(Mc 9, 38-43)
- Las colectividades bien integradas tienen un sentido de grupo para unirse y protegerse. Uno de los mecanismos para lograrlo es forjarse una identidad colectiva, que funciona para mantener su unión y para diferenciarse de otros grupos afines. Los miembros de ese grupo distinguen entonces el “nosotros” de “los otros”, a quienes ven como inferiores o intimidantes. Así sucede con los pueblos rurales, con los Partidos políticos, las aficiones futbolísticas, las religiones, los institutos religiosos, los nacionalismos, etc.
- En situaciones de tensión con aquellos, los signos de identidad exterior se exageran; los miembros del grupo se repliegan en ellos mismos, o incluso se encierran en aislamiento físico o “gueto”. La diferenciación entonces se convierte en recelo ante lo que se toma como competencia desleal, y la reacción hacia “los otros” llega al fanatismo.
- En el Evangelio, Juan le informa a Jesús: “Hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros (de nuestro grupo, de nuestro club, de nuestra pandilla… nos hace competencia, y por eso)… “se lo prohibimos”, Jesús le reprende: “No se lo prohiban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre (acciones relevantes de compasión), que luego sea capaz de hablar mal de mí”.
- Tampoco Moisés, en la primera lectura, aceptó prohibir profetizar a Eldad y Medad, como quería Josué, pues no se trataba de competencia: “Ojalá que todo el pueblo fuese profeta”.
- A veces, por fijarnos en los detalles de diferencia nos olvidamos de lo esencial que nos une. Esta es la base del ecumenismo o del diálogo de religiones: es mucho más lo que nos une e lo que nos separa, pues es posible que persigamos los mismos objetivos.
- Los cristianos somos llamados por el Padre para hacer un mundo más unido, más fraterno, más justo y más pacífico, y un Planeta más cuidado. Es una misión compartida: ir a trabajar con otros, con católicos de otros movimientos, con cristianos de otras denominaciones, con creyentes de otras religiones, con ateos filántropos… Hay tantos que en realidad son “de Cristo”, aunque digan que no creen en Él. Lo que sucede es que a lo mejor, el Cristo que se les presentó en realidad había sido un ídolo; que el aspecto de la Iglesia que conocieron fue su lado pecador y no su lado heroico (el “efecto Francisco”). Si en “los otros” hay preocupación por los empobrecidos, podemos colaborar con ellos. Hemos de ser inclusivos y considerar parte nuestra, incluso a los simpatizantes por los valores del Reino (“todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son discípulos míos”). Todos aquellos que se interesan por los más pequeños, los más vulnerables y saben darles ternura solidaria y compasiva. La clave, la identidad, el desafío de ser cristiano se reduce a una sola letra: ir convirtiendo lo más posible de “los-otros” en “nos-otros”.
- Pero -¡ojo!- sí existen los “otros”, los verdaderamente “otros”, que no son los que no creen en Dios o en el Cristianismo, sino todos aquellos que se oponen al proyecto de Jesús; aquellos que “escandalizan”, aquellos que se aprovechan de los sencillos para sus ambiciones egoístas (y quizás haya algunos cristianos entre ellos). Para ellos Jesús es intolerante: “más le valdría que le pongan al cuello una de esas piedras enormes de molino y lo arrojaran al mar”.
- Ellos son nuestros verdaderos enemigos, y hay que cuidarse de ellos, pues son poderosos: quienes se sientan afectados en sus intereses cuando se haga realidad el Reino, no dudarán en perseguir, y torturar, como hicieron con el buen Jesús… y sacarán ojos y cortarán manos, y mutilarán pies. Pero finalmente, son estos perseguidos por causa de la justicia, quienes merecerán entrar en la historia y en la vida eterna.
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