C-24 UNA HISTORIA DE FAMILIA

Lc 15, 1-32

  • Las parábolas de Jesús son todas ellas ilustrativas. Muestran la imagen del verdadero Dios, del que Jesús es su preclara manifestación. La parábola de hoy, una de las que más prefiero, está escrita con detalles muy significativos. Suele conocerse como la de “El Hijo Pródigo”; aunque algunos prefieren llamarla la de “El padre Bueno” o la de “Los dos Hermanos”. En efecto, los tres personajes son pintados con cuidadoso realismo.
  • Curiosamente, falta un cuarto personaje: la madre, tal y como acontece en muchas familias: En tal situación, el varón tiene que ejercer ambos roles – padre y madre-, como se muestra en las conocidas dos manos –una masculina y otra femenina- sobre los hombros del hijo retornado del famoso cuadro de Rembrandt según comentario de Henri Nowuen.
  • Aunque los padres amen por igual a todos sus hijos, no pueden dejar de compararlos y amarlos diferenciadamente. En estos hermanos, el mayor, calculadoramente cumplidito y responsable. El menor, inexperto, aventurero, soñador…; pero de buenos sentimientos.
  • Este muchacho, deseando experimentar una libertad para la que no estaba preparado, pidió la herencia por adelantado (como si el padre ya hubiese muerto) y sin despedirse siquiera, dejó la casa paterna. Su padre, con dolor, le respetó su decisión. El joven, gozando de su independencia y con dinero en el bolso, dilapidó su capital en francachelas, hasta llegar al hambre y la ignominia.
  • Lucas no pudo pintar mejor su grado de degradación: disputarles los desperdicios a los cerdos (animal inmundo para los judíos). Pero el estómago vacío suele ser buen consejero: se levantó –esa fue su grandeza- y decidió regresar a su padre, sin importarle la prevista humillación de su hermano. Como no esperaba ser perdonado, pediría que al menos su padre lo admitiera como trabajador (recordaba cómo trataba a sus trabajadores).
  • El padre, quien desde la azotea oteaba frecuentemente el horizonte (quizás con remordimiento por haber dejado partir a su hijo aún inexperto), reconoció su modo de andar en aquel caminante andrajoso y salió a su encuentro: el tierno abrazo, los besos, el baño, y luego lo viste con su mejor atuendo… Prepara entonces una fiesta matando el becerro gordo, reservado para una gran ocasión.
  • Es la misma fiesta que hace el pastor cuando encuentra a la oveja perdida, o la mujer cuando encuentra una de sus arras que había perdido. Es el Dios de misericordia, que cree en cada uno de sus hijos, que lo espera y que hace fiesta cuando alguno abandona la situación pecaminosa que lo empobrece y lo degrada.
  • Lucas pinta también la dureza del hijo mayor: Nunca dejó la casa paterna; pero quizás fue por su espíritu calculador, y ahora regresa su hermano. No le reconocer su rica aventura interior, pues lo ve sólo como simple competidor y posible rival en la herencia, y por tanto, tampoco pudo conocer cómo era su padre. Simboliza a los fariseos, cumplidores de leyes; pero duros e insensibles con los pecadores. Se consideraban también ellos con derecho a la “herencia”, por ser “pueblo elegido”, y tampoco reconocieron en Yahvé al Padre misericordioso. El conocimiento de Dios pasa por el reconocimiento del hermano débil, pecador, vulnerable. El hermano mayor no quiere entrar a participar de la alegría de los demás. Prefiere quedarse fuera, rumiando su rencor y soledad. El padre abandona el banquete y sale adonde está él. No permitirá que se quede solo; aunque tenga que también él que quedarse fuera.
  • La parábola es una clara invitación a confiar en la inmensa misericordia de Dios, tema de reflexión propuesto por el Papa para este año. Tal vez haya que desandar un camino mal tomado, y para ello, nos anima a no tomemos en cuenta críticas de quienes se creen dueños de la Iglesia.

