C-31 … HASTA LOS ESTAFADORES

Lc 19, 1-10

  • En todas las sociedades hay oficios mal vistos y despreciados, pues aunque no sean propiamente delitos, ocasionan molestias a la gente y se prestan a la extorción. Ejemplos entre nosotros podrían ser: policías y judiciales, sexoservidoras y sexoservidores, cobradores de deudas, encargados de embargar bienes de morosos, de hacer llamadas intimidantes de parte de los Bancos, burócratas de ventanilla… Ahora en México, ser político o funcionario se ha convertido en una profesión deshonrosa, a causa de que muchos de ellos, en lugar de ser servidores públicos, se sirven del puesto que la gente les confió para enriquecerse rápido, destruyendo, incluso, todo lo que obstruya su ambición.
  • En tiempos de Jesús un oficio indecoroso eran los “publicanos”. Se trataba de judíos que se encargaban de cobrar tributo para los romanos. Siendo Roma un imperio de ocupación, estos funcionarios eran vistos como “colaboracionistas”, una manera de traidores. Por supuesto, había diferencias: estaban los publicanos principales, los que controlaban caminos principales, aduanas y puentes, y estaban también los publicanos subalternos –como Leví-Mateo-, que hacían los trabajos “sucios”. Los primeros compraban su cargo, pagando por adelantado. Se les exigía determinado monto y como no recibían un sueldo, se les permitía allegarse cierto porcentaje como comisión. Ya que a Herodes le interesaba quedar bien con el Cesar, ponía soldados a estos recaudadores para facilitarles sus tareas, de modo que abusaban, y como a algunos viajeros ya no los habrían de volver a ver jamás, les resultaba prácticamente imposible restituir lo así habían arrebatado. El Evangelio se refiere a uno de estos publicanos, Zaqueo, que probablemente controlaba el camino de Jerusalén a Jericó.
  • Jesús llamó a colaborar en su proyecto del Reino a muchas clases de personas, incluso a algunos que realizaban trabajos denigrantes, como son los publicanos. Antes de llamarlos, esperaba algún signo de disponibilidad, que en el caso de Zaqueo fue su interés en verlo. Acaso esperaría que ese profeta, con fama de compasivo, pudiera comprender su profundo sentimiento de culpabilidad. Ya que Zaqueo era chaparrito, se subió a un árbol para poder verlo mejor, sin importarle el figurón que hiciera. Jesús, no sólo lo vio, sino que incluso, se autoinvitó a comer a su casa. Esto era mucho más de lo que Zaqueo hubiera esperado. Hospedar a tan insigne maestro, seguramente le daría la legitimidad que necesitaba, de modo que bajó presuroso.
  • ¿Qué fue lo que sucedió en aquella comida? Es posible que el publicano se sintiera finalmente comprendido por alguien y de este modo, generara cierta disposición favorable para comprender a otros. Entonces Zaqueo necesitaba una corrección; pero Jesús no se la hizo directamente, sino que simplemente “abrió las ventanas”, es decir, posibilitó que Zaqueo, por primera vez, prestara atención a la gente, a esa misma que extorsionaba… y escuchó las murmuraciones (ásperas, como suelen ser las críticas de los pobres hacia sus explotadores). Pero esas críticas ni siquiera estaban dirigidas hacia él, sino al maestro compasivo, a quien aquel ya admiraba: “¡ha entrado a hospedarse en casa de un pecador!”
  • Cuando un perpetrador escucha, sin justificaciones, a su víctima, hay condiciones para que se genere un cambio radicar, que le conducirá a otra relación, más desinteresada, que le permite dejar esa soledad insoportable de todo egoísta victimario, y de este modo puede convertirse, de “aprovechado” en benefactor.
  • Zaqueo experimentó un gozo nuevo derivado de esa posibilidad de conversión, y Jesús lo apoyó: “El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”, o como dice el libro de la Sabiduría, en la primera lectura de hoy: “Tú perdonas a todos, porque todos son tuyos”. (…) “Por eso los vas corrigiendo poco a poco, los reprendes y les traes a la memoria sus pecados, para que se arrepientan de sus maldades…”
  • Pero el perdón sólo es posible si hay arrepentimiento, y esto se demuestra con la satisfacción del agravio: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”. Hay personas que se enriquecieron gracias a la astucia en servicio de su ambición; pero que en los pocos casos en que se convierten, pueden poner esas habilidades en servicio de la colectividad. Jesús se alegra ante este cambio –“También él es hijo de Abraham”-. Lo reincorpora nuevamente a la convivencia con el pueblo. Al entregar la mitad de sus bienes a los pobres y al restituir por cuadruplicado, Zaqueo se empobreció y por su solidaridad en la justicia, pasó a formar parte del pueblo, que lo recibió con alegría y mereció la generosidad del perdón. En efecto, sólo hay cabida para una indulgente misericordia cuando el arrepentimiento no sustituye a la impunidad.

