B-23 SABER ESCUCHAR, SABER HABLAR

Mc 7, 31-37

  • Los cinco sentidos son las “ventanas” por las que percibimos el mundo exterior. Todo conocimiento proviene del material que suministran nuestros sentidos.
  • Algunos sentidos tienen otras connotaciones además de sus funciones biológicas y significan actitudes morales. La Biblia privilegia la sanación de estas incapacidades. Así, Isaías, en la lectura de hoy, ve como señales proféticas: “se destaparán los ojos de los ciegos, los oídos del sordo se abrirtán, saltará como ciervo el tullido, la lengua del mudo cantará”
  • Los evangelistas, al registrar los milagros de Jesús, pretenden sobre todo un fin catequético, de modo que las sanaciones adquieren otras connotaciones. Seguramente que Jesús habrá curado enfermos de toda dolencia; pero los evangelistas privilegian a sordos, ciegos, mudos y cojos, leprosos, “endemoniados” (enfermos mentales).
  • Llama la atención que la curación de este sordo-tartamudo haya requerido de un trabajo milagroso mucho mayor y más complejo que otros enfermos que se encontraban en situación aún más grave: apenas tocó el féretro cuando resucitó al joven de Naim, a distancia curó al criado del centurión, apenas tocó la punta del manto la mujer de flujo, etc. Pero aquí, en cambio, Jesús apartó al enfermo a un lado, le metió los dedos en los oídos, le tocó la lengua con su saliva; miró al cielo, suspiró y gritó en su lengua “¡Effetá!”… Viendo esto se muestra en lo difícil que es abrirle a alguien los oídos, pues cuando no se quiere escuchar, de antemano se cierran las posibilidades de conversión; “no hay peor sordo que el que no quiere oír”.
  • La vista y el oído requieren que nuestra atención no esté prejuiciada. Resulta increíble hasta qué punto lo que nos llega por estos dos sentidos pasa por filtros subjetivos: vemos y oímos sólo lo que queremos ver y oír. Seguramente habrán visto a dos personas discutiendo un asunto en el que a ustedes no les compete. Habrán notado que sólo se habla (o peor aún, se grita), sin escucharse; sólo oyen para refutar, sin disposición a modificar el punto de vista de cada cual.
  • Otras veces simplemente no queremos escuchar, porque lo que se nos dice nos interpela o incomoda y no queremos modificar actitudes egoístas. No escuchamos el clamor de los pobres cuando nos gritan: “tengo hambre”; comemos lo que a otros correspondería, y así nuestra indiferencia nos pone obesos. Por eso dice el dicho: “Hazte el sordo y ponte gordo”.
  • Una forma de compasión es la “logoterapia”: posibilitar que hable alguien en situación angustiosa, y la sanación viene cuando se logra verbalizar dicha situación y hay oídos sabios dispuestos a la escucha.
  • Tampoco queremos escuchar lo que afecta a nuestros intereses: Cuantas veces las autoridades (políticas o religiosas) no escuchan al pueblo porque están demasiado lejos de él. Prefieren escuchar voces de lambiscones o de interesados que les aplauden y les dicen lo que ellos quieren oír –“vas bien en tu mandato”–; pero a la oposición “ni la ven, ni la oyen”.
  • También la vista, pues solemos ver sólo lo que nos interesa, fijándonos en apariencias. El apóstol Santiago recrimina a creyentes que en la Comunidad se fijan en los bien vestidos y se les trata con deferencia; mientras se ignora a los de condición humilde.
  • Otras veces, en cambio, conviene ensordecernos un poco, cuando la sabiduría consiste en la discreción del silencio: “a palabras necias, oídos sordos”. No prestar oído al chismorreo, el parloteo imprudente, a los aduladores o intrigantes, a quienes nos tientan y seducen para desviarnos de nuestro camino…
  • La gente, asombrada y satisfecha de un mesías poderoso, no escuchó a quien abrió los oídos al sordo y les prohibió difundirlo, y en vez de obedecer lo proclamaron, provocando que creciera la expectativa de un Mesías milagrero que se saltara la condición humana, y no como quería el Padre-Dios, que fuese fiel a esta misma condición.
  • Hay que saber hablar: la vana palabrería, el chismorreo o las indiscreciones. En cambio, enmudecemos por el miedo, cuando nuestra responsabilidad estaría en la denuncia profética.
  • Antes de proclamar el Evangelio, la Iglesia debe escuchar a sus interlocutores –otras religiones, agnósticos, otras corrientes de pensamiento, otras formas de discriminación-, pues sólo cuando sabemos escuchar se puede soltar la traba de la lengua y hablar sin dificultad.
  • El oído está muy vinculado al habla: un sordo de nacimiento es probable que también sea mudo, no porque tenga atrofiadas sus cuerdas vocales, sino porque no ha escuchado hablar. Sólo cuando somos capaces de escuchar con atención al otro, podemos pronunciar palabras sabias y valientes que ayuden a ambos. El diálogo, pues, es condición de posibilidad para una evangelización en la que ambos interlocutores saben escuchar y saben hablar.

