C-13 LOS NÚMEROS NO CUENTAN

Lc 9, 51-62

  • La vida adquiere su sentido más pleno cuando se entrega a una causa. Hay causas que atraen a gran número de seguidores; sin embargo, estas causas no siempre vencen. Las que triunfan son aquellas causas nobles que ganan a personas que las consideran más importantes que la propia exigencia. Quienes se apasionan por ellas tienen que abandonar hábitos y rutinas inveterados: apegos arraigados por más sagrados que parezcan; abandono, incluso, del pasado mismo, al que nos aferramos en conservar como si fuese algo que nos pertenece…
  • Jesús había pasado tres años de intensa actividad recorriendo todos los poblados de Galilea, y durante esta campaña misionera había ido reclutando discípulos y simpatizantes. Algunos de ellos permanecían en sus casas y contribuían a preparar la infraestructura de hospedaje cuando Jesús y sus discípulos llegaban al pueblo. A otros, más confiables, les encomendaba adelantase y preparar una posible visita. A veces ellos veían que el hospedaje allí esta no iba a ser posible, pues había rechazado, como en el caso de Samaria, cuando los aldeanos supieron que Jesús iba sólo de paso hacia la odiada Judea, y que no quería poner su sede allí, agravio que indignó a los intransigentes “hijos de Zebedeo”, al punto de pretender hacer descender fuego sobre ellos.
  • Considerando que en Galilea el ambiente ya estaba maduro, Jesús percibía que ya era momento de dar un fuerte testimonio en Jerusalén misma, en el templo, y poner en esto toda la carne en el asador, así que tomó “la firme decisión” de emprender un viaje hacia allá, a sabiendas que en ello podía jugarse su vida.
  • Entre sus numerosos discípulos iba seleccionando algunos, a quienes invitaba a acompañarlo. A Jesús no le importaban demasiado los números. Más que cantidad de discípulos quería calidad y compromiso, puesto que preveía no sólo molestias y problemas en el camino, sino, incluso, serios riesgos a correrse. El texto nos habla de tres casos paradigmáticos, que pueden servirnos también hoy en día para quienes deseamos seguir a Jesús.
    1. El primero de ellos no fue llamado. Él mismo se autoinvitó, dispuesto a mudar su habitación al pueblo adonde Jesús se instalase -“te seguiré donde quiera que vayas”-. Jesús no le agradeció su generosidad, ni lo alentó pintándole el agradable ambiente que encontraría con sus nuevos hermanos. Su respuesta fue más bien desalentadora (un cubo de agua fría): “las zorras tienen sus madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar su cabeza”.

En la gesta mesiánica de Jesús, sus discípulos tenían que dejar físicamente su vivienda e incorporarse a una campaña itinerante -como los pastores nómadas del desierto-, ya que el maestro solía impartir su principal magisterio aprovechando cualquier evento o detalle encontrado “en el camino” (“on the road”) para extraer de él, contemplativamente, alguna sabrosa parábola. Hoy en día, para seguir como discípulos a Jesús también se nos pide “dejar nuestras madrigueras”, es decir, nuestra “habitación”, donde “habitamos”: nuestros “hábitos”, rutinas y todo aquello que nos es familiar, incluyendo nuestro propio bagaje de ideas y prejuicios. Es cómodo aferrarnos a lo que nos es “habitual”, a lo “ya conocido”, a lo que “siempre se ha hecho así”, a pensar lo que nos enseñaron, lo que nuestros vecinos hacen o dicen. Se nos pide salir de nuestro “hábitat”, ver la vida con otros ojos y adoptar un nuevo estilo contracultural de vida.

  1. “A otro Jesús le dijo ‘¡sígueme!’; pero él respondió: ´¡Señor! Déjame primero enterrar a mi padre´. Jesús le replicó: ´Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios’. Solemos presuponer que el padre de este joven acababa de morir y lo estaban velando, que se encontraba en ese momento amoroso y triste de la despedida, memorable para siempre. Pareciera entonces una exigencia cruel no permitirle al menos esperar a enterrarlo. Otros intérpretes, empero, suponen que el padre de este chico gozaba aún de cabal salud, y lo que estaba dando a entender, era que Jesús le permitiera esperar hasta que su padre falleciera y entonces sí lo seguiría.