C-29 CUSTODIANDO EL MISTERIO

Lc 18, 1-8

  • Hace unos 20 días, más de mil huicholes de Jalisco se trasladaron a unos predios en Nayarit que les fueron arrebatados en la primera mitad del siglo pasado. Desde hace 10 años han venido sosteniendo un pleito legal, y por fin obtuvieron un fallo favorable para una parte de lo reclamado. Este hecho es una muestra de cómo funciona la justicia legal en nuestro país: la prepotencia del dinero y de las influencias consiguen despojar de manera violenta bienes de los pobres (las tierras comunales indígenas) o los bienes comunes, pues la justicia es lentísima e ineficaz. Otro caso es el de esos gobernadores que ven el dinero del erario como bien patrimonial personal, y los subterfugios y vericuetos legales empantanan la causa en procesos larguísimos o que a lo más tengan que pasar por un rato de vergüenza pública que pronto se olvida.
  • Ante esto, la estrategia de resistencia mostrada por los indígenas es su terca paciencia, insistiendo sin fatiga la reclamación de sus derechos. Esta actitud de los indígenas la podemos ver en Juan Diego mismo, quien supo esperar pacientemente en la antesala del obispo para que le diera audiencia y cumplir así la voluntad de la Virgen. Signo de madurez cívica de los movimientos sociales es la perseverancia en la exigencia de justicia, que no se cansan exigiendo verdad y justicia (“2 de octubre no se olvida”, los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa).
  • Jesús nos presenta hoy uno de estos casos emblemáticos, el de una viuda (condición de máxima vulnerabilidad en aquel rígido patriarcado), víctima de un agravio, sumado a la venalidad de una justicia –ya desde entonces- que no se mueve si no es “aceitada” por la corrupción. Pero la insistencia de aquella mujer logró que el juez -ya para quitársela de encima y que no estuviera fastidiando- accedió a darle curso a su justa petición.
  • En las parábolas, hay que tener cuidado para distinguir el objeto de la enseñanza, de aquellos elementos parabólicos con que se la ilustra: Jesús toma curiosamente este ejemplo para ilustrar la “necesidad de orar siempre y sin desfallecer”. Solemos nosotros construirnos imágenes antropomórficas de Dios (hacer a Dios “a nuestra imagen y semejanza”). Sería horrible confundir la necesidad de constancia y perseverancia que debe tener nuestra oración, de la presuposición de un Dios que se hace el sordo a nuestras peticiones, que se requiere estarlo moliendo para convencerlo de que nos escuche, al menos para que no lo fastidiemos.
  • Dios es bueno y compasivo y sabe de antemano lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos. Justamente por ello, su Providencia se manifiesta en la Creación misma, que se rige por lo que llamamos “leyes de la naturaleza”, por medio de las cuales guía y posibilita admirablemente los procesos de la vida. Por tanto, no va a quebrantar tales leyes a las demandas caprichosas de sus devotos que le piden “excepciones”, pues esto equivaldría al caos total. A veces incluso pretendemos sobornarlo, por ejemplo, prometiéndole encender cada día una veladora durante un mes, para que acceda a concedernos tal o cual favor. Peor aún, a veces lo agraviamos, creyendo que si nos ve sufrir, nos tendrá compasión, y así, nos vamos descalzos o de rodillas a su santuario, suponiendo que si nos infligimos sufrimientos suplementarios se compadecería más (como aquellos limosneros que ponen vidrios en el piso del metro y sin camisa, se azotan contra ellos, para que la gente les pague por verlos sufrir).
  • Tampoco se va a atar, en actitudes mágicas, a oraciones “eficacísimas”, que bastaría leerla todos los días de un novenario, en ayunas, para obtener indefectiblemente nuestros deseos. O como los hebreos ante la oración de Moisés en la guerra contra los amalecitas, que viendo que perdían cuando su líder bajaba los brazos, recurrieron a sostenérselos en alto.
  • La insistencia en la oración no es para Dios (Él no necesita de nuestras oraciones), sino para nosotros A lo que Jesús nos invita es a mantener esa actitud que los místicos llamaban “la presencia de Dios”; custodiar permanentemente el sentido del Misterio, atentos a Dios a lo largo de nuestras actividades cotidianas, pues nuestra vida se volverá más conciente.

C-28 ¿QUÉ ATENCIÓN DAR A LOS ENFERMOS?