B-22 UN LABERINTO DE NORMAS, TABÚ Y TRADICIONES

Mc 7, 1-8; 14-15; 21-23

  • Vivimos en una red de prescripciones y prohibiciones que condicionan toda nuestra conducta. A veces nos abruman, o nos parecen ya inoperantes, o sentimos que nos limitan y restringen demasiado, o aunque reconocemos que son convenientes para nuestra propia disciplina o para la convivencia, notamos que incluso las que juzgamos como positivas, se degradan. Sucede con las leyes, que a veces se decreta para afrontar determinadas circunstancias, y al cambiar éstas, se cosifican y permanecen como incuestionables e inmutables. Leyes, reglamentos y costumbres abarcan diversos campos, no todos igualmente importantes. Veamos algunas:
    • El antiguo Israel recibió de Dios el Decálogo, el nivel ético más elevado de aquellos tiempos, de modo que Israel era reconocido como el pueblo más sabio. Junto al Decálogo, estaban, en Galilea, en el Norte, exigencias de compasión. En cambio, en el judaísmo tardío del Sur (Judea) se acumularon prescripciones y tradiciones antiguas (algún curioso contó 640 prohibiciones en la Biblia), muchas de estas, prohibiciones tipo “tabú”
    • El tabú es probablemente la prohibición más antigua: en una tribu, cada clan posee un tótem, que les recuerda su origen y con el que se identifican, y que da origen a algunas prohibiciones, tales como excluir las relaciones sexuales con las propias mujeres del clan. El animal totémico no se puede cazar, y su carne no puede ser comida (salvo el día de la fiesta, cuando es obligatorio). La prohibición se desplaza hacia ciertos objetos (de culto), personas (el rey o sacerdote), palabras, tiempos y lugares (fastos o nefastos), sin que necesariamente esto se deba a cuestiones de moral. Se supone que quien transgrede una prohibición tabú –aunque fuese involuntariamente- queda contaminado, es objeto de un maleficio inmediato y puede contaminar a otros, hasta que se purifique y lave su falta.
    • En el Israel antiguo quedaban aún reminiscencias del tabú: no podían pronunciar el nombre de Yahvé, no podían realizar actividades en sábado, no podían comer ciertos animales de sangre fría, e incluso los mamíferos rumiantes que no tuvieran la pesuña dividida (cerdo, camello), no podían tocar sangre, mujeres en menstruación o ciertos enfermos (leprosos), no podían entrar a casa de paganos, etc. Estaban obsesionados con la “mancha” o impureza ritual, y a quien hubiese incurrido en alguna trasgresión, se le vedaba la asistencia a la sinagoga (comunidad), por el riesgo de contagiar a otros. En algunos casos, tenían que trasladarse hasta Jerusalén, para sacrificar un chivo expiatorio, al que transferían sus impurezas.
    • Entre nosotros todavía se siguen conservando algunas interdicciones-taboo: “malas” palabras (vulgares, pues son las que usa el “vulgo”), juramentos y maldiciones, dietas de abstinencia, etc.
    • Tenemos también otras normas para campos específicos:
      • De higiene- Cepillarse los dientes, lavarse las manos después de comer y antes de ir al baño (¡¡¡!!!), lavar los trastos, etc.
      • De urbanidad.– no poner los codos en la mesa, dar las gracias, dar la mano al saludar, decir “por favor”, “gracias”, “salud” en estornudos, etc.