C-23 EL CÁLCULO DE RECURSOS EN TODA PLANIFICACIÓN

Lc 14, 25-33

  • El “espontaneísmo” es aquella actitud que prefiere la improvisación a la hora de planear. El “espontaneísta” confía en su intuición en cualquier momento dado, y sabe aprovechar las circunstancias, con lo que a veces hace buen papel. En el argot taurino, “espontáneo” es un aficionado al toreo, que de pronto se “lanza al ruedo”, sin mayor entrenamiento. Puede hacer una buena faena; pero lo más seguro es que haga el ridículo o peor aún, que reciba alguna embestida. El camino más seguro para el éxito no es sino la disciplina y la planificación racional.
  • Todas las técnicas de planificación empresarial parten del cálculo de los recursos, y esto, para cualquier tipo de objetivo, sea económico, sea político. Fallar en este cálculo es condenarse al ridículo, al perjuicio o a la derrota. Los ejemplos que pone Jesús caen de su propio peso.
  • La falta de cálculo presupuestal –aunque parezca inverosímil- no es infrecuente, y tiene que ver, más que a simples errores, a la corrupción administrativa. Recordamos un ejemplo escandaloso en la llamada “Estela de la Luz”, construida como conmemoración del bicentenario de nuestra Independencia política. Aparte de la entrega tardía (el monumento fue inaugurado en enero de 2012, año y medio después del Aniversario), su costo registró un impúdico error de cálculo: presupuestado para 200 millones de pesos, costó finalmente $1,575 mdp. ¿Cómo entender a funcionarios expertos en economía no sean capaces de prever situaciones mundiales adversas, no desconocidas a la hora de elaborar el presupuesto anual? La falta de cálculo puede causar demasiado dolor, como en el caso de lanzarse a una guerra que era previsible perder. Un error de cálculo en los costos políticos puede rayar en la ignominia: ¿Cómo comprender que se invite al país a un candidato presidencial que no ha dejado de insultar al país anfitrión?
  • Por el lado contrario, a veces la pastoral de la Iglesia se está pareciendo más a la gestión empresarial. Estamos cayendo en un exceso de planificación, de reuniones administrativas, evaluaciones, informes, consejos, organigramas… y casi no dejamos espacios para la acción del Espíritu Santo. ¿No nos estaremos yendo al extremo opuesto al espontaneísmo? Cuando todo se tiene calculado y sopesado, no queda lugar a la “locura” del espíritu.
  • Una vez más hay que ir más allá de lo aparente en las parábolas de Jesús. Su interpretación no puede reducirse a elementales consejos administrativos. Queda patente al contextualizar los ejemplos narrados: Jesús los expuso yendo de camino en medio de una gran muchedumbre de seguidores. Era comprensible el magnetismo irresistible que su persona ejercía, y mucha gente, seducida por su gran corazón y su capacidad de milagros, dejándose llevar del entusiasmo que les despertaba, se lanzaban en pos de Él. A Jesús los números le espantaban un poco, y más que aprovechar a estas multitudes para una propaganda vocacional, más bien trata de disuadirlos. Es una empresa que requiere la inversión de grandes recursos, y lanzar un proyecto implica renunciar a varias cosas. Seguir a Jesús es el mayor proyecto concebible, y pide para lanzarnos a su proyecto –el “Reino de Dios”- la entrega de toda la vida, y esto no es nada fácil. Supone renunciar a los propios bienes presentes o que pudieran adquirirse luego, despojarse de ambiciones e intereses, preferirlo incluso a los más sagrados lasos consanguíneos (padre, madre, hijos, hermanos), a los legítimos deseos personales (“a sí mismo”) y disposición para sufrir problemas, persecuciones e incomprensiones (“cargar su cruz”). Por supuesto, la inversión lo compensa, pues una vida dedicada a este proyecto es la que consigue la mayor plenitud.