Colocar al Reino de Dios como primer objetivo en la vida es condición para los discípulos de Jesús. A esto debe subordinarse todo, incluso el amor a la familia. Para Jesús los lasos de sangre no son sagrados ni determinantes. Él mismo dejó a su clan (lo que no agradó a los suyos). La disponibilidad total para el Reino sigue siendo hoy el ideal del seguimiento. Muchas veces –incluso entre los mismos Consagrados con votos religiosos- esta disponibilidad tiene muchos “a segunes”, y confundimos el peso institucional, con el discipulado. Jesús quiere discípulos totalmente entregados, y será sólo con ellos como su ideal podrá hacerse realidad.

“Deja que los muertos entierren a sus muertos”. Parece duro; pero en verdad. En nuestro tiempo hay muchos muertos vivientes –zombies-, de quienes denuncia el Apocalipsis: “parece que vives; pero estás muerto”. Muertos en vida, que deambulan, comen, ganan dinero, compran o incluso, matan; pero que están vacíos y viven en un perpetuo “stand-by”. Hay algunos zombies que son buenos enterradores y que saben hacerlo bien: buenos para sepultar proyectos pasados; pero que no proponen nuevos. Nosotros, en cambio, hemos de consagrarnos a la vida, sin dejar de amar a quienes dejamos.

  1. A un tercero –“Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”-, Jesús le contestó: “el que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”. La respuesta connota la anécdota de Eliseo narrada en la primera lectura: estaba arando en una fila de doce yuntas de bueyes cuando pasó Elías y le echó encima su manto. Eliseo dejó sus bueyes para seguir al profeta; pero le pidió que le dejara dar a sus padres el beso de despedida. Hizo todo un ritual para sus amigos: sacrificó a los bueyes, con el arado hizo una hoguera y en ella los asó. La despedida de Eliseo fue un “quemar las naves” -como Cortez- para un viaje sin retorno. En cambio, algunas de nuestras despedidas se convierten en peligrosas tentaciones: partir, sí; pero dejando atrás el corazón. Esto, como es de suponerse, impide la entrega. La exigencia del seguimiento llega hasta el sacrificio de las nostalgias, del apego al pasado, para quedar sólo libres para los sueños, para la esperanza de un futuro que quizás no nos toque ver.
  • Ahora que en la Iglesia, el vaciamiento de los templos, la ausencia de jóvenes, la falta de vocaciones en nuestros seminarios, producen una sensación de fracaso y provocan angustia, no olvidemos que Jesús desconfiaba de los números y en cambio, pedía calidad. Cuando después de un sermón fuerte la gente se le empezó a ir, preguntó a sus apóstoles: ¿“también ustedes se van”? Pero Pedro respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,67-68)