      • De civismo.– atravesarse por el paso cebra, no tirar basura, no observar el semáforo, levantar las heces de la mascota, etc.
      • De justicia penal.– Pago de impuestos, etc.
      • De religión- oír misa los domingos
      • De moral.– no mentir, no robar, no murmurar
    • Algunas normas en el antiguo Israel se habrían puesto por razones higiénicas (como la mencionada de lavarse las manos o los trastos); pero luego –ya que aún no se descubrían los microbios- éstas se sacralizaron (“abluciones”) y se volvieron tabú.
    • A veces los campos se confunden y en la práctica, su exigencia no va siempre en proporción a su importancia (urbanidad con connotación moral :tatoo, pelo largo)
    • Normas éticas y morales.- Jesús describe algunas transgresiones (leer algunas)
    • Las tradiciones.– costumbres que se repiten sin cuestionarse, v.gr, las que garantizan la condición de subalternidad de la mujer: ellas deben hacer los quehaceres, callar ante los varones, etc. Así, hay artículos para cada género: (para varones, la corbata o la pipa; para mujeres, la falda y el abanico. Hasta hace poco, el pantalón para el varón y el color rosa para la mujer). Muchas veces se repite lo que “siempre se ha hecho así”, sin atender a las transformaciones sociales que exigirían otro planteamiento
  • Jesús relativiza las normas rituales o las impurezas: hace sus curaciones en sábado; da a entender que no “mancha” lo que entre por la boca (alimentos), toca a leprosos, etc. Igual libertad se percibe ante las tradiciones (no está escrito que había que lavarse las manos hasta el codo, pues era una simple costumbre). En cambio, Jesús se muestra muy exigente con los preceptos de misericordia y de justicia, la compasión solidaria… que informan todos los campos, incluyendo la política y la Economía. Su único y principal precepto es la Caridad: “amar al prójimo como a sí mismo”. (contra Joe Bush, quien dio a entender que en estas cuestiones la fe no tiene nada qué ver)
  • Actualmente, las nuevas generaciones demandan una revisión de muchas tradiciones o convencionalismos sociales, y exigen que se les dé razón del porqué se mantienen ciertas costumbres. Pedagógicamente, no admiten que se las imponga, ni que se enfatice lo que quizás no valga tanto (v.gr., su atuendo, tatuaje). Se trata de una educación en y para la libertad, y no los controles (v.gr., el uso de las redes sociales).
  • Necesitamos reactualizar aquellas tradiciones que aún tengan viabilidad para nuestra identidad colectiva, e implementar nuevas normas: ecológicas (ahorro de agua, de energía, mascotas, basura, saber comer); cívicas (pago de impuestos, no dar mordida, denuncia de corrupción, entre ayuda para la seguridad, no pasarse los altos en rojo, etc.); sociales (solidaridad, nuevo civismo como interés político; valores cívicos, uso del celular). A veces es necesario organizarnos para revisar leyes inconvenientes que no fueron consultadas y nos afectan, etc…. Ante la ley y las tradiciones, no tenerle miedo a la libertad. San Pablo, el campeón de la libertad ante la ley, afirmaba: “todo me está permitido; pero no todo conviene”. Revisar y liberarnos de muchas de estas prescripciones que no ayudan a vivir plenamente en libertad, y en la pedagogía con los niños, no dar a toda norma el mismo valor, sino remitirla a su código respectivo.

