B-26 CRISTIANOS “DE CONVENTILLO”

(Mc 9, 38-43)

  • Las colectividades bien integradas tienen un sentido de grupo para unirse y protegerse. Uno de los mecanismos para lograrlo es forjarse una identidad colectiva, que funciona para mantener su unión y para diferenciarse de otros grupos afines. Los miembros de ese grupo distinguen entonces el “nosotros” de “los otros”, a quienes ven como inferiores o intimidantes. Así sucede con los pueblos rurales, con los Partidos políticos, las aficiones futbolísticas, las religiones, los institutos religiosos, los nacionalismos, etc.
  • En situaciones de tensión con aquellos, los signos de identidad exterior se exageran; los miembros del grupo se repliegan en ellos mismos, o incluso se encierran en aislamiento físico o “gueto”. La diferenciación entonces se convierte en recelo ante lo que se toma como competencia desleal, y la reacción hacia “los otros” llega al fanatismo.
  • En el Evangelio, Juan le informa a Jesús: “Hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros (de nuestro grupo, de nuestro club, de nuestra pandilla… nos hace competencia, y por eso)… “se lo prohibimos”, Jesús le reprende: “No se lo prohiban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre (acciones relevantes de compasión), que luego sea capaz de hablar mal de mí”.
  • Tampoco Moisés, en la primera lectura, aceptó prohibir profetizar a Eldad y Medad, como quería Josué, pues no se trataba de competencia: “Ojalá que todo el pueblo fuese profeta”.
  • A veces, por fijarnos en los detalles de diferencia nos olvidamos de lo esencial que nos une. Esta es la base del ecumenismo o del diálogo de religiones: es mucho más lo que nos une e lo que nos separa, pues es posible que persigamos los mismos objetivos.
  • Los cristianos somos llamados por el Padre para hacer un mundo más unido, más fraterno, más justo y más pacífico, y un Planeta más cuidado. Es una misión compartida: ir a trabajar con otros, con católicos de otros movimientos, con cristianos de otras denominaciones, con creyentes de otras religiones, con ateos filántropos… Hay tantos que en realidad son “de Cristo”, aunque digan que no creen en Él. Lo que sucede es que a lo mejor, el Cristo que se les presentó en realidad había sido un ídolo; que el aspecto de la Iglesia que conocieron fue su lado pecador y no su lado heroico (el “efecto Francisco”). Si en “los otros” hay preocupación por los empobrecidos, podemos colaborar con ellos. Hemos de ser inclusivos y considerar parte nuestra, incluso a los simpatizantes por los valores del Reino (“todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son discípulos míos”). Todos aquellos que se interesan por los más pequeños, los más vulnerables y saben darles ternura solidaria y compasiva. La clave, la identidad, el desafío de ser cristiano se reduce a una sola letra: ir convirtiendo lo más posible de “los-otros” en “nos-otros”.
  • Pero -¡ojo!- sí existen los “otros”, los verdaderamente “otros”, que no son los que no creen en Dios o en el Cristianismo, sino todos aquellos que se oponen al proyecto de Jesús; aquellos que “escandalizan”, aquellos que se aprovechan de los sencillos para sus ambiciones egoístas (y quizás haya algunos cristianos entre ellos). Para ellos Jesús es intolerante: “más le valdría que le pongan al cuello una de esas piedras enormes de molino y lo arrojaran al mar”.
  • Ellos son nuestros verdaderos enemigos, y hay que cuidarse de ellos, pues son poderosos: quienes se sientan afectados en sus intereses cuando se haga realidad el Reino, no dudarán en perseguir, y torturar, como hicieron con el buen Jesús… y sacarán ojos y cortarán manos, y mutilarán pies. Pero finalmente, son estos perseguidos por causa de la justicia, quienes merecerán entrar en la historia y en la vida eterna.

