Lc 9, 51-62
- La vida adquiere su sentido más pleno cuando se entrega a una causa. Hay causas que atraen a gran número de seguidores; sin embargo, estas causas no siempre vencen. Las que triunfan son aquellas causas nobles que ganan a personas que las consideran más importantes que la propia exigencia. Quienes se apasionan por ellas tienen que abandonar hábitos y rutinas inveterados: apegos arraigados por más sagrados que parezcan; abandono, incluso, del pasado mismo, al que nos aferramos en conservar como si fuese algo que nos pertenece…
- Jesús había pasado tres años de intensa actividad recorriendo todos los poblados de Galilea, y durante esta campaña misionera había ido reclutando discípulos y simpatizantes. Algunos de ellos permanecían en sus casas y contribuían a preparar la infraestructura de hospedaje cuando Jesús y sus discípulos llegaban al pueblo. A otros, más confiables, les encomendaba adelantase y preparar una posible visita. A veces ellos veían que el hospedaje allí esta no iba a ser posible, pues había rechazado, como en el caso de Samaria, cuando los aldeanos supieron que Jesús iba sólo de paso hacia la odiada Judea, y que no quería poner su sede allí, agravio que indignó a los intransigentes “hijos de Zebedeo”, al punto de pretender hacer descender fuego sobre ellos.
- Considerando que en Galilea el ambiente ya estaba maduro, Jesús percibía que ya era momento de dar un fuerte testimonio en Jerusalén misma, en el templo, y poner en esto toda la carne en el asador, así que tomó “la firme decisión” de emprender un viaje hacia allá, a sabiendas que en ello podía jugarse su vida.
- Entre sus numerosos discípulos iba seleccionando algunos, a quienes invitaba a acompañarlo. A Jesús no le importaban demasiado los números. Más que cantidad de discípulos quería calidad y compromiso, puesto que preveía no sólo molestias y problemas en el camino, sino, incluso, serios riesgos a correrse. El texto nos habla de tres casos paradigmáticos, que pueden servirnos también hoy en día para quienes deseamos seguir a Jesús.
- El primero de ellos no fue llamado. Él mismo se autoinvitó, dispuesto a mudar su habitación al pueblo adonde Jesús se instalase -“te seguiré donde quiera que vayas”-. Jesús no le agradeció su generosidad, ni lo alentó pintándole el agradable ambiente que encontraría con sus nuevos hermanos. Su respuesta fue más bien desalentadora (un cubo de agua fría): “las zorras tienen sus madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar su cabeza”.
En la gesta mesiánica de Jesús, sus discípulos tenían que dejar físicamente su vivienda e incorporarse a una campaña itinerante -como los pastores nómadas del desierto-, ya que el maestro solía impartir su principal magisterio aprovechando cualquier evento o detalle encontrado “en el camino” (“on the road”) para extraer de él, contemplativamente, alguna sabrosa parábola. Hoy en día, para seguir como discípulos a Jesús también se nos pide “dejar nuestras madrigueras”, es decir, nuestra “habitación”, donde “habitamos”: nuestros “hábitos”, rutinas y todo aquello que nos es familiar, incluyendo nuestro propio bagaje de ideas y prejuicios. Es cómodo aferrarnos a lo que nos es “habitual”, a lo “ya conocido”, a lo que “siempre se ha hecho así”, a pensar lo que nos enseñaron, lo que nuestros vecinos hacen o dicen. Se nos pide salir de nuestro “hábitat”, ver la vida con otros ojos y adoptar un nuevo estilo contracultural de vida.
- “A otro Jesús le dijo ‘¡sígueme!’; pero él respondió: ´¡Señor! Déjame primero enterrar a mi padre´. Jesús le replicó: ´Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios’. Solemos presuponer que el padre de este joven acababa de morir y lo estaban velando, que se encontraba en ese momento amoroso y triste de la despedida, memorable para siempre. Pareciera entonces una exigencia cruel no permitirle al menos esperar a enterrarlo. Otros intérpretes, empero, suponen que el padre de este chico gozaba aún de cabal salud, y lo que estaba dando a entender, era que Jesús le permitiera esperar hasta que su padre falleciera y entonces sí lo seguiría.
Colocar al Reino de Dios como primer objetivo en la vida es condición para los discípulos de Jesús. A esto debe subordinarse todo, incluso el amor a la familia. Para Jesús los lasos de sangre no son sagrados ni determinantes. Él mismo dejó a su clan (lo que no agradó a los suyos). La disponibilidad total para el Reino sigue siendo hoy el ideal del seguimiento. Muchas veces –incluso entre los mismos Consagrados con votos religiosos- esta disponibilidad tiene muchos “a segunes”, y confundimos el peso institucional, con el discipulado. Jesús quiere discípulos totalmente entregados, y será sólo con ellos como su ideal podrá hacerse realidad.
“Deja que los muertos entierren a sus muertos”. Parece duro; pero en verdad. En nuestro tiempo hay muchos muertos vivientes –zombies-, de quienes denuncia el Apocalipsis: “parece que vives; pero estás muerto”. Muertos en vida, que deambulan, comen, ganan dinero, compran o incluso, matan; pero que están vacíos y viven en un perpetuo “stand-by”. Hay algunos zombies que son buenos enterradores y que saben hacerlo bien: buenos para sepultar proyectos pasados; pero que no proponen nuevos. Nosotros, en cambio, hemos de consagrarnos a la vida, sin dejar de amar a quienes dejamos.
- A un tercero –“Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”-, Jesús le contestó: “el que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”. La respuesta connota la anécdota de Eliseo narrada en la primera lectura: estaba arando en una fila de doce yuntas de bueyes cuando pasó Elías y le echó encima su manto. Eliseo dejó sus bueyes para seguir al profeta; pero le pidió que le dejara dar a sus padres el beso de despedida. Hizo todo un ritual para sus amigos: sacrificó a los bueyes, con el arado hizo una hoguera y en ella los asó. La despedida de Eliseo fue un “quemar las naves” -como Cortez- para un viaje sin retorno. En cambio, algunas de nuestras despedidas se convierten en peligrosas tentaciones: partir, sí; pero dejando atrás el corazón. Esto, como es de suponerse, impide la entrega. La exigencia del seguimiento llega hasta el sacrificio de las nostalgias, del apego al pasado, para quedar sólo libres para los sueños, para la esperanza de un futuro que quizás no nos toque ver.
- Ahora que en la Iglesia, el vaciamiento de los templos, la ausencia de jóvenes, la falta de vocaciones en nuestros seminarios, producen una sensación de fracaso y provocan angustia, no olvidemos que Jesús desconfiaba de los números y en cambio, pedía calidad. Cuando después de un sermón fuerte la gente se le empezó a ir, preguntó a sus apóstoles: ¿“también ustedes se van”? Pero Pedro respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,67-68)
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