Lc 17, 11-19

  • Según la OMS, la salud no es la simple ausencia de enfermedad, sino un equilibrio bio-sico-socio-espiritual. No se puede hablar de alguien totalmente sano, sino que existe un continuum entre dos abstractos, salud y enfermedad. Siendo los humanos una unidad, cualquier trastorno en la salud tendrá consecuencias en todos estos componentes. Ante una situación depresiva, somatizamos en malestares biológicos, o a su vez, alguna enfermedad nos deprime, y al mismo tiempo, en lo social, demandamos atención, y en lo espiritual, oramos, etc.
  • Entre tales componentes, lo social importa mucho: el enfermo se siente humillado o bien exige atención y condolencia. Hay ciertas enfermedades que aparte de los dolores y molestias propias de la biología, en determinadas épocas se vuelven estigmas. Así, por ejemplo, en el siglo XX el Sida connotaba homosexualidad (con el estigma ya de por sí discriminatorio hacia dicha orientación sexual), en el siglo XIX fue la tuberculosis, que si bien podía asumir cierto toque aristocratizante, era también enfermedad de cortesanas (recordamos a Naná de Zolá o Violeta, “La Traviata”, en la ópera de Verdi). En el siglo XVIII la sífilis era enfermedad de libertinos y en el siglo XVI, la peste bubónica provocaba el abandono total (se pensaba sumamente contagiosa y mortal) (vid imágenes).
  • En el antiguo Israel, el principal estigma lo tenía la lepra (aunque parece que no se trataba propiamente de tal enfermedad, sino de otras manchas blancas en la piel): Algo terrible el ver cómo en vida se va pudriendo la carne, y que además de pensarse como sumamente contagiosa, se creía castigo por una vida de pecado y producto de la posesión de algún mal espíritu. Había, por lo mismo, muchas restricciones para los leprosos, comenzando con el ostracismo (expulsión de la comunidad social), y se les obligaba a colgarse al cuello alguna campanilla, para que los pastores al escucharla huyeran despavoridos. Como es de imaginarse, fuera de los poblados los leprosos la pasaban mal. Alguna persona compadecida les dejaba en los cruces de caminos, sobre una piedra, algún mendrugo de pan o un cántaro de agua. Para protegerse, solían agruparse en bandas.
  • Por tales discriminaciones fue que aquella banda de leprosos, al ver a Jesús le imploraron compasión “desde lejos”, evitando su proximidad. En otra ocasión, Jesús tocó a un leproso, acción que lo volvía impuro; pero que entonces purificó al enfermo. Ahora, desde lejos, simplemente los envía al sacerdote. Los sacerdotes de entonces tenían, entre sus funciones, la del encargo sanitario, y en un caso poco probable de curación, el certificado que ellos expedían les daba derecho de reincorporarse a la sociedad.
  • La sanación que Jesús daba, no era tanto consecuencia de su poder cuanto de su inmensa compasión (“se le removían las entrañas” ante el dolor del enfermo). Su sanación, por tanto, era integral: además de la cura biológica de la lepra, dignifica la sicología del enfermo, quien se sentía liberado del mal espíritu y por tanto, limpio ante sus ojos antes que ante los del sacerdote. En lo social, reintegra al leproso a la convivencia de su pueblo, con derecho de participar en la Sinagoga. En lo espiritual, le restablece una relación agradecida, mutando su fe en aquel Padre compasivo y misericordioso, digno de alabanza.
  • Los seguidores de Jesús no tenemos -como Él- poder de sanación biológica de tales enfermedades; pero podemos atender a los otros elementos: potenciar su autoestima, liberarlos de sentimientos de autodenigración y culpa para que pueda verse a sí mismos con otros ojos, mitigar esa parte sicológica del dolor al compartirlo (“com-pasión”), reinsertarlo en la convivencia, combatir los estigmas sociales (aunque corramos el riesgo de soportar nosotros mismos dicho estigma) y hacer ver la enfermedad como la ve Dios, que sufre con el enfermo (aunque no suela hacer “milagros” individuales a encargo), pues la enfermedad, padecida con fe, se vuelve un medio corredentor para la humanidad. Actuando en estos componentes sico-socio-espirituales, muy probablemente el enfermo mejorará en lo biológico.
  • La consecuencia final de este proceso es “santificar el nombre de Dios” y provocar una alabanza agradecida, como aquel enfermo, doblemente discriminado -por ser leproso y por ser samaritano-, o como Naamán, el sirio, quien al ser curado simplemente con el baño en las aguas del Jordán, por recomendación de Eliseo, le levantó en su tierra un altar al Dios de Israel.