B-21 LA ILUSIÓN DE LA FAMA

Jn 6, 55. 60-69

  • La fama es el reconocimiento de las cualidades de una celebridad (políticos, artistas, líderes religiosos, deportistas, etc.) por parte de mucha gente. Este prestigio proporciona satisfacción y despierta una especie de embriaguez, que con tal de conseguirla, muchos sacrifican su salud, su tranquilidad, y hasta su moral… No en balde los griegos y los romanos la deificaron en figura de mujer (la diosa Feme). Además, teniendo fama, resulta fácil allegarse dinero, poder y placeres fáciles, por lo que la fama suscita envidia y admiración en la masa de mediocres. Esto explica el éxito de ciertas publicaciones, como la revista “Ricos y Felices”.
  • Sin embargo, la fama es ilusoria. Muchas veces es producto del “marketing”, que construye artificialmente “celebridades”: por ejemplo, el tiempo de fama promedio de un escritor de bestsellers son 3 meses, durante los cuales son sometidos a un sinnúmero de presentaciones. Puede resultar por el número de votantes para un candidato, o con el espectáculo: un ejemplo es el grupo de cantantes jóvenes “The Monkeys”, aprovechando la fama de los Beatles (John Lennon alardeó de ser más conocido que Jesucristo). El conjunto fue creado por un equipo de empresarios, que lo único que pedían a los candidatos en su concurso eran fotos (cara bonita); ya habían contratado a varios compositores, directores de escena y profesores de música… lo demás fue producto de tecnología y publicidad… El problema es que muchas celebridades llegan a creerse ellos mismos que su fama es merecida. También olvidan que la fama es efímera, pues como la Rueda de la Fortuna, los que hoy están arriba, luego bajan. Muchas celebridades miden su éxito por el número de seguidores y por las multitudes que congregan.
  • Jesús también sufrió la tentación de la fama: iniciar su lanzamiento mesiánico en una concurrida fiesta en el Templo de Jerusalén, en la que se arrojaría al vacío desde el pináculo, confiado en que llegarían sus ángeles para sostenerlo con la punta de sus alas y lo depositarían suavemente en el suelo. En efecto, sabía que cierto tipo esperado de mesías utilizaría el prestigio de la fama para facilitar su tarea. Pero desde que superó esta tentación, ya no le interesaban los números de seguidores. Más aún, evitaba esas multitudes, que lo seguían sólo por ver milagros (un Mesías, mago milagrero, hubiera sido más cómodo para muchos), o por el pan (intereses materiales) y la salud (un mesías curandero). Él rehuía esas muchedumbres que no lo dejaban ni comer, ni tenían disposición para un auténtico seguimiento en aras de la realización de su proyecto, de modo procuraba evitar las ciudades.
  • La Iglesia, a partir de Constantino, se volvió “Religión de Estado”, ideología cohesionadora. Todo en la sociedad era controlado por Ella y las conversiones fueron masivas (también aquí, en América). Pero esas páginas de la historia no fueron las mejores, sino más bien cuando la Iglesia era perseguida. Muchos buscan aún el prestigio de una Iglesia fuerte, consolidada, incluso con alianzas temporales y riquezas, aspirando a incorporar a mucha gente.
  • A Jesús no le importaba el número de seguidores, sino su calidad. Por eso, puso a sus discípulos una prueba de discernimiento, diciendo provocativamente: “mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (es decir, “configurarse” con Él), e incluso más: Él es el Hijo, sentado junto al Padre. Ante esto, esas multitudes que lo aclamaban con euforia, se le retiraron escandalizadas.
  • Hoy vivimos una crisis cultural que está produciendo desilusión y falta de credibilidad hacia todas las propuestas tradicionales: las ideologías han muerto, como también los modelos de democracia partidista, de familia patriarcal, de la tecnología. Crisis en la ciencia, el sistema judicial, la escuela, los ideales, la policía vigilante, las vocaciones (la del el maestro, el médico, el político, el abogado, el sacerdote…); se desconfía de los curas, de los políticos, de los médicos, de las leyes… Esto produce miedo y una situación de relajación del tejido social, que requiere un mínimo de confianza.
  • La Iglesia misma ha dejado de ser atrayente. Muchos creyentes han emigrado hacia otras denominaciones o propuestas religiosas, o simplemente, han abandonado la práctica cultual. La Iglesia hoy ya no es referente único, y a veces, ni siquiera el principal, para la sociedad, pues tiene que convivir con otras cosmovisiones. Sólo queda lugar para el placer momentáneo, el consumismo, el “entre-devoramiento” o la enajenación en las adicciones. Algunos sectores eclesiales se muestran preocupados y pretenden recuperar la fama y poderío de otras épocas pasadas. Sin embargo, hemos de apreciar más la “minoridad”
  • Jesús vio con tristeza el éxodo de muchos seguidores suyo, y hasta con cierta frustración. Así que preguntó a sus apóstoles: “¿también ustedes se van a ir?”. Ahora también hay muchos cristianos desilusionados ante una Iglesia acartonada o ante sus escándalos, y hay mucha gente frustrada ante tantas propuestas otrora afamadas, que se están revelando como vacuas…
  • Pero hay también, entre ellos, personas idealistas, humanitarias, solidarias, que están redescubriendo a Jesús, ciertamente exigente; pero plenamente satisfactorio. Su Evangelio -después de tantas búsquedas-, es escuchado con oídos frescos y está resultando más convincente que nunca. Descubrimos que contiene una palabra antigua y siempre nueva…, no como esas palabras afamadas, efímeras, que brillan un tiempo, mientras están “de moda”, y que son como los fuegos pirotécnicos, que brillan un momento hermosamente; pero que se apagan en seguida… Entonces, quizás, diremos como Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna”.