C-12 IMÁGENES DE DIOS: LAS QUE CIRCULAN, LA MÍA, LA DE JESÚS

Lc 9, 18-24

  • Una de las cuestiones de mayor importancia es el saber quién soy yo. No se trata, obviamente, de algún problema siquiátrico de esquizofrenia, sino de la propia identidad sicológica. No es fácil conocerme, pues si lo fuera, Filón de Alejandría no habría pasado a la historia por su recomendación –como en el oráculo de Delfos- “Conócete a ti mismo” (“Gnosce te ipsum”). Algunos tienen un concepto sobrevalorado de sí -“se cree mucho”; “se cree la gran cosa”, decimos-; mientras otros tienen muy baja su autoestima y viven acomplejados.
  • Para conocernos físicamente a nosotros mismos, utilizamos un espejo. De la misma manera, para nuestra identidad social necesitamos un espejo social: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. De esta forma, la “heteroimagen” complementa mi “autoimagen”, y el complemento de ambas me garantizará mayor objetividad en tan vital cuestión.
  • Ya Jesús había pasado algún tiempo en su misión como Mesías. Conforme a lo que el Padre exigía, había sido muy discreto en darse a conocer, para evitar expectativas erróneas; pero le interesaba saber si ya algunos lo habrían descubierto en su función, por lo que pregunta a sus apóstoles sobre la imagen suya que circulaba.
  • Por lo general, las imágenes públicas suelen corresponder a “lo ya conocido”, la mera repetición de lo habitual o la expectativa futura desde el imaginario colectivo: el retorno de Juan Bautista, de Elías, arrebatado en vida por un torbellino de fuego; Jeremías, de quien se decía que volvería poco antes del fin del mundo…
  • Hay que saber no sólo lo que se dice de mí, sino quién lo dice: para quienes resulto antipático, seré de lo peor; para mis incondicionales o lambiscones, soy “lo máximo”, el “megasimpático”. Si se tiene la suerte de tener un buen amigo –quien me conoce y me habla con verdad; aunque sepa que no me agrade lo que diga-, si opinión es la que realmente cuenta. Por eso Jesús contrapone “la gente” y “para ustedes”
  • Jesús se había propuesto un test: al primero de sus apóstoles que le reconociera como Mesías lo nombraría su sucesor, pues esto denotaba capacidad de discernimiento en la fe, y fue Pedro quien lo reconoció: “¡el Mesías de Dios!”.
  • Para nosotros, este reconocimiento de Jesús como Mesías –e incluso, como “Hijo de Dios”- ya se nos da por default; lo sabemos por el Catecismo. Pero no basta esto, pues la tendencia vuelve a ser la misma, interpretar estas categorías desde lo “ya conocido”: un “mesías” -o podría ser un dios- creado por nosotros a nuestra imagen y semejanza; “dios de bolsillo”, lo llamaba un cantoautor, “mansito, bien educadito, que me permite hacer buenas digestiones”. ¿Qué imágenes tenemos de Dios? ¿Un dios juez? ¿un abuelito consentidor? ¿un mago? ¿Un Dios lejano, incomprensible? ¿un titiritero?
  • En efecto, la imagen de Mesías que circulaba en el ambiente y que se difundía oficialmente, era el de un profeta milagrero espectacular, un rey glorioso, un guerrero invencible… algo totalmente opuesto al tipo de Mesías –ciertamente presente en algunos textos claves veterotestamentarios-, solidario con los vulnerables, humilde y servicial… Un mesías así, como Dios quería, necesariamente sufriría el rechazo del Poder (el Imperio Romano, la teocracia judía, la oligarquía herodiana). Por eso, en la versión de Marcos, Pedro se erige como maestro de mesías y pretende enseñarle a Jesús cómo ejercer esa misión, conforme a la imagen que él tenía. Jesús lo llama “Satanás”, pues justamente esa fue su tentación: realizar su mesianismo desde el poder, al gusto de la teocracia. Por eso Jesús les ordena a sus apóstoles que no lo digan a nadie, para evitar futuras presiones o desilusiones: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día.
  • Tal vez sea necesario revisar la imagen de Dios que tenemos ahora, y en su caso, modificarla. Jesús advirtió a aquellos que querían seguirlo sobre la necesidad de entregar la vida, como Él, a una causa incluso más valiosa que la propia existencia. En efecto, cuando vivimos sólo para nosotros mismos, egocéntricamente, nuestra vida carece de sentido y sentimos que no tiene caso vivir. Pero cuando entregamos la propia vida a una causa valiosa, como es el proyecto del Reino de Dios, quizás pasemos por dificultades y sufrimientos; pero moriremos satisfechos y felices.

