Jn 6, 51-58
- Durante los tres últimos domingos, a partir de la multiplicación del simbólico pan, fuimos viendo diversos significados del Eucaristía –ese pan símbolo de Jesús, significante último–: la “Gracia de un bien entregado como don (“eu-xaristós”), el compromiso a buscar comunión, el “viático” dado “para que tengan vida”… y ahora, se nos da para la reflexión su significado como “ágape”. Según el diccionario, “agape” es un banquete, una comida a la que asisten muchas personas. Pero tal definición es incompleta, pues si se atiende al significado completo del término, “agape” connota también cierto tipo de amor, el incondicional, diverso de “eros”, más interesado o del de “filia” en el que el donante está implicado.
- Para celebrar alguna situación benéfica y alegre, ofrecemos espontánea y gratuitamente un banquete (por eso se prefiere que los invitados no tengan con qué corresponder). El banquete siempre es ocasión para congregar amigos para una alegre fiesta.
- La liturgia de hoy nos habla del banquete, en el que siempre suele haber un “plato fuerte”: en la primera lectura este manjar es la sabiduría, y en el Evangelio es nada menos que la carne de Jesús, y el vino, su sangre: “Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna”.
- Esto puede connotarnos un ritual antropofágico: Se sabe que los antiguos neandertales lo practicaban. Justamente, la palabra “canibal” es deformación de “cariba”, pues los taínos comían carne de los “arawak” (extranjeros, enemigos). No se trataba de la simple cacería humana realizada por animales depredadores, sino de un medio para asimilar las cualidades del adversario (tratándose de un guerrero: su fuerza, audacia y valor). La coincidencia es mayor con el sacrificio totémico de algunos grupos de Polinesia, África o América. El tótem solía ser un animal, símbolo del clan que llevaba su nombre y que se reconocía como descendiente de dicho animal. Comer su carne era “tabú”, es decir una prohibición sagrada cuya violación acarreaba una peligrosa maldición. Pero que en el día de su fiesta, todos sus miembros debían comer su carne
- Entre los aztecas, Huitzillopochtli, su principal deidad, asumía figura totémica de ave –el águila o el colibrí–. Según el mito del nacimiento del dios, su madre, Coatlicue, siendo virgen, se había puesto una pluma de colibrí en el vientre y fue así como quedó fecundada. Cuando nació el niño, su hermana, la Coyolxauhtli convenciendo a sus 400 hermanos, intentaron matar a la madre para vengar la deshonra; pero el hijo, nació con un hacha mágica, despedazó a la hermana y mató a los hermanos. En la fiesta conmemorativa del mito, los aztecas celebraban un ritual antropofágico: meses antes, un esclavo era transformado en el numen, y vestido como él, se le tributaban honores. En la fiesta, ayudado de alguna droga, el esclavo subía orgulloso la escalinata, sabiéndose elegido para alimentar al dios. Se le extraía el corazón y se despeñaba su cuerpo, y se repartía entre los nobles porciones del cuerpo sacrificado, que era comida; mientras el resto del pueblo comía (comulgaba) simples panecillos en forma de ave.
- La expresión de Jesús –“Mi pan es verdadera comida y mi sangre, verdadera bebida”- dio pábulo al escándalo farisaico interpretándola literalmente. Jesús pudo haber provocado deliberadamente esa confusión, para suscitar interés; pero después lo aclaró puntualizando que lo denotado era una “configuración” con su persona. (“el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré”). Se trata, pues, de asimilar profundamente a Jesús; de identificarse con sus mismos sentimientos (compasión, apasionamiento), sus mismas ideas, sus ideales, sus actitudes, su mirada compasiva (ver la vida con sus ojos)… de modo que se pudiera llegar a decir “ya no vivo yo, sino es Cristo quien vive en mí”.
- En la Eucaristía, la carne y la sangre de Jesús (pan y vino) se convierten en carne y sangre nuestra, por el proceso de asimilación alimenticia. Esto simboliza otra asimilación aún más fuerte: “cristificarse”
- Hoy, los humanos ya no somos depredadores caníbales; pero devoramos a otros humanos, fagocitando sus vidas, su trabajo, su salud y necesidades, su hábitat… sin más ritual que el contrato laboral o el ritual consumista. Al configurarnos con Cristo, entregamos nuestra vida por lo mismo que Él la entregó; pero esto se hace en un banquete de amor gratuito (“ágape”), con el que en reciprocidad nos comprometemos a luchar contra toda forma de entre-devoramiento… y para ello, ¡COMULGAMOS!
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