Mc 7, 31-37
- Los cinco sentidos son las “ventanas” por las que percibimos el mundo exterior. Todo conocimiento proviene del material que suministran nuestros sentidos.
- Algunos sentidos tienen otras connotaciones además de sus funciones biológicas y significan actitudes morales. La Biblia privilegia la sanación de estas incapacidades. Así, Isaías, en la lectura de hoy, ve como señales proféticas: “se destaparán los ojos de los ciegos, los oídos del sordo se abrirtán, saltará como ciervo el tullido, la lengua del mudo cantará”
- Los evangelistas, al registrar los milagros de Jesús, pretenden sobre todo un fin catequético, de modo que las sanaciones adquieren otras connotaciones. Seguramente que Jesús habrá curado enfermos de toda dolencia; pero los evangelistas privilegian a sordos, ciegos, mudos y cojos, leprosos, “endemoniados” (enfermos mentales).
- Llama la atención que la curación de este sordo-tartamudo haya requerido de un trabajo milagroso mucho mayor y más complejo que otros enfermos que se encontraban en situación aún más grave: apenas tocó el féretro cuando resucitó al joven de Naim, a distancia curó al criado del centurión, apenas tocó la punta del manto la mujer de flujo, etc. Pero aquí, en cambio, Jesús apartó al enfermo a un lado, le metió los dedos en los oídos, le tocó la lengua con su saliva; miró al cielo, suspiró y gritó en su lengua “¡Effetá!”… Viendo esto se muestra en lo difícil que es abrirle a alguien los oídos, pues cuando no se quiere escuchar, de antemano se cierran las posibilidades de conversión; “no hay peor sordo que el que no quiere oír”.
- La vista y el oído requieren que nuestra atención no esté prejuiciada. Resulta increíble hasta qué punto lo que nos llega por estos dos sentidos pasa por filtros subjetivos: vemos y oímos sólo lo que queremos ver y oír. Seguramente habrán visto a dos personas discutiendo un asunto en el que a ustedes no les compete. Habrán notado que sólo se habla (o peor aún, se grita), sin escucharse; sólo oyen para refutar, sin disposición a modificar el punto de vista de cada cual.
- Otras veces simplemente no queremos escuchar, porque lo que se nos dice nos interpela o incomoda y no queremos modificar actitudes egoístas. No escuchamos el clamor de los pobres cuando nos gritan: “tengo hambre”; comemos lo que a otros correspondería, y así nuestra indiferencia nos pone obesos. Por eso dice el dicho: “Hazte el sordo y ponte gordo”.
- Una forma de compasión es la “logoterapia”: posibilitar que hable alguien en situación angustiosa, y la sanación viene cuando se logra verbalizar dicha situación y hay oídos sabios dispuestos a la escucha.
- Tampoco queremos escuchar lo que afecta a nuestros intereses: Cuantas veces las autoridades (políticas o religiosas) no escuchan al pueblo porque están demasiado lejos de él. Prefieren escuchar voces de lambiscones o de interesados que les aplauden y les dicen lo que ellos quieren oír –“vas bien en tu mandato”–; pero a la oposición “ni la ven, ni la oyen”.
- También la vista, pues solemos ver sólo lo que nos interesa, fijándonos en apariencias. El apóstol Santiago recrimina a creyentes que en la Comunidad se fijan en los bien vestidos y se les trata con deferencia; mientras se ignora a los de condición humilde.
- Otras veces, en cambio, conviene ensordecernos un poco, cuando la sabiduría consiste en la discreción del silencio: “a palabras necias, oídos sordos”. No prestar oído al chismorreo, el parloteo imprudente, a los aduladores o intrigantes, a quienes nos tientan y seducen para desviarnos de nuestro camino…
- La gente, asombrada y satisfecha de un mesías poderoso, no escuchó a quien abrió los oídos al sordo y les prohibió difundirlo, y en vez de obedecer lo proclamaron, provocando que creciera la expectativa de un Mesías milagrero que se saltara la condición humana, y no como quería el Padre-Dios, que fuese fiel a esta misma condición.
- Hay que saber hablar: la vana palabrería, el chismorreo o las indiscreciones. En cambio, enmudecemos por el miedo, cuando nuestra responsabilidad estaría en la denuncia profética.
- Antes de proclamar el Evangelio, la Iglesia debe escuchar a sus interlocutores –otras religiones, agnósticos, otras corrientes de pensamiento, otras formas de discriminación-, pues sólo cuando sabemos escuchar se puede soltar la traba de la lengua y hablar sin dificultad.
- El oído está muy vinculado al habla: un sordo de nacimiento es probable que también sea mudo, no porque tenga atrofiadas sus cuerdas vocales, sino porque no ha escuchado hablar. Sólo cuando somos capaces de escuchar con atención al otro, podemos pronunciar palabras sabias y valientes que ayuden a ambos. El diálogo, pues, es condición de posibilidad para una evangelización en la que ambos interlocutores saben escuchar y saben hablar.
Debe estar conectado para enviar un comentario.