B-25 LA POLÍTICA COMO VOCACIÓN

Mc9, 30-37

  • El poder, entendido como capacidad (yo puedo hacer esto) no es otra cosa sino las facultades y oportunidades que cada uno tiene para desarrollarse y para ayudar a los demás. Pero “el poder de dominación” es obligar a otros a hacer lo que a mí me correspondería o yo quiero. Esta es la gran tentación que convierte al hombre en lobo de sus semejantes: los más fuertes se aprovechan de los débiles para sus intereses egoístas, y gracias a ello, obtienen riqueza y placer sádico. Sin embargo, para obtener este poder se habrá requerido cierta justificación: la dinastía de la sangre, la elección divina, o la pretensión de proteger a la colectividad y gobernarla justamente.
  • Una de las modalidades que reviste el poder es el de autoridad. Pensada desde su primera significación, la autoridad es un servicio de dirección o conducción de la sociedad; pero fácilmente puede degenerarse en autoridad como dominación. A lo largo de la historia, esta modalidad se fue ampliando en extensión y en intensidad. Ha asumido diversos regímenes –la esclavitud, la servidumbre feudal, la monarquía absoluta, la oligarquía–… Por ahora, la democracia representativa es el menos peor de los regímenes que han existido. En ella se supone que la autoridad dimana del pueblo y de los gobernados, y que “se manda obedeciendo”.
  • Ciertamente que en todos los regímenes ha habido gobernantes justos y sabios; pero estos han sido excepción. Líderes de buena voluntad llegan a convencerse que desde el poder resulta más fácil hacer avanzar proyectos de justicia y de civilización. Por eso no extraña que incluso Jesús mismo haya sido tentado por esta posibilidad: cumplir su misión de Mesías desde el poder. Así hubiera cedido, habría respondido, ciertamente, a las expectativas del Mesías que se tenían en aquel tiempo; pero apoyado en algunos textos proféticos, Jesús llegó al convencimiento de que no era esta la Voluntad de su Padre, sino que Él quería un mesianismo solidario, realizado desde el no-poder, que habría de mantenerse siempre fiel a su condición humana sin utilizar sus poderes sobrenaturales que tenía como Dios, y esto implicaría el rechazo de las autoridades religiosas, que lo harían sufrir y lo condenarían a muerte… aunque finalmente, el Padre Dios le haría justicia resucitándolo.
  • Ahora vemos a Jesús camino de Cafarnaúm. Conmovido, se está sincerando con los discípulos más cercanos, tratando de explicarles -a ellos y a sí mismo- las razones de su opción… pero notaba que los que venían detrás discutían entre sí acaloradamente. ¡Cuánta paciencia tuvo que tener para formar a sus apóstoles! Era muy difícil aceptar este cambio de perspectivas, pues su mesianismo podría terminar en un aparente fracaso. Lo que ellos discutían, era ni más ni menos sobre ¿Quién sería el más importante entre ellos? ¿Quién tendría mayor poder?
  • Al llegar a su destino, Jesús dio un vuelco de 180 grados al concepto de autoridad. A diferencia de los poderosos de cualquier tiempo -que utilizan un cargo de gobierno en beneficio de sus intereses-, en su Reino futuro la autoridad habría de ser servicio de los demás. “La política como vocación, es la más noble. La política como negocio es el más vil”. Un político de vocación es un “servidor público”, es decir, utiliza su autoridad (moral) para servir mejor al público, a la gente, mediante un Gobierno justo y eficiente. En cambio, un político venal “se sirve” del público para sus intereses.
  • La clase política mexicana defiende celosamente sus puestos e impide el relevo generacional. Atravesando los Partidos Políticos, el sistema resulta demasiado caro, hay manipulación, corrupción, fraude electoral y entreguismo apátrida… y se confunde la autoridad con la dominación. Es necesario un cambio en la cultura política de los mexicanos, y esperamos que en el próximo Gobierno haya más condiciones para implementarlo. Un programa de Gobierno, en este sentido, tendría que partir desde los intereses de los más pobres, de los últimos.
  • En el Reino ideal de Jesús, los políticos han de hacerse niños, tomando en cuenta que en aquellos tiempos la infancia era la edad del terror: los niños estaban totalmente indefensos; cualquiera los podía mandar y el padre mismo decidía si los aceptaba en la familia o si los vendía como esclavos. Un buen Gobierno deberá ejercerse a partir de los pequeños, de los vulnerables, de los que carecen de poder… tendiendo a “empoderarlos”, es decir, a crear un poder colectivo de los discriminados de la Tierra. Por parte de los gobernados, les corresponderá mayor participación, opinar en las consultas públicas y control de quienes recibieron nuestro mandato.
  • De una u otra manera, todos nosotros tenemos nuestra dosis de poder y de autoridad. No nos dejemos llevar por la tendencia dominante de utilizar el poder como dominación. Tratemos de aplicarlo según con criterios del Evangelio, y así estaremos contribuyendo a ese cambio cultural que México tanto necesita

B-24 ¿DÁNDOLE CLASES AL MAESTRO?

