Lc 15, 1-32
- Las parábolas de Jesús son todas ellas ilustrativas. Muestran la imagen del verdadero Dios, del que Jesús es su preclara manifestación. La parábola de hoy, una de las que más prefiero, está escrita con detalles muy significativos. Suele conocerse como la de “El Hijo Pródigo”; aunque algunos prefieren llamarla la de “El padre Bueno” o la de “Los dos Hermanos”. En efecto, los tres personajes son pintados con cuidadoso realismo.
- Curiosamente, falta un cuarto personaje: la madre, tal y como acontece en muchas familias: En tal situación, el varón tiene que ejercer ambos roles – padre y madre-, como se muestra en las conocidas dos manos –una masculina y otra femenina- sobre los hombros del hijo retornado del famoso cuadro de Rembrandt según comentario de Henri Nowuen.
- Aunque los padres amen por igual a todos sus hijos, no pueden dejar de compararlos y amarlos diferenciadamente. En estos hermanos, el mayor, calculadoramente cumplidito y responsable. El menor, inexperto, aventurero, soñador…; pero de buenos sentimientos.
- Este muchacho, deseando experimentar una libertad para la que no estaba preparado, pidió la herencia por adelantado (como si el padre ya hubiese muerto) y sin despedirse siquiera, dejó la casa paterna. Su padre, con dolor, le respetó su decisión. El joven, gozando de su independencia y con dinero en el bolso, dilapidó su capital en francachelas, hasta llegar al hambre y la ignominia.
- Lucas no pudo pintar mejor su grado de degradación: disputarles los desperdicios a los cerdos (animal inmundo para los judíos). Pero el estómago vacío suele ser buen consejero: se levantó –esa fue su grandeza- y decidió regresar a su padre, sin importarle la prevista humillación de su hermano. Como no esperaba ser perdonado, pediría que al menos su padre lo admitiera como trabajador (recordaba cómo trataba a sus trabajadores).
- El padre, quien desde la azotea oteaba frecuentemente el horizonte (quizás con remordimiento por haber dejado partir a su hijo aún inexperto), reconoció su modo de andar en aquel caminante andrajoso y salió a su encuentro: el tierno abrazo, los besos, el baño, y luego lo viste con su mejor atuendo… Prepara entonces una fiesta matando el becerro gordo, reservado para una gran ocasión.
- Es la misma fiesta que hace el pastor cuando encuentra a la oveja perdida, o la mujer cuando encuentra una de sus arras que había perdido. Es el Dios de misericordia, que cree en cada uno de sus hijos, que lo espera y que hace fiesta cuando alguno abandona la situación pecaminosa que lo empobrece y lo degrada.
- Lucas pinta también la dureza del hijo mayor: Nunca dejó la casa paterna; pero quizás fue por su espíritu calculador, y ahora regresa su hermano. No le reconocer su rica aventura interior, pues lo ve sólo como simple competidor y posible rival en la herencia, y por tanto, tampoco pudo conocer cómo era su padre. Simboliza a los fariseos, cumplidores de leyes; pero duros e insensibles con los pecadores. Se consideraban también ellos con derecho a la “herencia”, por ser “pueblo elegido”, y tampoco reconocieron en Yahvé al Padre misericordioso. El conocimiento de Dios pasa por el reconocimiento del hermano débil, pecador, vulnerable. El hermano mayor no quiere entrar a participar de la alegría de los demás. Prefiere quedarse fuera, rumiando su rencor y soledad. El padre abandona el banquete y sale adonde está él. No permitirá que se quede solo; aunque tenga que también él que quedarse fuera.
- La parábola es una clara invitación a confiar en la inmensa misericordia de Dios, tema de reflexión propuesto por el Papa para este año. Tal vez haya que desandar un camino mal tomado, y para ello, nos anima a no tomemos en cuenta críticas de quienes se creen dueños de la Iglesia.
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