado de una frase del Génesis: “Por eso abandonará el hombre (y la mujer) a su padre y a su madre, se unirá a su esposa/o, y serán los dos una sola carne”. Se puede observar que la frase abarca tres tiempos: pasado presente y futuro.
  • El pasado remite a la educación que cada cónyuge haya recibido en su hogar. Es sabido que el carácter que nos acompañará probablemente hasta la tumba se estructura en la infancia (entre 3-6 años). Se requiere, por tanto, un intenso trabajo –que probablemente dure toda la vida- de ir “abandonando” al padre y a la madre, es decir, irse emancipando de aquella imagen que de ellos tenemos introyectada y que nos condiciona (no basta con salirse de la casa paterna). De no hacer este trabajo, es probable que un cónyuge busque en su pareja un sustituto de la imagen que forjó su subconciente, y como la otra persona no está dispuesta a jugar ese papel sustituto, comiencen los problemas.
  • El futuro, a su vez, remite a un ideal utópico –“serán los dos una sola carne”-, que tampoco se logrará durante toda la vida, y que quizás ni siquiera fuera tan deseable. Se trata de una unidad de nuevo cuño: no la unidad simbiótica de la codependencia, sino la que respeta la libertad y la diferencia. El poeta árabe Jalil Gibrán comparaba esta nueva unión con el laúd, un instrumento musical de su cultura. Este constaba de dos juegos de cuerdas superpuestos, que si están bien afinados, al pulsar el juego de arriba, por vibración suena también el de abajo: “Vibran al unísono –dice el poeta-; pero permiten que el aire circule entre ellas”. La unidad ideal no será, pues, la del uniformismo simbiótico, sino aquella que permita el desarrollo personal de ambos.
  • El presente, entre el pasado y el futuro, es la voluntad de “unión” amorosa, conseguida en la cotidianidad de cada momento, y sobre todo, mediante el diálogo con sus dos actitudes: la primera, la escucha, a veces detrás de expresiones tal vez abruptas, de lo que en el fondo se quiere decir, y de lo cual es preciso examinarse. La segunda, el habla, claro, sincero, quizás enérgico; pero siempre amoroso. Esto es un amor que no sea romántico ni meramente erótico, sino que se afianza en la voluntad del compromiso. Cuando existe en ambos esta disposición, siempre se podrán superar las divergencias. Aunque hay que reconocer que muchas veces la convivencia deja de ser posible y se tiene que decidirse por la separación, siempre dolorosa para ambos cónyuges; pero sobretodo, con perjuicios para los hijos pequeños.
  • La llegada de los hijos suele afianzar a la pareja, siempre que no se les dé una atención absoluta y se descuida la relación íntima de la pareja. Los niños reciben trato diferente en cada cultura y tiempo. En algunos países, los niños suelen ser los reyes y los consentidos en el hogar. En tiempos de Jesús, la infancia, en cambio, era la etapa terrible de la vida. Cualquiera los mandaba o golpeaba; su padre mismo incluso podía venderlos, y quien jugaba con ellos era visto como un retrasado mental. Por eso, cuando le llevaron a Jesús unos niños para que los tocara, sus discípulos querían apartarlos de Él. Fue en esa ocasión cuando dijo que “el Reino de Dios es de los que son como ellos”.
  • Cada edad tiene cualidades y defectos propios de ella. Los niños suelen ser egocéntricos y caprichudos; cuando quieren algo, exigen su satisfacción inmediata, a veces son crueles; no son capaces de tareas que impliquen cierta responsabilidad o cuidado de las cosas. Tales defectos, en ellos, no están mal, como lo estaría en edades posteriores. Por otro lado, tienen también virtudes encantadoras: la confianza con su padre (“si éste está presente, nada me puede pasar”), son “limpios de corazón” (no tienen dobles intensiones, ni son calculadores), suelen ser tiernos y creativos. Si Jesús nos pide que “nos hagamos como niños”, no quiere que seamos infantiles o inmaduros, sino que aprendamos de ellos y los imitemos. Para Jesús, el Reino de Dios se construye desde los pequeños (los vulnerables, los sencillos, los que carecen de poder, los indigentes, los enfermos…)
  • Cierta corriente sicológica (“Análisis Transaccional”) asegura que todos llevamos dentro un niño, un padre y un adulto. El niño quiere jugar y hacer travesuras; el padre es quien introyecta el “superego” social; el adulto es quien pone a ambos en el lugar correspondiente: momentos para que aflore el niño y momentos para que el padre transmita el sentimiento del deber. Sucede que los adultos muchas veces olvidamos al niño que llevamos dentro, y nos volvemos demasiado formales. Construyamos, pues, nuestras familias a partir de los niños, con plena madurez y sobre todo, creando un clima de amor en el respeto y el servicio, para que el divorcio no tenga lugar.