Mc 8, 27-35

  • Conócete a ti mismo”, se leía en el Oráculo de Delfos… ¡y pasó a la historia! En efecto, este consejo es elemental para manejarnos en la vida. Pero no es nada fácil: todos tenemos una imagen de nosotros mismos; pero algunos la tienen sobrevaluada (“esa mujer se creen mucho, se cree la abuelita de Batman”), Otros, en cambio, tienen una imagen muy devaluada, y acomplejados, se creen que nada valen. Por tanto no se animan a intervenir en nada. Conocemos nuestra imagen corporal viéndonos en un espejo. De la misma manera, conoceremos mejor nuestra imagen sicológica con el espejo que son “los otros”. Combinando nuestra autoimagen con la heteroimagen es cómo nos conocemos mejor.
  • Cuando Jesús lanzó a sus apóstoles una interesante pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Al hacerlo se proponía dos objetivos. El primero era un sondeo, para ver si la gente ya había empezado a descubrir su mesianismo. No era fácil, pues su estilo venía a contrapelo de la imagen difundida desde el Santuario (un Mesías glorioso, milagrero, de poderío), y por otra parte, preveía que más temprano que tarde lo habrían de matar, por lo que había que darse prisa. Las respuestas llegaron desde el imaginario “maravillosista” colectivo: Juan Bautista resucitado, Elías arrebatado por un torbellino de fuego, Jeremías de quien se decía que volvería al fin del mundo… También en nuestros días, “la gente” se fabrica curiosas imágenes de Jesús: un extraterrestre, un loco que se decía Dios, el primer hippie, el primer comunista, un iluminado de los Grandes Iniciados…
  • “La gente” es una abstracción, el impersonal “se dice”. No todos los que hablan de nosotros son igualmente confiables. Para los aduladores, soy “lo máximo”, “superbuena onda”. Para mis adversarios, soy lo peor…
  • De ahí la suerte de tener un amigo que me diga cómo me ve, con aprecio; pero sin adularme. Quien encuentra un amigo así halla un gran tesoro. Por eso Jesús interroga ahora sus apóstoles: “y para ustedes ¿quién soy yo?”.
  • El segundo objetivo propuesto por Jesús con esa pregunta había sido ponerles a sus apóstoles un test: el primero de entre ellos que lo reconociera como Mesías, habría de ser su sucesor, es decir, el que se encargaría de continuar su obra cuando ya no estuviese presente (que presentía que no tardaría mucho en suceder). Reconocerlo querría decir que tenía el don de discernimiento, necesario para presidir su Iglesia.
  • Y fue Pedro el primero en percibirlo: “¡tú eres el Mesías!”, el anunciado por muchos profetas. Este descubrimiento no se debía a perspicacia natural, pue iba a contracorriente, sino que el Espíritu lo habría revelado.
  • Pero no bastaba con reconocer a Jesús como Mesías, sino reconocerlo como el tipo específico de mesías querido por Dios. Por eso Jesús les anuncia el rechazo que sufrirá por parte de las autoridades religiosas, su entrega a los romanos y su muerte cruenta: el Mesías-Siervo de las profecías.
  • Pedro, muy orondo porque Jesús lo había felicitado por su discernimiento, lo llamó aparte y se propuso disuadir al maestro: “Esto no lo puedes permitir. Tú eres el Mesías, ponte en tu lugar. Tienes el poder de Dios en tus manos”. Pero Jesús, al que puso en su en su lugar fue a Pedro, reprendiéndole por una falta de discernimiento: “Tú no estás juzgando según Dios, sino sigues un modo meramente humano de ver las cosas”. “Apártate de mi camino”, “ponte detrás de mí como un humilde discípulo, y no delante de mí, pretendiendo enseñarme cómo ser mesías”. Lo llamó “Satanás”, porque fue justamente esta la tentación que Jesús sufrió en el desierto: presentarse como el mesías imaginado por las autoridades: un Mesías que actuara desde el poder y el maravillosismo, y no siendo fiel a su humanidad, sin poderes extraordinarios en su beneficio, sino sólo para la compasión.
  • Seguir a Jesús significa no actuar desde el poder -ni siquiera el poder religioso-, sino en solidaridad con los más vulnerables, llevando, como ellos, su cruz. Se trata de entregar la propia vida (“perderla”), y será así como encontremos una vida con pleno sentido, la que se entrega por amor.
  • Tampoco basta con reconocer a Jesús como Mesías, sino ver cual imagen tenemos actualmente de Jesús, que tal vez hayamos cambiado ya, para no construir un ídolo: ¿El Verbo encarnado, Segunda Persona de la Trinidad? ¿El Niñito Jesús, todo dulzura que me hace derramar lagrimitas de miel? ¿El Sagrado Corazón de los Primeros Viernes? ¿el dominador Cristo Rey? ¿el maestro que nos deja una doctrina que hay que aprender para creer en ella? ¿el taumaturgo milagroso que nos concederá lo que le pidamos y que nos exige muy poco? ¿El Dios majestuoso que adoramos en la Sagrada Eucaristía? ¿El Justo Juez que nos castigará nuestros pecados?
  • Aceptemos al Jesús de los Evangelios, tal cual es, sin desfigurarlo. Él nos conoce con el corazón y que nos puede decir más que nadie “quién soy yo”. Manifestando su amor por mí nos hace aumentar nuestra autoestima; aunque es exigente en su seguimiento y nos insta a cargar nuestra cruz.