C-22 UNA CUESTIÓN DE PERSPECTIVA

Lc, 14, 1. 7-14

  • Los protocolos son de vital importancia en la etiqueta formal. La precedencia: ¿en qué lugar sentar a cada cual, y con quién? Equivocarse suele traer consecuencias a los anfitriones, ya que en sociedades donde el prestigio está sobrevaluado, se hieren susceptibilidades con odiosas comparaciones sobre quién tenga mayor dignidad que otro.
  • Reivindicar supuestos derechos de precedencia raya a veces en la ridiculez, como parece sucedía en aquel banquete al que fueron invitados Jesús y sus amigos. Seguramente que Él se divertía viendo tamaños papelones, y lo aprovecha para dar una enseñanza: “Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que haya algún otro invitado más importante que tú, y (como ya todos habrían ocupado sus lugares) el que los invitó a los dos venga a decirte: ‘Déjale el lugar a este´, y tengas que ocupar, lleno de vergüenza, el último asiento”. Aconseja, en cambio, ocupar más bien el último lugar, para que el encargado del orden ceremonial te ascienda y quedes así honrado ante los demás.
  • Obviamente, no parece que el consejo de Jesús se reduzca a una mera treta protocolaria, una calculada táctica para llamar positivamente la atención. Por lo pronto, expone una sabia enseñanza: –“El que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla será enaltecido”-: la grandeza de una persona se mide por su humildad, por su capacidad para “abajarse” y conectar mejor con los demás. Como nos dice el libro del “Sirácide” en la primera lectura: “hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas, y hallarás gracia ante el Señor”. Un hombre o mujer grande no se desdeña en convivir con supuestos “inferiores”; mientras que quien lo es tanto, tiende a deslindarse de aquellos.
  • Sin embargo, parece que hay algo más en esto. Quizás haya querido llamarnos la atención sobre la privilegiada perspectiva de los últimos lugares. Todo banquete preparado con esmero habrá de ser evaluado y criticado; pero la objetividad del juicio dependerá de una cuestión de perspectiva. Por mis recuerdos en mis experiencias de barriadas populares, en las comidas de bodas, a los invitados especiales –aquellos a quienes se les sienta en la misa de presidencia- siempre les va bien: (“¿Qué piececita de pollo quiere?” “¿gusta una copa de brandy?” “¿gusta un poco más de mole?”). Por lo que quienes tienen mejor perspectiva de la totalidad del banquete son los “gorrones” de la segunda mesa (la puerta del patio, en los barrios, permanece abierta y cualquier vecino puede entrar sin invitación, una vez que se levantaron los comensales de la primera mesa). A lo mejor estos últimos sólo alcanzaron arroz con frijoles…; pero si también ellos alcanzaron de todo y en buenas porciones, testificarán con autoridad que el banquete en su conjunto fue bueno. En las bodas de Caná, los de la mesa principal no notaron el milagro. El padrino se redujo a aconsejar al novio inexperto que no dejara el mejor vino para el final. Fueron sólo los criados y los de los últimos lugares quienes se dieron cuenta de lo que pasó.
  • Otro tanto sucede con el “banquete” social. A los de la mesa principal -aquellos que disfrutan de todos los recursos de la colectividad- siempre les va bien, y declararan que la economía es sana, que los indicadores macroeconómicos auguran futuros promisorios… pero los afectados en la microeconomía, los de las últimas mesas, los que se quedaron sin comer o a quienes sólo les tocaron migajas, podrán criticar con razón y mayor objetividad el rumbo de la economía total del país. El mejor observatorio para juzgar el Neoliberalismo, no es Davós, sino Ciudad Juárez. Son, pues, los de los últimos lugares a los que corresponde juzgar de los sistemas, pues la economía (“oikos” = casa) es el arte de administrar los recursos de modo que todos puedan satisfacer del mejor modo posible al menos las necesidades básicas, y no el procurar la maximalización de la ganancia para unos cuantos.
  • Es una cuestión epistemológica: las clases privilegiadas tienden a ideologizar, justificar o desfigurar la realidad, ya que el “status quo” les beneficia. En cambio, los sectores empobrecidos, tienen una necesidad apremiante de conocer la realidad con la mayor objetividad posible, puesto que lo que se proponen transformarla. Por ello, quienes hemos optado por construir otro mundo posible, necesitamos colocarnos desde el punto de vista de los pobres, que es la privilegiada perspectiva epistemológica para la transformación. Es, pues, importante que en nuestros eventos (pastorales, académicos, políticos) “invitemos” a los pobres, lisiados, cojos y ciegos… y también a las víctimas; que conozcamos su versión (“la versión de los vencidos”). En cambio, si “invitamos” sólo a nuestros amigos, parientes o “vecinos ricos”; si para nuestros análisis sólo atendemos la versión de los “importantes” o allegados por vínculos afectivos, quizás lo único que hagan sea corresponder cortésmente a nuestra invitación, y eso si es que no quieran ofrecernos algún ofensivo presente corruptor, a cambio de difundir su versión.