C-11 ATENCIÓN O ATENCIONES: CUESTIÓN DE DISCERNIMIENTO

Lc 7, 36- 8, 3

  • Era una cena preparada al detalle; un evento plenamente calculado para fines de discernimiento. El anfitrión era un fariseo. Conocemos su nombre –Simón- caso insólito, pues los evangelistas sólo citan a los fariseos en el anonimato del grupo. El hecho mismo de invitar a cenar a Jesús, un proscrito, denotaba cierta simpatía y valor de parte de aquel; aunque sin llegar a creer en Éste; más bien se encuentra en duda: ese Jesús de quien tanto se hablaba, ¿era un “maestro que viene de parte de Dios”, según el parecer de un colega? ¿O era un impostor que impugnaba la ortodoxia, o incluso, un “endemoniado”? Parece claro entonces que el objetivo último de la invitación fuese favorecer un discernimiento y averiguar cuál era el espíritu que inspiraba al huésped, algo que por otra parte, parecía muy legítimo. Por eso se había preparado con tanto cuidado el ambiente de intimidad y cercanía, para así poder prestarle atención, desde cerca, a Jesús y a su discurso no-verbal, por si se dejaba traslucir algún signo revelador.
  • El protocolo estaba planeado al detalle: la invitación a cenar mostraba acercamiento hacia Jesús; pero sin precipitaciones y manteniendo cierta distancia para que otros fariseos, colegas suyos, no lo interpretasen como una ingenua aceptación. Por lo mismo, lo recibió con cordialidad, sí; pero sin prestarle las atenciones destinadas a los huéspedes ilustres (el saludo con el ósculo de paz, el lavatorio de los pies –atención refrescante ante las incandescentes arenas de la región-, la unción de la cabeza con perfume…). Bastó un simple y cordial saludo, y de inmediato pasaron a la mesa, y según la usanza regional, recostados en sendos divanes.
  • De repente, aconteció algo imprevisto: irrumpió en la sala una intrusa, una mujer reconocida públicamente como ramera, de esas que solían colarse en los banquetes. Llevaba un frasco de alabastro con valioso perfume que abrió y la casa entera se llenó de su fragor. Se colocó a los pies del Maestro, besándoselos amorosamente, a la vez que se los masajeaba con el perfume. Lloraba amargamente y le secaba los pies al profeta con su sedosa cabellera. La escena era escandalosamente sensual y “friqueante”,[1] al punto que los comensales se sintieron molestos, desviando su atención de la mujer hacia Jesús, que sin mojigaterías, se dejaba tranquilamente hacer… El hecho estaba ahí, a la vista; pero las interpretaciones de ese hecho no eran tan patentes.
  • Simón pensó que aquella inoportuna escena, a fin de cuentas había valido bien la pena, pues facilitaba su discernimiento: “Si este hombre fuera en realidad profeta sabría qué clase de mujer era esa que lo está tocando: ¡Una prostituta!”… y al dejarse tocar así por ella, seguro que lo hacía impuro.
  • Jesús, en cambio, percibía otro significado en ese mismo hecho: Aquella, que para los incapaces de discernir era una simple “puta”, para Jesús era una víctima sufriente, y su acto, aparentemente seductor, era un ritual penitencial, un arrepentimiento profundo, un sincero amor de caridad, justo en esa “especialista” de amores fingidos.
  • Entonces Jesús evidenció la superficialidad de juicio del fariseo, con la parábola del buen acreedor y sus dos deudores –claramente: Simón y la mujer- en torno a una deuda desigual. El fariseo alardeaba con orgullo que en caso de tener alguna deuda con Dios, era de pequeña monta. Aceptémoslo así; pero lo decisivo, en clave de misericordia, no era tanto la falta en sí cuanto la reconciliación, el arrepentimiento, la conversión. “Sus pecados –que son muchos- le son perdonados, porque ha amado mucho.” Jesús se dio cuenta de que la mujer, al exponerse, manifestaba un genuino arrepentimiento, y por eso la perdonó.
  • Otro arrepentimiento similar es el narrado en la Primera Lectura. Fue otro caso de arrepentimiento sincero por el que Dios perdonó a un rey –David- quien dejándose arrebatar por su lujuria, asesinó utilizando el aparato mismo de Estado. Cuando hay disposiciones claras, Dios perdona y olvida. Sin embargo, para la sociedad en general no resulta fácil discernir qué tan sincero sea un arrepentimiento, y por lo mismo, no puede otorgar “perdón y olvido” a un funcionario corrupto hasta que no haya reconocido púbicamente su examen de conciencia -la investigación y confesión explícita de lo sucedido, y no de una “verdad histórica”-, que haya satisfecho debidamente a las víctimas, que haya implementado “propósitos de enmienda” en mecanismos legales para evitar su repetición y que se halle dispuesto a “cumplir su penitencia”, para no incurrir en impunidad.
  • Comparando las “atenciones” merecidas -el ósculo, la unción y el lavatorio-, quien se las otorgó a Jesús fue la mujer (a su modo), y no por el anfitrión, a quien le hubiera correspondido. Ella manifestó la fe que al fariseo hacía falta; hizo un profundo discernimiento de quien era el compasivo Jesús, como profundo fue el discernimiento que realizó Jesús mismo sobre la mujer, y en cambio, el cuidadoso discernimiento que pretendía el fariseo resultó doblemente fallido (no entendió ni a Jesús, ni a la mujer).
  • El ejemplo resulta una enseñanza para nuestros juicios de discernimiento: no quedarnos con las apariencias, sino ir al fondo; visualizar e interpretar esos pequeños signos amorosos de reconocimiento, yendo más allá de los banales estereotipos (la “puta”), pues muchas veces acciones de muchos de los estigmatizados (valgan las preferencias sexuales, las conductas proscritas) podrían ser ejemplares para los observantes de las normas religiosas o sociales. En cambio, no cuentan las disculpas políticas de dientes para afuera, pues entonces, el “perdón y olvido” haría juego a la corrupción y a la impunidad.
  1. Del slang anglosajón “freak-out”, que denota miedo, deconcierto, asombro, incomodidad ante algo inesperado.